domingo, 17 de agosto de 2014

Cristianos Sionistas O Cristianos A Secas

El estallido de violencia entre Israel y el grupo pro palestino Hamas, y las consecuencias que siempre van anexas a estos hechos, entre las cuales se hallan los siempre presentes insultos antisemitas, han motivado, a su vez, las manifestaciones de una peculiar asociación cuyos miembros en su mayoría se reparten por el territorio de los Estados Unidos. Se trata de los cristianos sionistas, quienes justifican e incluso aplauden todas las acciones efectuadas por el gobierno hebreo en las zonas ocupadas, incluso las más repudiadas por la comunidad internacional donde se encuentra un número no menor de ciudadanos de origen judío. El argumento en que se sustentan para tomar dicha postura no es de orden político, como los que se han esgrimido durante las últimas semanas -el derecho de la nación israelí a defenderse- sino de carácter religioso: se trata del pueblo escogido, y por ende todo lo que hagan corresponde a promesas y determinaciones divinas, aún cuando el grueso de sus habitantes rechace las enseñanzas de Jesús.

Desde que uno se inicia en los caminos del Señor, se le inculca, por parte de pastores, predicadores y maestros, que el cristiano es eso y nada más. En el sentido de que no se le deben colocar adjetivos, afijos o apellidos a la fe. Pues si así ocurre, se estaría creando un derivado que por su sola naturaleza constituye una desviación flagrante respecto de la recta doctrina. O como se suele decir en los círculos más observantes, una aberración. Por lo tanto, no existe, o no debe existir, el cristiano liberal, el cristiano socialista, el cristiano nacionalista o el cristiano tolerante. Sólo cabe el cristiano a secas o el simplemente cristiano. Y en esa última definición, con el término extra colocado a la izquierda, se remarca la condición del creyente. Ya que está admitido hablar de médicos cristianos o de profesores cristianos, pues en aquellos casos, el empleo del lenguaje deja en claro que el segundo vocablo define una cualidad especial o una limitación del primero. Sin embargo, no es lo mismo decir activistas cristianos que cristianos activistas, por colocar un ejemplo. Ni siquiera cabe la opción de ser cristiano evangélico, bautista o pentecostal. Agregar una nueva palabra equivale a colocar fuego extraño, a reducir los alcances iniciales o a encasillar las posibilidades de universalidad a riesgo de que ciertos aspectos dogmáticos queden fuera del significado.

Volviendo al tema, entonces estos muchachos podrían llamarse a sí mismos como sionistas cristianos. Una definición que los dejaría más cerca de lo que pretenden transmitir. No obstante, igual se precisaría que aclararan la manera en que pretenden utilizar los vocablos y que expusieran los niveles de conocimiento que tienen de ellos. En tal sentido, ¿sabrán qué se entiende por sionismo, o se valdrán de dicha palabra del mismo modo que lo hacen los detractores más enconados de la actitud israelí? Más parece que su realidad está más cerca de lo segundo, y usan los términos en un afán de llamar la atención antes que como la síntesis de algún discurso. Pues cabe decir las cosas como son: estos "cristianos sionistas" acuñan esa expresión por un asunto más de moda, además de buscar provocar a sus supuestos adversarios, quienes por su lado han recurrido a ella con idénticos grados de irracionalidad, tratando a su vez de denostar de la manera más inmediata y básica posible -para ser seguidos por los eventuales oyentes- a la ideología que representa.

Más aún. Estos sujetos ni siquiera tienen una correcta noción del término cristiano. Y la verdad es que en la mayoría de las ocasiones se trata de las mismas personas que en el momento indicado están dispuestos a usar otras adjetivos, como conservador o pro familia. En todas esas situaciones, se trata de címbalos huecos que creen que con colocarse etiquetas están más cerca del cielo, como los hipócritas que gozan de proclamar sus virtudes personales, conducta repudiada en el Sermón del Monte. En circunstancias que para llegar al paraíso basta con definirse como cristiano y nada más.

domingo, 20 de julio de 2014

El Poder De Los Apoderados

Como lo habían anunciado, los grupos de derecha y los sostenedores de los llamados establecimientos educacionales subvencionados -aquellos que siendo privados reciben ayudas estatales, bajo la condición de que alcancen a sectores de la población que no pueden solventar una escuela puramente de pago- salieron a las calles a protestar contra la reforma educacional impulsada por el gobierno. Aseguran, al igual que el resto de los ciudadanos, que una iniciativa de este tipo es imprescindible; pero que la propuesta dada a conocer por las autoridades no constituye el camino correcto. Insisten en que las modificaciones planteadas acabarán con uno de los pocos puntos favorables del actual sistema, como es la capacidad de los padres para elegir la educación de los hijos, debido a la eventual disminución de la entrega de recursos monetarios a estas escuelas que se desprendería del aumento de privilegios en ese ítem para sus pares públicas. Por ello, en esta ocasión optaron por tocar una vena sensible en la población y es así como reunieron a los apoderados cuyos pupilos estudian en estos colegios, en el afán de desfilar en conjunto y de paso esclarecer que no todo es color de rosa y que un amplio sector de la sociedad podría terminar perjudicado.

No es necesario agregar que el tema de la libre elección es una falacia y está más cerca del panfleto que del argumento. Primero, porque dicho albedrío está condicionado a la capacidad económica de los padres -que no lo olvidemos, no son quienes recibirán la educación-, ya que por mucha ayuda estatal que reciba, la mayoría de los establecimientos privados cobran colegiatura y en determinados casos matrícula, sin contar que a su vez, el sostenedor posee su propia libertad: la de aceptar un eventual alumno de acuerdo a sus creencias personales. Los pocos de este grupo que ofrecen inscripción universal o arancel cero son de mala calidad, incluso por debajo de sus equivalentes netamente públicos. En un espectro donde las diferencias al respecto son mínimas, marcadas por un puñado de subvencionados de élite -bastante caros, casi todos-, formados al alero de organizaciones religiosas o asociaciones tradicionales. Ellos mismos, incluso, reconocen que deben exigir el desembolso pecuniario porque los aportes gubernamentales son insuficientes para asegurar una educación digna, y que por lo tanto su política, si bien puede generar repudio en una parte de la ciudadanía, empero esconde una justificación (admitida además por otros segmentos de la población, quienes ven en este procedimiento una manera de apartar a sus dependientes de influencias que consideran negativas, ya se trate de compañeros de curso o de contenidos indeseables). Al contrario, los que aceptan toda clase de educandos en realidad pretenden hacer más dinero con las donaciones, sin importarles el futuro de los jóvenes.

Sin embargo, por otro lado cabría preguntarse si los apoderados merecen tener un poder -valga la redundancia- más allá del que deben ejercer sobre sus respectivos educandos, aspecto que da origen y sentido etimológico a la palabra. Para comenzar, ellos no son profesionales de la enseñanza, y no resulta difícil que den muestras de su falta de información y hasta de ingenuidad ya a la hora de hacer valer ese derecho a escoger la escuela de sus hijos que en el papel se les ha dispensado. Esto, porque se suelen guiar por aspectos externos puestos por los sostenedores como gancho publicitario, y que guardan casi nula relación con la instrucción escolar. Por ejemplo, padres que se deciden por un establecimiento en base a lo llamativo de su nombre (en especial cuando tiene un tufillo anglosajón, pero mezclado con un elemento folclórico extraído del sitio geográfico donde está inmerso, algo así como San Jacinto College o San Alfonso School, que produce una sensación de que desde el barrio se puede estar conectado con altas alcurnias, incluso extranjeras), detalles en el emblema o en los uniformes de los menores -que los obligará a seguir desembolsando dinero-. O que se inclinan por una institución que asevera "ceñirse a valores cristianos y católicos", siendo que no se encuentra ni remotamente cerca de una congregación religiosa, sólo para que los ilusos crean que pertenece realmente a una iglesia. Y que ya adentro, y sustentados en su supuesta sagacidad y en su responsabilidad hacia sus pupilos -que se demostrarían precisamente en su decisión- tratan de fijar normas y establecer contenidos que según ellos son los más adecuados.

En tal sentido, la actitud frente a la educación se está pareciendo a la que se tiene respecto de la salud. Ya que el acceso a esa clase de prestaciones -y a veces, de médicos-, si no es complicado, tampoco es el adecuado, mucha gente opta por la auto medicación y hasta le recomienda a otro un remedio del que con suerte sólo conoce sus características más visibles. Por su parte, la falta de posibilidades para entrar a un nivel de enseñanza bueno en términos cualitativos, hace que las personas comunes se tomen atribuciones que en situaciones más normales serían consideradas una aberración. Es lo que impulsa al grueso de la gente, del mismo modo que lo efectúa con las píldoras, a señalar un determinado colegio como adecuado, sin contar con la información suficiente, y después a intentar recomendar lo que se debe impartir en dicho establecimiento. El excesivo poder de los apoderados está dado por el individualismo económico del actual sistema, pero también porque carecen de un profesor.

domingo, 6 de julio de 2014

Izquierdas e Israel

Los recientes incidentes acaecidos entre israelíes y palestinos, donde jóvenes de ambos pueblos fueron asesinados por grupos de desconocidos, han motivado una nueva oleada de declaraciones y opiniones a nivel internacional, tanto de los más diversos líderes mundiales como de la gente común. Dentro de las últimas, y en lo que ya parece una situación de eterno retorno, igual que el conflicto que las inspira, se encuentran las diatribas de personas que no sobrepasan los treinta y cinco años, y que por ende nacieron en una fecha bastante alejada del Holocausto y demás horrores de la Segunda Guerra Mundial, algunos de quienes participan, pero la gran mayoría sólo asegura pertenecer a colectivos alternativos de izquierda, quienes llegan a lamentarse del por qué Hitler no fue capaz de exterminar a todos los judíos, pues las constantes agresiones que ejecutan en contra de sus vecinos árabes, demostrarían que se trata de una raza peligrosa que tiene planes ocultos para apoderarse del mundo, ya fuere por la vía militar, política o económica, o mediante una combinación de las tres. Incluso no faltan quienes se unen al coro de las pandillas neonazis y niegan la existencia de ese genocidio, o en el mejor de los casos estiman que la cifra de víctimas es exagerada.

Desde su creación hasta mediados de la década de 1990, y salvo intervalos, el estado de Israel fue gobernado por personeros del partido Laborista, que es de centro izquierda. Fueron ellos los que fundaron el país y quienes desalojaron a buena parte de los árabes residentes en las tierras que conquistaron durante la guerra de 1948-49. También llevaron adelante la intervención en Egipto en 1956 -donde fungía otro líder socialista, Abdel Nasser- y el conflicto de los seis días en 1967 que dio origen al problema palestino como lo conocemos hoy. Además primeros ministros salidos de sus filas ordenaron las acciones de venganza contra los autores de la masacre de Munich, algunas de las cuales pueden ser calificadas como terrorismo internacional, ya que varios de los involucrados en ese atentado fueron asesinados, a su vez, con bombas colocadas en sus escritorios, automóviles o departamentos, en céntricas zonas de ciudades como Oslo o París. Todo en una época en que los mencionados palestinos ni siquiera tenían esperanzas de lograr el remedo de Estado que tienen hoy. Sin embargo, se trataba igualmente de la colectividad que alentó la formación de los kibutz, esos verdaderos ejemplos de sociedad igualitaria, incluso en el rango de la utopía, y que llevó a la nación judía, a pesar de su insignificancia, a una situación de prosperidad, bienestar y desarrollo científico que ya se la quisieran sus hostiles vecinos. Mientras al frente se contaba con una horda de salvajes, seguidores de una religión irracional y retrógrada, que no habían titubeado en aliarse con los alemanes en los años 1940, en contra de un enemigo común.

No obstante, hacia fines del siglo veinte se produjo un giro en el votante medio israelí, que empezó a entregarle réditos al derechista -y fascista- partido Likud. Entonces, las nuevas generaciones de izquierdistas -o de quienes se definen de izquierdistas, porque no asisten a ceremonia religiosa alguna, o se echan con lo que encuentren a su paso, ya pertenezca al género opuesto o al suyo propio- experimentaron su propio despertar, y comenzaron a caer en la cuenta de que el sionismo -que defienden tanto los laboristas como los reaccionarios en el país hebreo- era una ideología nociva e intrínsecamente perversa. De pronto Israel se transformó en el villano, que se valía de unos muertos de hace media centuria -y que al parecer serían menos de lo estipulado- para hacerse la víctima. En tal sentido, incluso aquellos aspectos que siempre despertaron elogios, ahora se habían invertido. Los kibutz no eran ya el símbolo de una sociedad que buscaba la igualdad y el bienestar de sus ciudadanos, sino la demostración de un Estado que ocupaba de manera ilegal una zona que pertenecía a otras familias y a otros pueblos, y que había conseguido excelentes estándares de vida para su población, a costa del despojo, tal como Hitler con Alemania por lo demás. Por el contrario, los palestinos empezaron a representar una suerte de lucha épica, donde un puñado de oprimidos se enfrentaba con hondas y piedras a poderosos e impenetrables tanques. Lo que fue reforzado por el hecho de que la OLP, la misma que buscó en su momento una alianza con los nazis, inició acercamientos con las asociaciones de socialdemócratas.

Dejemos la hipocresía a un lado y saquemos al sol los trapos sucios de la historia. Las izquierdas internacionales siempre callaron lo que ocurría en Medio Oriente con el propósito de no incomodar a un grupo político con el que no sólo guardaban afinidad ideológica, sino que además había logrado concretar algunos de sus sueños utópicos. Pero hoy, cuando ese aliado ha decidido valerse por sí mismo, pasa a constituir una amenaza mundial que justifica tendencias tan deleznables como el antisemitismo, precisamente el mayor motivo por el cual fue creado el Estado de Israel y por el que los judíos establecidos en esa parte del globo fueron apoyados en todas sus iniciativas, incluyendo las que en la actualidad se califican de viles. A esos mozalbetes que se encuentran por debajo de los treinta y cinco, les pediría que revisasen los libros para que descubran el impagable aporte que la comunidad hebrea hizo al pensamiento que aseveran respaldar -y conocer-. Si ahora de ese pueblo surgen empresarios y militares ambiciosos, junto a economistas que profesan las versiones más extremistas y aberrantes del capitalismo liberal, no es justificación para repetir lo que sus antecesores intentaron con todas las energías imaginables erradicar.

domingo, 22 de junio de 2014

Una Corona Bajo Los Pies

Han pasado algunos días desde la entronización de Felipe VI en España, el hijo primogénito de Juan Carlos quien debió remplazar a su abdicado padre. Y en las calles del país, aún se pueden ver protestas pro republicanas, varias de ellas surgidas de modo espontáneo, pese a que el gobierno del primer ministro las prohibió para la ceremonia de coronación. Una muestra más de la escasa consideración que buena parte de la ciudadanía peninsular le tiene a su monarquía, a la cual no le aceptan el haber sido repuesta por Francisco Franco, en un intento de ese dictador de perpetuar su régimen más allá de su desaparición física. Antecedente al que se han añadido ciertas coyunturas, como los casos de corrupción que involucran a diversos miembros de la familia real, y el safari efectuado por el viejo Borbón en Botswana, donde se fotografió orgulloso junto a una joven amante y el cuerpo de un elefante recién cazado.

Quizá si la causa más visible que hace que los ibéricos desprecien a sus reyes, en efecto se encuentre en las circunstancias que propiciaron su restauración. Aunque tales elementos no sean los que uno tiende a citar, sino otros que probablemente se hallen en el subconsciente de los españoles, y que guardan relación con su acerbo más conservador, justamente el que los ha impulsado a tolerar, siquiera a regañadientes, una monarquía por ellos mismos poco estimada. Francisco Franco fue un dictador totalitario, tan contemporáneo como similar en sus métodos y megalomanía a Hitler, Mussolini o Stalin. Que salió victorioso luego de una cruenta -y demoledora para el bando contrario- guerra civil, manteniendo el poder por treinta y seis años, dejándolo sólo producto de la muerte. Además, ejerció aprovechando el sistema republicano que se había establecido en 1931, por lo que finalmente los ibéricos permanecieron cuatro décadas y media sin un rey. Y este jerarca imbatible, que ostentaba un poder absoluto -como los Luis previos a la Revolución Francesa, que también formaban parte de la casa de Borbón- y sólo respondía ante los dioses, puso la corona sobre la cabeza de un descendiente del último soberano, pero que había sido escogido previamente por él. Un acto que cuenta con un simbolismo comparable, ya que mencionamos a Francia, a lo efectuado en su instante por Napoleón, cuando le arrebató la cabecera al papa para colocársela por sí mismo.

España tiene el gran problema de contar con un monarca que no fue sucedido ni menos nominado por otro rey. Para colmo, la designación fue obra de un plebeyo que abarcó tanto poder que fue capaz de posicionarse por encima de cualquier nobleza. Y aunque se insista en que estos individuos "reinan pero no gobiernan", lo cierto es que la situación del de la península ibérica da incluso para cuestionar el hecho de llamarlo soberano. Cabe destacar que, más encima, Franco no nombró a Juan, el hijo mayor del depuesto Alfonso XII y heredero legítimo al trono, sino al nieto de éste, a quien preparó de un modo muy parecido al de un maestro frente a un discípulo, encargándose además personalmente de su educación, sustituyendo en este menester nada menos que al mismo padre de Juan Carlos. De nuevo observamos que la familia real se sitúa por debajo de uno de sus supuestos súbditos, el que realmente ocupa el máximo sillón. Mientras en otras latitudes se suscita un proceso lógico donde no cabe duda que el monarca está en una cima reservada para su exclusividad, aún tratándose de regímenes democráticos donde hay leyes que debe cumplir (pero que son especiales para ellos, y en casi todos los casos, anteriores al establecimiento del sufragio universal). Eso permite que sean útiles a determinadas circunstancias, por ejemplo en Bélgica y el Reino Unido, donde su mera presencia sostiene la unidad de esos Estados formados por pueblos poco ligados entre sí, algo que se pretende precisamente imitar en territorio hispano, por el asunto de los regionalismos. Pero es necesario consignar un dato: en las islas británicas la soberanía prácticamente ha determinado su actual sistema político, y aunque estuvo también abolida durante un tiempo -en el protectorado de Oliver Cromnwell-, finalmente fue la misma casa real y sus partidarios quienes la restauraron. Nunca requirieron de un agente externo.

La monarquía española es la menos costosa de Europa, y aunque en la actualidad se encuentre salpicada por escándalos de corrupción, es la nada misma frente a, por ejemplo, su par británico, cuyas inmoralidades y derroches de dinero -de los contribuyentes- alimentan la prensa rosa y el periodismo de farándula. Incluso la casa peninsular sale bastante indemne si se la compara con otros estamentos políticos hispanos, sobre todo los elegidos por el voto popular. Quizá la solución para buena parte de los inconvenientes que están atravesando por allá sea la instauración de una república. Pero mi consejo para los ciudadanos españoles, es que dejen de molestar por un momento a sus nobles y coloquen la atención en aquellas castas que le están haciendo un daño bastante más significativo al país, como los partidos y en especial la iglesia católica. La misma que es la principal opción a erigirse como factor de unidad si la familia real finalmente sucumbe. Y eso sí que sería nefasto.

domingo, 8 de junio de 2014

Rey Muerto y Rey Puesto

Tras la abdicación de Juan Carlos de Borbón y Borbón al trono de España, se ha podido constatar dos situaciones. Primero, que una vez más se confirma la máxima de "a rey muerto (o renunciado, que para el caso es lo mismos), rey puesto, con el traspaso de la corona a manos del hijo mayor del ahora ex monarca. Segundo, que como ha ocurrido en cada ocasión que la monarquía peninsular, independiente del motivo, se vuelve noticia en los medios masivos de comunicación de ese país, sus detractores se vuelcan a las calles pidiendo su abolición, ya teniendo como pretexto la coyuntura económica, el hecho de que este sistema de gobierno fue restaurado por el dictador Franco, o la acusación de que se trata de un anacronismo que contradice los principios de cualquier democracia occidental.

España -y esto ha quedado en evidencia durante las últimas décadas- tiene un importante e histórico problema de unidad nacional, el que queda demostrado por la constante tensión que existe entre las autoridades centrales -independiente de la tendencia política que representen- y los regionalismos, que en épocas recientes, y sin que el país transite hacia una estructura federal -algo impedido precisamente por la gestión de los nacionalistas centralistas-, han adquirido una inusitada preponderancia, al punto que las lenguas locales han experimentado un significativo avance mientras en otros Estados europeos continúan retrocediendo. Esto se ha tornado más que evidente en sectores como Cataluña, donde el grueso de la población se comienza a inclinar en favor de la independencia. Que lo más probable es que no obtengan, realidad que empero no los ha frenado al momento de sancionar leyes que incluso contradicen tradiciones ancestrales españolas, como la prohibición de la tauromaquia. Todavía más, expertos aseguran que jamás ha existido una identidad común allí, salvo la situación geográfica de hallarse en una península separada del resto del continente por la bastante alta cordillera de los Pirineos, y aún esa coyuntura no constituye un factor decisivo, pues en ella también se sitúan Portugal y Andorra, que los más integristas quisieran ver formando parte de la entidad hispana.

Resultado de constituirse como Estado nacional recién en 1492, con la conquista de Granada, cuando Europa ya transitaba por el Renacimiento. Y de sólo meses después, verse favorecidos con el descubrimiento de América, que les entregó una enorme cantidad de territorios que no estaban preparados para administrar. Además de la gran cantidad de señoríos heredados por Carlos de Austria pocos años más tarde. La unidad española fue impuesta desde arriba, ya fuese mediante el trabajo de los llamados Reyes Católicos -y sus sucesores- o de la iglesia romana, que aquí mantuvo una especial servidumbre para con el Papado. Es muy sintomático que Isabel y Fernando hayan sido reconocidos para la posteridad con ese apodo, pues tras haber erradicado por completo a los árabes, establecieron esa religión como la única posible de profesar por sus súbditos, lo cual significó la expulsión de los judíos y musulmanes cuyas familias llevaban siglos viviendo en la península ibérica, aparte de una férrea persecución contra los reformados. Han sido esos dos pilares los que desde entonces han sometido una estructura en la cual no ha participado el pueblo raso, y si ha sido considerado, siempre fue a través de medidas de fuerza. Más aún: España es uno de los dos territorios europeos en donde la monarquía permaneció suspendida por más de cuarenta años pero finalmente acabó restaurada. El otro caso es Inglaterra, que guarda muchas similitudes: es un Estado dividido en cuatro "países constituyentes" (uno de los cuales, Escocia, también está pujando por su independencia) y que se mantiene gracias a su peculiaridad geográfica, en este caso un archipiélago, que al igual que sucede con los hispanos no es controlado totalmente por la administración política, ya que convive con la república de Irlanda.

El problema para España -y que los oportunistas que hoy están jugando a republicanos no se han siquiera detenido a considerar- es que si uno de esos pilares sucumbe, el otro asumirá la completa responsabilidad de mantener una unidad nacional que en muchos aspectos sigue siendo artificial. Y la iglesia católica no es precisamente signo de permisividad o de autonomía regional. Ni siquiera es garantía de democracia. Algo que ha quedado muy demostrado con los vínculos muy estrechos que los obispos mantienen con los grupos más reaccionarios, debido a coincidencias en aspectos morales, pero también culturales y sociales. De hecho, esos grupúsculos han venido manifestando su propio desprecio por la monarquía, en especial después que el ahora abdicado Juan Carlos frenara el golpe de Estado en 1981. Quizá hoy abrigan la esperanza de que el nuevo rey sea favorable a sus propósitos. Es de esperar, para el bien de la ciudadanía española, que esa corona que parece oxidada continúe perfilándose al menos como un posible contra poder, cuestión que los republicanos de último minuto deberían esforzarse en garantizar

domingo, 25 de mayo de 2014

La Caída de Un Cabo Vestido de Civil

En coro, las voces de los representantes del quehacer público nacional han expresado su repudio contra el asesinato de un cabo de carabineros, hecho ocurrido en Santiago el jueves recién pasado. La presidente calificó este crimen de "cobarde". Y los parlamentarios que suelen aprovechar estos acontecimientos para pedir que sean aumentadas las penas contra quienes agreden a un funcionario policial, incluso de manera exclusivamente verbal, por supuesto que no han dejado pasar la oportunidad, agregando que el actual gobierno, de orientación centro izquierdista y con un programa basado en una serie de demandas surgidas a partir de las protestas callejeras acaecidas en los últimos años, ya con sus inclinaciones ideológicas está incitando una conducta de liviandad moral que entre otras cosas hace que la gente sienta que no le debe tanta solemnidad a un vigilante estatal. Más aún: tras este homicidio algunos medios de comunicación, imbuidos por el sensacionalismo de costumbre, publicaron notas periodísticas en las cuales se preguntaban si acaso los ciudadanos le estaban perdiendo el necesario respeto a la autoridad.

Analicemos las circunstancias en las cuales se produjo este asesinato (que como cualquier otro, merece la mayor de las condenas). Los dos policías involucrados estaban efectuando vigilancia vestidos de civil, en un automóvil común. Ven pasar a otro vehículo, y como la actitud de sus ocupantes les resulta sospechosa, inician una persecución, la cual intentan acabar adelantando a sus objetivos y colocando su móvil por delante del de ellos. Es entonces cuando se dan cuenta, de la peor forma posible, que se enfrentan una pandilla de seis jóvenes armados, quienes al ver a un par de individuos sobre quienes no tenían la más mínima forma de saber que eran carabineros, de seguro imaginaron que eran desafiados por uno de los tantos grupos rivales a los que estas montoneras deben prestar atención a fin de mantenerse con vida. Pues, no lo olvidemos, los funcionarios no se identificaron como agentes -o no les alcanzó el tiempo-, y quizá esperaban que la acción temeraria y desafiante descrita al comienzo de este párrafo iba a disuadir a los muchachos. No obstante, uno que observa un mínimo los noticiarios se da cuenta del modo en que se defienden estas bandas cuando atizan a personas con un revólver o una escopeta en la mano. Sólo se trató del instinto de supervivencia ante unos desconocidos potencialmente peligrosos.

Y en esta batalla el triunfo fue para la agrupación de maleantes, quienes no descansaban en la confianza de un encargo delegado por el Estado, hecho que además no había forma de dar a conocer en el momento. Una verdadera lástima. Por el carabinero muerto y la pandilla de atacantes, que salvo por las riñas a balazo limpio que tanto desesperan a los habitantes de ciertos barrios populares, no habían cometido otro tipo de delito como conjunto, aunque algunos de sus miembros sí habían participado en asaltos. Finalmente se trató de un crimen circunstancial, como la mayoría de los que ocurren en el país. Pero que producto de su connotación social y las altas penas que ya conlleva en el actual ordenamiento jurídico, va a terminar generando un enorme perjuicio para la existencia de estos muchachos, sobre todo a quien efectuó el disparo, que lo más probable es que sea condenado a la denominada prisión perpetua efectiva (ésa que implica cuarenta años en la cárcel). Espero (y esto no se trata de una actitud de conmiseración ni de un enésimo intento por justificar la delincuencia en el marco de sus supuestas causas sociales) que los magistrados consideren los atenuantes a la hora de delinear los castigos, pues es preciso insistir, ni el responsable directo de este homicidio ni los que a la postre remataron siendo cómplices contaban con alguna información acerca del origen de sus víctimas, por lo que desconocemos la forma en que habrían respondido de haberse enterado al respecto.

Cuando acaeció el asesinato de Daniel Zamudio, muchos insistieron en la situación de marginalidad tanto del afectado como de los agresores, usando esta realidad como pretexto para señalar que también se trataba de un crimen circunstancial. Hace poco su publicó un libro que gira en torno a esta tesis, el cual desató las iras de la comunidad homosexual. De acuerdo: eso no evitó que el líder de la paliza fuera condenado a la cadena perpetua de cuatro décadas. Pero al menos se trató de un delito donde existió alevosía y ensañamiento, y donde los victimarios conocían al fallecido, por lo que existió cierto nivel de premeditación. Acá, duela o no admitirlo, estamos en presencia de un hecho absolutamente espontáneo, repudiable desde luego, pero que se vio facilitado por un descuido de dos policías que creían que el aparato público era capaz de dibujarles una aureola sobre sus cabezas. Eso es algo que debemos reconocer, si queremos combatir de modo más eficaz el crimen.

                                                                                                     

domingo, 11 de mayo de 2014

Solos Víctima y Victimario

De todo le han dicho al periodista Rodrigo Fluxá, autor del libro "Solos en la Noche", donde describe las circunstancias que acabaron en el asesinato de Daniel Zamudio. Colectivos gay y un buen número de ciudadanos lo han acusado de homofóbico y de intentar distorsionar la realidad con fines no revelados, porque tanto en ese texto como en las entrevistas que ha concedido, insiste en la tesis de que el principal motivo del crimen no fue la condición homosexual de la víctima, sino que se trató más bien de una riña entre ebrios a la salida de un local nocturno, en circunstancias donde el exceso de alcohol con frecuencia se transforma en la antesala que arrastra a personas a cometer otro tipo de abusos que siquiera imaginarían efectuar en un contexto diferente. Para reafirmar sus opiniones, el autor se vale de los resultados que arrojó su investigación, que mostraron a ese chico y a sus homicidas como muchachos marginados y marginales, con todas las carencias sociales y afectivas que esa situación implica. Lo que lejos de apaciguar a sus detractores, los ha enfurecido aún más, porque consideran que un inocente está siendo puesto a la misma altura que unos delincuentes desalmados.

Si bien es cierto que dos de los agresores de Zamudio tenían antecedentes de haber participado en pandillas de neonazis, al momento del crimen ninguno de los cuatro involucrados estaba afiliado a alguno de esos grupos, y en efecto su actuación responde a los cánones generales de una pelea callejera, independiente de si uno de los bandos se hallaba en inferioridad de condiciones. Sin embargo, y esto fue confirmado durante el proceso judicial, existió un ensañamiento extremo de parte de los homicidas, quienes se exaltaron, en efecto, a causa del alcohol consumido, pero también debido a que conocían previamente a la víctima y sabían que era homosexual. En definitiva, se trató de una combinación de diversos factores, entre los que puede contarse el uso de licor, el contexto social en el que se desarrollaron estas personas, que muchas veces acaba ocasionando hechos con alto nivel de violencia en el marco de lo que ciertos expertos denominan "válvula de escape", y finalmente, la formación recibida por parte de ellos en el sentido de fomentar conductas segregacionistas. Esto último los hace responsables de su fechoría, pues de seguro trataron de aplicar lo que consideraban una labor de limpieza y de aporte positivo a la comunidad. Ahí es quizá donde yerra la conclusión de Fluxá, en su intento por presentar a los asesinos como la consecuencia irracional de un entorno desfavorable. Porque procedieron basados en una teoría que trataban de justificar, por muy poco reflexiva que hubiese sido la adhesión a esos planteamientos. Y si aparte ya conocían a quien después ultimaron, entonces se puede alegar que cupo un determinado nivel de premeditación.

 Tal vez esa combinación de factores es la que debería llamar más la atención. Por regla general, los grupos neonazis, más allá de lo repudiable de su actuar, no suelen estar involucrados en asesinatos de homosexuales. Efectúan las llamadas "barridas" donde los golpean -a ellos y a otros colectivos que califican de indeseables-, pero los casos en que integrante de estas pandillas han matado a un gay son contados, y casi siempre responden a una provocación -o lo que el victimario consideró como tal-. Fuera de aquello, es fácil identificar a un agresor cuando pertenece a un círculo determinado, así como acotar la persecución judicial a esa organización. Pero cuando el sujeto ejerce de manera individual se torna muy difícil, por no decir imposible, contrarrestar su comportamiento. Es lo que ocurre cuando una guerrilla o una institución tachada de terrorista es desarticulada mediante la intervención policial. Se consigue neutralizar a su cúpula y a sus miembros más conspicuos, no obstante quienes no despiertan el interés propio de la emergencia quedan abandonados a su suerte y sin una autoridad o ligamiento que les establezca los límites o les entregue instrucción. Tras lo cual cometen actos mucho más sanguinarios que su tropa de origen, o se pasan a la delincuencia común. Acá es más o menos parecido: un tipo que jamás ha formado parte de un grupúsculo racista, o que lo ha integrado de modo tengencial, pero que comparte -incluso de manera involuntaria- sus pensamientos, es menos propenso a detenerse y medir las consecuencias que alguien que siente que le debe lealtad a una entidad y que no desea el perjuicio tanto personal como de sus compañeros.

De hecho, la mayoría de los asesinatos de homosexuales en Chile no los cometen los neonazis, sino que se trata de situaciones generadas en un contexto muy similar al que le tocó enfrentar a Daniel Zamudio. Personas que participan de alguna juerga donde un integrante con ascendencia sobre sus amigos pierde los estribos y empuja a los demás a llevar adelante un crimen. El problema es entonces no son los agresores en si, sino la evidencia de que esto acaece producto de una subcultura homofóbica que subyace y está detrás. Es esa mentalidad la que hay que combatir, más allá de que los responsables de estos hechos repudiables sean condenados con la severidad que exige el caso, en lo que se precisa como una búsqueda de la mejor justicia posible. Lo cual no se ve en el libro de Fluxá, y es una lástima porque más allá del realismo con que trata de impregnar su investigación, al final uno siente que este periodista ha dejado escapar una oportunidad histórica.