domingo, 25 de octubre de 2015

Cosas Que Pasan

La frase que da título a este artículo fue utilizada por Jeb Bush, pre candidato presidencial republicano a la presidencia de Estados Unidos, como respuesta a una periodista que lo abordó a la salida de una convención política de su partido, solicitando una opinión acerca de la masacre en un centro estudiantil de Roseburg, en el estado de Oregon, donde -para variar- un pistolero solitario asesinó a diez personas y dejó heridas a otras siete. Lo peculiar de este nuevo tiroteo es que el atacante les preguntó a sus víctimas si eran cristianos, y a quienes respondieron afirmativamente, los ejecutó con un tiro en la cabeza. Algo que debería haber llamado la atención del hombre público encarado, pues pertenece a una familia que, aparte de aportar con dos gobiernos a su país -el padre y el hermano mayor del susodicho- es reconocida por su férrea defensa de la moralina tradicional, por lo que sus integrantes suelen tener altos niveles de aprobación entre los creyentes, sobre todo los más conservadores. Sin embargo, el caso es que este sujeto y el clan al que pertenece son tenaces partidarios de otro elemento: la libre posesión de armas de fuego, que en la nación norteamericana es una característica que -por diversas causas- suele estar relacionada con la anterior.

Cuando se informó la ocurrencia de este infame hecho, muchos fieles atiborraron las redes sociales de inspiración cristiana -y varias seculares también- alegando que en uno de los países que ha representado por siglos la expansión y crecimiento de la fe, hoy están surgiendo grupos y personas dispuestos a perseguir y a matar a quienes se rehúsan a negar o callar el evangelio. Como era de esperar, dichos manifestantes culparon a la ola de relativismo moral que en la actualidad estaría sacudiendo a Estados Unidos, y cuya expresión más reciente y palpable sería el fallo de la corte suprema de esa nación que declaró el matrimonio gay como un derecho inalienable en todo el territorio independiente de lo que hubiesen establecido las legislaciones locales. Bastantes ven en estas decisiones, tomadas por organismos públicos, un peligroso distanciamiento de las cosas divinas, lo cual, debido a un proceso lógico, tendería a evolucionar hacia una situación donde, basándose en distintos resquicios -presentación de pruebas científicas, freno a los denominados discursos de odio- se intente erradicar a las voces disidentes. Al respecto, muy poco atinado estuvo Barack Obama, cuando, a propósito de esta masacre, declaró que la oración ya no era suficiente. Por supuesto que se refería a que se tornaba cada vez más urgente promulgar decretos que restringieran el uso de las armas de fuego. Pero para la mentalidad de los creyentes más reaccionarios -abundantes en suelo norteamericano-, ya dolidos, y con justa razón, por lo ocurrido en Oregon, estas palabras fueron percibidas como un ladrillo más en una pared con la que se trataría de separar a Jesús de la sociedad cotidiana.

No obstante, cabría formular una pregunta para estos cristianos, varios de los cuales por supuesto son honestos. ¿Qué opinan de las palabras de uno de sus mayores referentes para la próxima elección norteamericana? Tomando en cuenta que además, entre las víctimas del tiroteo se podría más de algún partidario de Bush. ¿Repetirán con él la frase de la polémica, u optarán por un rodeo de pretensiones teológicas, aseverando que lo importante es que esos hermanos "se fueron con el Señor"? Aún cuando exista el consuelo de la resignación, queda dando vueltas un factor que vale la pena analizar. Este candidato presidencial, quien asegura defender a los creyentes y sus valores -entendidos como los más conservadores y reaccionarios- olvidó por un momento a sus supuestos protegidos y al mismo Jesús en favor de afirmar un principio, la tenencia libre de armas de fuego, que de acuerdo a la Biblia no se condice o cuando menos no es prioridad para una persona de fe, aunque no faltan quienes, mediante asociaciones bastante antojadizas, traten de calzar ambos elementos. Es importante recalcar que Jeb dejó a un lado las cosas divinas por un rifle, y eso ya es un punto que en el mejor de los casos da para reflexionar. Sin contar que su respuesta es una ofensa para aquellos fieles que murieron, precisamente, por permanecer firmes en Cristo. Ya que por ninguna parte existe en ella un mensaje de aceptar la adversidad como un componente de la insondable voluntad divina, sino más bien un intento por escapar de una interrogación incómoda, que puede dejar al aludido desnudo en su hipocresía.

Muchos cristianos norteamericanos, en especial los que se acercan al votante republicano medio, o bien miran con absoluta indiferencia el asunto de la tenencia de armas, algunos la apoyan, y otros prefieren pasar de largo respecto del tema, arguyendo que hay otras cosas más importantes que discutir -el aborto, la homosexualidad, la misma pérdida de valores- que llevan intrínsecas una mayor naturaleza pecaminosa. Sin embargo, ya hemos sido testigos de que la libre circulación de pistolas y rifles acarrea un mal tan grande que puede provocar la muerte, algo que los creyentes están llamados a evitar. De acuerdo: se trata de objetos que por sí solos no son dañinos, y que se tornan peligrosos sólo cuando caen en manos equivocadas. Pero, ¿no se podría argumentar lo mismo respecto del alcohol o las plantas alucinógenas, que estos mismos fieles buscan proscribir a todo evento? Es de esperar que no venga el silencio tras el disparo.

domingo, 4 de octubre de 2015

El Lazarillo de la Tormenta

No lo debe estar pasando bien el oftalmólogo Carlos Schiapacasse, a entender por las incontable cantidad de disculpas que ha tenido que ofrecer a cuanto medio de comunicación que por estos días lo aborda. El tipo perdió su trabajo en un hospital público, ha debido soportar toda clase de rayados en el frontis de su consulta privada, la que además brilla por la ausencia de pacientes -y clientes-, y ciertos colegas han aprovechado sus quince minutos para denunciarlo por conductas agresivas que habría manifestado en el pasado. ¿La causa? Una cámara de seguridad lo sorprendió agarrando y arrojando fuera de un ascensor en un edificio de Viña del Mar, a un perro lazarillo, y luego respondiendo con supuestos insultos de corte clasista a la asesora del hogar que trasladaba al can, reacciones provocadas por los gritos aterrados de su pequeña hija, que padece una fobia hacia esos animales. Sí, los adoradores de bestias nuevamente, y como siempre, colocando su objeto de deseo por encima del bienestar de las personas.

Dos características de este incidente han llamado la atención de la opinión pública: la condición de lazarillo del perro y las palabras que el doctor Schiapacasse le dirigió a la asesora. Ambas han sido empleadas de manera muy eficaz y conveniente por los pro animal, para destacar la importancia de las mascotas en la vida humana y defender la idea de que quien es agresivo con sus "hermanos menores" tarde o temprano también lo será con los de su propia especie. Sin embargo, del mismo modo han sido utilizadas más bien como anexos, detalles que justifican las actitudes de ojo por ojo contra el oculista que se han difuminado a través de las redes sociales y que lo tienen implorando perdón en cada oportunidad que un periodista lo enfrenta. El foco de atención continúa siendo, en forma casi exclusiva, el can, tratado a secas y no en base a las utilidades que presta, aunque algunos medios de prensa parecieran indicar lo contrario. Por su parte, la empleada doméstica ha sido tratada como un factor muy secundario, casi fantasmal. De no ser por la recriminación que le profirió el médico, catalogada de insulto clasista, interpretación un tanto ambigua, la verdad es que nadie se hubiera molestado en preguntarle su opinión, ya que dicho calificativo, como se señaló anteriormente, sirve para denostar aún más al atribulado oftalmólogo, con el argumento de que quien maltrata a los animales tampoco muestra deferencia con los humanos.

Señalo que es una interpretación un tanto ambigua, porque al fin y al cabo lo que el tipo hizo fue recomendarle a la mujer, de manera poco amigable en todo caso, que mejor usara las escaleras. De esa expresión se ha armado un escándalo donde se alega segregación contra el pobre y en especial contra las asesoras del hogar, las cuales, además, en efecto suelen sufrir la discriminación de parte de quienes las contratan, por lo general sujetos de estratos medios y altos entre quienes, por su profesión, debe contarse Schiapacasse. Pero bien que la intención del oculista pudo haber sido recordar que no es adecuado trasladar un perro dentro de un ascensor -de hecho en algunos edificios se prohíbe incluso mantenerlos en los departamentos-, ya que puede defecarse en la cabina o si ésta se halla muy poblada, cometer acciones propias de su naturaleza instintiva, como ladrar o morder, todos hechos que obviamente no resultan agradables. Estamos de acuerdo en que lo indicó de la peor manera posible y luego de haber arrojado al can. Pero si muchos le reprochan a este oculista su falta de criterio, entonces que ellos sean consecuentes con lo que exigen y analicen con más calma la situación, antes de embestir como toros (otro animal que les ha llamado la atención, por el asunto de las corridas). Él sólo buscaba proteger a su pequeña hija, que recordemos padece una fobia. Nadie por cierto ha tomado en cuenta a esa niña y de seguro que ella por lo menos ha escuchado aseverar que su padre es un golpeador de hermanos menores. Parece ser que los amantes de criaturas inferiores no son muy considerados con los seres humanos, al contrario de lo que argumentan.

No han faltado quienes han aplaudido la condena contra el doctor Schiapacasse, destacando que pocas veces en Chile una persona de los sectores más acomodados recibe una sanción por sus actos deleznables. Esa conclusión sólo resiste un pequeño análisis. Para comenzar, este oculista no pertenece al círculo de las fortunas más influyentes del quehacer nacional, y la prueba de su carencia absoluta de poder está en el despido del que fue objeto en el servicio público de salud. Además, dudo que alguna vez alguien tendrá la oportunidad -mucho menos las agallas- de captar a un Lucksic, un Angelini o un Agustín Edwards maltratando un animal. Si es una cámara de seguridad de un ascensor, los mismos encargados de manejarlas las borran al instante. Por otro lado, estos tipos cuentan con enormes viviendas con amplios patios, en ciertos casos, fundos, donde mantienen perros, gatos, aves y hasta caballos, los cuales, dadas las circunstancias, suelen usar para lavar su imagen. Donde hay que hincar el diente es en la agresión constante que efectúan contra los humanos que trabajan para ellos. Lo cual ni siquiera inmuta a los adoradores de bestias, que en muchas ocasiones son hijos ociosos de estos magnates o de quienes los adulan.

domingo, 6 de septiembre de 2015

El Fastidio del Folclor

Llega septiembre y los supermercados y centros comerciales sustituyen la música que comúnmente se oye en el interior de esos recintos por cuecas, tonadas y afines. Con ello, le avisan al público que es víspera de fiestas patrias y que al menos por un mes no han dejado de lado las "tradiciones" en favor de modelos y géneros foráneos cuya sola exhibición puede constituir un atentado contra la identidad nacional. De paso, alientan los reclamos de los folcloristas, quienes aseveran, no sin pruebas fehacientes, que la población local se acuerda de estas expresiones culturales, así como de sus practicantes, sólo durante dos semanas en el año.

Más allá de lo legítima -sobre todo a la luz de los hechos- que es esa protesta, cabría preguntarse si no sufre de una estrechez mental e intelectual similar a la que muestran los gerentes de las tiendas mencionadas en el párrafo anterior. Cuando se aborda este tema, siempre se hace en el marco de la ausencia de la denominada "música tradicional" durante el resto del año, y su consecuente arrinconamiento -con todos los clichés que ello acarrea- en septiembre. Pero, ¿nadie ha pensado en los efectos negativos que puede ocasionar esta sobre exposición de folclor en vísperas del "aniversario patrio"? Independiente de que alguien prefiera melodías de buena o mala calidad -y en la folclórica conviven ambas clases de demostraciones- su tendencia siempre estará orientada a la diversidad de géneros, pues machacar siempre en uno solo la verdad es que aburre. Incluso quienes ven esta expresión artística en términos puramente funcionales -entre otros, como fondo de un aviso publicitario o de un sitio de compras- se acaban hastiando cuando la oferta no es variada.

Y es preciso recordarlo: los centros comerciales, los espacios públicos, los programas televisivos y a veces ciertas emisoras de radio, no emiten otra cosa que no sean ritmos considerados folclóricos. ¿No estarán generando entre la población, precisamente la sensación de que esta música es válida sólo para la primera quincena de septiembre? ¿No están ellos mismos, finalmente, dejando entrever que estas composiciones tienen sentido únicamente en una fecha determinada? Con la forma en que abordan el asunto, terminan provocando dicho efecto. Porque a través de los parlantes se escucha una instrumentación totalmente diferente a lo que se expone el resto del año, atípica y que además desentona (vaya términos tratándose de música y de folclor) con la línea que se mantiene durante las épocas "normales". Aparte que es imposible no percibir una sensación extraña cuando se da en el mismo clavo cuando éste no corresponde a lo que se toca con frecuencia, donde por lo demás cada tienda o medio de comunicación cuenta con un estilo propio. Cuando un supermercado da a conocer determinadas canciones, lo hace porque es lo más grato para el personal o porque desea entregar una imagen particular e inequívoca al público. Lo que por las características ya explicadas no se da con la rítmica tradicional, impuesta en base a la obligatoriedad que impone una fecha.

El pianista Roberto Bravo siempre ha insistido que sólo existen dos tipos de música: la buena y la mala. En ese sentido, y más todavía en la actualidad, cuando las técnicas de grabación han permitido a los cultores de ritmos populares superar las limitaciones que les imponían las antiguas técnicas de notación -saber interpretar un pentagrama, por ejemplo-, el folclor no puede permanecer aislado y en su propio limbo, sino que debe mezclarse con otras formas de composición que permitan crear obras de calidad que perduren en el tiempo y que contribuyan a identificar a un  país. Si analizamos, nos damos cuenta que existe una enorme cantidad de autores y grupos cuya música se ha considerado folclórica que no practican el estilo al menos en el sentido ortodoxo del término, y que son doctos -Pedro Humberto Allende- o cercanos al pop -Inti Illimani, Los Jaivas-. Y a ellos y otros más se los oye todo el año, porque los receptores han caído justamente en la cuenta que resultaría ofensivo remitirlos a un cliché de quince días.

domingo, 16 de agosto de 2015

El Hambre y El Desperdicio

Un reciente informe de la FAO indicó que, aún considerando el factor de la huella ecológica, hoy se elabora suficiente comida como para saciar dos veces a la población global actual. Más aún, la investigación concluye que con sólo un cuarto de los alimentos que se tiran encontrándose en buen estado (y que constituyen la tercera parte de la producción total) se podría dar sustento a todas las personas que en la actualidad, por diversas circunstancias, padecen hambre. Resultados que, al menos por el momento, parecen desmentir a quienes postulan al control de la natalidad como una importante solución -cuando no la única- para aliviar una serie de problemas que están aquejando a la humanidad, entre los que justamente se cuenta la inanición.

Lo de que se genera suficiente comida para la totalidad de los terrícolas, es algo que ya se sabía de antemano. Una situación que, de mantenerse el actual crecimiento demográfico, al menos durará un siglo más. El problema del hambre, en realidad, radica en otras causas, como los conflictos bélicos por supuesto, pero también debido a ciertas conductas, como el lujo y la especulación. Se fabrican alimentos, muchas veces, no con el propósito de cubrir la más básica de las necesidades, sino con un afán de mero entretenimiento, como las golosinas o los menúes exclusivos. Los agricultores y los industriales se concentran en estos negocios, ya que les resultan más lucrativos, y se olvidan de los comestibles más masivos y esenciales. Por otro lado, lo que llega al tarro de la basura sin ser consumido sirve para mantener un atractivo nivel de precios, ya que técnicamente se saca del marcado un número de ejemplares que podrían hacer bajar el valor económico. Con esas premisas, se dan fenómenos que en otro contexto serían completamente absurdas y descabelladas, como lo que sucede con los granjeros y empresarios de frutas que lanzan unidades al vertedero por simples consideraciones estéticas.

Un comportamiento que lleva a plantearse preguntas. ¿Se considerará en este asunto de la huella ecológica, solamente el aumento cuantitativo de la población en atención a la relación entre suelos habitados y destinados al cultivo, o cabe la opción de agregar otros factores, que a la larga, harían a este cálculo mucho más objetivo? Por ejemplo, si el número de personas crece, aumentará igualmente el de sujetos que buscarán una alimentación de lujo, a causa de un legítimo deseo individual alentado por su poder adquisitivo. Ello aumentará la presión sobre los recursos naturales que, debido al crecimiento demográfico, serán cada vez menos. Del otro extremo, quienes exigirán comida para satisfacer su necesidad de supervivencia también subirán sus cantidades, de nuevo, sobre un menor volumen de terreno para plantar. A lo que se suma de que los más afortunados tienden enseguida a resolver de manera casi igual de exagerada algunas eventualidades como la vivienda, adquiriendo terrenos más amplios sólo por un afán de mayor esparcimiento y agrado. Hectáreas que se le arrebatarán a la agricultura o la ganadería. En consecuencia, las auténticas causas que hoy provocan situaciones de hambruna, de mantenerse la actual situación en el futuro sí acabarían generando escasez, justamente lo que muchos creen es la explicación para la inanición contemporánea.

Para cuando menos paliar este problema, hay cuestiones concretas que las legislaturas pueden hacer. Por ejemplo, considerar delito el arrojar comida que se halla en buen estado, algo que ya existe en Francia. Y no me estoy refiriendo con esto al ciudadano pedestre que termina lanzando al bote alguna patata que cocinó de más. Sino de aquellos industriales y propietarios de supermercados que sencillamente desperdician lo que no son capaces de vender. Otra idea bien interesante sería transformar en oficial, incluso con tratados internacionales, la práctica de las denominadas redes de alimentos, que en la actualidad sólo se circunscribe a organizaciones no gubernamentales. Y desde luego, aunque para ciertos teóricos suene a propuesta trasnochada y enemiga de la libertad económica o el esfuerzo individual, colocar un freno a la especulación financiera, al menos en este campo. Aparte de seguir considerando el control de la natalidad como alternativa válida. Tendríamos menos humanos, pero nos ahorraríamos unos cuantos acaparadores.

                                                                                                               

domingo, 2 de agosto de 2015

Muchas Atribuciones y Escasa Preparación

Dos hechos marcaron la pauta noticiosa durante la semana pasada. El primero, la agresión a un teniente de carabineros, que recibió un disparo en la cabeza, el cual lo tuvo al borde de la muerte, de parte de un sujeto al cual le estaba efectuando un control policial. El segundo, el asesinato, perpetrado por un funcionario de esa misma institución, de un obrero cuprífero, que formaba parte de una protesta pacífica por mejoras salariales en El Salvador. El primer incidente ha llamado la atención de las autoridades, los medios de comunicación y los sectores más influyentes de la sociedad, quienes consiguieron que en el congreso se ingresara un proyecto que aumentaba las facultades de los agentes así como las penas carcelarias para quienes los osaban desafiar. En cambio, en el caso del homicidio la cobertura ha sido más soterrada, como tratando de evitar que se genere un debate en torno al suceso, respecto del cual ya el fiscal a cargo se ha adelantado, sólo con pruebas preliminares, en afirmar que se trató de un hecho accidental, por lo que optó por no revelar el nombre del autor del balazo.

En Chile los policías, y en especial carabineros, ya cuentan con atribuciones más que suficientes como para reducir a un maleante sin temor a que un magistrado judicial se les vaya en contra. Desde hace algunos años se ha descrito el delito de agresión en contra de ellos, con prisión perpetua calificada -hasta cuatro décadas de encierro- en caso de enfermedad grave o muerte. Además, los mecanismos de protección ideados por la dictadura de Pinochet hacen muy difícil que un funcionario reciba alguna condena por abusar de sus prerrogativas, incluso si un hecho de esas características significa su expulsión de la institución. Finalmente, está el favorable consenso social, que se traduce en que son los organismos públicos mejor evaluados en las encuestas, y que se palpa en cosas como el constante saludo que los agentes reciben de parte de los niños pequeños en la calle. Tal vez el asunto deba analizarse desde otros puntos de vista. Por ejemplo, la forma en que utilizan las amplias facultades que ya tienen hoy. En el caso del teniente, el malhechor -un tipo que hace poco había salido de la cárcel- le ejecutó el disparo con su propia arma de servicio, que le arrebató, no ocasionando una distracción, sino efectuando un simple cambio de manos. Un nivel de torpeza que también se podría constatar en el caso del asesinato del obrero, si es que se comprueba la tesis del fiscal, que la bala le impactó producto de un rebote. Dos situaciones indeseables que se dan a consecuencia de fallar en algo que es tan elemental en esta clase de oficio, como es manejar una pistola.

Entonces, la solución no pasa por dotar de más atribuciones a los policías, sino de saber usar las que ya tienen. Lo que al menos en el caso de carabineros, por el nivel educacional e intelectual de sus integrantes, así como del procedimiento de reclutamiento de la institución, no va a ser el camino a tomar excepto si se produce un cambio de mentalidad. Hablamos de funcionarios que no cuentan con la enseñanza media completa y que salen a las calles tras siete meses de instrucción, lo cual puede ser suficiente para aquietar la ansiedad del momento, pero no para generar una seguridad pública efectiva. Y no parece que los encargados tengan el menor interés en enmendar las cosas: no sólo a la luz del mencionado proyecto de ley enviado al parlamento, ni de los recursos humanos y económicos que es necesario implementar, sino debido a los beneficios sociales que acarrea ser agente, favorables tanto para quienes toman esa decisión como para el mismo Estado. Pues los uniformados suelen salir de las capas populares de la población, donde frente a la evidente falta de oportunidades, no falta quien opta por una alternativa que le asegura un trabajo estable, con sueldo fijo por el resto de la vida y una jubilación adelantada y más o menos contundente: más, si empieza a vislumbrar que no acabará la educación secundaria, de por sí de calidad mediocre, y por ende no le será fácil enfrentar un mundo laboral donde los empleadores tienden a exigir la totalidad de la escolaridad. Una conjunción de factores, que a los gobernantes les permite respirar aliviados porque pueden decir que hay una posibilidad de que los menos afortunados puedan ganar escalafones.

Mientras ocurra eso, que ser carabinero sea ante todo una oportunidad para abandonar la pobreza, y que se trata de un trabajo que va más allá de un llamativo uniforme con el que sacarse la foto, como sucede con los guardias reales ingleses, mucho me temo que continuaremos presenciando bochornos como el que le sucedió al teniente, bien por él y sus cercanos, se halla en franca recuperación. Sucesos anómalos que por desgracia volverán a motivar a los alarmistas de siempre a crear nuevos atributos legales, los cuales irán en desmedro de personas desarmadas y que no forman parte del hampa, como el obrero de El Salvador. Círculo vicioso que se debe detener de una vez por todas, por el bien de los policías, los civiles y el país.

lunes, 20 de julio de 2015

Muerte a los Gatos

Hace unos días, el gobierno de Australia anunció que comenzará una campaña para erradicar a todos los gatos asilvestrados que se encuentren en ese país, mediante la colocación de cebos envenenados y la caza directa. Resulta que hay un grave exceso de población de estos felinos, lo cual ha ido en desmedro no sólo de otras mascotas y de animales de granja, sino de muchas especies autóctonas, algunas de las cuales le han dado una considerable fama a la isla-continente, y que han visto mermado su número debido a que los intrusos les han venido ocupando su hábitat y además los están usando como alimento. Por ello los tratarán de exterminar como si fueran simples ratones, pese a los eventuales reclamos de los defensores de los derechos de los animales, quienes en todo caso, al parecer han optado por no levantar la voz.

Independiente de las opiniones a favor o en contra que se pueden generar en torno a esta clase de medidas, lo interesante es constatar cómo los sentimientos que despierta una determinado animal, la cual llega a ser tomada como símbolo de lo que no se le debe hacer a los llamados "hermanos menores", al final se vuelven perjudiciales para otras especies al punto de amenazar el equilibrio natural mismo. Algo similar a lo ocurrido en Australia acaece en la actualidad en Francia, donde la excesiva población de gatos, incluso de aquellos que no han sido abandonados, ha redundado en una disminución de las aves, que los mininos suelen atrapar por sorpresa. A eso se puede agregar lo que está aconteciendo en África y América Latina, donde los perros callejeros y vagos ya no se contentan con el ganado o las personas que hallan desprevenidas por ahí, sino que también están atacando a la fauna oriunda de cada territorio. Todo ello, frente a la escasa sino nula capacidad de reacción por parte de las autoridades, en gran parte debido a la presión ejercida por parte de grupúsculos que si cuentan con conocimientos sobre ecología, son los más banales y seudocientíficos que se pueden imaginar; pero que a cambio cuentan con un significativo poder económico y excelentes contactos sociales y políticos..

Y he aquí el meollo del problema. Los pro animal posee una mirada tan superficial como dañina, que empieza y termina en aquellas especies utilizadas exclusivamente como mascotas, y que irónicamente, tienen un origen artificial, ya que son el resultado de la domesticación de otras -el gato salvaje europeo o el lobo-. Es cierto que no faltan quienes protestan por la situación de los circos o de las fábricas de cecinas. Sin embargo, mientras en el primer caso se trata de una fauna que han observado sólo en documentales y películas edulcoradas, y de las cuales por ende tienen una visión en extremo romántica, en el segundo hablamos de bestias que por el tipo de familiaridad que se crea hacia ellas, a la larga se les viste con su propio halo idealizado (los cerdos, al igual que los perros y los mininos, abundan en las fábulas, los relatos infantiles y los dibujos animados). En definitiva, o se trata de una atracción primigenia -que no se detiene a examinar las causas de por qué ciertas especies llegaron a transformarse en domésticas-, o de una opinión formada a partir de información exótica y mediatizada por un determinado narrador (y los de la televisión por cable, vaya que poseen fórmulas particulares e innovadoras de hacer penetrar su mensaje). Pero en caso alguno nos encontramos frente a una persona que ha leído un libro de biología o ha salido a explorar al campo o al bosque, y por lo tanto todas sus conclusiones han pasado por el cedazo de un discurso emotivo o antojadizo.

Lo que a fin de cuentas, torna a la parafernalia pro animal en palabrería huera. Propia de ociosos egoístas que no se esfuerzan en adquirir datos más allá de los que les proporcionan los instrumentos que son el resultado de su misma comodidad, a saber, las mascotas y el televisor. No cabe la preocupación por la gente que es atacada por perros o gatos, ya sea de manera directa o a través de las infecciones que estas especies pueden portar. Ni siquiera es admisible el perjuicio económico que a un habitante del campo le genera la destrucción de su ganado, ni de las consecuencias que significa la desaparición de la fauna nativa. En conclusión, los adoradores de bestias sólo son niños alimentados, mimados e ignorante que sólo le ocasionan daño a aquello que aseveran proteger.

lunes, 6 de julio de 2015

La Mesada de Giorgio

En medio de la polémica por un proyecto de ley presentado por algunos diputados que busca rebajar el salario de los parlamentarios, el senador democristiano Patricio Walker, aseveró que los patrocinantes de dicha iniciativa habían pasado "de la mesada al Congreso". Con ello quiso dar a entender que esos miembros de la cámara baja, que surgieron tras las protestas estudiantiles del 2011, no entienden la situación de sus colegas mayores, quienes tienen familia y por ende deben encargarse de la manutención de los hijos y del sostenimiento de un hogar (y a veces de varios, pues hay uno que otro separado obligado a cancelar alguna pensión alimenticia). Pero además, de paso -y lo más probable es que de modo consciente- apuntó su sarcasmo contra Giorgio Jackson, el ex dirigente universitario devenido en congresista, el que en efecto, después de concretar sus estudios superiores el único trabajo remunerado que ha realizado es el de legislador.

Convengamos que lo de Walker es un exabrupto propio de un desubicado sabelotodo, que cree que por los años o el tiempo que lleva ejerciendo un oficio tiene la facultad de responder ante una objeción de alguien que considera novato e ignorante -en definitiva, inferior- con un grado de mordacidad rayano en la insolencia, que por las circunstancias en que fue emitido un determinado comentario, éste puede ser considerado un insulto. Sin embargo, Jackson no sale limpio en este entrevero. Más allá de la forma y el contexto en que las emitió, las críticas del senador son absolutamente comprensibles y constituyen un argumento válido. El ex dirigente universitario, en efecto, carga con menores obligaciones que muchos de sus colegas, en aspectos familiares, económicos e incluso políticos (llegó al parlamento en condición de independiente, con un lenguaje que se plegaba a la moda de atacar a los hombres públicos tradicionales -tanto en el sentido cultural como ideológico del término- y tras provenir del ambiente de las manifestaciones estudiantiles, muy bien miradas en la época en que formó parte de tales movimientos). Su postura demuestra una insensibilidad hacia sus pares que surge de un cúmulo de prejuicios que quizá no sean fáciles de percibir a simple vista, porque no fueron lanzados por una persona identificable como sucedió con Patricio. Pero que provienen de un inconsciente colectivo influenciado por la idea de que en los altos cargos del Estado sólo hay espacio para sinvergüenzas, con notables excepciones -una de las cuales, desde luego, sería el diputado de marras-, y que las únicas maneras de detener su actuar es que con normas moralizadoras y castigadoras entre las que se encuentra el meterse a sus bolsillos, una de las tendencias más recurrentes en las administraciones populistas.

Si Jackson es responsable a la hora de ejercer su cargo (un atributo que él mismo y quienes lo apoyan consideran de alto nivel, cosa que le permitiría exigir lo mismo del resto), debería salir siquiera un momento de la respuesta inmediata y la cobertura mediática, y analizar un poco la historia. La dieta parlamentaria fue instaurada en Chile en la década de 1920 con la finalidad de que los legisladores se dedicaran por tiempo completo a su labor y no la vieran como un pasatiempo reservado a quienes contaban con tiempo suficiente para hacerlo, casi siempre los oligarcas y quienes no se hallaban obligados a vivir de un sueldo. Como por cierto ocurría anteriormente en el país, lo que permitía la existencia de una clase gobernante alejada del pueblo el que además sufría una permanente miseria. Es, de hecho, una de las tantas conquistas sociales que se obtuvieron en aquellos años. Desde entonces, los congresistas empezaron a efectuar su trabajo, cual es redactar leyes y no actuar como si estuvieran en una sobremesa de salón. Y si bien es cierto que ciertos aumentos en las remuneraciones han resultado grotescos (con el agravante de que son los mismos diputados y senadores quienes deben sacar adelante dichas reformas, por lo que se transforman en una viciosa versión del juez y parte), tampoco es muy reflexivo una propuesta formulada para la galería, sin sustento argumentativo (salvo el que puede otorgar la denominada opinión pública, lo que a la larga termina siendo cualquier cosa) y con el afán de hacerse notar como diferente, lo cual se torna -por asociaciones arbitrarias- en sinónimo de renovado, limpiador e impoluto.

Cuando a Jackson le han espetado el por qué de todas formas acepta su remuneración mensual, siendo que la considera excesiva (un argumento capcioso, pues por ley estos dineros son irrenunciables), se defiende aseverando que dona el excedente a una fundación. No arregla para nada las cosas. En primer lugar, porque si la dieta se rebajara como lo propone, lógicamente el dinero entregado a esa organización disminuiría o desparecería. Y luego, porque contribuye a mantener -y exacerbar- ese mismo círculo que tantas críticas ha generado en Chile, donde los grandes acaudalados patalean cada vez que les hablan impuestos, e incluso inventan triquiñuelas para evadir los pocos que les exigen; no obstante son abiertos al instante de donar mendrugos para caridad, acaparando toda la notoriedad y la publicidad que ese ejercicio conlleva. Incluso, ésa es una de las causas por las cuales el discurso de Giorgio ha prendido tanto en el electorado y su misma persona a la vez se ha ganado las felicitaciones de la gente. Una cáscara y poquísimo más.