jueves, 7 de enero de 2010

La Soledad del Liderazgo

En silencio y en su lecho de enferma, Soledad Alvear vio pasar el cadáver de su correligionario Eduardo Frei, que aunque haya pasado a la segunda vuelta, es sin lugar a dudas la mayor víctima de los comicios del pasado trece de diciembre. Me pregunto qué habrá sentido la Chol, al observar el descascaramiento político del ex presidente, el mismo que le dio el empujón definitivo a su meteórica carrera, cuyo fulgor fue tan repentino como efímero, al punto que hoy, hasta los adherentes más incondicionales de la Concertación ignoran qué fue de la otrora descollante ministro de relaciones exteriores y de justicia.

Tímidamente, Soledad Alvear fue la única fémina que formó parte del gabinete de Patricio Aylwin. Y para demostrar que veníamos recién saliendo de una dictadura, durante los cuatro años de ese mandato dirigió el Servicio Nacional de la Mujer, que producto de una serie de reformas promulgadas en 1990, fue elevado a ministerio. Luego, con el mencionado Frei a la cabeza, tomó la cartera judicial, cuestión que tampoco constituía un gran hito pues ahí Pinochet había instalado por años a Mónica Madariaga. Pero le correspodió conducir la reforma procesal penal, lo cual le acarreó tanto prestigio, que en el 2000, asumió como generalísima de la campaña de Ricardo Lagos en las elecciones de entonces, a fin de torcerle la mano al siempre reaccionario voto femenino, que se había inclinado mayormente por Joaquín Lavín, amenazando, hace ya diez años, con desembarcar a la derecha en La Moneda. Nuevamente cumplió su tarea: Lagos ganó y ella se adjudicó otra vez una cartera, la cancillería, desde donde coordinó la concreción de los tratados de libre comercio con la Unión Europea y Estados Unidos. Luego fue proclamada candidata presidencial de la Democracia Cristiana para la primaria de la Concertación, a pesar de los resquemores de los viejos tercios del partido. Aquí tuvo su primer tropezón, aunque se trató de una zancadilla externa: Adolfo Zaldívar, otro que soñaba con La Moneda, y a la sazón mandamás de la colectividad, convenció a un buen número de militantes para que se abstuvieran de participar en la candidatura, lo cual remató en la deserción de la Chol y en el hecho de que la Concertación se ahorrara una buena cantidad de recursos que iban a ser utilizados en las ahora inútiles primarias. Una serie de acontecimientos que, de manera indirecta, traerían insospechadas consecuencias algunos años después.

Personalmente, debo confesar que Alvear me gustaba para la primera magistratura bastante más que la inepta de Michelle Bachelet. Al menos, había demostrado habilidad y profesionalismo en los roles que se le asignaban, y a veces eso es una muestra de liderazgo. Por desgracia, la Chol se encargó de demostrar, algún tiempo después, que carecía de él. Entretanto, obtuvo una senaturía en Santiago Oriente, con alta votación -buena parte de ella, atribuible a lo poco atractivo que resultó ser el par de la lista- y ganó la presidencia... de la Democracia Cristiana. Fue aquí donde empezó su declinación, debido a sus propias decisiones, o mejor dicho, errores. En medio del debate por el inefable Transantiago, un antiguo conocido, Adolfo Zaldívar, votó dos veces en contra de entregarle financiamiento adicional a un proyecto cuyo futuro se veía oscuro y escasamente prometedor. Dadas las circunstancias, sus argumentos eran, al menos entonces, justificables. Pero Chol quiso demostrar que una mujer era capaz de mandar y con ayuda de un rastrero tribunal de disciplina, expulsó al disidente de su partido. Cuánto de venganza personal y de demostración de fuerza hubo en esa determinación, jamás se sabrá. Pero con el "Colorín" otros cinco diputados abandonaron el redil y de paso la Concertación. Semanas después, tales votos fueron claves para la acusación constitucional contra otra correligionaria, la ministro de educación Yasna Provoste, que con eso quedó inhabilitada de ejercer cargos públicos por cinco años. La debacle definitiva de los socialcristianos acaeció en forma definitiva en las municipales del 2008, cuando la colectividad perdió un número significativo de sufragios y alcaldes.

Lo que pasó fue muy simple. Alvear resultó muy eficiente cuando otro le asignaba tareas, como cuando formaba parte del gabinete. Pero una vez sola en la cima, mostró una incapacidad propia de una mujer que ha sido criada según los deberes tradicionales asignados a su género. Su supuesto liderazgo, materializado en la cantidad de yerros que cometió, llegó incluso a poner en duda la capacidad femenina al momento de tomar decisiones importantes, e hizo reaparecer las declaraciones machistas propias de los conservadores reaccionarios. Doble responsabilidad, si se considera que ella ascendió merced al manido discurso cacareado durante estos últimos cinco años, que dice que los hombres necios acusan a la mujer sólo por los genitales que tiene, y lanzan sus diatribas sexistas en su contra. Pero cabe señalar que existen féminas y féminas. Y las que gobiernan ahora no están en condiciones de decir que han superado el estigma del "sexo débil". De hecho, son ellas quienes le entregarán la banda presidencial a la derecha más oscurantista, la cual volverá a servirse de los chilenos como lo hizo durante la tiranía militar.

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