Los defensores de los animales lo hicieron nuevamente y consiguieron que el gobierno retirase el proyecto de ley que permitía a los agricultores y a los habitantes de zonas rurales en general disparar contra los perros asilvestrados sin el temor de que fuesen acusados de maltrato. La iniciativa fue sacada de la discusión parlamentaria junto con otras que habían sido heredadas de la administración anterior, las cuales también desataron polémicas, aunque debido a motivaciones muy diferentes, pues la mayoría de aquellas eran objetadas por su supuesta inspiración mercantil dado su origen en una legislatura de corte derechista liberal, que suelen alejarse del bienestar social, al menos en las aplicaciones más tradicionales de ese concepto. Mientras que los actuales dirigentes, de cuño progresista, estarían sintiendo una sensibilidad más amplia hacia las masas populares sobre todo son más desposeídas, incluso cuando no se trata de grupos humanos.
Convengamos que los impulsores de dicho proyecto ya le habían anotado un punto en contra, cuando al presentarlo, hablaron de la caza de perros salvajes, en lugar del control de los perros asilvestrados, que era la expresión correcta. Lo primero remite al dingo australiano, no a las jaurías de canes abandonados que deambulan por los campos. Para colmo insistieron en repetir la frase equivocada en cuanto medio de prensa les ofreció entrevista, quién sabe si con el afán de llamar la atención con una terminología que les pareció impactante y novedosa, pero que ocasionó un efecto diametralmente contrario al que esperaban. Los oyentes recibieron la impresión inicial de que se intentaba exterminar a una especie inocente, y no faltó el poco informado que concibió la idea de que en la fauna chilena existía un animal hasta ahora desconocido que demandaba ser protegido. Una muestra de ignorancia que fue bien aprovechada por los adoradores de bestias, que aunque jamás lo mencionaron -habrían quedado como escasos de seriedad- trabajaron a partir de esta confusión y la supieron aunar al cabildeo incesante que han efectuado en los últimos años, lo cual tiene justamente a las calles de las ciudades y a los caminos copados de perros callejeros, varios de quienes han atacado a personas a veces con resultados fatales. Alimañas que en ciertos casos son alimentadas por sujetos que creen estar haciendo una obra caritativa.
De acuerdo. Uno puede sentir conmiseración cuando observa a un representante de "el mejor amigo del hombre" deambulando sin rumbo fijo por la acera. Pero el asunto es que los perros, además de peligrosos producto de su mordedura, son animales sucios que transmiten diversas enfermedades a través de sus heces y que son capaces de cargar con los más variopintos parásitos en sus cuerpos. Son buenos donde deben estar, que es al interior de las casas (y viviendas que se encuentren habitadas, por cierto). En la calle, en cambio, constituyen una plaga, y esparcidos por las zonas rurales se transforman claramente en una especie invasora cuyos ejemplares agrupados en jaurías no sólo destruyen el ganado, motivo que llevó a presentar el proyecto antes descrito, sino que compiten en la búsqueda de alimentación incluso atacando a la fauna nativa, que sí exige, desde cualquier punto de vista y en todo instante, una constante salvaguarda. Toda vez que el control humano de una población animal es algo consensuado entre el gran conjunto de biólogos, ecólogos y ecologistas, ya se trate de individuos oriundos o introducidos. Más aún: el sólo hecho de que los canes se yergan como una amenaza para ovinos o bovinos debe ser ya justificación suficiente para disminuir su número. Pues esta clase de amenaza constituye un maltrato animal indirecto, ya que los agresores han sido liberados a su suerte por dueños que no los deseaban, los que con ese tipo de actitudes posibilitan el desarrollo de la subsecuente cadena.
Muchos de quienes aseveran defender los derechos de los animales de seguro reclamaban porque el ahora desechado proyecto estaba favoreciendo a grandes ganaderos y empresarios agrícolas que siempre buscan a través de las leyes confirmar su supremacía sobre los más débiles (discurso que tratándose del campo adquiere un sentido especial, por aquello de los hacendados, los patrones de fundo y la situación actual de los llamados trabajadores de temporada). Es menester recordar que en las zonas rurales hay pequeños propietarios que cuentan con gallineros o con ejemplares de subsistencia, que más que su fuente de capital, lo es laboral. Por lo que su eliminación deviene de modo irremediable en la pérdida de una única fuente de ingreso. Y en cualquier caso, si una jauría de perros destroza a un grupo de vacas significa que habrá menos ejemplares que generen leche, ecuación que debería interesarle a estos activistas que en un afán de consecuencia se suelen tornar en vegetarianos extremos. Aparte de que muchos de ellos, intentando hacer gala de su supuesta filiación progresista, desprecian el mundo campesino dentro que sólo conciben como un hábitat de brutos que andan dando con el rebenque a mujeres, niños y bestias. Y eso, muchachos, es uno de los tantos prejuicios que exhiben los colectivos que con soberbia se consideran superiores.
domingo, 30 de marzo de 2014
martes, 18 de marzo de 2014
Don Francisco Corleone
La muerte del comediante Armando Navarrete, más conocido como Mandolino, ha vuelto a sacar al tapete la relación que el animador Mario Kreutzberger, alias Don Francisco, ha sostenido a través de los años con sus más estrechos colaboradores, algunos de quienes, tras alejarse de él, han caído en un injusto ostracismo, situación de la cual se suele culpar al propio conductor televisivo, que habría abandonado a estas personas a su suerte, cuando no habría empleado sus influencias para apartarlas de los medios de comunicación y de las más próximas fuentes de trabajo. Tales elucubraciones, además, son empleadas como pretexto por sus detractores con el afán de objetar la trayectoria del mediático patrocinador, en particular su obra benéfica, cuyo rostro más visible es La Teletón. En este caso se apoyan en otro argumento, cual es su sospechosa falta de opinión respecto a temas importantes de la historia reciente del país, como la dictadura militar, en cuyo periodo pudo erigirse como la figura pública más relevante, al menos entre quienes no ocupan cargos oficiales o eclesiásticos.
Hay una imagen muy emblemática tomada en la víspera de Navidad de 1999, en una conmemoración realizada respecto de esa fiesta por el gobierno de turno en el palacio de La Moneda. Allí, Don Francisco apareció al medio de Ricardo Lagos y Joaquín Lavín, los dos candidatos que habían pasado a la segunda vuelta, abrazándolos a ambos, en medio de la incertidumbre general provocada por un tipo de elecciones hasta entonces inédito en el país. Varios años antes, como bien lo señaló el escritor Pedro Lemebel, fue capaz a riesgo de su propia vida de ayudar a un perseguido político a salir al extranjero, y al día siguiente almorzar con Manuel Contreras y otros jerarcas de la DINA, quizá con el propósito de obtener la venia de la junta militar para llevar a cabo sus obras de beneficencia o sus proyectos puramente particulares. Dos muestras de una impertérrita neutralidad que raya en la falta de compromiso, aunque no de completa ausencia de valentía, al menos de acuerdo a una de las decisiones que tomó en el segundo caso citado. Sin embargo, es precisamente dicha negativa a tomar una postura la que ha transformado su conducta en inaceptable para algunos sectores, ya que se trató de una actitud que exhibió con mayor fuerza -y que definió sus andanzas posteriores- en la época más oscura del quehacer nacional, donde a decir verdad, y en atención a la relevancia de los acontecimientos, es imposible imaginar que se camine sin inclinarse por uno y otro bando.
Lo más desconcertante -e irritante- de esa mencionada neutralidad fueron los réditos en extremo favorables que acabó cosechando Don Francisco. Ganó fama y fortuna en los años más tristes de la historia reciente, aún mayor que aquellos dirigentes que loaban a Pinochet mientras en las mazmorras del régimen otros compatriotas sufrían lo indecibles. Los mismos políticos que tras la detención del tirano en Londres y aún más luego de los escándalos de sus cuentas secretas prefirieron darle la espalda y mirar hacia el lado insistiendo en que "debemos tener una visión de futuro". Tal vez Kreutzberger percibió ese porvenir antes que los aduladores del dictador siquiera lo vislumbraran. Por ello es que su conducta despierta grados tan altos de suspicacia. Fue el primero en desatarse de los arrumacos al gobierno que, lo quieran sus admiradores o no, le dio la oportunidad de llevar adelante La Teletón. Y a la vuelta del viaje resulta ser el más beneficiado de la camada. Para quienes extraen ese tipo de conclusiones, el proceder del animador se les presenta como doblemente abyecto, ya que tratándose del mayor privilegiado del régimen de facto al mismo tiempo es quien se ha mostrado más desagradecido con los representantes de él. En un grupúsculo donde la traición a fin de cuentas se tornó una fórmula eficaz para salir airoso, empezando por el propio Augusto que cuarenta y ocho horas antes del golpe mantenía su lealtad hacia Allende.
De todos modos la imagen más plausible es que Kreutzberger es ante todo un buen negociante, lo que no sé si sea atribuible a su origen judío. Cruelmente pragmático como los de su tipo, de acuerdo; aunque cabría preguntarle a algún miembro de su etnia si sería aceptable tratar con un nazi con la finalidad de conseguir el aporte necesario para ejecutar un proyecto. Quizá se acerque al estilo de Don Corleone, recordando ese apodo que le endilgó Mike Patton en una jornada de La Teletón, calificativo que parece aceptar con cierto orgullo al extremo que muchos se lo recuerdan en alguna conversación y él no obstante mantiene su impenetrable neutralidad. En fin: en la historia universal abundan los ejemplos de mafiosos hebreos. Por ahora baste con remembrar lo que señaló en una entrevista concedida hace dos décadas atrás, donde aseguró que mientras los televidentes lo ven como Don Francisco, en casa, frente a sus familiares más íntimos, es Mario. El animador es sólo una cáscara llena de simples imágenes que ocultan al hombre real, un tan frío como acertado magnate a quien no le tiembla la mano incluso con los más cercanos cuando constituyen un obstáculo para su progreso individual.
Hay una imagen muy emblemática tomada en la víspera de Navidad de 1999, en una conmemoración realizada respecto de esa fiesta por el gobierno de turno en el palacio de La Moneda. Allí, Don Francisco apareció al medio de Ricardo Lagos y Joaquín Lavín, los dos candidatos que habían pasado a la segunda vuelta, abrazándolos a ambos, en medio de la incertidumbre general provocada por un tipo de elecciones hasta entonces inédito en el país. Varios años antes, como bien lo señaló el escritor Pedro Lemebel, fue capaz a riesgo de su propia vida de ayudar a un perseguido político a salir al extranjero, y al día siguiente almorzar con Manuel Contreras y otros jerarcas de la DINA, quizá con el propósito de obtener la venia de la junta militar para llevar a cabo sus obras de beneficencia o sus proyectos puramente particulares. Dos muestras de una impertérrita neutralidad que raya en la falta de compromiso, aunque no de completa ausencia de valentía, al menos de acuerdo a una de las decisiones que tomó en el segundo caso citado. Sin embargo, es precisamente dicha negativa a tomar una postura la que ha transformado su conducta en inaceptable para algunos sectores, ya que se trató de una actitud que exhibió con mayor fuerza -y que definió sus andanzas posteriores- en la época más oscura del quehacer nacional, donde a decir verdad, y en atención a la relevancia de los acontecimientos, es imposible imaginar que se camine sin inclinarse por uno y otro bando.
Lo más desconcertante -e irritante- de esa mencionada neutralidad fueron los réditos en extremo favorables que acabó cosechando Don Francisco. Ganó fama y fortuna en los años más tristes de la historia reciente, aún mayor que aquellos dirigentes que loaban a Pinochet mientras en las mazmorras del régimen otros compatriotas sufrían lo indecibles. Los mismos políticos que tras la detención del tirano en Londres y aún más luego de los escándalos de sus cuentas secretas prefirieron darle la espalda y mirar hacia el lado insistiendo en que "debemos tener una visión de futuro". Tal vez Kreutzberger percibió ese porvenir antes que los aduladores del dictador siquiera lo vislumbraran. Por ello es que su conducta despierta grados tan altos de suspicacia. Fue el primero en desatarse de los arrumacos al gobierno que, lo quieran sus admiradores o no, le dio la oportunidad de llevar adelante La Teletón. Y a la vuelta del viaje resulta ser el más beneficiado de la camada. Para quienes extraen ese tipo de conclusiones, el proceder del animador se les presenta como doblemente abyecto, ya que tratándose del mayor privilegiado del régimen de facto al mismo tiempo es quien se ha mostrado más desagradecido con los representantes de él. En un grupúsculo donde la traición a fin de cuentas se tornó una fórmula eficaz para salir airoso, empezando por el propio Augusto que cuarenta y ocho horas antes del golpe mantenía su lealtad hacia Allende.
De todos modos la imagen más plausible es que Kreutzberger es ante todo un buen negociante, lo que no sé si sea atribuible a su origen judío. Cruelmente pragmático como los de su tipo, de acuerdo; aunque cabría preguntarle a algún miembro de su etnia si sería aceptable tratar con un nazi con la finalidad de conseguir el aporte necesario para ejecutar un proyecto. Quizá se acerque al estilo de Don Corleone, recordando ese apodo que le endilgó Mike Patton en una jornada de La Teletón, calificativo que parece aceptar con cierto orgullo al extremo que muchos se lo recuerdan en alguna conversación y él no obstante mantiene su impenetrable neutralidad. En fin: en la historia universal abundan los ejemplos de mafiosos hebreos. Por ahora baste con remembrar lo que señaló en una entrevista concedida hace dos décadas atrás, donde aseguró que mientras los televidentes lo ven como Don Francisco, en casa, frente a sus familiares más íntimos, es Mario. El animador es sólo una cáscara llena de simples imágenes que ocultan al hombre real, un tan frío como acertado magnate a quien no le tiembla la mano incluso con los más cercanos cuando constituyen un obstáculo para su progreso individual.
miércoles, 5 de marzo de 2014
La Marginalidad del Tren
Hace varias semanas que la estatal Empresa de Ferrocarriles del Estado (EFE) viene cerrando cruces ferroviarios autorizados por la misma compañía. La principal excusa que motiva este cambio de políticas es que esos pasos han experimentado un deterioro considerable en el último tiempo, y por ende no están resultando seguros para los usuarios. Con ello la institución pretende meterle presión a los municipios, a quienes responsabiliza del mantenimiento de los lugares. Mientras que los aludidos, como era de esperarse, aseveran que sus acusadores son quienes deben encargarse del trabajo, en cuanto propietarios de la franja donde se encuentran instaladas las vías. Y como ocurre siempre, los vecinos, a la postre únicos afectados por estas determinaciones, ven cerrados accesos que llevan años empleando para acudir a sus escuelas o sitios laborales, con toda la carga negativa que ello implica.
Desde que en la década de 1970 se produjera el levantamiento masivo de las líneas férreas -por causas económicas, pero también políticas-, las pocas que subsisten hasta hoy se yerguen en medio del paisaje como una suerte de anomalía, un evento extraño de un pasado entrañable pero que requiere ser superado. Y si estas vías se encuentran en medio de las ciudades -incluso las más pequeñas- esta discordancia es bastante peor. Sus trazados prácticamente parten a las urbes en dos, y a diferencia de las carreteras, no se puede establecer una conexión, al menos directa, entre ellas y las calles. Tener un tren es una joroba para aquellas localidades en que dicho servicio aún existe, que de inmediato suscita el problema de la división entre quienes se hallan a ambos lados de los rieles.
Además a ello se debe sumar un factor generacional. Los más jóvenes, que nacieron en épocas muy posteriores a aquellas en que el ferrocarril conoció su máximo esplendor, para colmo se criaron en medio de una contingencia que privilegiaba, no ya el transporte público a gasolina, sino derechamente el uso del automóvil particular. Para ellos se han construido esas amplias calles y caminos en donde puede circular con relativamente alta velocidad, hasta que una vía férrea, rodeada de malezas cuando no inserta en un terreno yermo, les corta la recta y los obliga a efectuar un desvío, cuando no los fuerza a frenar, observar a ambos lados, atravesar lentamente los rieles para no dañar el parachoques o el guardafango, y tras una pausada aceleración recién recuperar el ritmo. El ferrocarril representa una detención no deseada en el marco del trajín de la vida moderna. Aparte de que el choque entre un tren y cualquier clase de vehículo siempre deviene en pérdida para este último.
En muchos países del primer mundo, donde también el ferrocarril pasó por una desesperante decadencia, hoy en día el diseño y el uso de las líneas es armónico con el paisaje y el resto de los sistemas de transporte. No hay una sensación de que los trenes piden permiso para existir como en Chile, sumidos en una vorágine de calles y ruedas con neumáticos. Sin embargo, esto se ha conseguido luego de se considerara este medio como uno de los tantos probables al momento de trasladar a las personas. Cuestión que no ocurre aquí, donde a cada rato se construyen caminos cada vez más anchos y autopistas con interminables circunvalaciones. El asunto radica en que aquí, más que mejorar el estatus de los rieles y las estaciones, hay que revertir una situación ya consolidada. Algo que parece casi imposible, aunque se insista en que los milagros sí ocurren.
Desde que en la década de 1970 se produjera el levantamiento masivo de las líneas férreas -por causas económicas, pero también políticas-, las pocas que subsisten hasta hoy se yerguen en medio del paisaje como una suerte de anomalía, un evento extraño de un pasado entrañable pero que requiere ser superado. Y si estas vías se encuentran en medio de las ciudades -incluso las más pequeñas- esta discordancia es bastante peor. Sus trazados prácticamente parten a las urbes en dos, y a diferencia de las carreteras, no se puede establecer una conexión, al menos directa, entre ellas y las calles. Tener un tren es una joroba para aquellas localidades en que dicho servicio aún existe, que de inmediato suscita el problema de la división entre quienes se hallan a ambos lados de los rieles.
Además a ello se debe sumar un factor generacional. Los más jóvenes, que nacieron en épocas muy posteriores a aquellas en que el ferrocarril conoció su máximo esplendor, para colmo se criaron en medio de una contingencia que privilegiaba, no ya el transporte público a gasolina, sino derechamente el uso del automóvil particular. Para ellos se han construido esas amplias calles y caminos en donde puede circular con relativamente alta velocidad, hasta que una vía férrea, rodeada de malezas cuando no inserta en un terreno yermo, les corta la recta y los obliga a efectuar un desvío, cuando no los fuerza a frenar, observar a ambos lados, atravesar lentamente los rieles para no dañar el parachoques o el guardafango, y tras una pausada aceleración recién recuperar el ritmo. El ferrocarril representa una detención no deseada en el marco del trajín de la vida moderna. Aparte de que el choque entre un tren y cualquier clase de vehículo siempre deviene en pérdida para este último.
En muchos países del primer mundo, donde también el ferrocarril pasó por una desesperante decadencia, hoy en día el diseño y el uso de las líneas es armónico con el paisaje y el resto de los sistemas de transporte. No hay una sensación de que los trenes piden permiso para existir como en Chile, sumidos en una vorágine de calles y ruedas con neumáticos. Sin embargo, esto se ha conseguido luego de se considerara este medio como uno de los tantos probables al momento de trasladar a las personas. Cuestión que no ocurre aquí, donde a cada rato se construyen caminos cada vez más anchos y autopistas con interminables circunvalaciones. El asunto radica en que aquí, más que mejorar el estatus de los rieles y las estaciones, hay que revertir una situación ya consolidada. Algo que parece casi imposible, aunque se insista en que los milagros sí ocurren.
sábado, 22 de febrero de 2014
El Retorno de Piñera
Es claro que las acciones ejecutadas durante estos últimos días por Sebastián Piñera no sólo constituyen una suerte de ceremonia del adiós, a dos semanas de entregar el mando a unas autoridades de diferente signo político. También las ha canalizado con el propósito de aumentar su popularidad en las encuestas, y de este modo, conseguir una especie de imagen positiva en la memoria de la opinión pública, que permita que su gobierno acabe siendo bien evaluado a mediano y largo plazo, con la intención no expresada pero manifiesta de obtener un nuevo triunfo electoral en cuatro años más. Como muestra de aquello, sólo señalar que casi todas sus intervenciones, al menos las que han contado con puestas en escena más llamativas, se remiten a inauguraciones, un tipo de evento que da la sensación de un buen resultado producto de un arduo trabajo.
Esta estrategia no es original. Incluso, su antecedente más palpable se encuentra en sus dos antecesores, que además son sus adversarios políticos, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, quienes a punta de regalías para las clases más desposeídas, disfrazadas de planes sociales, y discursos elaborados por asesores que supieron mezclar con eficacia la firmeza con la conciliación; lograron subir de forma casi geométrica sus porcentajes de aprobación en las encuestas, al extremo que a la última de los nombrados le sirvió justamente para regresar al poder. De seguro que Piñera ha estado consciente de estos hechos al momento de buscar repetir la fórmula, como un instrumento que le permita obtener una aspiración que en realidad es sólo un premio de consuelo frente a su ambición inicial, que consistía en conseguir que un correligionario y allegado a su persona lo sucediera en el cargo (por lejos la mejor calificación que un mandatario puede recibir de la masa popular), y de ese modo asegurar elogios por parte del grueso de los expertos. Es evidente la inclinación por la segunda opción tras no prosperar la primera.
Sin embargo es necesario preguntarse si Piñera, ese empresario avasallador que gracias a su perseverancia ha logrado cuanto se ha propuesto, entre otras cosas ser presidente de la república, será capaz de evitar un nuevo fracaso. Y la verdad es que a la luz de los antecedentes las posibilidades de salir airoso de esta aventura no parecen muy altas. Para empezar, baste sólo recordar que Bachelet salió de palacio con un ochenta y cinco por ciento de aprobación, plataforma que no le alcanzó para ganar la presidencial en su primera vuelta, aunque obtuvo una holgada ventaja en la segunda. De Lagos ni hablar: su casi setenta por cien ni siquiera le sirvió para presentarse a los comicios de 2009, pese a contar con varias voces que lo reclamaban (y que terminaron por aceptar al papanatas de Eduardo Frei, que culminó su mandato con menos de la mitad de los encuestados apoyándolo). La popularidad de Sebastián aún no se empina al sesenta por ciento, por cierto -y es un detalle a considerar aunque parezca banal- la votación que sacó Michelle en el balotaje. Y conste que todos los demás ex gobernantes nombrados en este artículo, ni en sus peores momentos, llegaron a caer por debajo del treinta por ciento, como sí le acaeció al todavía mandatario en ejercicio.
En realidad, este asunto de acabar como un buen recuerdo ha sido una obsesión de nuestros últimos presidentes, y es probable que persista por un largo tiempo. No sólo se ve en su círculo cercano y en los medios masivos de comunicación como señal de un buen gobierno, sino que además este parámetro se ha erigido como una forma de demostrar la distinción de Chile del resto de los países de América Latina, considerados a coro como bananeros, entre otras cosas porque sus líderes vuelven a la vida cotidiana en ciertos casos con menos de una décima parte en las encuestas. Deberían saber que eso también ocurre en los países más desarrollados, y no por ello cargan con una crisis institucional de proporciones ni sus sistemas electorales son colocados en entredicho. Incluso, algunos mandatarios que terminaron con rechiflas desde la galería con el paso de los años han sido revalorizados, mientras otros que gozaron en su momento de la reverencia popular han sufrido una profunda re interpretación de sus acciones. La historia siempre continúa su marcha.
Esta estrategia no es original. Incluso, su antecedente más palpable se encuentra en sus dos antecesores, que además son sus adversarios políticos, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, quienes a punta de regalías para las clases más desposeídas, disfrazadas de planes sociales, y discursos elaborados por asesores que supieron mezclar con eficacia la firmeza con la conciliación; lograron subir de forma casi geométrica sus porcentajes de aprobación en las encuestas, al extremo que a la última de los nombrados le sirvió justamente para regresar al poder. De seguro que Piñera ha estado consciente de estos hechos al momento de buscar repetir la fórmula, como un instrumento que le permita obtener una aspiración que en realidad es sólo un premio de consuelo frente a su ambición inicial, que consistía en conseguir que un correligionario y allegado a su persona lo sucediera en el cargo (por lejos la mejor calificación que un mandatario puede recibir de la masa popular), y de ese modo asegurar elogios por parte del grueso de los expertos. Es evidente la inclinación por la segunda opción tras no prosperar la primera.
Sin embargo es necesario preguntarse si Piñera, ese empresario avasallador que gracias a su perseverancia ha logrado cuanto se ha propuesto, entre otras cosas ser presidente de la república, será capaz de evitar un nuevo fracaso. Y la verdad es que a la luz de los antecedentes las posibilidades de salir airoso de esta aventura no parecen muy altas. Para empezar, baste sólo recordar que Bachelet salió de palacio con un ochenta y cinco por ciento de aprobación, plataforma que no le alcanzó para ganar la presidencial en su primera vuelta, aunque obtuvo una holgada ventaja en la segunda. De Lagos ni hablar: su casi setenta por cien ni siquiera le sirvió para presentarse a los comicios de 2009, pese a contar con varias voces que lo reclamaban (y que terminaron por aceptar al papanatas de Eduardo Frei, que culminó su mandato con menos de la mitad de los encuestados apoyándolo). La popularidad de Sebastián aún no se empina al sesenta por ciento, por cierto -y es un detalle a considerar aunque parezca banal- la votación que sacó Michelle en el balotaje. Y conste que todos los demás ex gobernantes nombrados en este artículo, ni en sus peores momentos, llegaron a caer por debajo del treinta por ciento, como sí le acaeció al todavía mandatario en ejercicio.
En realidad, este asunto de acabar como un buen recuerdo ha sido una obsesión de nuestros últimos presidentes, y es probable que persista por un largo tiempo. No sólo se ve en su círculo cercano y en los medios masivos de comunicación como señal de un buen gobierno, sino que además este parámetro se ha erigido como una forma de demostrar la distinción de Chile del resto de los países de América Latina, considerados a coro como bananeros, entre otras cosas porque sus líderes vuelven a la vida cotidiana en ciertos casos con menos de una décima parte en las encuestas. Deberían saber que eso también ocurre en los países más desarrollados, y no por ello cargan con una crisis institucional de proporciones ni sus sistemas electorales son colocados en entredicho. Incluso, algunos mandatarios que terminaron con rechiflas desde la galería con el paso de los años han sido revalorizados, mientras otros que gozaron en su momento de la reverencia popular han sufrido una profunda re interpretación de sus acciones. La historia siempre continúa su marcha.
domingo, 2 de febrero de 2014
La Feria Rota
Dos han sido las motivaciones que a los entendidos y a una buena parte del público les han hecho lamentar la reciente quiebra de la Feria del Disco, o como se le denominaba en estos últimos años, Feria Mix. La primera, es el cierre de una empresa que no sólo distribuía el setenta por ciento del material fonográfico, sino que además con un sello musical, el cual, a fuerza de compras de competidores y ofrecimientos a los artistas, llegó a erigirse como el del catálogo más amplio del país, a mucha distancia de su más cercano perseguidor. La segunda, es el fin de un negocio familiar, que por su historia y su crecimiento sostenido se había erigido a sus creadores como un ejemplo de emprendedores, al punto que se estaban transformando en parte de la idiosincrasia nacional.
Y es que este último fue el rasgo que marcó a la Feria del Disco. Una distribuidora que comenzó como una tienda al interior de un taller mecánico y que se transformó en prácticamente el único punto de referencia de ese rubro en el país, que además se amplió a otros ejercicios, como la venta de libros, filmes y entradas de taquilla para diferentes conciertos, fuera del ya mencionado sello. Que en su recorrido se enfrentó a importantes desafíos y salió airosa de todos, como cuando arribó a Chile la cadena argentina Musimundo, que con toda su parafernalia, su dominio de campo y sus novedades, sólo duró dos años en el territorio. Es probable que auténticos triunfos como ése terminen envolviendo al ganador en una suerte de aureola que finalmente le impide ver más allá de sus paredes. Lo que se torna más delicado si hablamos de un negocio pecuniario que contaba con todos los elementos para formar parte del imaginario folclórico local, partiendo por su mismo nombre.
En ese marco, no había que preocuparse si se vendía el material fonográfico a precios que los consumidores consideraban demasiado altos. No obstante, a la par que empezaba su expansión y diversificación, la Feria igualmente comenzó a ser atacada desde un flanco desconocido o en el mejor de los casos extraño, como eran las descargas -autorizadas y de las otras- de material musical y fílmico a través de internet, algo que se hallaba fuera del disco físico (más aún, esta empresa lideró siempre el mercado de la venta de álbumes en línea). Un fenómeno que no fue abordado de modo serio y que carcomió a la industria discográfica concreta en general, y que por sus características encontraba más adaptadas a las pequeñas tiendas dedicadas a un público específico que a las de orientación maximalista, pues la bajada de material por los computadores tiende a ser más masiva, diversa y -lo que le da ventaja frente a una casa establecida- dispersa, a lo que se debe agregar el directo entendimiento con el interesado, producto de la carencia de un intermediario. Pero a qué preocuparse de aquello si hemos ganado todos los desafíos que nos han presentado. Y en ese predicamento la expendedora llevó adelante reformas estructurales que con el tiempo resultaron ser contraproducentes, como ampliar sus negocios y abandonar el esquema familiar con la contratación de un gerente, en el ánimo de cruzar el último umbral y mostrarse como una empresa similar a las demás, que debía ser tomada en serio. En ese contexto es que se re bautizaron y se colocaron Mix: a fin de deshacerse de una denominación anacrónica y provinciana ajena a la "visión de futuro" que se les exige a todas las emprendidas.
En la Feria del Disco creyeron que por estar en el imaginario colectivo iban a durar para siempre, no importando los vaivenes pecuniarios. Se quedaron en el determinismo de la marca, y renunciaron a una auténtica renovación. Mal acostumbrados por sus victorias ocurridas gracias al ambiente provinciano y aislado de Chile que ellos mismos buscaron superar. Pero que en realidad nuca dejaron porque les resultaba cómodo. Y que en efecto les jugó en contra, no ante los tiburones, sino las bacterias, que como bien lo indica "La Guerra de los Mundos", pueden resultar muy peligrosas pese a su exiguo tamaño.
Y es que este último fue el rasgo que marcó a la Feria del Disco. Una distribuidora que comenzó como una tienda al interior de un taller mecánico y que se transformó en prácticamente el único punto de referencia de ese rubro en el país, que además se amplió a otros ejercicios, como la venta de libros, filmes y entradas de taquilla para diferentes conciertos, fuera del ya mencionado sello. Que en su recorrido se enfrentó a importantes desafíos y salió airosa de todos, como cuando arribó a Chile la cadena argentina Musimundo, que con toda su parafernalia, su dominio de campo y sus novedades, sólo duró dos años en el territorio. Es probable que auténticos triunfos como ése terminen envolviendo al ganador en una suerte de aureola que finalmente le impide ver más allá de sus paredes. Lo que se torna más delicado si hablamos de un negocio pecuniario que contaba con todos los elementos para formar parte del imaginario folclórico local, partiendo por su mismo nombre.
En ese marco, no había que preocuparse si se vendía el material fonográfico a precios que los consumidores consideraban demasiado altos. No obstante, a la par que empezaba su expansión y diversificación, la Feria igualmente comenzó a ser atacada desde un flanco desconocido o en el mejor de los casos extraño, como eran las descargas -autorizadas y de las otras- de material musical y fílmico a través de internet, algo que se hallaba fuera del disco físico (más aún, esta empresa lideró siempre el mercado de la venta de álbumes en línea). Un fenómeno que no fue abordado de modo serio y que carcomió a la industria discográfica concreta en general, y que por sus características encontraba más adaptadas a las pequeñas tiendas dedicadas a un público específico que a las de orientación maximalista, pues la bajada de material por los computadores tiende a ser más masiva, diversa y -lo que le da ventaja frente a una casa establecida- dispersa, a lo que se debe agregar el directo entendimiento con el interesado, producto de la carencia de un intermediario. Pero a qué preocuparse de aquello si hemos ganado todos los desafíos que nos han presentado. Y en ese predicamento la expendedora llevó adelante reformas estructurales que con el tiempo resultaron ser contraproducentes, como ampliar sus negocios y abandonar el esquema familiar con la contratación de un gerente, en el ánimo de cruzar el último umbral y mostrarse como una empresa similar a las demás, que debía ser tomada en serio. En ese contexto es que se re bautizaron y se colocaron Mix: a fin de deshacerse de una denominación anacrónica y provinciana ajena a la "visión de futuro" que se les exige a todas las emprendidas.
En la Feria del Disco creyeron que por estar en el imaginario colectivo iban a durar para siempre, no importando los vaivenes pecuniarios. Se quedaron en el determinismo de la marca, y renunciaron a una auténtica renovación. Mal acostumbrados por sus victorias ocurridas gracias al ambiente provinciano y aislado de Chile que ellos mismos buscaron superar. Pero que en realidad nuca dejaron porque les resultaba cómodo. Y que en efecto les jugó en contra, no ante los tiburones, sino las bacterias, que como bien lo indica "La Guerra de los Mundos", pueden resultar muy peligrosas pese a su exiguo tamaño.
domingo, 19 de enero de 2014
Mal Educar en Casa
Ha venido provocando cada vez más atención el llamado sistema "home school", o en español, educar en casa, donde los padres, de acuerdo a un pequeño protocolo acordado con las autoridades pertinentes, les enseñan a sus hijos los contenidos que éstos debieran aprender en la escuela, a la cual han decidido no enviarlos aduciendo que los establecimientos son de baja calidad, inculcan valores distintos a los planteados en el hogar o son un foco de agresión y de acoso en contra de sus mismos niños. La iniciativa, surgida en Estados Unidos, ya cuenta con una gran cantidad de seguidores en diferentes partes del mundo, en paralelo a la cada vez más ausente labor de los estamentos públicos en la educación, que se ha traducido en una depreciación sostenida de los maestros y de los recintos, no sólo los estatales.
Partamos de la base de que, así como no se puede sustituir al médico de las labores de salud, tampoco se debe marginar al profesor de la educación de una determinada persona. Obrar de otra manera, al menos en relación con el primer ejemplo, equivale a valerse de curanderos o de toda clase de supercherías para intentar sanar a alguien. Dicho de distinto modo, es como aquellos padres que prefieren no suministrar vacunas o medicamentos a sus dependientes bajo el argumento de que se trata de inventos humanos llenos de químicos y sustancias artificiales, que por sus solo origen contradicen la voluntad divina. Traspasando estos razonamientos a la escolaridad, cabría preguntarse si los progenitores están lo suficientemente capacitados para entregar información cognoscitiva tan vital en la formación de sus hijos, más allá de que por una situación social cuenten con los derechos típicos que se desprenden de la crianza. Para comenzar, tenemos que ya este sistema abre con un sesgo de clase. Pues quienes son capaces de aplicarlo a carta cabal son los matrimonios de buena situación económica que disponen de una preparación profesional -incluso en términos de habilidades adquiridas con el propósito de formar una familia- no adecuada, sino bastante acabada, y de una buena situación económica que entre otras coyunturas les permita trabajar menos y en consecuencia tener más tiempo.
Enseguida, esos mismos padres que han logrado desarrollar este método de educación continúan careciendo de idoneidad al momento de instruir a sus hijos. Sólo porque jamás contarán con las herramientas necesarias que tiene un experto en la materia, en este caso el docente. Podrán formar profesionales de calidad aceptable, lo cual no resulta extraño si tomamos en cuenta que los hijos de hogares con una adecuada cantidad de recursos monetarios tienden a repetir y a veces hasta a superar lo conseguido por sus progenitores. Sin embargo las habilidades más integrales, entre ellas algunas que son intrínsecas a toda clase de oficios, como la innovación y el atrevimiento, quedarán inhibidas o incluso anuladas. Al respecto, debemos recordar que la familia es una entidad que al menos en términos sociales posee un marcado cuño conservador, de donde se pueden adquirir las correctas intenciones paternales y maternales pero también sus peores prejuicios. Eso es además evidente en un sistema como la educación casera, creado, tanto en su estructura social, ideológica o estrictamente moral, en contraposición a la escuela, con claras intenciones clasistas disfrazadas de moralina religiosa hipócrita. El resultado de esta amalgama, en el educando, casi siempre es la intolerancia a la diversidad, se trate de sexual, política, racial o incluso social. Tanto por su desconocimiento final del exterior como por la manera en que recibió la instrucción.
Si queremos, ni siquiera mejorar, sino cuando menos recuperar, la calidad de la educación, debemos poner énfasis en la escuela, que hasta ahora continúa siendo la fórmula más eficaz que existe, y no sustituirla por mecanismos oscuros que tras una llamativa vestidura -colocada por quienes cuentan con recursos para comprarla- esconden un propósito que es atentar contra la misma enseñanza. Toda vez que los rasgos del "home school" acercan a este sistema al proceder de las culturas más primitivas y aisladas, donde los clanes eran los encargados de impartir conocimientos muy elementales. El progreso de las civilizaciones siempre requirió de personas y establecimientos especializados, desde donde salía la cantidad suficiente de jóvenes que podía sostener a un determinado pueblo. Lo demás es retroceso, no provocado por las supercherías religiosas y adivinatorias, sino por un sistema monetario donde se enfatiza el ahorro en características puramente reaccionarias, con la finalidad de mantener en su puesto a los de siempre.
miércoles, 1 de enero de 2014
El Problema de las Expectativas
No nos pondremos a discutir a estas alturas si el gobierno de Piñera fue correcto o incorrecto. Desde luego que hizo cosas buenas, y como todos los mandatarios, alcanzó a cumplir una fracción de sus promesas electorales. El problema está en la percepción de los destinatarios, quienes en todo caso tienen argumentos comprensibles para rechazar los resultados finales de esta legislatura, la que ha ocasionado una sensación de que desde sus inicios han permanecido completamente disociada, y de manera deliberada, de las inquietudes de los ciudadanos.
Quizá si la causa más determinante en el descontento social sean las expectativas que generó Sebastián Piñera respecto de su eventual gobierno ya durante la campaña electoral. Algunas de ellas eran de origen espontáneo y por ende no se le pueden atribuir a él o sus asesores. Entre ellas, se encontraba el hecho de tratarse de la primera administración derechista tras el fin de la dictadura militar y luego de más de medio siglo en que ese sector político no accedía al poder por vía de las urnas (algo que además había conseguido sólo en dos ocasiones desde que se implantó el sufragio universal, con los Alessandri, Arturo y Jorge respectivamente, padre e hijo para más inri). Por contraste, se triunfaba sobre unos adversarios que más que desgastados por el trajín de administrar el país, se hallaban en franca decadencia, situación que quedó en evidencia en la forma que estos últimos enfrentaron los mismos comicios.
Sin embargo, en tal contexto resulta interesante comparar lo obrado por los hombres de Piñera con lo efectuado durante el mandato de Patricio Aylwin, que marcó el retorno a la democracia. En aquel instante, producto de causas igualmente obvias -la salida de una dictadura, con toda la carga negativa que ella implicaba-, igualmente se había generado un alto grado de expectativas entre los electores de lo que hasta el once de marzo de 1990 conformaba la oposición. No obstante, los propios integrantes de esa campaña se tomaron el tiempo de hacer aterrizar las ilusiones, algunas muy desmedidas, de los votantes incluso dos años antes de los comicios definitivos. Es cierto que fueron excesivamente pusilánimes en ciertos aspectos. Pero cuando menos consiguieron manejar una legislatura con una cantidad mínima de accidentes, que les dio la opción de entregar el mando a un grupo de correligionarios, lo cual, por el apoyo que tenía el régimen militar entonces, podía no haber acaecido. Muy diferente a lo que ocurrió con el círculo allegado a Sebastián, quienes arribaron a la administración con el engreimiento avasallador que caracteriza a los representantes del liberalismo y el conservadurismo derechistas que además detentan buena parte de los recursos económicos -y las ventajas sociales que eso implica-, y que por tratarse de los grandes ganadores en el sentido bravucón del término, en todos sus aspectos -elecciones, ostentación pecuniaria-, aparte de ufanarse de un ligamiento con el mundo religioso muy importante: habían adquirido la capacidad de obrar correctamente sólo por inercia.
Fue eso lo que hundió al gobierno de Piñera. El asunto de creerse los perfectos, los iluminados por la iglesia católica -y por su intermedio por los dioses-, los que jamás iban a apropiarse de fondos públicos porque tenían dinero a raudales, que incluso, como sucedía con las donaciones de caridad que periódicamente solían anunciar -más que hacer-, iban a disponer de su peculio para corregir las anomalías sociales del país. En efecto fueron escasos los escándalos por malversación de caudales, pero a cambio los bochornos ocasionados por gestiones llenas de prodigalidad, como lo acaecido con el censo de 2012, resultaron muy evidentes. Hay ahí un mensaje: de que estos tipos se sienten mejor en el mundo privado, donde además quieren enviar a la demás gente. Crear, con lo ajeno, la desgracia.
Quizá si la causa más determinante en el descontento social sean las expectativas que generó Sebastián Piñera respecto de su eventual gobierno ya durante la campaña electoral. Algunas de ellas eran de origen espontáneo y por ende no se le pueden atribuir a él o sus asesores. Entre ellas, se encontraba el hecho de tratarse de la primera administración derechista tras el fin de la dictadura militar y luego de más de medio siglo en que ese sector político no accedía al poder por vía de las urnas (algo que además había conseguido sólo en dos ocasiones desde que se implantó el sufragio universal, con los Alessandri, Arturo y Jorge respectivamente, padre e hijo para más inri). Por contraste, se triunfaba sobre unos adversarios que más que desgastados por el trajín de administrar el país, se hallaban en franca decadencia, situación que quedó en evidencia en la forma que estos últimos enfrentaron los mismos comicios.
Sin embargo, en tal contexto resulta interesante comparar lo obrado por los hombres de Piñera con lo efectuado durante el mandato de Patricio Aylwin, que marcó el retorno a la democracia. En aquel instante, producto de causas igualmente obvias -la salida de una dictadura, con toda la carga negativa que ella implicaba-, igualmente se había generado un alto grado de expectativas entre los electores de lo que hasta el once de marzo de 1990 conformaba la oposición. No obstante, los propios integrantes de esa campaña se tomaron el tiempo de hacer aterrizar las ilusiones, algunas muy desmedidas, de los votantes incluso dos años antes de los comicios definitivos. Es cierto que fueron excesivamente pusilánimes en ciertos aspectos. Pero cuando menos consiguieron manejar una legislatura con una cantidad mínima de accidentes, que les dio la opción de entregar el mando a un grupo de correligionarios, lo cual, por el apoyo que tenía el régimen militar entonces, podía no haber acaecido. Muy diferente a lo que ocurrió con el círculo allegado a Sebastián, quienes arribaron a la administración con el engreimiento avasallador que caracteriza a los representantes del liberalismo y el conservadurismo derechistas que además detentan buena parte de los recursos económicos -y las ventajas sociales que eso implica-, y que por tratarse de los grandes ganadores en el sentido bravucón del término, en todos sus aspectos -elecciones, ostentación pecuniaria-, aparte de ufanarse de un ligamiento con el mundo religioso muy importante: habían adquirido la capacidad de obrar correctamente sólo por inercia.
Fue eso lo que hundió al gobierno de Piñera. El asunto de creerse los perfectos, los iluminados por la iglesia católica -y por su intermedio por los dioses-, los que jamás iban a apropiarse de fondos públicos porque tenían dinero a raudales, que incluso, como sucedía con las donaciones de caridad que periódicamente solían anunciar -más que hacer-, iban a disponer de su peculio para corregir las anomalías sociales del país. En efecto fueron escasos los escándalos por malversación de caudales, pero a cambio los bochornos ocasionados por gestiones llenas de prodigalidad, como lo acaecido con el censo de 2012, resultaron muy evidentes. Hay ahí un mensaje: de que estos tipos se sienten mejor en el mundo privado, donde además quieren enviar a la demás gente. Crear, con lo ajeno, la desgracia.
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