Es claro que las acciones ejecutadas durante estos últimos días por Sebastián Piñera no sólo constituyen una suerte de ceremonia del adiós, a dos semanas de entregar el mando a unas autoridades de diferente signo político. También las ha canalizado con el propósito de aumentar su popularidad en las encuestas, y de este modo, conseguir una especie de imagen positiva en la memoria de la opinión pública, que permita que su gobierno acabe siendo bien evaluado a mediano y largo plazo, con la intención no expresada pero manifiesta de obtener un nuevo triunfo electoral en cuatro años más. Como muestra de aquello, sólo señalar que casi todas sus intervenciones, al menos las que han contado con puestas en escena más llamativas, se remiten a inauguraciones, un tipo de evento que da la sensación de un buen resultado producto de un arduo trabajo.
Esta estrategia no es original. Incluso, su antecedente más palpable se encuentra en sus dos antecesores, que además son sus adversarios políticos, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, quienes a punta de regalías para las clases más desposeídas, disfrazadas de planes sociales, y discursos elaborados por asesores que supieron mezclar con eficacia la firmeza con la conciliación; lograron subir de forma casi geométrica sus porcentajes de aprobación en las encuestas, al extremo que a la última de los nombrados le sirvió justamente para regresar al poder. De seguro que Piñera ha estado consciente de estos hechos al momento de buscar repetir la fórmula, como un instrumento que le permita obtener una aspiración que en realidad es sólo un premio de consuelo frente a su ambición inicial, que consistía en conseguir que un correligionario y allegado a su persona lo sucediera en el cargo (por lejos la mejor calificación que un mandatario puede recibir de la masa popular), y de ese modo asegurar elogios por parte del grueso de los expertos. Es evidente la inclinación por la segunda opción tras no prosperar la primera.
Sin embargo es necesario preguntarse si Piñera, ese empresario avasallador que gracias a su perseverancia ha logrado cuanto se ha propuesto, entre otras cosas ser presidente de la república, será capaz de evitar un nuevo fracaso. Y la verdad es que a la luz de los antecedentes las posibilidades de salir airoso de esta aventura no parecen muy altas. Para empezar, baste sólo recordar que Bachelet salió de palacio con un ochenta y cinco por ciento de aprobación, plataforma que no le alcanzó para ganar la presidencial en su primera vuelta, aunque obtuvo una holgada ventaja en la segunda. De Lagos ni hablar: su casi setenta por cien ni siquiera le sirvió para presentarse a los comicios de 2009, pese a contar con varias voces que lo reclamaban (y que terminaron por aceptar al papanatas de Eduardo Frei, que culminó su mandato con menos de la mitad de los encuestados apoyándolo). La popularidad de Sebastián aún no se empina al sesenta por ciento, por cierto -y es un detalle a considerar aunque parezca banal- la votación que sacó Michelle en el balotaje. Y conste que todos los demás ex gobernantes nombrados en este artículo, ni en sus peores momentos, llegaron a caer por debajo del treinta por ciento, como sí le acaeció al todavía mandatario en ejercicio.
En realidad, este asunto de acabar como un buen recuerdo ha sido una obsesión de nuestros últimos presidentes, y es probable que persista por un largo tiempo. No sólo se ve en su círculo cercano y en los medios masivos de comunicación como señal de un buen gobierno, sino que además este parámetro se ha erigido como una forma de demostrar la distinción de Chile del resto de los países de América Latina, considerados a coro como bananeros, entre otras cosas porque sus líderes vuelven a la vida cotidiana en ciertos casos con menos de una décima parte en las encuestas. Deberían saber que eso también ocurre en los países más desarrollados, y no por ello cargan con una crisis institucional de proporciones ni sus sistemas electorales son colocados en entredicho. Incluso, algunos mandatarios que terminaron con rechiflas desde la galería con el paso de los años han sido revalorizados, mientras otros que gozaron en su momento de la reverencia popular han sufrido una profunda re interpretación de sus acciones. La historia siempre continúa su marcha.
sábado, 22 de febrero de 2014
domingo, 2 de febrero de 2014
La Feria Rota
Dos han sido las motivaciones que a los entendidos y a una buena parte del público les han hecho lamentar la reciente quiebra de la Feria del Disco, o como se le denominaba en estos últimos años, Feria Mix. La primera, es el cierre de una empresa que no sólo distribuía el setenta por ciento del material fonográfico, sino que además con un sello musical, el cual, a fuerza de compras de competidores y ofrecimientos a los artistas, llegó a erigirse como el del catálogo más amplio del país, a mucha distancia de su más cercano perseguidor. La segunda, es el fin de un negocio familiar, que por su historia y su crecimiento sostenido se había erigido a sus creadores como un ejemplo de emprendedores, al punto que se estaban transformando en parte de la idiosincrasia nacional.
Y es que este último fue el rasgo que marcó a la Feria del Disco. Una distribuidora que comenzó como una tienda al interior de un taller mecánico y que se transformó en prácticamente el único punto de referencia de ese rubro en el país, que además se amplió a otros ejercicios, como la venta de libros, filmes y entradas de taquilla para diferentes conciertos, fuera del ya mencionado sello. Que en su recorrido se enfrentó a importantes desafíos y salió airosa de todos, como cuando arribó a Chile la cadena argentina Musimundo, que con toda su parafernalia, su dominio de campo y sus novedades, sólo duró dos años en el territorio. Es probable que auténticos triunfos como ése terminen envolviendo al ganador en una suerte de aureola que finalmente le impide ver más allá de sus paredes. Lo que se torna más delicado si hablamos de un negocio pecuniario que contaba con todos los elementos para formar parte del imaginario folclórico local, partiendo por su mismo nombre.
En ese marco, no había que preocuparse si se vendía el material fonográfico a precios que los consumidores consideraban demasiado altos. No obstante, a la par que empezaba su expansión y diversificación, la Feria igualmente comenzó a ser atacada desde un flanco desconocido o en el mejor de los casos extraño, como eran las descargas -autorizadas y de las otras- de material musical y fílmico a través de internet, algo que se hallaba fuera del disco físico (más aún, esta empresa lideró siempre el mercado de la venta de álbumes en línea). Un fenómeno que no fue abordado de modo serio y que carcomió a la industria discográfica concreta en general, y que por sus características encontraba más adaptadas a las pequeñas tiendas dedicadas a un público específico que a las de orientación maximalista, pues la bajada de material por los computadores tiende a ser más masiva, diversa y -lo que le da ventaja frente a una casa establecida- dispersa, a lo que se debe agregar el directo entendimiento con el interesado, producto de la carencia de un intermediario. Pero a qué preocuparse de aquello si hemos ganado todos los desafíos que nos han presentado. Y en ese predicamento la expendedora llevó adelante reformas estructurales que con el tiempo resultaron ser contraproducentes, como ampliar sus negocios y abandonar el esquema familiar con la contratación de un gerente, en el ánimo de cruzar el último umbral y mostrarse como una empresa similar a las demás, que debía ser tomada en serio. En ese contexto es que se re bautizaron y se colocaron Mix: a fin de deshacerse de una denominación anacrónica y provinciana ajena a la "visión de futuro" que se les exige a todas las emprendidas.
En la Feria del Disco creyeron que por estar en el imaginario colectivo iban a durar para siempre, no importando los vaivenes pecuniarios. Se quedaron en el determinismo de la marca, y renunciaron a una auténtica renovación. Mal acostumbrados por sus victorias ocurridas gracias al ambiente provinciano y aislado de Chile que ellos mismos buscaron superar. Pero que en realidad nuca dejaron porque les resultaba cómodo. Y que en efecto les jugó en contra, no ante los tiburones, sino las bacterias, que como bien lo indica "La Guerra de los Mundos", pueden resultar muy peligrosas pese a su exiguo tamaño.
Y es que este último fue el rasgo que marcó a la Feria del Disco. Una distribuidora que comenzó como una tienda al interior de un taller mecánico y que se transformó en prácticamente el único punto de referencia de ese rubro en el país, que además se amplió a otros ejercicios, como la venta de libros, filmes y entradas de taquilla para diferentes conciertos, fuera del ya mencionado sello. Que en su recorrido se enfrentó a importantes desafíos y salió airosa de todos, como cuando arribó a Chile la cadena argentina Musimundo, que con toda su parafernalia, su dominio de campo y sus novedades, sólo duró dos años en el territorio. Es probable que auténticos triunfos como ése terminen envolviendo al ganador en una suerte de aureola que finalmente le impide ver más allá de sus paredes. Lo que se torna más delicado si hablamos de un negocio pecuniario que contaba con todos los elementos para formar parte del imaginario folclórico local, partiendo por su mismo nombre.
En ese marco, no había que preocuparse si se vendía el material fonográfico a precios que los consumidores consideraban demasiado altos. No obstante, a la par que empezaba su expansión y diversificación, la Feria igualmente comenzó a ser atacada desde un flanco desconocido o en el mejor de los casos extraño, como eran las descargas -autorizadas y de las otras- de material musical y fílmico a través de internet, algo que se hallaba fuera del disco físico (más aún, esta empresa lideró siempre el mercado de la venta de álbumes en línea). Un fenómeno que no fue abordado de modo serio y que carcomió a la industria discográfica concreta en general, y que por sus características encontraba más adaptadas a las pequeñas tiendas dedicadas a un público específico que a las de orientación maximalista, pues la bajada de material por los computadores tiende a ser más masiva, diversa y -lo que le da ventaja frente a una casa establecida- dispersa, a lo que se debe agregar el directo entendimiento con el interesado, producto de la carencia de un intermediario. Pero a qué preocuparse de aquello si hemos ganado todos los desafíos que nos han presentado. Y en ese predicamento la expendedora llevó adelante reformas estructurales que con el tiempo resultaron ser contraproducentes, como ampliar sus negocios y abandonar el esquema familiar con la contratación de un gerente, en el ánimo de cruzar el último umbral y mostrarse como una empresa similar a las demás, que debía ser tomada en serio. En ese contexto es que se re bautizaron y se colocaron Mix: a fin de deshacerse de una denominación anacrónica y provinciana ajena a la "visión de futuro" que se les exige a todas las emprendidas.
En la Feria del Disco creyeron que por estar en el imaginario colectivo iban a durar para siempre, no importando los vaivenes pecuniarios. Se quedaron en el determinismo de la marca, y renunciaron a una auténtica renovación. Mal acostumbrados por sus victorias ocurridas gracias al ambiente provinciano y aislado de Chile que ellos mismos buscaron superar. Pero que en realidad nuca dejaron porque les resultaba cómodo. Y que en efecto les jugó en contra, no ante los tiburones, sino las bacterias, que como bien lo indica "La Guerra de los Mundos", pueden resultar muy peligrosas pese a su exiguo tamaño.
domingo, 19 de enero de 2014
Mal Educar en Casa
Ha venido provocando cada vez más atención el llamado sistema "home school", o en español, educar en casa, donde los padres, de acuerdo a un pequeño protocolo acordado con las autoridades pertinentes, les enseñan a sus hijos los contenidos que éstos debieran aprender en la escuela, a la cual han decidido no enviarlos aduciendo que los establecimientos son de baja calidad, inculcan valores distintos a los planteados en el hogar o son un foco de agresión y de acoso en contra de sus mismos niños. La iniciativa, surgida en Estados Unidos, ya cuenta con una gran cantidad de seguidores en diferentes partes del mundo, en paralelo a la cada vez más ausente labor de los estamentos públicos en la educación, que se ha traducido en una depreciación sostenida de los maestros y de los recintos, no sólo los estatales.
Partamos de la base de que, así como no se puede sustituir al médico de las labores de salud, tampoco se debe marginar al profesor de la educación de una determinada persona. Obrar de otra manera, al menos en relación con el primer ejemplo, equivale a valerse de curanderos o de toda clase de supercherías para intentar sanar a alguien. Dicho de distinto modo, es como aquellos padres que prefieren no suministrar vacunas o medicamentos a sus dependientes bajo el argumento de que se trata de inventos humanos llenos de químicos y sustancias artificiales, que por sus solo origen contradicen la voluntad divina. Traspasando estos razonamientos a la escolaridad, cabría preguntarse si los progenitores están lo suficientemente capacitados para entregar información cognoscitiva tan vital en la formación de sus hijos, más allá de que por una situación social cuenten con los derechos típicos que se desprenden de la crianza. Para comenzar, tenemos que ya este sistema abre con un sesgo de clase. Pues quienes son capaces de aplicarlo a carta cabal son los matrimonios de buena situación económica que disponen de una preparación profesional -incluso en términos de habilidades adquiridas con el propósito de formar una familia- no adecuada, sino bastante acabada, y de una buena situación económica que entre otras coyunturas les permita trabajar menos y en consecuencia tener más tiempo.
Enseguida, esos mismos padres que han logrado desarrollar este método de educación continúan careciendo de idoneidad al momento de instruir a sus hijos. Sólo porque jamás contarán con las herramientas necesarias que tiene un experto en la materia, en este caso el docente. Podrán formar profesionales de calidad aceptable, lo cual no resulta extraño si tomamos en cuenta que los hijos de hogares con una adecuada cantidad de recursos monetarios tienden a repetir y a veces hasta a superar lo conseguido por sus progenitores. Sin embargo las habilidades más integrales, entre ellas algunas que son intrínsecas a toda clase de oficios, como la innovación y el atrevimiento, quedarán inhibidas o incluso anuladas. Al respecto, debemos recordar que la familia es una entidad que al menos en términos sociales posee un marcado cuño conservador, de donde se pueden adquirir las correctas intenciones paternales y maternales pero también sus peores prejuicios. Eso es además evidente en un sistema como la educación casera, creado, tanto en su estructura social, ideológica o estrictamente moral, en contraposición a la escuela, con claras intenciones clasistas disfrazadas de moralina religiosa hipócrita. El resultado de esta amalgama, en el educando, casi siempre es la intolerancia a la diversidad, se trate de sexual, política, racial o incluso social. Tanto por su desconocimiento final del exterior como por la manera en que recibió la instrucción.
Si queremos, ni siquiera mejorar, sino cuando menos recuperar, la calidad de la educación, debemos poner énfasis en la escuela, que hasta ahora continúa siendo la fórmula más eficaz que existe, y no sustituirla por mecanismos oscuros que tras una llamativa vestidura -colocada por quienes cuentan con recursos para comprarla- esconden un propósito que es atentar contra la misma enseñanza. Toda vez que los rasgos del "home school" acercan a este sistema al proceder de las culturas más primitivas y aisladas, donde los clanes eran los encargados de impartir conocimientos muy elementales. El progreso de las civilizaciones siempre requirió de personas y establecimientos especializados, desde donde salía la cantidad suficiente de jóvenes que podía sostener a un determinado pueblo. Lo demás es retroceso, no provocado por las supercherías religiosas y adivinatorias, sino por un sistema monetario donde se enfatiza el ahorro en características puramente reaccionarias, con la finalidad de mantener en su puesto a los de siempre.
miércoles, 1 de enero de 2014
El Problema de las Expectativas
No nos pondremos a discutir a estas alturas si el gobierno de Piñera fue correcto o incorrecto. Desde luego que hizo cosas buenas, y como todos los mandatarios, alcanzó a cumplir una fracción de sus promesas electorales. El problema está en la percepción de los destinatarios, quienes en todo caso tienen argumentos comprensibles para rechazar los resultados finales de esta legislatura, la que ha ocasionado una sensación de que desde sus inicios han permanecido completamente disociada, y de manera deliberada, de las inquietudes de los ciudadanos.
Quizá si la causa más determinante en el descontento social sean las expectativas que generó Sebastián Piñera respecto de su eventual gobierno ya durante la campaña electoral. Algunas de ellas eran de origen espontáneo y por ende no se le pueden atribuir a él o sus asesores. Entre ellas, se encontraba el hecho de tratarse de la primera administración derechista tras el fin de la dictadura militar y luego de más de medio siglo en que ese sector político no accedía al poder por vía de las urnas (algo que además había conseguido sólo en dos ocasiones desde que se implantó el sufragio universal, con los Alessandri, Arturo y Jorge respectivamente, padre e hijo para más inri). Por contraste, se triunfaba sobre unos adversarios que más que desgastados por el trajín de administrar el país, se hallaban en franca decadencia, situación que quedó en evidencia en la forma que estos últimos enfrentaron los mismos comicios.
Sin embargo, en tal contexto resulta interesante comparar lo obrado por los hombres de Piñera con lo efectuado durante el mandato de Patricio Aylwin, que marcó el retorno a la democracia. En aquel instante, producto de causas igualmente obvias -la salida de una dictadura, con toda la carga negativa que ella implicaba-, igualmente se había generado un alto grado de expectativas entre los electores de lo que hasta el once de marzo de 1990 conformaba la oposición. No obstante, los propios integrantes de esa campaña se tomaron el tiempo de hacer aterrizar las ilusiones, algunas muy desmedidas, de los votantes incluso dos años antes de los comicios definitivos. Es cierto que fueron excesivamente pusilánimes en ciertos aspectos. Pero cuando menos consiguieron manejar una legislatura con una cantidad mínima de accidentes, que les dio la opción de entregar el mando a un grupo de correligionarios, lo cual, por el apoyo que tenía el régimen militar entonces, podía no haber acaecido. Muy diferente a lo que ocurrió con el círculo allegado a Sebastián, quienes arribaron a la administración con el engreimiento avasallador que caracteriza a los representantes del liberalismo y el conservadurismo derechistas que además detentan buena parte de los recursos económicos -y las ventajas sociales que eso implica-, y que por tratarse de los grandes ganadores en el sentido bravucón del término, en todos sus aspectos -elecciones, ostentación pecuniaria-, aparte de ufanarse de un ligamiento con el mundo religioso muy importante: habían adquirido la capacidad de obrar correctamente sólo por inercia.
Fue eso lo que hundió al gobierno de Piñera. El asunto de creerse los perfectos, los iluminados por la iglesia católica -y por su intermedio por los dioses-, los que jamás iban a apropiarse de fondos públicos porque tenían dinero a raudales, que incluso, como sucedía con las donaciones de caridad que periódicamente solían anunciar -más que hacer-, iban a disponer de su peculio para corregir las anomalías sociales del país. En efecto fueron escasos los escándalos por malversación de caudales, pero a cambio los bochornos ocasionados por gestiones llenas de prodigalidad, como lo acaecido con el censo de 2012, resultaron muy evidentes. Hay ahí un mensaje: de que estos tipos se sienten mejor en el mundo privado, donde además quieren enviar a la demás gente. Crear, con lo ajeno, la desgracia.
Quizá si la causa más determinante en el descontento social sean las expectativas que generó Sebastián Piñera respecto de su eventual gobierno ya durante la campaña electoral. Algunas de ellas eran de origen espontáneo y por ende no se le pueden atribuir a él o sus asesores. Entre ellas, se encontraba el hecho de tratarse de la primera administración derechista tras el fin de la dictadura militar y luego de más de medio siglo en que ese sector político no accedía al poder por vía de las urnas (algo que además había conseguido sólo en dos ocasiones desde que se implantó el sufragio universal, con los Alessandri, Arturo y Jorge respectivamente, padre e hijo para más inri). Por contraste, se triunfaba sobre unos adversarios que más que desgastados por el trajín de administrar el país, se hallaban en franca decadencia, situación que quedó en evidencia en la forma que estos últimos enfrentaron los mismos comicios.
Sin embargo, en tal contexto resulta interesante comparar lo obrado por los hombres de Piñera con lo efectuado durante el mandato de Patricio Aylwin, que marcó el retorno a la democracia. En aquel instante, producto de causas igualmente obvias -la salida de una dictadura, con toda la carga negativa que ella implicaba-, igualmente se había generado un alto grado de expectativas entre los electores de lo que hasta el once de marzo de 1990 conformaba la oposición. No obstante, los propios integrantes de esa campaña se tomaron el tiempo de hacer aterrizar las ilusiones, algunas muy desmedidas, de los votantes incluso dos años antes de los comicios definitivos. Es cierto que fueron excesivamente pusilánimes en ciertos aspectos. Pero cuando menos consiguieron manejar una legislatura con una cantidad mínima de accidentes, que les dio la opción de entregar el mando a un grupo de correligionarios, lo cual, por el apoyo que tenía el régimen militar entonces, podía no haber acaecido. Muy diferente a lo que ocurrió con el círculo allegado a Sebastián, quienes arribaron a la administración con el engreimiento avasallador que caracteriza a los representantes del liberalismo y el conservadurismo derechistas que además detentan buena parte de los recursos económicos -y las ventajas sociales que eso implica-, y que por tratarse de los grandes ganadores en el sentido bravucón del término, en todos sus aspectos -elecciones, ostentación pecuniaria-, aparte de ufanarse de un ligamiento con el mundo religioso muy importante: habían adquirido la capacidad de obrar correctamente sólo por inercia.
Fue eso lo que hundió al gobierno de Piñera. El asunto de creerse los perfectos, los iluminados por la iglesia católica -y por su intermedio por los dioses-, los que jamás iban a apropiarse de fondos públicos porque tenían dinero a raudales, que incluso, como sucedía con las donaciones de caridad que periódicamente solían anunciar -más que hacer-, iban a disponer de su peculio para corregir las anomalías sociales del país. En efecto fueron escasos los escándalos por malversación de caudales, pero a cambio los bochornos ocasionados por gestiones llenas de prodigalidad, como lo acaecido con el censo de 2012, resultaron muy evidentes. Hay ahí un mensaje: de que estos tipos se sienten mejor en el mundo privado, donde además quieren enviar a la demás gente. Crear, con lo ajeno, la desgracia.
domingo, 15 de diciembre de 2013
Cuatro Años No Es Nada
Entre tanto debate y palabrería que se ha suscitado en torno a estos comicios presidenciales, hay un tema que ha sido eclipsado por la serie de exigencias que se les han venido formulando a los candidatos, entre las cuales la más vistosa ha resultado la relacionada con la asamblea constituyente. Se trata de la duración de la legislatura, que consiste en cuatro años sin reelección inmediata. Muchos opinan que es un periodo insuficiente para que el grupo político en el poder lleve a cabo siquiera una buena parte de sus proyectos, con lo que las evaluaciones de rigor que se efectúan al final del mandato resultan sesgadas. Una aseveración que ha tomado fuerza al analizar el comportamiento tanto de la administración que está por acabar como el de la que deberá asumir en marzo de 2014; ambas, caracterizadas por exponer posturas ambiciosas que han derivado en un alza de las expectativas de los votantes.
Cuando en Chile se comenzó a observar con simpatía este asunto de la legislatura de cuatro años, se hizo teniendo como punto de referencia -y de justificación- los reglamentos vigentes en distintos países del Primer Mundo, en particular los de Europa Occidental y de Estados Unidos -considerados "progresistas" y "vanguardistas" por el grueso de la élite local- que cuentan con ese tipo de régimen electoral. No obstante, es preciso agregar que en todas esas situaciones, los periodos son prorrogables, incluso de manera indefinida. A cambio, existe un mecanismo de contrapeso para el gobernante de turno que reside en el parlamento, el cual puede aprobar una moción de censura que obligue al mandatario a adelantar comicios cuando no simplemente a renunciar. Tal situación los obliga a buscar alianzas también con sus adversarios ideológicos, llegando a conformar gobiernos de coalición, lo cual al menos en teoría evita la inclinación hacia posturas avasalladoras o personales que rocen el autoritarismo. Por otro lado, los deja sujetos a un permanente escrutinio de los ciudadanos -o de sus representantes-, manteniendo en peor de los casos una solidez aceptable del sistema democrático.
En cambio, se impuso una forma de legislatura que ya se ha ensayado en América Latina. En efecto, países como Bolivia o varios de Centroamérica -a los que podemos tildar de todo, menos que son desarrollados desde el punto de vista que mezcla lo cultural con lo económico-, llevan bastante tiempo con periodos de cuatro años no reelegibles. En dichos modos de proceder se puede percibir un cierto aire de temor. Pues si revisamos sus historias, notamos que están salpicadas de golpes de Estados y cruentas dictaduras cuya principal característica, aparte de la violación sistemática de los derechos humanos, era el intento denodado de perpetuarse en el poder. En muchos casos, tales tiranías accedían al mando mediante procesos electorales, y ya ascendidos modificaban los estatutos a su conveniencia cuando no simplemente los pasaban por encima, arguyendo un discurso cargado de confuso mesianismo. Cuando entre los ciudadanos empezó a aflorar un sentimiento mayoritario de rechazo a estas prácticas -ya tuvieran un origen oligárquico y vertical, o revolucionario y reivindicativo-, a su vez se popularizaron las constituciones que acortaban la duración de las legislaturas y al mismo tiempo cerraban la puerta a eventuales prórrogas. Que de cualquier manera no han resultado muy eficaces, pues finalmente han servido para turnar a alianzas conformadas por los de siempre, quienes se encuentran cómodos estando inmersos en una extensión breve, ya que tienen pocas exigencias más allá de garantizar el estatus de un cierto estamento social.
De alguna manera, hay un componente reaccionario en esto de los cuatro años no prorrogables. Adaptado a los predicamentos del nuevo liberalismo, en términos de manejo financiero. Se logra sortear el peligro del caudillo interminable, pero en cambio se pasa a confiar en una serie de grupos que se hallan a medio camino entre el pacto político y la sociedad anónima, en donde un presidente es sólo la cara visible de un engranaje hilvanado con el afán de despertar confianza en los inversores internacionales. Por ello es que han triunfado líderes como Hugo Chávez o Evo Morales, que en el peor de los casos -y claramente éste no es- son un mal menor frente a una falsa alternancia.
Cuando en Chile se comenzó a observar con simpatía este asunto de la legislatura de cuatro años, se hizo teniendo como punto de referencia -y de justificación- los reglamentos vigentes en distintos países del Primer Mundo, en particular los de Europa Occidental y de Estados Unidos -considerados "progresistas" y "vanguardistas" por el grueso de la élite local- que cuentan con ese tipo de régimen electoral. No obstante, es preciso agregar que en todas esas situaciones, los periodos son prorrogables, incluso de manera indefinida. A cambio, existe un mecanismo de contrapeso para el gobernante de turno que reside en el parlamento, el cual puede aprobar una moción de censura que obligue al mandatario a adelantar comicios cuando no simplemente a renunciar. Tal situación los obliga a buscar alianzas también con sus adversarios ideológicos, llegando a conformar gobiernos de coalición, lo cual al menos en teoría evita la inclinación hacia posturas avasalladoras o personales que rocen el autoritarismo. Por otro lado, los deja sujetos a un permanente escrutinio de los ciudadanos -o de sus representantes-, manteniendo en peor de los casos una solidez aceptable del sistema democrático.
En cambio, se impuso una forma de legislatura que ya se ha ensayado en América Latina. En efecto, países como Bolivia o varios de Centroamérica -a los que podemos tildar de todo, menos que son desarrollados desde el punto de vista que mezcla lo cultural con lo económico-, llevan bastante tiempo con periodos de cuatro años no reelegibles. En dichos modos de proceder se puede percibir un cierto aire de temor. Pues si revisamos sus historias, notamos que están salpicadas de golpes de Estados y cruentas dictaduras cuya principal característica, aparte de la violación sistemática de los derechos humanos, era el intento denodado de perpetuarse en el poder. En muchos casos, tales tiranías accedían al mando mediante procesos electorales, y ya ascendidos modificaban los estatutos a su conveniencia cuando no simplemente los pasaban por encima, arguyendo un discurso cargado de confuso mesianismo. Cuando entre los ciudadanos empezó a aflorar un sentimiento mayoritario de rechazo a estas prácticas -ya tuvieran un origen oligárquico y vertical, o revolucionario y reivindicativo-, a su vez se popularizaron las constituciones que acortaban la duración de las legislaturas y al mismo tiempo cerraban la puerta a eventuales prórrogas. Que de cualquier manera no han resultado muy eficaces, pues finalmente han servido para turnar a alianzas conformadas por los de siempre, quienes se encuentran cómodos estando inmersos en una extensión breve, ya que tienen pocas exigencias más allá de garantizar el estatus de un cierto estamento social.
De alguna manera, hay un componente reaccionario en esto de los cuatro años no prorrogables. Adaptado a los predicamentos del nuevo liberalismo, en términos de manejo financiero. Se logra sortear el peligro del caudillo interminable, pero en cambio se pasa a confiar en una serie de grupos que se hallan a medio camino entre el pacto político y la sociedad anónima, en donde un presidente es sólo la cara visible de un engranaje hilvanado con el afán de despertar confianza en los inversores internacionales. Por ello es que han triunfado líderes como Hugo Chávez o Evo Morales, que en el peor de los casos -y claramente éste no es- son un mal menor frente a una falsa alternancia.
viernes, 29 de noviembre de 2013
El Anillo de los Delincuentes
Tras conocerse la captura de Carlos Gutiérrez Quiduleo, el último de los involucrados en el asalto a un banco en 2007, que entre otras consecuencias implicó la muerte del cabo de Carabineros Luis Moyano, cuyo cuello fue atravesado por una bala mientras perseguía en una motocicleta a los atracadores: más de una autoridad se aprestó a reclamar por el supuesta protección que este sujeto habría recibido de algunas comunidades mapuches del sur. Incluso se identificó a una de ellas en particular, la de Temucuicui, quizá con el propósito de justificar los violentos allanamientos, más bien asaltos, de que son víctimas los habitantes de esa reducción desde hace ya varios años. Hasta el ministro del Interior se apresuró en afirmar que las policías consiguieron ubicar a este tipo tras verlo salir de dicha reserva, aunque ya habrían tenido antecedentes de que se refugiaba en ese territorio.
Dejemos de lado por ahora el asunto de la represión contra las comunidades mapuches (después de todo, Gutiérrez Quiduleo era un hermano de etnia, por lo que existía alguna motivación emocional en sus pares que alentaba su defensa) y centrémonos en la manera como las autoridades, la prensa y las personas más influyentes de la sociedad han venido tratando a los delincuentes comunes en el último tiempo, conducta que además ha estampado una huella decisiva en la mentalidad de la gente común. Cada uno de estos actores, en coro y al unísono, han exigido una legislación cada vez más dura en contra de sujetos a quienes con una intención manifiesta se les tacha de antisociales. El resultado de tales medidas se ha traducido en cárceles cada día más abarrotadas de reos, en las cuales ya no queda espacio para la rehabilitación, una instancia que por lo demás una alta mayoría de quienes están fuera de los recintos penitenciarios considera innecesaria o inútil. Mientras que los infractores legales, se trate de novatos incautos o de avezados cacos, deben resignarse a sufrir un interminable desprecio comunitario, que los mantiene detrás -o debajo- de un muro infranqueable, condición que no pueden abandonar aunque muestren evidentes signos de arrepentimiento, y que además acaban padeciendo también sus familiares y descendientes.
Entonces, frente a una sociedad que los persigue con la única finalidad de agredirlos -al menos verbalmente- y que considera que hacer el bien es no concederles cualquier clase de perdón, estos tipos intentan, como todo ser humano, sobrevivir en un ambiente hostil de la manera que resulte lo más práctica y eficaz posible. Y ante el hostigamiento exclusivo por parte de los agentes exteriores, la protección entre pares adquiere una decisiva relevancia. Pues, ¿cómo va a reaccionar un conjunto de personas a quien todos los demás consideran un gueto peligroso? En poco tiempo se darán cuenta que tienen problemas y características que se inter relacionan y que igualmente los unen, y buscarán la ayuda mutua para encontrar una solución. La misma comunidad ha agrupado a estos individuos en definiciones peyorativas que acarrean procedimientos acordes a tal forma de descripción. Ante lo cual los aludidos -que por su situación ya traen antecedentes de violencia- recogen el guante y aceptan el desafío, como sucede por cierto en casi la totalidad de las culturas.
Si seguimos considerando a los delincuentes comunes sólo como la hez de la sociedad -mejor dicho, como la hez de la que se debe limpiar la sociedad-, sólo conseguiremos que estos sujetos y sus familiares adquieran una todavía mayor conciencia de grupo y formen un conjunto cada vez más hermético e impenetrable, con todas las consecuencias para el bienestar comunitario que ello significa. El muro será entonces más elevado e infranqueable y aunque estaremos satisfechos de ello los primeros días, estoy seguro de que nos lamentaremos a largo o incluso mediano plazo. Una situación a la que se debe agregar esa curiosa mescolanza de liberalismo económico y conservadurismo moral que impregna a Chile, donde el sector social y los apellidos determinan los destinos de una persona. Tendremos que los hijos de cacos repetirán el oficio de sus padres casi como se tratara de una determinación genética, derivando en la creación de una auténtica etnia, quién sabe, hasta de un pueblo. Pero de uno que no gusta al resto y que no le hace bien a los ciudadanos comunes, lo cual resultará sumamente grave.
Dejemos de lado por ahora el asunto de la represión contra las comunidades mapuches (después de todo, Gutiérrez Quiduleo era un hermano de etnia, por lo que existía alguna motivación emocional en sus pares que alentaba su defensa) y centrémonos en la manera como las autoridades, la prensa y las personas más influyentes de la sociedad han venido tratando a los delincuentes comunes en el último tiempo, conducta que además ha estampado una huella decisiva en la mentalidad de la gente común. Cada uno de estos actores, en coro y al unísono, han exigido una legislación cada vez más dura en contra de sujetos a quienes con una intención manifiesta se les tacha de antisociales. El resultado de tales medidas se ha traducido en cárceles cada día más abarrotadas de reos, en las cuales ya no queda espacio para la rehabilitación, una instancia que por lo demás una alta mayoría de quienes están fuera de los recintos penitenciarios considera innecesaria o inútil. Mientras que los infractores legales, se trate de novatos incautos o de avezados cacos, deben resignarse a sufrir un interminable desprecio comunitario, que los mantiene detrás -o debajo- de un muro infranqueable, condición que no pueden abandonar aunque muestren evidentes signos de arrepentimiento, y que además acaban padeciendo también sus familiares y descendientes.
Entonces, frente a una sociedad que los persigue con la única finalidad de agredirlos -al menos verbalmente- y que considera que hacer el bien es no concederles cualquier clase de perdón, estos tipos intentan, como todo ser humano, sobrevivir en un ambiente hostil de la manera que resulte lo más práctica y eficaz posible. Y ante el hostigamiento exclusivo por parte de los agentes exteriores, la protección entre pares adquiere una decisiva relevancia. Pues, ¿cómo va a reaccionar un conjunto de personas a quien todos los demás consideran un gueto peligroso? En poco tiempo se darán cuenta que tienen problemas y características que se inter relacionan y que igualmente los unen, y buscarán la ayuda mutua para encontrar una solución. La misma comunidad ha agrupado a estos individuos en definiciones peyorativas que acarrean procedimientos acordes a tal forma de descripción. Ante lo cual los aludidos -que por su situación ya traen antecedentes de violencia- recogen el guante y aceptan el desafío, como sucede por cierto en casi la totalidad de las culturas.
Si seguimos considerando a los delincuentes comunes sólo como la hez de la sociedad -mejor dicho, como la hez de la que se debe limpiar la sociedad-, sólo conseguiremos que estos sujetos y sus familiares adquieran una todavía mayor conciencia de grupo y formen un conjunto cada vez más hermético e impenetrable, con todas las consecuencias para el bienestar comunitario que ello significa. El muro será entonces más elevado e infranqueable y aunque estaremos satisfechos de ello los primeros días, estoy seguro de que nos lamentaremos a largo o incluso mediano plazo. Una situación a la que se debe agregar esa curiosa mescolanza de liberalismo económico y conservadurismo moral que impregna a Chile, donde el sector social y los apellidos determinan los destinos de una persona. Tendremos que los hijos de cacos repetirán el oficio de sus padres casi como se tratara de una determinación genética, derivando en la creación de una auténtica etnia, quién sabe, hasta de un pueblo. Pero de uno que no gusta al resto y que no le hace bien a los ciudadanos comunes, lo cual resultará sumamente grave.
viernes, 22 de noviembre de 2013
Mi Mamá Me Mató
No la debe estar pasando muy bien Pilar Castillo Cardemil, la universitaria de veinte años que mató a su hija a pocas horas de haber nacido. La condena social a un hecho como éste -que de todas maneras es deleznable- no sólo se manifiesta en los comentarios de la gente común, en el modo en que lo han tratado los medios de comunicación, o en la alta pena carcelaria que de seguro su autora recibirá. Sino además en un aspecto puntual que ha servido para aumentar las dosis de morbo y frivolidad que muchos miembros de la opinión pública requieren para resistir la noticia de un delito considerado de extrema gravedad: la más que probable seguidilla de agresiones físicas a las cuales la madre asesina se verá enfrentada en prisión, ya que en los códigos consuetudinarios imperantes en esos recintos, las filicidas son vistas como lo peor, en una situación muy similar a lo que ocurre con los violadores en los cautiverios masculinos.
Ignoro qué opinión habrá tenido esta mujer respecto del aborto. Aunque, antes que nada, es imprescindible recordar que esa práctica en Chile es ilegal a todo evento, y dadas las condiciones sociales en las que se encontraba inmersa esta muchacha, es probable que jamás se hubiese podido contactar con un médico que de manera clandestina aceptara interrumpir su embarazo, fuera de que no contaba con los recursos económicos para llevar adelante tan por lo demás peligrosa acción. Pero esa misma pertenencia a un sector medio bajo, carente de las instancias adecuadas en el acceso a la información, en especial en el plano sexual (en caso contrario tal vez habría logrado evitar la preñez), e impregnado de una serie de prejuicios morales inconexos, a causa de la influencia directa o indirecta de la iglesia católica (cuya muestra más cabal es justamente la prohibición más que absoluta de los malpartos provocados): lo más probable es que hubiesen impulsado a Pilar a admitir la idea de que la práctica abortiva era el más irredimible de los crímenes, y que el empleo de anticonceptivos sólo contribuía a agrandar el grave pecado de sostener un coito fuera del matrimonio o sin una pareja realmente estable. A esto se suma el hecho de que la joven era la primera de su familia en estudiar en una universidad, y que por ende no debía decepcionar a su entorno ni mucho menos a sus padres con una sorpresa que además de dificultar su egreso de la educación superior, iba a transformarse en la comidilla del barrio, alimentando a las vecinas envidiosas quienes eran incapaces de asumir que una del mismo sector era capaz de llegar tan arriba, y que estaban esperando una caída de esta clase para demostrar que ellas imaginaban lo correcto.
Frente a un cuadro tan adverso, entonces Pilar tomó una decisión pragmática. Ocultó un embarazo que por trabas legales y culturales no podía interrumpir, se encerró en su dormitorio cuando sospechó el trabajo de parto, y aguardó a que su bebé naciera para en el mismo instante degollarla y así acabar con los problemas que le significaba. Así de paso evitaba deshonrar a sus padres. ¿No es esto sino una consecuencia lógica? Para muchos probablemente no. En especial a aquellos histéricos y alarmistas que sostienen que si se continúa dejando al libre albedrío el aborto, el siguiente crimen a aprobar será el infanticidio. Este caso los contradice. Fuera de que les demuestra que en nombre del bien, o de lo que algunos grupos sociales y religiosos -de los que suelen formar parte- consideran lo correcto, se pueden cometer atrocidades extremas. ¿No quieres avergonzar a tus progenitores con una preñez no deseada, aparte consecuencia de una relación furtiva con un desconocido? ¿Deseas superarte a ti mismo, siguiendo una carrera universitaria asumiendo con responsabilidad todas las obligaciones de un alumno? ¿Buscas un principio de acuerdo con la moralina más ultramontana? Entonces enmienda tu error en el momento preciso. Que en esta situación, fue cuando se dio la oportunidad de ultimar a una guagua recién parida. Más que un crimen se trató de un modo muy particular de ofrecer penitencia.
El caso de Pilar recuerda al de otro sujeto que llevaba el apellido Castillo, Ramón, mejor conocido como Antares de la Luz, quien inventó toda una parafernalia religiosa con la finalidad de justificar su rechazo a la paternidad. En esa coyuntura se recurrió a los delirios místicos, mientras que acá su colocaron en práctica los valores de una sociedad liberal donde la competencia y el triunfo en cualquiera de sus acepciones es lo único importante. Vaya combinación: religiosidad y nuevo liberalismo, que en Chile ya nos han obligado a conmovernos con dos casos de infanticidio en un mismo año. Sin contar aquellos que no alcanzan a llegar a los medios masivos de prensa.
Ignoro qué opinión habrá tenido esta mujer respecto del aborto. Aunque, antes que nada, es imprescindible recordar que esa práctica en Chile es ilegal a todo evento, y dadas las condiciones sociales en las que se encontraba inmersa esta muchacha, es probable que jamás se hubiese podido contactar con un médico que de manera clandestina aceptara interrumpir su embarazo, fuera de que no contaba con los recursos económicos para llevar adelante tan por lo demás peligrosa acción. Pero esa misma pertenencia a un sector medio bajo, carente de las instancias adecuadas en el acceso a la información, en especial en el plano sexual (en caso contrario tal vez habría logrado evitar la preñez), e impregnado de una serie de prejuicios morales inconexos, a causa de la influencia directa o indirecta de la iglesia católica (cuya muestra más cabal es justamente la prohibición más que absoluta de los malpartos provocados): lo más probable es que hubiesen impulsado a Pilar a admitir la idea de que la práctica abortiva era el más irredimible de los crímenes, y que el empleo de anticonceptivos sólo contribuía a agrandar el grave pecado de sostener un coito fuera del matrimonio o sin una pareja realmente estable. A esto se suma el hecho de que la joven era la primera de su familia en estudiar en una universidad, y que por ende no debía decepcionar a su entorno ni mucho menos a sus padres con una sorpresa que además de dificultar su egreso de la educación superior, iba a transformarse en la comidilla del barrio, alimentando a las vecinas envidiosas quienes eran incapaces de asumir que una del mismo sector era capaz de llegar tan arriba, y que estaban esperando una caída de esta clase para demostrar que ellas imaginaban lo correcto.
Frente a un cuadro tan adverso, entonces Pilar tomó una decisión pragmática. Ocultó un embarazo que por trabas legales y culturales no podía interrumpir, se encerró en su dormitorio cuando sospechó el trabajo de parto, y aguardó a que su bebé naciera para en el mismo instante degollarla y así acabar con los problemas que le significaba. Así de paso evitaba deshonrar a sus padres. ¿No es esto sino una consecuencia lógica? Para muchos probablemente no. En especial a aquellos histéricos y alarmistas que sostienen que si se continúa dejando al libre albedrío el aborto, el siguiente crimen a aprobar será el infanticidio. Este caso los contradice. Fuera de que les demuestra que en nombre del bien, o de lo que algunos grupos sociales y religiosos -de los que suelen formar parte- consideran lo correcto, se pueden cometer atrocidades extremas. ¿No quieres avergonzar a tus progenitores con una preñez no deseada, aparte consecuencia de una relación furtiva con un desconocido? ¿Deseas superarte a ti mismo, siguiendo una carrera universitaria asumiendo con responsabilidad todas las obligaciones de un alumno? ¿Buscas un principio de acuerdo con la moralina más ultramontana? Entonces enmienda tu error en el momento preciso. Que en esta situación, fue cuando se dio la oportunidad de ultimar a una guagua recién parida. Más que un crimen se trató de un modo muy particular de ofrecer penitencia.
El caso de Pilar recuerda al de otro sujeto que llevaba el apellido Castillo, Ramón, mejor conocido como Antares de la Luz, quien inventó toda una parafernalia religiosa con la finalidad de justificar su rechazo a la paternidad. En esa coyuntura se recurrió a los delirios místicos, mientras que acá su colocaron en práctica los valores de una sociedad liberal donde la competencia y el triunfo en cualquiera de sus acepciones es lo único importante. Vaya combinación: religiosidad y nuevo liberalismo, que en Chile ya nos han obligado a conmovernos con dos casos de infanticidio en un mismo año. Sin contar aquellos que no alcanzan a llegar a los medios masivos de prensa.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)