Como cada veintiuno de mayo, y a pesar de la cuenta presidencial y las protestas callejeras surgidas en torno a ese evento, en éste no se han dejado de expresar las loas a la "gesta heroica" de Arturo Pratt y sus marinos en el llamado Combate Naval de Iquique, el hecho histórico que precisamente un día como hoy sea declarado como feriado. Más aún: al comandante de la Esmeralda en la actualidad se lo considera el héroe nacional por antonomasia, por encima de un O`Higgins, un Carrera o un Portales, y debe ser el único de los chilenos involucrados en un suceso de carácter militar acerca de quien sólo se espetan elogios y del cual nadie ha descubierto -o no ha querido buscar- defectos, llegando a ser presentado como el primer y principal modelo a seguir, actitud que se refleja en la manera en que se le cita y presenta, por ejemplo, en la enseñanza básica, donde para estas fechas los niños siempre se disfrazan con uniformes de la armada, cuestión que no ocurre en ninguna otra efeméride ni con cualquier otro prócer.
Pero veamos. ¿Cómo se llegó a eso que hoy se conoce como Combate Naval de Iquique? Nadie de quienes ensalzan a Pratt en éste y otros días del año, o se irritan cuando alguien osa esbozar algunas críticas a su persona, repara en ciertas causas que desencadenaron ese enfrentamiento naval. Por ejemplo, la torpeza del almirante Juan Williams Rebolledo, que en lugar de obedecer una orden superior, que le indicaba dirigir la flota al puerto del Callao, donde los barcos peruanos aún no habían terminado de prepararse (con lo cual se podía haber asestado un golpe definitivo capaz incluso de terminar la guerra antes siquiera que hubiese comenzado): empero decide bombardear una tras otra las localidades costeras bolivianas, conducta que genera el repudio de la comunidad internacional y que sume en la desesperación a las autoridades chilenas, al notar que los buques enemigos han contado con el tiempo suficiente y ya están listos para pelear. Cuando el ya mencionado Williams por fin entiende el mensaje y parte a encontrarse con las naves adversarias, se encuentra con la desagradable sorpresa de que éstas a su vez habían zarpado rumbo a Iquique, y que allá se iban a topar con un par de goletas vulnerables fabricadas de madera. Una de ellas, administrada por un marino a quien sus colegas consideraban un ganso, por haber optado por una carrera universitaria (Arturo era abogado), además de negarse a bajar a los burdeles cuando se llegaba a algún puerto, por mantener su fidelidad con su esposa, a quien regularmente le escribía cartas de amor.
Y ese último dato no deja de ser curioso. Carlos Condell, célebre putañero, y por ende alguien de quien se podía decir que "le sobraba mundo", resultó ser más vivaracho en momentos difíciles, e hizo que el Independencia persiguiera a su Covadonga por las aguas poco profundas de Punta Gruesa, donde finalmente el buque peruano encalló y acabó siendo hundido. Por su parte Pratt, un tipo que aparecía como que carecía de vida más allá de la familia y el trabajo, llevó a la Esmeralda para un lado y otro de la bahía de Iquique hasta que las calderas estallaron. Su salto a la cubierta del Huáscar, que muchos consideran la muestra máxima de su heroísmo, no es más que una actitud desesperada aunque igualmente lógica dado el cariz que había tomado el conflicto. No obstante, su personalidad forjó la imagen de un hombre íntegro y moralmente intachable (al menos en términos sexuales), además de esforzado (por lo de sus estudios superiores), víctima para colmo de los comentarios maliciosos de sus compañeros (entre ellos el propio Condell) lo cual provocó en la población un sentimiento de conmiseración por el débil, con la condición de mártir como guinda de la torta. Un auténtico golpe de suerte para los militares de la época, que fue muy bien aprovechado, de tal manera que gracias a él lograron justificaron una guerra de cuatro años que costó enormes bajas entre obreros y personas del pueblo raso que fueron reclutadas a la fuerza, la cual podrían haber sorteado. Al respecto, cabe recordar el acróstico que un diario de Santiago, cuatro días después del combate, realizó con los nombres de las naves involucradas en el evento, que se listaban formando la palabra Chile, aunque para ello hubo que meter con calzador al carbonero Lamar, anclado en la rada por motivos puramente comerciales y que no participó en la batalla.
De todos los sucesos bélicos desfavorables para el bando chileno en Guerra del Pacífico, dos son especialmente conmemorados: el Combate Naval de Iquique y la Batalla de La Concepción. No es coincidencia. En este último acontecimiento, una compañía de setenta y siete muchachos, entre quienes se incluían -es preciso no olvidarlo- adolescentes y niños de diez años, fueron enviados a la muerte a una remota localidad de la sierra peruana, en medio de los ataques de guerrillas de las cuales se desconocían sus movimientos, y bajo la promesa de ayudas que jamás llegaron, incluso cuando ya se tenía la certeza de cuál iba a ser la suerte de esos chicos. De nuevo, víctimas de actos negligentes y -no es exagerado agregar- criminales, que son elevados a la categoría de héroes para con ello cubrir las determinaciones imbéciles. Y parece una tendencia: de hecho no falta quien habla de los "héroes de Antuco" un término que fue acuñado casi desde el mismo instante en que se supo que esos reclutas en servicio militar habían muerto producto de una orden desquiciada que los obligó a marchar en medio de una tormenta de nieve. ¿Será una prueba de la llamada "hinteligencia" de los militares? En todo caso, al menos en estas situaciones puntuales, les ha resultado bastante eficaz.
jueves, 21 de mayo de 2015
domingo, 10 de mayo de 2015
El Eterno Retorno de los Viejos
Las vicisitudes por las cuales está atravesando el gobierno, las cuales ya han provocado el anuncio de un cambio de gabinete, han impulsado a ciertos analistas a resucitar una propuesta que siempre se saca a colación en estos casos, y que debamos admitirlo, en casi todas las ocasiones anteriores ha terminado por imponerse. Se trata de la exigencia de que el mandatario de turno elija a sus ministros entre figuras conocidas, de la vieja guardia o legendarias, ya que éstas cuentan con la experiencia y la habilidades adquiridas necesarias para sacar la administración de lo que, al fin y al cabo, es una crisis. Una alternativa que toma un tinte bastante peculiar en la actual coyuntura, pues la legislatura en ejercicio ascendió al poder en medio de una gran cantidad de expectativas respecto a una serie de reformas profundas en el sistema económico, social y político que rige al país, acompañadas además por un discurso que hace énfasis en el recambio generacional como muestra e impulso a su vez de una urgente renovación de la estructura nacional, la misma que los más antiguos, a no se atrevieron a corregir o la dejaron como estaba porque descubrieron que les convenía a sus intereses personales.
¿En qué se basa esta enésima solicitud de regreso de los viejos? El subterfugio más visible insiste en que ellos son menos propensos a cometer errores que en definitiva afectan a la totalidad de los ciudadanos, pues se trata de la conducción del país. Sin embargo, enseguida cabría preguntarse: ¿en qué han fallado los en teoría más jóvenes, neófitos o inexpertos? Si lo miramos con objetividad, notaremos que las calificadas de equivocaciones, en realidad constituyen choques entre quienes desean modificar aspectos del sistema -ni siquiera remover sus pilares estructurales ni mucho menos cambiarlo por completo- y aquellos que por distintas causas -temor a lo desconocido, prejuicios ideológicos o simple conveniencia- han hecho lo posible durante estos meses por mantener las cosas como están, o en el mejor de los casos han hecho ofrecimientos muy tibios destinados a contrarrestar los que les provocan rechazo, y que son de carácter visiblemente cosmético y publicitario. Es un desafío, además, contra un paradigma que ha funcionado -bien, dentro de sus propios parámetros- por décadas y que al menos en apariencia sólo ha significado beneficios a la sociedad. Transformar incluso algunos pocos recovecos, al calor de ese análisis -aceptado por buena parte de las élites y un número significativo de la población- resulta un camino descabellado que puede arrastrar a la nación al desastre.
Sería, pues, ésa la principal acusación que se le podría formular al llamado impulso juvenil. El de creer que con sólo la fuerza y el vigor se pueden derribar muros, que por su parte cuentan con un importante contingente humano que los defiende. Si se busca realizar reformas significativas, desde luego que bajo cierta lógica se es propenso a cometer equivocaciones, pues el parámetro medidor surge justamente a partir del paradigma que se desea modificar. La sentencia que dictamina que los viejos jamás yerran, contiene por ende elementos capciosos, truculentos y malintencionados. Por supuesto que nunca dejarán de acertarle al blanco. Están tomando decisiones dentro de un sistema respecto del cual, si no participaron en su diseño, se han aclimatado perfectamente en él, y por lo tanto ya saben a qué atenerse en el momento indicado. Se las saben por libro, aseveraría el refranero popular, y no les cuesta enarbolar una solución porque las han memorizado. Y como todo está instaurado desde hace un buen tiempo, no requiere de demasiado movimiento, es más: siempre se trata de regresar las cosas a su sitio de origen. Diferente a quien llega con una oferta novedosa, quien por obligación debe adentrarse en caminos desconocidos y con un dedo inquisidor insistiendo en por qué abandonó un modelo que era seguro porque había dado excelentes resultados.
El asunto final es preguntarle a los viejos qué pasará con esto cuando ellos desaparezcan físicamente o ya no estén en condiciones de tomar las riendas del país. Quedarán detrás una serie de generaciones pobladas por amedrentados, sin atrevimiento para cambiar situaciones visiblemente anómalas y con escasa capacidad de atrevimiento incluso para sostener el statu quo. Nadie los está tratando de anticuados o calificativos por el estilo. Pero estos a quienes muchos catalogan de mozalbetes inexpertos, ya cuentan con experiencia en el servicio privado -que es un factor a considerar- e incluso en el público, trabajando por años como asesores en las sombras. Y eso último, aunque no se vea, constituye un modo de acumular experiencia.
¿En qué se basa esta enésima solicitud de regreso de los viejos? El subterfugio más visible insiste en que ellos son menos propensos a cometer errores que en definitiva afectan a la totalidad de los ciudadanos, pues se trata de la conducción del país. Sin embargo, enseguida cabría preguntarse: ¿en qué han fallado los en teoría más jóvenes, neófitos o inexpertos? Si lo miramos con objetividad, notaremos que las calificadas de equivocaciones, en realidad constituyen choques entre quienes desean modificar aspectos del sistema -ni siquiera remover sus pilares estructurales ni mucho menos cambiarlo por completo- y aquellos que por distintas causas -temor a lo desconocido, prejuicios ideológicos o simple conveniencia- han hecho lo posible durante estos meses por mantener las cosas como están, o en el mejor de los casos han hecho ofrecimientos muy tibios destinados a contrarrestar los que les provocan rechazo, y que son de carácter visiblemente cosmético y publicitario. Es un desafío, además, contra un paradigma que ha funcionado -bien, dentro de sus propios parámetros- por décadas y que al menos en apariencia sólo ha significado beneficios a la sociedad. Transformar incluso algunos pocos recovecos, al calor de ese análisis -aceptado por buena parte de las élites y un número significativo de la población- resulta un camino descabellado que puede arrastrar a la nación al desastre.
Sería, pues, ésa la principal acusación que se le podría formular al llamado impulso juvenil. El de creer que con sólo la fuerza y el vigor se pueden derribar muros, que por su parte cuentan con un importante contingente humano que los defiende. Si se busca realizar reformas significativas, desde luego que bajo cierta lógica se es propenso a cometer equivocaciones, pues el parámetro medidor surge justamente a partir del paradigma que se desea modificar. La sentencia que dictamina que los viejos jamás yerran, contiene por ende elementos capciosos, truculentos y malintencionados. Por supuesto que nunca dejarán de acertarle al blanco. Están tomando decisiones dentro de un sistema respecto del cual, si no participaron en su diseño, se han aclimatado perfectamente en él, y por lo tanto ya saben a qué atenerse en el momento indicado. Se las saben por libro, aseveraría el refranero popular, y no les cuesta enarbolar una solución porque las han memorizado. Y como todo está instaurado desde hace un buen tiempo, no requiere de demasiado movimiento, es más: siempre se trata de regresar las cosas a su sitio de origen. Diferente a quien llega con una oferta novedosa, quien por obligación debe adentrarse en caminos desconocidos y con un dedo inquisidor insistiendo en por qué abandonó un modelo que era seguro porque había dado excelentes resultados.
El asunto final es preguntarle a los viejos qué pasará con esto cuando ellos desaparezcan físicamente o ya no estén en condiciones de tomar las riendas del país. Quedarán detrás una serie de generaciones pobladas por amedrentados, sin atrevimiento para cambiar situaciones visiblemente anómalas y con escasa capacidad de atrevimiento incluso para sostener el statu quo. Nadie los está tratando de anticuados o calificativos por el estilo. Pero estos a quienes muchos catalogan de mozalbetes inexpertos, ya cuentan con experiencia en el servicio privado -que es un factor a considerar- e incluso en el público, trabajando por años como asesores en las sombras. Y eso último, aunque no se vea, constituye un modo de acumular experiencia.
jueves, 30 de abril de 2015
Asquerosa Política, Asquerosa Prensa
Se deben estar frotando las manos al interior del Consorcio Periodístico Sociedad Anónima, más conocido por la sigla Copesa. Tras el reportaje publicado en enero en uno de los medios dependientes de esta empresa, la revista Qué Pasa, acerca del llamado Caso Caval, la atención se ha concentrado en la presidente Michelle Bachelet, debido a que su hijo y su nuera son propietarios de esa inmobiliaria, cuya única actividad conocida es la compra a bajo costo de unos terrenos rurales en la sexta región que pocas semanas después de la transacción, de forma tan sorprendente como misteriosa, pasaron a ser considerados por las autoridades respectivas como urbanos, hecho que aumentaba su plusvalía puesto que permitía la edificación. Adquisición que además pudo efectuarse gracias a un préstamo bancario obtenido de modo informal y cuyo monto no se condecía con el patrimonio de la sociedad. Todo esto, ha permitido que la derecha, sector al cual es muy asiduo el magnate Álvaro Saieh, dueño de la mencionada Copesa, respire con determinada tranquilidad, tras el desprestigio sistemático en el que fue cayendo durante buena parte del año anterior, debido al descubrimiento de que sus campañas políticas eran financiadas mediante la falsificación de boletas fiscales, para colmo destinadas a la evasión de impuestos.
Independiente del complejo de inferioridad que siente Saieh, debido a su origen étnico y geográfico -y que entre otras cosas, explica su filiación hacia la derecha, en un intento por blanquearse físicamente-, huelga decir que él es un empresario acaudalado cuyos negocios no se detienen en los medios de comunicación. Muy por el contrario, sus propiedades abarcan los más diversos campos, como los supermercados, las aseguradoras y también la construcción. Y en relación a esto último, ha participado, a veces de modo directo, en proyectos inmobiliarios, algunos francamente escandalosos, donde está comprobada la entrega de dinero bajo cuerda, con la finalidad de cambiar planos reguladores y usos de suelo (precisamente lo que se denuncia en el Caso Caval) o pasar por alto normativas de orden medio ambiental. En determinadas ocasiones, incluso con el descaro de favorecer justamente el levantamiento de edificios dirigidos a desarrollar sociedades de otros rubros y de las cuales también es dueño o principal accionista. Y tras concretar estos movimientos, lejos de ser objeto de la investigación periodística, ha terminado cubierto de elogios y felicitaciones por su astucia empresarial, su capacidad de emprendedor y su vocación de inversor, lo último muchas veces considerado como si se tratase de una obra de beneficencia social de un sensible y desinteresado acaudalado.
Pero además existe otro dato que vale la pena analizar. Desde el año 2013, Álvaro Saieh ha venido presentando importantes apuros económicos y de hecho su mimado consorcio de medios estaba quebrado, en concurso de acreedores y con varios ajustes de personal. Su situación, incluso, podía interpretarse como una muestra más de la dramática decadencia en la que se ha sumido la derecha en el último tiempo, cuando la opción de formar gobierno, en lugar de legitimarlos como alternativa, dejó al descubierto todas sus falencias y sacó a relucir todas las explicaciones posibles acerca de por qué les resultaba tan difícil ganar una elección. En medio de la desesperación por buscar algo que contrarrestara esta caída libre, no sólo de los dirigentes políticos del sector, sino de los empresarios que los apoyaban (y que eran parte de la vorágine, al falsificar boletas que tenían una doble intención: financiar campañas y evadir impuestos), se encontró con este caso que al menos por ahora, y a despecho de sus consideraciones éticas, continúa siendo un acuerdo entre privados. Y mezclado con su poder de influencia, le bastaron cuatro meses para revertir o siquiera equiparar la situación. Una sobre valoración que no se condice con la realidad. Pues Copesa sólo ha dado dos golpes fuera de éste en su larga existencia. El primero, el denominado caso Coimas -también a través de Qué Pasa- no fue una investigación periodística, sino un soborno a un par de diputados que formaban parte de una comisión de la cámara. El siguiente, las confesiones de Gema Bueno, se obtuvo mediante prácticas disuasorias propias de organismos como la DINA y la CNI, que incluyeron secuestros y seguimientos a la afectada. Hechos que, más que comprobar la existencia de una prensa independiente, hablan de prácticas oscuras que en ciertas ocasiones se emplean precisamente para frenar la libertad de prensa.
No podemos aceptar que un consorcio como Copesa -más aún conociendo los abyectos antecedentes de su propietario, y aquí todos saben que no me refiero a sus conductas más risibles- marque la pauta en la vida política nacional. Sin embargo, aquí cabe cierta responsabilidad de los mismos periodistas. Conformes con un sueldo en apariencia decente, en especial por el miedo a perder el trabajo, en una carrera con tan alto nivel de oferta (hay más de cincuenta escuelas que imparten la carrera en Chile), su labor empieza y concluye con la repetición del pensamiento del dueño del negocio, llegando en muchas ocasiones a dejar de escribir por motivación propia, resignándose a copiar notas de medios extranjeros. De acuerdo: la política actual chilena está provocando asco, pero no más que la prensa
Independiente del complejo de inferioridad que siente Saieh, debido a su origen étnico y geográfico -y que entre otras cosas, explica su filiación hacia la derecha, en un intento por blanquearse físicamente-, huelga decir que él es un empresario acaudalado cuyos negocios no se detienen en los medios de comunicación. Muy por el contrario, sus propiedades abarcan los más diversos campos, como los supermercados, las aseguradoras y también la construcción. Y en relación a esto último, ha participado, a veces de modo directo, en proyectos inmobiliarios, algunos francamente escandalosos, donde está comprobada la entrega de dinero bajo cuerda, con la finalidad de cambiar planos reguladores y usos de suelo (precisamente lo que se denuncia en el Caso Caval) o pasar por alto normativas de orden medio ambiental. En determinadas ocasiones, incluso con el descaro de favorecer justamente el levantamiento de edificios dirigidos a desarrollar sociedades de otros rubros y de las cuales también es dueño o principal accionista. Y tras concretar estos movimientos, lejos de ser objeto de la investigación periodística, ha terminado cubierto de elogios y felicitaciones por su astucia empresarial, su capacidad de emprendedor y su vocación de inversor, lo último muchas veces considerado como si se tratase de una obra de beneficencia social de un sensible y desinteresado acaudalado.
Pero además existe otro dato que vale la pena analizar. Desde el año 2013, Álvaro Saieh ha venido presentando importantes apuros económicos y de hecho su mimado consorcio de medios estaba quebrado, en concurso de acreedores y con varios ajustes de personal. Su situación, incluso, podía interpretarse como una muestra más de la dramática decadencia en la que se ha sumido la derecha en el último tiempo, cuando la opción de formar gobierno, en lugar de legitimarlos como alternativa, dejó al descubierto todas sus falencias y sacó a relucir todas las explicaciones posibles acerca de por qué les resultaba tan difícil ganar una elección. En medio de la desesperación por buscar algo que contrarrestara esta caída libre, no sólo de los dirigentes políticos del sector, sino de los empresarios que los apoyaban (y que eran parte de la vorágine, al falsificar boletas que tenían una doble intención: financiar campañas y evadir impuestos), se encontró con este caso que al menos por ahora, y a despecho de sus consideraciones éticas, continúa siendo un acuerdo entre privados. Y mezclado con su poder de influencia, le bastaron cuatro meses para revertir o siquiera equiparar la situación. Una sobre valoración que no se condice con la realidad. Pues Copesa sólo ha dado dos golpes fuera de éste en su larga existencia. El primero, el denominado caso Coimas -también a través de Qué Pasa- no fue una investigación periodística, sino un soborno a un par de diputados que formaban parte de una comisión de la cámara. El siguiente, las confesiones de Gema Bueno, se obtuvo mediante prácticas disuasorias propias de organismos como la DINA y la CNI, que incluyeron secuestros y seguimientos a la afectada. Hechos que, más que comprobar la existencia de una prensa independiente, hablan de prácticas oscuras que en ciertas ocasiones se emplean precisamente para frenar la libertad de prensa.
No podemos aceptar que un consorcio como Copesa -más aún conociendo los abyectos antecedentes de su propietario, y aquí todos saben que no me refiero a sus conductas más risibles- marque la pauta en la vida política nacional. Sin embargo, aquí cabe cierta responsabilidad de los mismos periodistas. Conformes con un sueldo en apariencia decente, en especial por el miedo a perder el trabajo, en una carrera con tan alto nivel de oferta (hay más de cincuenta escuelas que imparten la carrera en Chile), su labor empieza y concluye con la repetición del pensamiento del dueño del negocio, llegando en muchas ocasiones a dejar de escribir por motivación propia, resignándose a copiar notas de medios extranjeros. De acuerdo: la política actual chilena está provocando asco, pero no más que la prensa
jueves, 23 de abril de 2015
Que Venga La Modelo Bogado
Como sucede con todos los recién muertos, ante el anuncio de la cadena norteamericana de habla española Univisión, de caducar en forma definitiva el programa "Sábados Gigantes", han aparecido un sinnúmero de comentarios y opiniones acerca del espacio que Don Francisco sostuvo por medio siglo, primero en Chile y luego en Estados Unidos. Los hay de todos los estilos: elogiosos, nostálgicos, conciliadores, neutrales... Pero uno ha llamado la atención estos últimos días: se trata de la columna escrita en el diario inglés The Guardian, por Ana Bogado, una periodista británica de origen hispano, donde se expone una visión sumamente negativa tanto del espectáculo televisivo como de su conductor, acusando a ambos por igual y como si fueran un solo ente, de racismo y misoginia, calificativos que hasta cierto punto son recogidos desde el pensamiento que los detractores han mantenido sobre el susodicho, pero que jamás se han atrevido a emitir debido un irracional miedo a un supuesto poder que ostentaría Kreutzberger en distintas esferas sociales, con el cual sería capaz de reducir hasta al más robusto a la miseria y el ostracismo.
Personalmente desconozco quién es Ana Bogado. Sin embargo, uno ha visto, o por lo menos ha recopilado información acerca de los más diversos programas de televisión, entre ellos los más fútiles y básicos, que existen en casi todo el mundo, también en Europa y el Reino Unido, y la verdad es que sus dinámicas no difieren mucho. Es cierto que Kreutzberger se caracterizaba por, si no humillar, al menos burlarse de los rasgos físicos más notorios de las personas que invitaba al espacio, en especial cuando se trataba de los concursos, que por sus características, casi siempre contaban con participantes de estratos bajos, con los cuales se podía establecer una relación de superioridad. No obstante, es la misma actitud que animadores de países desarrollados tienen con sus interlocutores, y de esa conducta hacen particular gala eventos de buscadores de talentos o de demostraciones de cultura general al estilo de "Quién Quiere Ser Millonario" originados en las islas británicas desde donde sus franquicias se han expandido al resto del globo (la versión chilena del programa recién mencionado, fue de hecho presentada por Don Francisco). Y en realidad no es imaginable que sea de otra manera, pues estos formatos son concebidos como una especie de juego donde los más desposeídos, las personas "de esfuerzo" deben superar una serie de obstáculos con el propósito de conseguir un premio que los saque definitivamente de su estado de postración, para gusto de un público que se conmueve con el afán de superación de un pobre diablo que lo soporta todo, pero que finalmente logra su recompensa.
Respecto del machismo, la columnista menciona que en la década de 1980, Sábados Gigantes popularizó una competencia llamada Miss Colita, donde entre diversas mujeres jóvenes se elegía a la de mejor trasero. Cabría decir que en este punto la Bogado adolece de falta de información, pues lo que ella denomina concurso era en realidad un baile que acompañaba a un jingle, ejecutado cada vez que se retornaba de comerciales. De todos modos la objeción continúa teniendo validez. Sin embargo, uno no puede sino preguntar cuántos espacios a nivel internacional no han dejado de usar estos recursos al momento de buscar más audiencia o patrocinio. Más de uno por país y Europa no constituye una excepción ni siquiera en la actualidad (sólo recordar "Naked And Funny" o los innumerables formatos de gran hermano, fiebre que empezó en el viejo continente). Además da la impresión que la opinante se queja de la vulgaridad de orientación conservadora del espectáculo, ya que sólo se dedicaba a mostrar chicas en minifalda o ligeras de ropa pero nunca desnudos frontales, algo que ya es palpable en la televisión de países desarrollados y que muchos elogian por considerarlo una superación de los tabúes. Lo que nos conecta con el otro ataque que le formula: el de su sesgo racista, palabra con la trata de englobar toda clase de segregación (social, religiosa, étnica o física, de lo cual Don Francisco sentó escuela y no vamos a decir que lo descubrimos recién). Resulta curioso que junto a eso agregue que se trata de una muestra del estereotipo latino. Es decir, interpretando de al menos una manera de todas las posibles su discurso, deja entrever que por pertenecer o tomar partido por una idiosincrasia, el programa no podía ser sino mediocre, porque seguía modelos anglosajones y en tal sentido no le quedaba sino ser de segundo orden, resignado por provenir de un grupo étnico surgido a partir de caricaturas.
No pretendo descartar las críticas que se le pueden hacer a Don Francisco y a Sábados Gigantes. Por el contrario: las de esta columna son más que válidas, acertadas y asertivas. Pero parece que la autora está disgustada porque un animador gordo y poco atractivo en términos físicos (bueno, también intelectuales) logró ganarse un sitial que de seguro hará que sea recordado en forma permanente. Debo confesar que yo veía este programa con relativa frecuencia en los años 1980, en parte porque no había otra opción (y era claramente un mal menor ante la terrorífica propuesta de Televisión Nacional), y además porque como cualquier espacio maratónico o generalista, contaba con cosas execrables pero igualmente otras que aún hoy vale la pena recordar. El humor del trío Jaujarana, o los bloques escritos por el dramaturgo Marco Antonio de la Parra, ciertos invitados que realmente aportaban en distintos términos, o los consejos de vida cotidiana de los que hoy se vanaglorian los matinales, o pequeños debates, deben considerarse antes de arrojar todo a la basura. O antes de dar a conocer un juicio tan agrio, en la comodidad del computador y sabiendo que se obtendrán honorarios más que aceptables.
jueves, 16 de abril de 2015
Goles A Caballo
Como ha sido la tónica en los últimos años, el gobierno de turno ha invitado a un grupo de deportistas que se han destacado en un reciente torneo al palacio de La Moneda, para entregar las correspondientes felicitaciones. En este caso, los agraciados fueron los integrantes del equipo de polo que resultó campeón del mundial jugado a fines de marzo en el club San Cristóbal, en el sector alto del país. En medio del ambiente de triunfo, la ministra de deportes anunció, con la venia -o al menos la sonrisa cómplice- de la presidente, que intentará por todos los medios posibles lograr que este juego se torne masivo, teniendo como sustento para sus palabras, el hecho de que ésta es la segunda ocasión que un seleccionado chilena de dicha disciplina consigue este galardón, que unos pocos años atrás se había obtenido en México.
Quizá no sea prudente hacerse cargo -ni siquiera en clave negativa- de unas declaraciones efectuadas en medio de un ambiente festivo, producto de la emoción del instante y que por ende fueron emitidas con la carencia casi absoluta de reflexión. Sin embargo, igual cabe plantearse la pregunta: ¿es posible masificar una actividad como el polo? Estamos hablando de un deporte que sólo se practica en setenta y siete países, en menos de veinte de ellos a nivel competitivo -incluyendo a tres sudamericanos: Argentina, Brasil y Chile, ordenados de manera decreciente- y donde la argentina es la única liga profesional. El número de participantes -seis- en el mundial ganado por el seleccionado criollo es una buena muestra de su nivel de convocatoria. Luego, requiere de un gasto significativo en la compra del implemento, partiendo por los caballos, que deben ser fina sangre, o algo muy cercano a esa definición, animales cuya crianza, por el tiempo y los recursos económicos que implica, se circunscribe de manera casi natural a los estratos sociales más altos, en lo posible propietarios de amplias extensiones de terreno. Tampoco los bastones y las pelotas son fáciles de conseguir, en especial si se vuelve a considerar la baja cantidad de territorios donde este juego siquiera se conoce.
Por otro lado, e independiente de los prejuicios ideológicos que puede contener una opinión de este tipo, el estigma de tratarse de un deporte de ricos no deja de ser un factor a considerar. Más aún si se toma en cuenta que prácticamente es el único juego de carácter colectivo que practican las personas más pudientes, inclinadas de preferencia a la individualidad y a la preservación de sus bienes antes que a preocuparse por la situación de los demás. Por lo que no están dispuestas a que sujetos ajenos a sus círculos se apropien de algo que consideran suyo. Desde que esta disciplina nació en el siglo VII antes de Cristo, entre la nobleza imperial persa, que ha ocurrido así. Y de hecho su supervivencia en la antigüedad clásica se debió a las diferentes monarquías orientales, mientras que su traspaso a occidente estuvo muy ligado a la realeza inglesa, que lo conoció tras las conquistas que los británicos durante la centuria de 1900 efectuaron en esas partes del globo. Además de que el atleta necesita estar pendiente de dos cosas: ganar el partido y evitar caerse de la montura, cuestión que puede resultar fatal. Siempre será más sencillo -y más simple de comprender para alguien de las capas más bajas, con escasas posibilidades de viajar al extranjero y de formación cultural- patear un balón hacia el arco contrario, el que se puede confeccionar con un par de piedras o unas prendas de vestir.
Por supuesto que un triunfo deportivo siempre se celebra y se agradece. Pero si quiere que surjan deportistas desde los distintos estamentos sociales, lo más práctico es fortalecer competencias que sean capaces de convocar a representantes de al menos la casi totalidad de dichas capas. Opciones hay muchas: ciclismo, ajedrez, atletismo, incluso el boxeo, despreciado producto de una serie de convenciones moralinas y hechos puntuales que poca relación guardan con las motivaciones originales de ese juego. Y por qué no, el omnipresente fútbol. Ahí existen practicantes dispuestos a salir de su mala condición, en lugar de muchachos acaudalados que lo más probable es que sientan que efectúan un pasatiempo juvenil.
Quizá no sea prudente hacerse cargo -ni siquiera en clave negativa- de unas declaraciones efectuadas en medio de un ambiente festivo, producto de la emoción del instante y que por ende fueron emitidas con la carencia casi absoluta de reflexión. Sin embargo, igual cabe plantearse la pregunta: ¿es posible masificar una actividad como el polo? Estamos hablando de un deporte que sólo se practica en setenta y siete países, en menos de veinte de ellos a nivel competitivo -incluyendo a tres sudamericanos: Argentina, Brasil y Chile, ordenados de manera decreciente- y donde la argentina es la única liga profesional. El número de participantes -seis- en el mundial ganado por el seleccionado criollo es una buena muestra de su nivel de convocatoria. Luego, requiere de un gasto significativo en la compra del implemento, partiendo por los caballos, que deben ser fina sangre, o algo muy cercano a esa definición, animales cuya crianza, por el tiempo y los recursos económicos que implica, se circunscribe de manera casi natural a los estratos sociales más altos, en lo posible propietarios de amplias extensiones de terreno. Tampoco los bastones y las pelotas son fáciles de conseguir, en especial si se vuelve a considerar la baja cantidad de territorios donde este juego siquiera se conoce.
Por otro lado, e independiente de los prejuicios ideológicos que puede contener una opinión de este tipo, el estigma de tratarse de un deporte de ricos no deja de ser un factor a considerar. Más aún si se toma en cuenta que prácticamente es el único juego de carácter colectivo que practican las personas más pudientes, inclinadas de preferencia a la individualidad y a la preservación de sus bienes antes que a preocuparse por la situación de los demás. Por lo que no están dispuestas a que sujetos ajenos a sus círculos se apropien de algo que consideran suyo. Desde que esta disciplina nació en el siglo VII antes de Cristo, entre la nobleza imperial persa, que ha ocurrido así. Y de hecho su supervivencia en la antigüedad clásica se debió a las diferentes monarquías orientales, mientras que su traspaso a occidente estuvo muy ligado a la realeza inglesa, que lo conoció tras las conquistas que los británicos durante la centuria de 1900 efectuaron en esas partes del globo. Además de que el atleta necesita estar pendiente de dos cosas: ganar el partido y evitar caerse de la montura, cuestión que puede resultar fatal. Siempre será más sencillo -y más simple de comprender para alguien de las capas más bajas, con escasas posibilidades de viajar al extranjero y de formación cultural- patear un balón hacia el arco contrario, el que se puede confeccionar con un par de piedras o unas prendas de vestir.
Por supuesto que un triunfo deportivo siempre se celebra y se agradece. Pero si quiere que surjan deportistas desde los distintos estamentos sociales, lo más práctico es fortalecer competencias que sean capaces de convocar a representantes de al menos la casi totalidad de dichas capas. Opciones hay muchas: ciclismo, ajedrez, atletismo, incluso el boxeo, despreciado producto de una serie de convenciones moralinas y hechos puntuales que poca relación guardan con las motivaciones originales de ese juego. Y por qué no, el omnipresente fútbol. Ahí existen practicantes dispuestos a salir de su mala condición, en lugar de muchachos acaudalados que lo más probable es que sientan que efectúan un pasatiempo juvenil.
sábado, 4 de abril de 2015
La Frivolidad y La Oquedad
Las locas se volvieron locas cuando los frívolos propietarios de Dolce & Gabanna, una diseñadora de ropa italiana, manifestaron en una entrevista su oposición a la adopción de niños por parte de parejas homosexuales y el respaldo a lo que ellos denominaron "familia tradicional", entendida como un matrimonio entre mujer y varón con no muchos, pero sí algunos hijos, y de preferencia biológicos. Para respaldar sus opiniones, recurrieron a los manidos argumentos de los grupos que rechazan cualquier mecanismo tendiente a regular las relaciones entre componentes del mismo género, entre ellos, aquel que asevera que los niños criados en hogares homoparentales, por el sólo hecho de no conocer de primera fuente una de las dos formas más reconocibles de la humanidad -y de la gran mayoría de las especies terrestres, en realidad-, devendrán irremediablemente en adultos con formación incompleta y por ende errada y tergiversada. Las declaraciones cayeron como una bomba atómica sobre los integrantes de los colectivos gay, no sólo porque este par de confeccionadores de vestimentas son dos afamados empresarios y sodomitas -incluso estuvieron juntos durante mucho tiempo-, sino porque también sus prendas son muy apreciadas entre esta clase de colectividades, al extremo de constituir un perenne punto de referencia.
Aunque dicha situación podría cambiar de aquí en adelante, en especial porque no han faltado otros homosexuales, igualmente muy reconocidos, que han llamado a dejar de comprar lo elaborado por estos diseñadores, así como le han exigido tanto a sus pares como a los heterosexuales que los comprenden, que ya no les dirijan la palabra. Una actitud que ha levantado su propia polvareda. Pues muchos se formulan una legítima interrogante acerca de qué pasa con el discurso de la diversidad que con tanto esmero han enarbolado los gay en pro de que los grupos reaccionarios y religiosos al menos los acepten tal como son. Bandera de lucha que por otro lado esgrime que una sociedad democrática y civilizada es una que respeta a las minorías y que trata de hacer todo lo posible para que cada persona pueda vivir dentro de ella de acuerdo a sus propias particularidades y defectos. Precisamente ésa es una de las lógicas que se ha utilizado con mayor ímpetu cuando alguien sale a atacar las legislaciones en favor del llamado matrimonio igualitario arguyendo que se trata de cuerpos judiciales destinados a unos pocos. Hoy, sin embargo, los mismos afeminados se colocan en la vereda de enfrente, donde según varios de ellos se han instalado desde hace siglos quienes gustan de arrojarles piedras, y les lanzan los guijarros a dos de sus similares por expresar un pensamiento disidente, no calificado así por ser más extraño de encontrar, sino porque no suele ser incluido en los debates o las discusiones públicas. Y parece que esto lleva aparejado el miedo a que quienes comparten la visión de Dolce y Gabanna, estimulados por estos empresarios de prestigio, a su vez comiencen a sacar la voz y acaben demostrando que el conglomerado no era tan unido como se imaginaba.
Porque a fin de cuentas se trata de eso: de intentar acallar al distinto. Y además de condenarlo tachando su opinión de incorrecta y atentatoria contra supuestos derechos que han costado siglos conquistar. Una sanción de orden moral, en definitiva. Equivalente a la de aquellos odiosos grupos religiosos que usan calificativos como pecado, inmundicia y abominación. No obstante, ¿puede ser considerada esta conducta, de una mayoría contra una minoría formada por lo demás por semejantes, como un hecho aislado, un momento pasajero o una explosión emocional a causa de una declaración inesperada? La verdad es que ya hemos sido testigos de muchos berrinches de autoritarismo de parte de los colectivos gay en el último tiempo, provenientes del engreimiento que en algunos ocasiona la sensación de triunfo y de que están las posibilidades para voltear la tortilla, tras muchos años -hay que recalcarlo- de sufrimientos injustos. Una muestra de ello es lo que está acaeciendo en Europa, donde los homosexuales, no contentos conque se apruebe el denominado matrimonio igualitario en varios países de ese continente, ahora están negociando con los sectores políticos la promulgación de leyes que los protejan especialmente, cosa que ya ha acontecido en la región española de Cataluña y está a punto de suceder en Italia (curiosamente, dos lugares cuya historia se ha caracterizado por episodios de intolerancia, debido más que nada a la férula de la iglesia católica), las cuales pretenden impedir incluso que quienes consideran sus prácticas como pecaminosas sean encartados y arrestados, pese a contar con una detallada declaración de principios y argumentos interesantes para respaldar tal postura.
En toda esta pataleta existe una interesante contradicción. Los homosexuales, al menos en las últimas dos décadas, han buscado parecerse al resto y en tal sentido han hecho todo lo posible por eliminar esa caricatura del afeminado cómico que sólo sirve para alegrar la fiesta. En ese afán de demostración, es que vienen presionando para que más países aprueben el matrimonio entre congéneres y la adopción infantil -o la inseminación artificial liberada, en el caso de las parejas de lesbianas-, pues a la larga eso los acerca lo más posible a la llamada familia tradicional. En ese contexto, Dolce y Gabanna, ligados a una actividad que siempre se ha considerado propia de amanerados, pertenecen al universo del gay frívolo clásico. Tal vez por ello deseen desterrar las opiniones de estos diseñadores. Pero no toma mucho rato para que empiecen a molestar con su supuesta condición de especiales y se pongan a insistir en la aprobación de leyes de protección como las mencionadas en el párrafo anterior. Una conducta ambivalente, que responde a un momento específico, y que al no contar con argumentos sólidos y acciones coherentes, pasa de la frivolidad a la oquedad.
Aunque dicha situación podría cambiar de aquí en adelante, en especial porque no han faltado otros homosexuales, igualmente muy reconocidos, que han llamado a dejar de comprar lo elaborado por estos diseñadores, así como le han exigido tanto a sus pares como a los heterosexuales que los comprenden, que ya no les dirijan la palabra. Una actitud que ha levantado su propia polvareda. Pues muchos se formulan una legítima interrogante acerca de qué pasa con el discurso de la diversidad que con tanto esmero han enarbolado los gay en pro de que los grupos reaccionarios y religiosos al menos los acepten tal como son. Bandera de lucha que por otro lado esgrime que una sociedad democrática y civilizada es una que respeta a las minorías y que trata de hacer todo lo posible para que cada persona pueda vivir dentro de ella de acuerdo a sus propias particularidades y defectos. Precisamente ésa es una de las lógicas que se ha utilizado con mayor ímpetu cuando alguien sale a atacar las legislaciones en favor del llamado matrimonio igualitario arguyendo que se trata de cuerpos judiciales destinados a unos pocos. Hoy, sin embargo, los mismos afeminados se colocan en la vereda de enfrente, donde según varios de ellos se han instalado desde hace siglos quienes gustan de arrojarles piedras, y les lanzan los guijarros a dos de sus similares por expresar un pensamiento disidente, no calificado así por ser más extraño de encontrar, sino porque no suele ser incluido en los debates o las discusiones públicas. Y parece que esto lleva aparejado el miedo a que quienes comparten la visión de Dolce y Gabanna, estimulados por estos empresarios de prestigio, a su vez comiencen a sacar la voz y acaben demostrando que el conglomerado no era tan unido como se imaginaba.
Porque a fin de cuentas se trata de eso: de intentar acallar al distinto. Y además de condenarlo tachando su opinión de incorrecta y atentatoria contra supuestos derechos que han costado siglos conquistar. Una sanción de orden moral, en definitiva. Equivalente a la de aquellos odiosos grupos religiosos que usan calificativos como pecado, inmundicia y abominación. No obstante, ¿puede ser considerada esta conducta, de una mayoría contra una minoría formada por lo demás por semejantes, como un hecho aislado, un momento pasajero o una explosión emocional a causa de una declaración inesperada? La verdad es que ya hemos sido testigos de muchos berrinches de autoritarismo de parte de los colectivos gay en el último tiempo, provenientes del engreimiento que en algunos ocasiona la sensación de triunfo y de que están las posibilidades para voltear la tortilla, tras muchos años -hay que recalcarlo- de sufrimientos injustos. Una muestra de ello es lo que está acaeciendo en Europa, donde los homosexuales, no contentos conque se apruebe el denominado matrimonio igualitario en varios países de ese continente, ahora están negociando con los sectores políticos la promulgación de leyes que los protejan especialmente, cosa que ya ha acontecido en la región española de Cataluña y está a punto de suceder en Italia (curiosamente, dos lugares cuya historia se ha caracterizado por episodios de intolerancia, debido más que nada a la férula de la iglesia católica), las cuales pretenden impedir incluso que quienes consideran sus prácticas como pecaminosas sean encartados y arrestados, pese a contar con una detallada declaración de principios y argumentos interesantes para respaldar tal postura.
En toda esta pataleta existe una interesante contradicción. Los homosexuales, al menos en las últimas dos décadas, han buscado parecerse al resto y en tal sentido han hecho todo lo posible por eliminar esa caricatura del afeminado cómico que sólo sirve para alegrar la fiesta. En ese afán de demostración, es que vienen presionando para que más países aprueben el matrimonio entre congéneres y la adopción infantil -o la inseminación artificial liberada, en el caso de las parejas de lesbianas-, pues a la larga eso los acerca lo más posible a la llamada familia tradicional. En ese contexto, Dolce y Gabanna, ligados a una actividad que siempre se ha considerado propia de amanerados, pertenecen al universo del gay frívolo clásico. Tal vez por ello deseen desterrar las opiniones de estos diseñadores. Pero no toma mucho rato para que empiecen a molestar con su supuesta condición de especiales y se pongan a insistir en la aprobación de leyes de protección como las mencionadas en el párrafo anterior. Una conducta ambivalente, que responde a un momento específico, y que al no contar con argumentos sólidos y acciones coherentes, pasa de la frivolidad a la oquedad.
jueves, 19 de marzo de 2015
Utilidad y Utilidades en Penta
Una de los argumentos que se ha esgrimido de parte de los defensores de Carlos Alberto Délano y Carlos Eugenio Lavín, los dos propietarios del grupo empresarial Penta que hoy se encuentran encarcelados por fraude al fisco, es aquella manida sentencia de que se trata de personas abnegadas que han generado muchísimos empleos y han contribuido al funcionamiento del motor económico del país. Un par de subterfugios que siempre salen a colación en situaciones como éstas, aunque dichos trabajos no sean remunerados de la manera justa e impliquen enormes esfuerzos de carácter emocional por el lado de los contratados.
No obstante, y a despecho de los pretextos recién mencionados, sería interesante preguntarse qué tipo de contribución han efectuado estos empresarios al desarrollo nacional. E incluso, si vale la pena llamarla así. Pues estamos hablando de negocios de seguros o bancarios dedicados mayormente a la dispensa de créditos. Áreas destinadas exclusivamente al consumo y que por ende no son productivas. Y no es por denostar a los servicios, pues la economía depende tanto del sector terciario como de los otros dos y si no existieran cosas como el comercio o el transporte jamás se podrían distribuir los bienes agrícolas o industriales. Sino porque los rubros en los cuales se ha especializado el grupo Penta se encuentran alejados de los flujos económicos más indispensables, y abarcan más bien necesidades originadas por el funcionamiento del sistema, en sus virtudes pero sobre todo en sus defectos. Así, de un lado tenemos el endeudamiento, ofrecido a personas que a causa de su situación dentro del engranaje son incapaces de satisfacer sus inquietudes más básicas, no sólo en el ámbito físico sino igualmente en el espiritual y emotivo, esto último originado desde el bombardeo publicitario. Y de otro, se halla el aseguramiento, que aunque sea justificado con argumentos en apariencia racionales finalmente constituye un artículo de lujo, que los más acaudalados utilizan para protegerse de los demás.
Se trata de dos movimientos económicos que de partida son superfluos al momento de considerar la preservación de la vida, y además, innecesarios, al menos teóricamente, para que esa existencia sea llevada de buena manera. Ambos son calificados, por los mismos que los promueven, como intangibles, esto es, que en las primeras instancias no se pueden ver o tocar, ni siquiera percibir, por lo que están descartados al instante de cubrir los elementos más esenciales (salud, educación, vivienda, alimentación, vestuario). Y si se llega a recurrir a ellos es tras un proceso de raciocinio (por ejemplo la persona que decide pedir un préstamo, y la institución que lo otorga), a veces muy poco reflexivo, pero raciocinio al fin. Pero fuera de ello, no estamos en presencia de actividades productivas, sino más bien, en el sentido evaluador, neutrales, y en algunos casos perjudiciales. El crédito le genera a quien lo contrae un pasivo que puede llegar a superar varias veces sus ingresos, y aún cuando ciertos endeudamientos se pueden tildar de positivos (ampliación de una casa, empuje para una empresa) a la larga casi siempre terminan reduciendo la capacidad y el capital individuales. El contrato de seguros, por su parte, surge de coyunturas creadas por la propia acumulación pecuniaria, como el temor a perder lo ganado -o que a uno se lo roben-, lo que después deviene en aislamiento y desconfianza.
En conclusión, dos soluciones a necesidades -o fallas- originadas en el propio sistema económico, y que son una muestra de sus características anómalas. De una parte, el crédito, solicitado por quienes no pueden cubrir sus necesidades mediante sus propios recursos -y que en un engranaje que funcionara correctamente, deberían hacerlo-, y del otro, los seguros, tomados por quienes cuentan con medios pero que todavía no han desarrollado la capacidad de disfrutarlos -y que por lo tanto tienen carencias igual que los otros-. Una curiosa reproducción a escala de la desigualdad habida en Chile, a cargo de un par de magnates acusados por evadir impuestos y defraudar al Estado, y desde ahí al resto de los contribuyentes y a los beneficiarios de los programas sociales. Ahí radica la utilidad de Penta: en generar utilidades monetarias a partir del intento por resolver asuntos que en situaciones normales estarían más que superados. Algo que por la propia dinámica imperante no logran conseguir, obligando a los ciudadanos a continuar consumiendo sus ofrecimientos, entregándoles cada vez más dinero. Negocio redondo.
No obstante, y a despecho de los pretextos recién mencionados, sería interesante preguntarse qué tipo de contribución han efectuado estos empresarios al desarrollo nacional. E incluso, si vale la pena llamarla así. Pues estamos hablando de negocios de seguros o bancarios dedicados mayormente a la dispensa de créditos. Áreas destinadas exclusivamente al consumo y que por ende no son productivas. Y no es por denostar a los servicios, pues la economía depende tanto del sector terciario como de los otros dos y si no existieran cosas como el comercio o el transporte jamás se podrían distribuir los bienes agrícolas o industriales. Sino porque los rubros en los cuales se ha especializado el grupo Penta se encuentran alejados de los flujos económicos más indispensables, y abarcan más bien necesidades originadas por el funcionamiento del sistema, en sus virtudes pero sobre todo en sus defectos. Así, de un lado tenemos el endeudamiento, ofrecido a personas que a causa de su situación dentro del engranaje son incapaces de satisfacer sus inquietudes más básicas, no sólo en el ámbito físico sino igualmente en el espiritual y emotivo, esto último originado desde el bombardeo publicitario. Y de otro, se halla el aseguramiento, que aunque sea justificado con argumentos en apariencia racionales finalmente constituye un artículo de lujo, que los más acaudalados utilizan para protegerse de los demás.
Se trata de dos movimientos económicos que de partida son superfluos al momento de considerar la preservación de la vida, y además, innecesarios, al menos teóricamente, para que esa existencia sea llevada de buena manera. Ambos son calificados, por los mismos que los promueven, como intangibles, esto es, que en las primeras instancias no se pueden ver o tocar, ni siquiera percibir, por lo que están descartados al instante de cubrir los elementos más esenciales (salud, educación, vivienda, alimentación, vestuario). Y si se llega a recurrir a ellos es tras un proceso de raciocinio (por ejemplo la persona que decide pedir un préstamo, y la institución que lo otorga), a veces muy poco reflexivo, pero raciocinio al fin. Pero fuera de ello, no estamos en presencia de actividades productivas, sino más bien, en el sentido evaluador, neutrales, y en algunos casos perjudiciales. El crédito le genera a quien lo contrae un pasivo que puede llegar a superar varias veces sus ingresos, y aún cuando ciertos endeudamientos se pueden tildar de positivos (ampliación de una casa, empuje para una empresa) a la larga casi siempre terminan reduciendo la capacidad y el capital individuales. El contrato de seguros, por su parte, surge de coyunturas creadas por la propia acumulación pecuniaria, como el temor a perder lo ganado -o que a uno se lo roben-, lo que después deviene en aislamiento y desconfianza.
En conclusión, dos soluciones a necesidades -o fallas- originadas en el propio sistema económico, y que son una muestra de sus características anómalas. De una parte, el crédito, solicitado por quienes no pueden cubrir sus necesidades mediante sus propios recursos -y que en un engranaje que funcionara correctamente, deberían hacerlo-, y del otro, los seguros, tomados por quienes cuentan con medios pero que todavía no han desarrollado la capacidad de disfrutarlos -y que por lo tanto tienen carencias igual que los otros-. Una curiosa reproducción a escala de la desigualdad habida en Chile, a cargo de un par de magnates acusados por evadir impuestos y defraudar al Estado, y desde ahí al resto de los contribuyentes y a los beneficiarios de los programas sociales. Ahí radica la utilidad de Penta: en generar utilidades monetarias a partir del intento por resolver asuntos que en situaciones normales estarían más que superados. Algo que por la propia dinámica imperante no logran conseguir, obligando a los ciudadanos a continuar consumiendo sus ofrecimientos, entregándoles cada vez más dinero. Negocio redondo.
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