miércoles, 29 de septiembre de 2010

La Teórica Autonomía Judicial

Uno de los argumentos que se esgrimen con el fin de exculpar al gobierno de Michelle Bachelet por sus nefastas decisiones en el marco del conflicto mapuche, es que la aplicación de la ley anti terrorista, así como la imposición de sanciones exageradas para quienes cometen simples faltas o delitos que en otras circunstancias jamás habrían terminado con sus responsables en la cárcel, son atribuciones que le corresponden al poder judicial, representado por los funcionarios que fallan de acuerdo a la normativa vigente. Adicionalmente, los defensores de esta tesis -y de paso de la oblonga ex presidente- insisten en la autonomía de este poder del Estado, asunto que se encuentra garantizado por la Constitución y que además constituye una pieza esencial en la consolidación de la democracia y la probidad política. Los magistrados, por su parte, suelen ir mucho más allá y hablan de independencia, queriendo recalcar así que, salvo las disposiciones descritas en el cuerpo legal, no están obligados a responder ni siquiera al primer mandatario.

Nadie aquí va a cuestionar aquel marco teórico que efectivamente es un componente fundamental en el desarrollo del Estado de derecho. No obstante, resulta interesante preguntarse hasta qué punto las personas más reconocibles y en particular los mismos jueces son capaces de llevar este precepto a la práctica. Pues todos sabemos que en un país pequeño, provinciano y bananero como lo es Chile, basta que un sujeto con el suficiente poder político, económico o incluso religioso, vaya y golpee la mesa de trabajo de un magistrado para que éste emplee el aparato legal de la manera como se lo exigen. Y con la evolución que ha experimentado la llamada Reforma Procesal Penal, dicho tráfico de influencias ha empeorado. En especial porque los fiscales, que por definición son parciales en la estructura de un juicio, han venido acumulando demasiadas atribuciones conforme se aprueba una nueva modificación, casi siempre motivadas por algún escándalo artificial relativo al cada vez más subjetivo temor a la delincuencia. Una lástima, pues en su propósito original, este sistema, donde un acusador se enfrentaba a un defensor, con la medición de un tercero que era el juez, aseguraba un equilibrio donde agresor y víctima recibían igual trato en tanto ciudadanos con idénticos derechos y resguardados por la presunción de inocencia. Sin embargo, en el último tiempo, la cantidad de inquisidores prepotentes, engreídos y abusadores, amparados en el blindaje que se les ha estado otorgando, y que se dan el lujo de inculpar a cualquiera a través de los medios de comunicación, aún cuando la investigación siquiera ha encontrado pruebas contundentes, ha terminado por desvirtuar una madeja que se tejió con las mejores intenciones.

Bajo tales condiciones, es que la administración Bachelet pudo cometer actos que dejaron en claro que la autonomía era una tesis tan hermosa como utópica, pero con escaso asidero en la realidad. El ejecutivo primero presentó las querellas por ley anti terrorista y cuando éstas se concretaron en forma de levantamiento de cargos, las apoyó. Para eso movió todo su aparato mediático y pecuniario, que tratándose de una parte del Estado no es poco. Entremedio no faltaron las reuniones en los despachos de las máximas autoridades del poder judicial, algo que se da en toda legislatura independiente del sector político al cual represente. También se hizo presente una adecuada campaña informativa que no trepidó en incluir acuerdos con sectores influyentes que acabaron persiguiendo los micrófonos con el afán de condenar a los enemigos de la nación, que en este caso eran los mapuches. A todo lo cual hay que añadir todavía los lazos de parentesco entre funcionarios judiciales y administrativos, situación que en un país latinoamericano y conservador como es Chile, donde existe una devoción morbosa por la familia, se convierte a la postre en un elemento decisivo a la hora de inclinar la balanza. Todos estos factores, unidos al hecho de que los procesamientos se han llevado adelante ya en la etapa de la mencionada Reforma Procesal Penal, y por ende, sus vías de investigación han sido determinadas por los fiscales, quienes además han empleado sus nuevas atribuciones para avasallar y no dejar oportunidad al juez y mucho menos a la contra parte (se han dado casos donde los teléfonos de los abogados defensores han sido intervenidos a sugerencia del fiscal). Una amalgama poco feliz que no asegura el debido proceso. Mejor dicho no permite la celebración de un juicio justo.

Chile es a la vez un país largo y pequeño donde todos se conocen. En esas circunstancias, el compadrazgo es una manera de conquistar posicionamiento social. El poder judicial es el tercero y último en la jerarquía pública y eso lo torna el hermano pobre. Fallar en favor de ciertos componentes informales, para algunos magistrados puede ser la línea divisoria entre el abismo y la consagración. En un ambiente donde los mapuches son considerados una horda terroristas, quien se da el arrojo de emitir una opinión disidente puede ser objeto de la reprimenda social, en este caso, representada por sus dirigentes más conspicuos, ya sea en el plano político, religioso o empresarial. En tal sentido, no olvidemos las características de los fiscales: jóvenes ambiciosos e impulsivos que ha notado que este oficio puede catapultarlos a la cima, siempre y cuando sigan las pautas no escritas pero previamente establecidas. Y quien tiene la tendencia a salivar cuando presiente que está sobre un yacimiento de oro, siempre tratará de silenciar a los obstáculos que intentan frenar sus propósitos, que en este caso serían los jueces y los abogados defensores. Una serie de circunstancias que tanto Bachelet como sus asesores conocían, y que explotaron a la perfección. Quizá, porque también anhelaban ingresar a ese círculo soñado donde sólo caben la gloria y la alta popularidad en las encuestas.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Que Responda el Asesino

Doscientos ochenta millones. Eso es lo que tendrá que pagar el fisco según un dictamen legal a la familia de Daniel Menco por el crimen de ese joven universitario, perpetrado en Arica en 1999. Desde luego, una burla considerando la gran cantidad de recursos que mueve el Estado y los once años que se han perdido clamando por justicia. Pero en especial, por tratarse de un asesinato alevoso, cometido bajo el amparo de un gobernante, Eduardo Frei Ruiz-Tagle, a quien le faltaban pocos meses para terminar su legislatura, en medio de una impopularidad cada vez más creciente, provocada por la incapacidad de la administración para manejar la crisis económica, la acumulación de innumerables casos de violaciones a los derechos humanos y el empeño inexplicable del presidente por evitar que Augusto Pinochet fuese sometido a proceso en los tribunales ingleses y españoles, llegando en este último caso, a insultar y denigrar a los magistrados europeos, actitud que dejó a Chile al borde del conflicto diplomático. El mismo sujeto que una década después, haciendo gala de su descaro, su hipocresía y su oportunismo, pretendió regresar a la moneda, vestido ahora con los ropajes de esos movimientos populares e izquierdistas que siempre persiguió.

Porque no vamos a exculparlo aseverando que este delito fue un simple exceso de un mayor de Carabineros. O, como intentaron justificarlo las autoridades de la época, un error del armero que cargaba y entregaba las escopetas. Durante un mes, y prácticamente en paralelo con el inicio de las protestas estudiantiles, donde se reclamaba por lo mismo de siempre, falta de compromiso a nivel de Estado, que se traducía en escasez de financiamiento y no cumplimiento de promesas emitidas en actos solemnes, a través de la subsecretaría del interior -regentada por el oscuro Guillermo Pickering, un genocida que tras exterminar a todo el que consideraba sospechoso, y ya en el ámbito privado, se especializó en protagonizar desfalcos y hechos de corrupción que siempre involucraron malversación de fondos públicos-, y por supuesto obedeciendo a una orden superior, a cada rato se declaraba que detrás de estas manifestaciones se ocultaba una conspiración orquestada por el Partido Comunista, al que entonces se le podía echar mano porque la Concertación no lo necesitaba para mantener su supervivencia. Acto seguido, se daba un "mensaje de tranquilidad" a la población, aseverando que la policía uniformada se encargaría de preservar el orden público con absoluta libertad de procedimiento. Dicho y hecho: los pacos -que siempre han odiado a los universitarios porque su sola existencia les deja en claro que son inferiores- se solazaron en enviar a jóvenes al hospital, mientras en las altas esferas se negociaba con dirigentes moderados o simplemente vendidos para, teniendo como excusa un incidente grave, acusaran a sus colegas de preferir la violencia en lugar del diálogo. Hasta que se llegó a la "muerte que nadie quiso", según el mentiroso de Pickering, aunque todos sabían que ese funcionario iba a ser tratado por la justicia militar, lo que ya le aseguraba el guante blanco, y que por ser un oficial y no un suboficial, recibiría una sanción tan irrisoria que a la postre le catapultaría como un héroe. De hecho hasta hoy se encuentra en servicio activo, mientras los civiles que lo protegieron ganan dinero a manos llenas en diversas empresas, y el principal responsable goza de una suculenta dieta parlamentaria vegetando en el Senado.

Eso sí. Frei Ruiz-Tagle es un tipo ladino y ese es un atributo que hay que reconocerle. Durante el 2009, cuando pretendía, pese a sus antecedentes, retornar a La Moneda, dio una serie de giros vergonzosos e infumables. Y no me refiero a su cínica reconciliación con los comunistas, construida sobre la amenaza del advenimiento de un mandato de derecha, y sobre la base -producto de lo anterior- de no recordar las atrocidades del pasado. Sino a un aspecto de su personalidad que es mucho más execrable y abyecto, como fue el uso de la muerte de su padre -envenenado por los esbirros de Pinochet en una clínica, donde se hospitalizó para someterse a una cirugía- para lavar su imagen y conseguir sus propósitos. Porque quien siempre estuvo molestando a los ministros de la corte para que de una vez esclareciesen el caso, fue su hermana Carmen, quien lleva treinta años en una cruzada silenciosa. En todo este periodo, el miembro más identificable del clan ni siquiera se asomó a preguntar por el avance de la investigación, que de seguro veía como una joroba que le impedía congraciarse con el dictador y el círculo político al cual éste representaba. Incluso, en alguna ocasión se manifestó contrario a la tesis de la intoxicación inducida. Sin embargo, casi como por encanto, junto a su postura y discursos sorpresivamente más izquierdistas, en la época más reciente, coincidiendo con su segunda tentativa presidencial, se puso delante de los denunciantes y adquirió un tono de sufrida víctima. Así consiguió bloquear la serie de acusaciones en su contra, resultado de una desastrosa gestión donde lo que más sobresalió fueron los apremios ilegítimos, de los que el crimen de Menco, como ocurre en estos casos, sólo constituye la punta del iceberg.

De igual manera que exige, tardíamente y cuando el autor intelectual está en el ánfora, justicia para su padre, Frei debe responder por este asesinato alevoso que no tuvo nada de accidental ni de espontáneo. Y por todos los crímenes cometidos en legislatura, que no son pocos y varios de ellos todavía permanecen impunes. Y con él, debe sentarse en el banquillo toda la pandilla de innombrables que ayudó a que acaeciera esta muerte, incluyendo al finado Raúl Troncoso (que como Merino, dejó este mundo sin ser siquiera cuestionado por sus fechorías). Como dice la canción -y el poema de Neruda- no deben permanecer en sus casas tranquilos. Hay que pedir castigo.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Patrias Para Oligarcas

Cuando por estos días los chilenos se preparan para celebrar el segundo centenario de su independencia política, en medio de un contexto -los años 2009-2014- en el que gran parte de las antiguas colonias españolas en América se hallan en efemérides similares; empero no deja de ser constructivo, al menos un instante antes de entregarse a los festejos, reflexionar sobre los proyectos confederativos impulsados recién concluido cada proceso de emancipación, por próceres como Francisco Morazán, Simón Bolívar o José de San Martín, que se plasmaron en la configuración de tres grandes Estados: la República Federal del Centro de América, la Gran Colombia y las Provincias Unidas del Sur, respectivamente. Todos, guiados por la idea de unificar a un grupo de regiones que, pese a sus peculiaridades, compartían una lengua y un origen, y tenían historias y acerbos culturales bastante diferenciados pero a la vez íntimamente relacionados entre sí. No por evocar ese manido cliché del "sueño bolivariano", que en este último tiempo se ha venido transformando en ideología. Sino por las circunstancias que llevaron a aquellas iniciativas al fracaso, las que son comunes a los tres y se enmarcan en lo más profundo de los males y los vicios que aquejan a las sociedades latinoamericanas, los cuales parecen mimetizarse con la idiosincrasia de nuestros pueblos, y cuyas consecuencias se padecen hasta el día de hoy
De esas tres planificaciones, la primera duró un periodo relativamente corto, la segunda tuvo una existencia efímera y la última nunca vio la luz. Los hechos que derivaron en cada disolución fueron siempre los mismos: la oposición de las oligarquías y los caciquismos locales, elementos que en todos los casos estaban relacionados. Desde luego, en la actitud de rechazo apenas se podía parapetar el temor a perder determinados privilegios. Pero también, entre los detractores primaba una fuerte tendencia conservadora y reaccionaria, que se habría pronunciado en favor de la restauración española, si tal atrevimiento no les hubiese significado ser despedidos con una patada en el trasero del continente. Los proyectos que les inquietaban, estaban concebidos según el pensamiento liberal derivado de la Revolución Francesa, como por lo demás era lógico tratándose de concepciones que eran ambiciosas, tanto en sus extensiones territoriales como en sus modelos esperados de sociedad. Y dicho proceso atentaba de forma abierta y manifiesta con las costumbres legadas por los españoles, las cuales nunca saltaron a la palestra durante el proceso de búsqueda de la autonomía, y según su visión de las cosas, jamás debían hacerlo. Como era de esperarse, en el trabajo de contención contaron con el apoyo de la entonces muy poderosa iglesia católica, que por aquellos años estaba bien evaluada incluso entre quienes se alejaban de sus exigencias, porque varios curas se colocaron del lado de los patriotas durante las guerras independentistas. Los prelados temían que las mancomunidades adquiriesen un poder que los sobrepasara, tras lo cual, su influencia caería en un sostenido declive. Finalmente, estas tres iniciativas sucumbieron producto de la misma característica multi cultural que declararon representar y proteger; pero que no supieron entender, esencial primer paso si se desea asimilar algún elemento.

Los acontecimientos se precipitaron. Tras una serie interminable de luchas intestinas -algunas de las cuales se prolongaron hasta la década de 1980-, los viejos virreinatos se fragmentaron en una serie de países poco viables y fiables, y sin la capacidad para sostener una independencia efectiva. Como una ironía respecto de su origen común, al que tanto apelaban los proyectos de unificación antes descritos, las nacientes repúblicas fueron gobernadas, como si de una conspiración coordinada se tratase, por las oligarquías regionales, ahora con la capacidad de abusar de sus respectivos pueblos de la manera más cómoda a su respectiva realidad. Son esos caciquismos, los que han formado la identidad de los casi todos los Estados hispanoamericanos (porque hay excepciones como Cuba y Puerto Rico, colonias hasta 1898, traspasadas a Estados Unidos tras un conflicto naval que España sostuvo con dicha metrópoli, y después protagonistas de procesos históricos originales y distintos al resto de sus pares), incluso se podrían agregar los demás Estados latinoamericanos, pues Brasil experimentó una situación muy parecida, aún cuando la ex dependencia portuguesa sí logró sobrevivir como entidad política unificada. Pero las fronteras que hoy demarcan América al sur del Río Bravo, son la consecuencia de los intereses de las familias acomodadas de cada región. Luego, ellas mismas han impulsado la creación de una madeja chovinista basada en símbolos marciales, como la bandera, el escudo o las tradiciones en el sentido de las tarjetas postales ofrecidas al turista extra continental que desea conocer al prototipo del buen salvaje. Quizá por lo mismo no se avergüenzan en recurrir a los militares cada vez que perciben que ese orden conservador ha sido quebrantado: fuerzas armadas a las que además, siempre han tratado como su guardia privada. Una situación que se ha expresado en casos muy curiosos y puntuales, como Panamá, parte de Colombia hasta que a los norteamericanos se les ocurrió construir un canal y los ricos del istmo se tentaron con la posibilidad de negociar sus productos con las grandes potencias sin intermediarios políticos. O Texas, que peleó su secesión de México y veinte años después de obtenerla, se auto incorporó a los EUA, ocasionando una guerra entre ambos países que le acarreó al primero la pérdida de la mitad de su territorio. Entre paréntesis, México puede ser considerado como un cuarto proyecto integrador, el cual a diferencia de los anterior sí ha conseguido un relativo éxito, aunque sea fundamentándose casi exclusivamente en el hecho de que pervive como entidad legal hasta la actualidad.

Del mismo modo, existieron oligarquías zonales que no prosperaron y en consecuencia, las instituciones que crearon pasaron a formar parte de otros gobiernos, como la serie de intrascendentes repúblicas cuyos territorios están hoy integrados en Argentina o en el ya mencionado México. O la República de Atacama, en Chile. Ya sea porque carecían del poder o los contactos suficientes -principalmente en la iglesia católica-, o debido a que encontraron más conveniente someterse a otros clanes, es que al final claudicaron. Si esas circunstancias también hubiesen sido distintas, el mapa de América no sería el que vemos colgado en la pared de las aulas escolares. Pues son ellos quienes han creado este concepto de nacionalidad bastante trucho, que sin embargo le da una oportunidad de circo al pueblo cada uno, cien o doscientos años. Aunque las celebraciones despierten, por motivos obvios, las simpatías de todos los habitantes.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Irak o La Admisión de la Derrota

Luego de que el presidente Barack Obama anunciara el retiro de los tropas norteamericanas de Irak -al menos las que participan en acciones de índole bélica, porque aún quedará un importante número de efectivos ejerciendo tareas de apoyo-, muchos se han adelantado en afirmar que Estados Unidos ha sufrido una derrota militar. Aseveración delicada, si se toma en cuenta que sería la segunda vez que el país padece tal situación, después de la malograda incursión en Vietnam, respecto de la cual, no es necesario recordar aquí la infinidad de traumas que ocasionó en lo más íntimo de la sociedad estadounidense, algunos de ellos (pocos en todo caso) aún no superados.

De partida, tenemos que oficialmente, los EUA admiten que existió una guerra en Irak con un saldo victorioso para sus haberes. Se trata del proceso de invasión llevado a cabo entre marzo y abril del 2003, que cumplió con su propósito principal, cual era el derrocamiento de Saddam Hussein. Más aún: los norteamericanos lograron capturar al jerarca árabe para someterlo a juicio y posteriormente ejecutarlo, eso sí, bajo las leyes iraquíes impuestas por el mismo gobernante que ahora era prisionero. Entonces, la imagen que se dio a conocer a la opinión pública fue la de un ejército triunfante, algo que era cierto desde una determinada definición lingüística, pues en efecto, la génesis que gatilló el conflicto ya no existía porque quienes lo deseaban así la habían hecho desaparecer. Lo que vino después es un nuevo periodo, el de la post guerra, donde por supuesto, uno debe admitir que puede ocurrir cualquier cosa. De hecho son muchos los casos en que la pacificación de un territorio no se cumple al menos por entero con el cese de las hostilidades. Además, si bien la etapa siguiente, ha estado jalonada por enfrentamientos cruentos y mortíferos, éstos no se han suscitado en el marco de un conflicto regular, sino como la neutralización de dispersos y atomizados movimientos guerrilleros. Por lo cual ya no se habla de batallas, sino de atentados u operativos, dependiendo de la facción que los acometa. Por mucho que los interminables bombazos que estremecen a diario a Irak desde el 20o3, dejen una alta cantidad de víctimas, las represalias que se toman para repelerlos no son tratadas como una acción militar sino policial. Mantener el orden público es una realidad distinta a pelear una guerra. Aunque de pronto ambas coyunturas parezcan confundirse.

Ahora y pese a todo, ¿existe la posibilidad de calificar lo de Irak como una derrota militar? La verdad es que sí. La idea de declarar finalizada una guerra, bajo toda circunstancia, acarrea de manera implícita un reconocimiento del ya mencionado cese de las hostilidades. En el peor de los casos, si éstas no acaban tras la firma de los tratados o de la proclamación de la victoria, se supone que su extinción será breve, rápida y sostenida en el tiempo. Sin embargo, los enfrentamientos posteriores se vienen prolongando por siete años y no se ve por dónde puedan disminuir en intensidad: al contrario, ese último factor ha ido en aumento. Por ende, la pacificación está lejos de producirse y, a entender por la evidencia más palpable, como es el retiro de sus tropas a pesar de la precariedad de la situación, se puede asegurar sin temor a equivocarse que los norteamericanos han fracasado rotundamente. Fuera de ello, cabe sacar a colación el hecho de que las guerras contemporáneas suelen no sostenerse entre ejércitos regulares, sino contra movimientos guerrilleros, células terroristas o incluso bandas delictuales. En ese sentido, se puede decir que Estados Unidos ganó la intervención del 2003 pero perdió el conflicto subsecuente, lo que a fin de cuentas debe ser considerado como una derrota militar. Pues una de las motivaciones de los acuerdos de paz es impedir que en el futuro se generen nuevas escaramuzas. De ahí que el tratado de Versalles que selló la IGM sea hoy considerado un fiasco, porque sus resoluciones se transformaron en causas de la segunda gran conflagración.

Es probable que los estadounidenses, en un principio, admitan su poco feliz participación en Irak como victoria relativa. Aunque tras un periodo mediano de tiempo, acaben finalmente asumiendo la derrota. No sé cuánto pueda contribuir un eventual avance de los musulmanes fundamentalistas en aquel país. Pero con o sin él, el reconocimiento de una verdad más allá de las versiones calará hondo en los gringos y seremos testigos de una dolorosa autocrítica. Cabe recordar que la vergüenza de Vietnam fue aceptada muchos años después incluso de que los comunistas consiguieron dominar todo ese territorio. El problema es la decisión que van a tomar como forma de resacirse de sus cuitas. La cual, ya en el caso del bochorno en el Sudeste Asiático, pasó por nuevas intervenciones y ataques bélicos. Un antecedente que es para asustarse, tomando en cuenta que hay varios Estados que se hallan en la mira.

jueves, 26 de agosto de 2010

Termoelécrticas y Termocéfalos

A propósito de la polémica suscitada por la potencial instalación de una generadora térmica de electricidad a carbón en el sector de Punta Choros, a pocos metros de un santuario marino y una reserva natural protegida, uno no puede dejar de preguntarse por qué los gestores de esos proyectos siempre eligen ubicarlos cerca de sectores con ecosistemas sensibles, lo cual a su vez, despierta la emotividad, y en consecuencia la oposición de importantes -en cantidad y efectividad al momento de ejercer presión- grupos de personas. No se trata en caso alguno de un intento de provocación con características ideológicas, pues eso dañaría la imagen de las empresas involucradas, factor que es muy considerado por los hombres de negocios. Lo más probable, es que detrás de esas decisiones controvertidas, se halle una motivación económica, principal motor de las firmas comerciales, que siempre está relacionada con la opción de abaratar y amortizar los costos. En tal sentido, estos lugares bucólicos suelen, producto de su atractivo turístico, contar con accesos medianamente óptimos e infraestructura adecuada para mantener a un puñado de obreros de origen foráneo.

Ya sabrán mis queridos lectores, que yo detesto a los ecologistas y que mi trato hacia ellos es más cercano al de aquella funcionaria pública que los llamó "jipis de mierda". Porque en realidad, hasta cierto punto lo son. Por ende, me importa menos un delfín o una ballena que el bienestar de los seres humanos. Formulada tal aclaración, les invito al siguiente análisis. En Europa, y en general en los países del primer mundo, existen normas ambientales muchísimo más estrictas que las chilenas. Que no sólo se aplican a sus respectivos habitantes, sino también a los extranjeros que deseen promover sus mercancías por esos lares. Así, si una faena agrícola se ubica a una distancia considerada imprudente de una fuente contaminante, los cultivos que allí se exploten no serán admitidos por los importadores. De acuerdo: tales restricciones tienen una adecuada dosis de proteccionismo y chauvinismo. Pero así son las reglas y Chile las aceptó sin objeciones cuando ratificó los tratados de libre comercio. Y esto ya ha perjuidicado a ciertos gremios, como los viñateros y fruticultores de la región del Bío-Bío circunvecinos a la planta de celulosa Arauco que algunos años atrás se instaló cerca de Curanilahue. Varios de ellos fueron a la quiebra y sus predios se transformaron en bosques de pinos y eucaliptus. Cuando digo esto, pienso a su vez en la comuna de Chanco, específicamente el sector de Reloca, donde se pretende edificar una termoeléctrica en una rica franja agrícola donde además existe un humedal. Si el destino de los medianos productores es el mismo que sus pares de más al sur, dejaremos de contar con un buen surtidor de sembradíos, obligándonos todavía más a adquirir alimentos provenientes del extranjero, lo que a la larga se traduce en el encarecimiento de los precios y en una fuerte dependencia de los vaivenes internacionales, como sucedió hace sólo algunas semanas con el trigo ruso.

Muchos defienden la instalación de estas plantas arguyendo que generan, además de energía, trabajo. No es tan cierto. Los empleos suelen ser muy precarios y una buena masa de obreros depende de contratistas, que a veces pagan por debajo del sueldo mínimo. Tienen una mísera ventaja con respecto a las labores agrícolas, pues se realizan durante todo el año y no por temporadas. Pero a cambio, se suceden aberraciones como la acontecida el 2007 precisamente con los tercerizados de la mencionada planta de Arauco. Eso, sin contar que se traen personas ajenas al sitio geográfico donde se coloca la faena, y si ésta depende de una transnacional, lo más probable es que los ejecutivos sean extranjeros. Por último, todos estos complejos no cuenta con una vida útil perpetua. Lo cual, significa que en su momento cerrarán, dejando a la comunidad tan pobre como cuando llegaron y además sumida en un desastre ecológico.

Ahora. Sebastián Piñera, en un hecho inédito, paralizó el proceso de construcción de la termoeléctrica de Punta Choros, revocando una determinación entregada por un organismo del Estado que seguía todos los conductos regulares. Una actuación más propia de un monarca absoluto que incluso puede acarrearle consecuencias legales. Que obedece menos a escuchar las protestas que a un estilo populista donde la pauta la fijan los asesores comunicacionales. Y que apenas oculta otra clase de motivaciones. Pues estas plantas han sido estimuladas por los gobiernos de la Concertación, y en este caso específico, había una presión de otro grupo vitivinícola, esta vez de gran peso, y que simpatiza con la derecha política. Sin contar que las palabras del presidente se enmarcan en uno de sus tantos golpes de efecto mediático, pues nada ha dicho sobre los demás proyectos de igual envergadura que se espera concretar a lo largo del país, además de que con esto se le carga la responsabilidad a la "energía limpia" de la electricidad hídrica, con lo que se agrava otro conflicto con los ambientalistas, el de Aysén. Hablar para ganar apalusos, sin un programa ni metas coherentes.

jueves, 19 de agosto de 2010

Está Vendido el Trece

La venta de Canal Trece al grupo Luksic debiera provocar indignación general. No porque la iglesia católica se haya desecho sin más de su medio de comunicación más poderoso, renunciando de paso a la "labor evangelizadora" que supuestamente era capaz de realizar a través de él: es más repugnante de hecho, que esa clase de instituciones manejen marcas y empresas de alto nivel de convocatoria. Sino, debido a que la frecuencia emisora pertenecía a la universidad pontificia, que la había recibido gratis y de manera incondicional en 1959, bajo el compromiso de ofrecer una televisión educativa, cultural y aceptable en términos cualitativos. Un acuerdo de palabra, un pacto de caballeros -que se supone, para la gente vinculada a la educación superior, es respetable aunque nunca se confirme como un contrato escrito-, cuya reciprocidad debía estar garantizada desde el principio. Un grado de confianza que, no lo olvidemos, motivó al Estado a otorgar a perpetuidad el número de sintonía, sin solicitar nada a cambio.

A diferencia de la prensa escrita o la radio, la televisión llegó a Chile bastante tiempo después de su invención. En su primer periodo de expansión, este país se encontraba sumido en ese conservadurismo hipócrita y retrógrado que de tarde en tarde asalta las instancias públicas. Eso hizo que durante varios años, el parlamento y los sucesivos gobiernos declinaran abrir el espacio a esta forma de comunicación, porque se trataba de un flagelo que pervertía a los jóvenes y desviaba a los niños de sus deberes y los valores tradicionales. Finalmente, durante el mandato de Jorge Alessandri (de manera irónica pero a la vez sintomática, representante de esa reacción rancia y propia de los chilenos de clase acomodada), se dio con una solución milagrosa: cederle las frecuencias a las universidades, para que ellas se hagan responsables de una "programación de calidad", lo que por estos pagos equivale a moralina apenas disimulada tras un disfraz de supuesta cultura, elitista y excluyente. Así, saturaron la cartelera de conciertos de música docta -dos horas con la misma cámara e idéntico ojo electrónico-; diálogos repletos de datos obvios sobre artistas europeos fallecidos dos siglos atrás, e información sobre actividades en los distintos templos católicos. De vez en cuando, salían de la rutina con sosos programas de entretención, como el soporífero "Sábados Gigantes", permitidos porque existían en su justa medida, además de imitar las fiestas de primavera y las recepciones estudiantiles que en aquellos tiempos, organizaban los chicos bien, que siempre han sido los únicos con permiso de residencia en nuestras seudo universidades, donde vuelven a escuchar la sobremesa del fin de semana, dictada por sus tíos, primos y abuelos. Desde luego que a poco andar, las entidades de estudios superiores notaron que, al igual que en todas las demás áreas de la cotidaneidad, no contaban con la destreza suficiente para desempeñarse en el mundo de los rayos catódicos. Pero al mismo tiempo, vieron el potencial masificador del nuevo juguete, que lo transformaba en un eficaz mecanismo de propaganda y de lavado de imagen. Por lo que acabaron atesorándolo entre sus manos con violenta avaricia, dispuestos a eliminar a todo aquel que les impidiera obtener sus beneficios más pingües.

Las décadas transcurrieron. Se fundó un canal netamente estatal -que no cambió mucho las cosas-, se autorizaron las transmisiones en color, y a poco de concluir la dictadura, se abrió la licitación a televisoras privadas, eso sí con un régimen de obligaciones distinto al de las universidades, ya que las nuevos interesados debían comprar las frecuencias por un periodo acotado. Pero esto fue suficiente para que se presentaran fenómenos hasta entonces desconocidos, como el aumento de la oferta de canales y la consiguiente dispersión de la publicidad. Entonces, los planteles, a su vez, transfirieron sus estaciones a dueños también particulares, valiéndose de un escandaloso resquicio legal. Pues, al no poder enajenar este patrimonio, discurrieron arrendarlo a empresas externas, que superpusieron canales. De esta forma continuaron ganando y se aseguraban la impotencia de la ley, pues al tratarse de un ente distinto, quedaba exento de las exigencias de una programación cultural, educativa y cualitativamente buena por la cual el Estado les había favorecido. Así, la Universidad de Chile le entregó su transmisor a un consorcio venezolano y luego a Sebastián Piñera, el depredador accionista de bolsa que hoy es presidente de la república. Las Universidades Austral y del Norte les regalaron sus señales a caciques locales que los reemplazaron por miserables canales de cable, que además duraron poco tiempo. Entretanto, la Universidad Católica de Valparaíso se restringió a la difusión de programas de ventas por teléfono.

Y como guinda de la torta, la Pontificia de Santiago, en una actitud muy propia de un dinosaurio que conoció épocas mejores, y al cual la demencia senil le hace imaginar que el presente no tiene nada que envidiarle al pasado, negocia sus derechos con un poderoso conglomerado empresarial, que de seguro, intentará aprovechar las ventajas de la implementación de la televisión digital terrestre, hecho que está a la vuelta de la esquina. Muchos dirán que ésta fue la única estación que creció al alero casi exclusivo de su plantel madre -lo cual no es cierto-; pero aún así, casi todos sus logros han estado reñidos con la legalidad. En 1973, el Trece abrió una señal clandestina en Concepción, con el propósito original de que el sacerdote Raúl Hasbún escupiera desde ahí sus diatribas religiosas contra Salvador Allende. Cuando un funcionario público fue a clausurarla, el cura y sus secuaces los asesinaron, en un crimen que jamás fue aclarado producto del posterior golpe militar. Sin embargo, la televisora pudo reabrir su filial y fue el inicio para que las entidades de educación iniciaran la expansión de sus casas televisivas sin pagar un peso por las antenas repetidoras que instalaban a lo largo del país. Al mismo Trece le permitió ir a la vanguardia de la televisión criolla durante veinticinco años (vanguardia perdonando las limitaciones de la emisión chilena, claro está). Lo que acaba de hacer la Pontificia, con la venia de la iglesia católica, es sino otro de los sucios negociados a los que nos tienen acostumbrados nuestras seudo universidades. Que como instituciones fundadas por y para la oligarquía, nunca dejan de cometer actos turbios, ya que estén pasando por buenos o por malos ratos.

jueves, 12 de agosto de 2010

Piñera o la Banalidad del Nombre

La incontable cantidad de veces que Sebastián Piñera menciona a Dios, producto de causas diversas pero motivadas por el mismo fin, cual es interpelar al subconsciente conservador y religioso propio de la idiosincrasia chilena, y de ese modo dar una imagen de empatía y bondad basándose en un elemento tomado por "sagrado" como es la fe; hace rato que se puede comparar con la conducta de aquel niño inquieto que a cada rato toca la chaqueta o el pantalón del adulto que lo tiene a cargo, para fastidiarlo con preguntas o indicaciones que sólo en la edad infantil resultan interesantes. Por lo mismo, ya que Piñera está lo suficientemente grande, al punto de que es el actual jefe de Estado, es que sus reiterados intentos de sacar al Señor al baile ya se están volviendo difíciles de soportar. Pero además, cabe recordar que la majadería extrema provoca tal nivel de vacuidad en el significado de los términos, que en el corto plazo nadie, ni siquiera quien los despojó de su sentido a fuerza del uso exagerado, entiende por qué se recurre a ellos, aunque se repitan de manera mecánica y sin parar. Entonces, entre los receptores del mensaje, empiezan a aparacer las sospechas fundadas, respecto de la intencionalidad tras un discurso que recurre a los mismos componentes como si se tratara del éxito radial de moda.

En la Biblia, desde los diez mandamientos en adelante, siempre se les ha ordenado a los creyentes que "no tomen el nombre de Dios en vano". En la época del Antiguo Testamento, este precepto era tan importante, que los israelíes dejaron de pronunciar la palabra Yavé (al griego, Jehová), identificación, por decirlo de algún modo, "oficial", y la remplazaron por vocablos como Adonay (el Señor), Shadday (el Altísimo), el pronombre Él o incluso curiosas sutilezas como "Ángel de Yavé" o "Yah". Mientras que en los tiempos de Jesús, tanto el Salvador como sus discípulos advirtieron acerca de quienes "llaman Señor, Señor, Señor; pero no se rigen por Sus normas". Hablar de Dios sin un propósito ni un fundamento claros era considerado vulgar y por ende incorrecto. Aún si la persona en cuestión quisiese expresar honestamente su testimonio de fe. Pues eso, a la larga, puede demostrarse con hechos, que es el medio más plausible para confirmar la conversión del corazón. Si alguien obra de acuerdo a la regla de oro del Sermón del Monte, ("haz el bien sin mirar a quien y no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan")se supone que es capaz de estampar un modelo de comportamiento ejemplar que sus contemporáneos y coetáneos no tardarán en seguir. En cambio, que acomete acciones reñidas con la convivencia social, terminará siendo rechazado y condenado, pese a que insista en su condición de creyente. E incluso esa contradicción puede empeorar las cosas, al quedar quien la padece como un mentiroso de marca mayor. Y si hay algo que da para asustarse, sin lugar a dudas que ése es el desengaño.

Sin embargo, la sola mención reiterada, inoportuna e irreflexiva de un nombre, cansa a los que de una u otra manera se ven obligados a escuchar. Y en el caso de Dios sucede algo similar. Al final, Piñera va a provocar con su actitud un efecto contrario al cual desea. Cabe recordar que el Señor no es una entidad que pueda comprobarse a simple vista: de hecho es eso lo que persigue la fe, captar más allá del empirismo sensorial o mental. Luego, si al término se le vacía su contenido, se lo reduce a la nada misma, que en esta coyuntura, equivale a negar justamente la existencia de Dios. Por ende, lo que nuestro presidente está fomentando es la proliferación de los no creyentes, con todas las consecuencias que eso puede acarrear para el sector político que representa y el modelo de país que busca implantar (liberal -al estilo Friedman- en lo económico, conservador en todo lo demás): mayor aceptación del aborto, la anticoncepción, la eutanasia y la homosexualidad; auge de movimientos como el ecologismo, que parecen simpáticos cuando se trata de oponerse a un empresario depredador; pero que son tan cerriles e intolerantes como el más recalcitrante de los curas.

Pero por otro lado, hasta los simpatizantes más acérrimos deben admitir que el rechazo a esta actitud puede llegar a producirse por efectos más concretos, pues en realidad Piñera no está practicando lo que predica, y nada hace presagiar o siquiera imaginar un cambio de rumbo. Sus imprecaciones se atienen a gritar en las plazas públicas y obtener una recompensa inmediata, que en este caso no proviene de las masas populares, sino de los medios de comunicación asiduos a su pensamiento. Es curioso cómo estos sujetos que, por asistir regularmente a las ceremonias eclesiáticas, donar materiales de construcción para los templos, haber sido educados en colegios religiosos para ovejas gordas, o simplemente por pertenecer a los estratos socio económicos altos y tradicionales -los que suelen mantener a las instituciones religiosas-, se abogan el derecho de pasear a Dios según su propio gusto y conveniencia, ya que creen que su enorme caudal les da la posibilidad de tutearlo o de tornarse confianzudos. Resulta interesante porque al final siempre se descubre que su testimonio no se condice con sus declaraciones cliché. Pasó con George W. Bush, en Estados Unidos. Y está sucediendo en Chile. Por ello, es que los cristianos de verdad debemos hacer lo que corresponde: reprender a estos tipos y acto seguido dejar de creer en ellos, porque sólo así podremos alabar realmente a Dios.