domingo, 16 de julio de 2017

La Marcha de Berríos

Es increíble cómo, a pesar del desprestigio que hoy ostenta como institución o considerando por separado a cada uno de sus integrantes, la iglesia católica, o cualquiera que lleva una investidura certificada por ésta, continúa logrando que tras una simple declaración realizada en medio de alguna entrevista, importantes personeros vinculados al quehacer público nacional acaben golpeándose el pecho y se vean obligados a emitir una respuesta que aunque la definan como debate en realidad no pasa de un mero acto de contrición. Sucedió recién esta semana, cuando Felipe Berríos, sacerdote de mediano rango, de relación muy fluida con los medios de comunicación, en el marco de una intervención en un diario de circulación nacional, lanzara una imprecación a los estudiantes universitarios, unas de las caras más visibles en las protestas en favor de la mejora de la calidad de la educación, reprochándoles el hecho de que nunca han organizado una manifestación en pro de los niños internados en los hogares del Sename, que como lo ha esclarecido el cúmulo de informes dados a conocer durante el presente año, han sido víctimas de los peores abusos imaginables, llegando a darse la horrenda cifra de casi dos mil fallecidos por negligencias de sus tutores en la última década.

Berríos es un sujeto con cierto carisma que al menos desde fines del siglo pasado ha venido alardeando acerca de su ministerio social, que en todo caso es relativamente elogiable. Es probable que estas declaraciones las haya efectuado a título personal: de todas formas no contradicen las conductas ni las orientaciones de la iglesia católica chilena. No obstante, es sospechoso que las realice en un momento en que la institución a la cual pertenece se encuentra por enésima vez enfrentada a la sociedad local, debido a la inminente aprobación en el congreso de la ley que permite el aborto en las llamadas tres causales (inviabilidad fetal, idoneidad maternal y violación) y la posibilidad de que en los próximos meses se discuta la concesión de más derechos a los homosexuales, entre ellos la facultad de adoptar (asunto que está despertando algo de sensibilidad, precisamente por lo que está ocurriendo al interior del Sename). De modo adicional, el avance de la reforma educacional, ideada justamente con el propósito de elevar la paupérrima calidad de la instrucción, y que entre otras cosas incluye una serie de exigencias académicas y restricciones económicas a los establecimientos escolares subvencionados, de los que varios están vinculados de manera directa o indirecta al romanismo, ha provocado susto desde los prelados, pasando por los curas de tropa (uno de los cuales es el propio Berríos) hasta los laicos que colaboran estrechamente con los investidos, muchos de quienes son dueños de colegios. Temor que han expresado en diversas manifestaciones durante el actual periodo presidencial, que ha creado esta renovación y que se ha jugado de lleno para que salga a flote en la totalidad de los aspectos que trata.

Este sacerdote justificó su llamado a los universitarios en la supuesta influencia que sus organizaciones tienen en la comunidad, la cual sería histórica, dando como prueba las movilizaciones de 1967, 1997 y 2011 (esta última en realidad impulsada por los secundarios, pero en fin). Sin embargo, se le puede contra argumentar aseverando que la iglesia católica representa un poder consuetudinario (y concreto) muchísimo más amplio e importante, siendo una prueba de esta afirmación precisamente la explicación que dieron los aludidos respecto a su supuesta parsimonia en el asunto Sename. Y no se trata sólo de aquello de ver la paja en el ojo ajeno. La mayoría de los purpurados y los sacerdotes más vistosos -entre estos últimos el mismo Berríos- mantienen estrechos contactos con los sectores más pudientes y acaudalados del país, que en muchos casos son benefactores directos. Bien que los podrían apelar en el sentido de que apoyaran iniciativas que vayan más allá de la mera caridad y que signifiquen un real cambio o siquiera una auténtica mejora en las condiciones generales de la sociedad, que reduzcan el riesgo de que un niño acabe en un orfanato. No sólo la coyuntura material de las personas más vulnerables -que no son necesariamente los más pobres- sino la eliminación de los prejuicios que se desprenden de la utilización de la ideología de la familia en sus variantes más reaccionarias y convencionales, así como la reducción de la onerosa brecha económica entre los más ricos y ya ni con las clases más bajas sino el resto de la población, procurando entre otras cosas un aumento y un acceso más masivo a una mejor educación, precisamente un ítem donde los romanistas no desean la más mínima transformación del modelo actual.

A Berríos se lo ve como un sacerdote agresivo e incisivo, y prueba de eso, se asegura, es la formulación de estas opiniones que al final sólo arrojan el balón al lado contrario y para nada afectan tanto a la iglesia católica como a él. Digamos de partida que esas mismas características se le pueden achacar -y de hecho se le han atribuido en el pasado- a sujetos como Fernando Karadima y Raúl
Hasbún. Luego, podría comenzar observando hacia el interior y tomar conciencia de las conductas con las cuales sus propios colegas, directa o indirectamente, contribuyen a la proliferación de niños abusados, abandonados o depositados en hogares infantiles donde son objetos de todo antes que sujetos de protección. Por ejemplo, el entorpecimiento de la información acerca de los métodos anticonceptivos y la difusión de una moralina sexual culposa y punitiva que facilita el embarazo adolescente. O la aplicación del principio de la familia en su modalidad más recalcitrante, de nuevo siguiendo una moralidad católica reaccionaria, que termina limitando el acceso a esa institución a la gran mayoría de los ciudadanos, pues es reducida a quienes cumplen ciertos estándares sociales y económicos, siendo el resto sometido al peligro, por cualquier causa -monetaria, ideológica, religiosa-, de que un agente estatal le arrebate a sus hijos y los envíe a un orfanato. También está la opción de dejar de apuntar con el dedo a jóvenes que mes a mes deben hacer esfuerzos sobrehumanos por pagar sus aranceles y dirigir las acusaciones contra quienes les obsequian la mesada y la credibilidad a los curas, quienes no precisamente son así de generosos con los demás, siendo que éstos son los responsables principales del aumento de sus arcas.

                                                 

domingo, 2 de julio de 2017

Los Nuevos Movimientos Armados

Mientras algunos celebran exultantes los acuerdos entre el gobierno colombiano y las "últimas guerrillas de América" como se ha catalogado a las FARC y al ELN, los diversos noticiarios continentales, muy a la pasada, informan sobre sendos atracos perpetrados por bandas criminales, varias de ellas de alcance internacional: como el caso del brasileño Primer Comando de la Capital, que hace unas semanas asaltó un banco en Paraguay; o las imparables maras centroamericanas, que parecen actuar de manera coordinada en los tres países en que operan y están mostrando intenciones de expandirse; o en la misma nación cafetera, la confirmación de una agrupación, formada por ex insurgentes y paramilitares, que se está dedicando por igual al secuestro, la extorsión, el tráfico de drogas y el pillaje rural.

Quizá los acuerdos en Colombia sepulten de modo definitivo la guerrilla ideológica. Pero no están, al contrario de lo que sus promotores aseveran, ni siquiera lo más lejos posible de acabar con un hecho que ha marcado la historia de América Latina, al menos desde la conquista europea, como es la violencia. Que se ha sostenido en dos factores cuyos protagonistas para ciertos interesados pueden resultar difusos pero que para un analista serio e imparcial tienen dos orígenes tan claros como contrapuestos: los abusos patronales -amparados por las instituciones estatales, incluidas la policía, el ejército y los tribunales- por un lado, y la reacción desesperada de los agredidos por el otro. Adaptados, tal como en épocas anteriores, a la coyuntura imperante: los primeros mediatizan y a la vez justifican sus conductas a través de los preceptos del nuevo liberalismo; los segundos, encuentran hoy amparo en organizaciones dedicadas a la delincuencia común. 

Así es como las bandas mencionadas en el primer párrafo de este artículo -y otras como los carteles de droga mexicanos- están llenando el vacío que dejaron las guerrillas ideológicas, que han abandonado la lucha armada sin haber conseguido aquello que motivó su fundación: solucionar los diversos problemas de injusticia y desigualdad que padecen las naciones latinoamericanas. Tanto en los aspectos que requieren mayor abstracción filosófica como los más concretos, cual es garantizar una solución estable que le permita salir de la pobreza y la opresión al ciudadano de a pie. A propósito, cabe recordar que los movimientos de inspiración política solían reclutar (a veces a la fuerza, como ocurría con Sendero Luminoso) a muchachos provenientes de zonas marginales o rurales, con familias destruidas, echados a su suerte y que debían permanentemente huir de un sicario o un matón. No había mayores debates ya que se podía argüir que estas personas eran en última instancia víctimas de los oligarcas y del sistema. Y en lo que se refiere a las organizaciones criminales actuales, sus líderes ya ni siquiera necesitan de una justificación para engrosar sus filas, las cuales pueden aumentar con antiguos combatientes que por uno u otro motivo han quedado a la deriva.

Es aquí donde se puede establecer una diferencia respecto al nivel de peligrosidad de un tipo de grupo comparado con el otro. Las guerrillas suelen imponerse restricciones basadas en una ética ideológica, y las latinoamericanas no fueron la excepción. Muy distinto a lo que sucede con las bandas de delincuentes donde sólo se piensa en el beneficio económico personal de sus componentes (a veces únicamente de sus líderes) por lo que su estrategia casi exclusiva es matar o morir. Asunto que se vuelve extremadamente delicado tratándose de organizaciones con altísimo poder de fuego, una importante cantidad de miembros y provenientes de una cultura acostumbrada a resolver las cosas mediante el uso de la violencia (política y de las otras). Varias bandas mencionadas aquí han demostrado que esa combinación puede derivar en sucesos sangrientos capaces hasta de colocar en vilo a distintos gobiernos. Y es una lástima que sus fechorías sean abordadas como una mera anécdota, o que dirigentes como Álvaro Uribe, ex presidente de Colombia, por una ceguera partidista estén más preocupados de aportillar los acuerdos con las FARC que de exigir un freno o proponer medidas contra las pandillas criminales que se están enquistando en sus propias naciones. Los que hablan de una nueva era para América Latina, sería menester que cierren un poco la boca y empiecen a abrir los ojos. Porque estas agrupaciones, aunque no tengan otra finalidad que la de cometer delitos, perfectamente podrían comenzar a coordinarse como antaño ha acaecido con los mismos guerrilleros, las familias pudientes o las dictaduras de la doctrina de la seguridad nacional. Y acá no trataremos con instituciones dispuestas a negociar o entregar las armas, o con un mínimo de escrúpulo al momento de enfrentar a las fuerzas regulares