miércoles, 22 de mayo de 2013

Echando Leña

¿Qué culpa tienen los judíos de ser mejor combustible que la leña? Aquella frase expresada por el sobre valorado Lagarto Murdock, un títere con forma de serpiente multicolor que aparece en cada emisión de un programa de talentos de Chilevisión, ha desatado -de modo comprensible, hay que decirlo- las iras de los representantes de ese pueblo en el país. Tal efecto ha provocado la indignación, que las disculpas ofrecidas tanto por los responsables del personaje como por los ejecutivos del canal propietario han quedado como una mera anécdota, mostrándose ineficaces en su propósito de apaciguar los ánimos. Muy por el contrario, las declaraciones de repudio al chiste no sólo han provenido de los entes regidores de la televisión criolla -lo que ya anticipa la eventual desaparición de la marioneta, pero también una drástica sanción para la estación transmisora-, sino además de autoridades políticas, quienes han adelantado que endurecerán las penas contra quienes espeten discursos discriminadores u odiosos, que hasta ahora se consideran una falta grave, pero no un delito.

Es imprescindible reiterarlo. El Lagarto Murdock no es sino otra muestra del grado de oquedad al cual ha llegado la televisión chilena, en donde además parece que cada integrante cuenta con una mágica facultad de hacer algo peor a lo realizado el día anterior. Y la muestra más plausible de ese vacío es el humor, que puede ser resumido como la incesante y eterna utilización de las burlas propias de una sobremesa de en la cual se escupen comentarios hirientes hacia personas que no se encuentran en la sala. La diferencia es que al ser exhibidas en la pantalla chica, dichas befas, que por su connotación negativa y escaso aporte debieran permanecer en el entorno privado, son conocidas y luego difundidas por los espectadores. Luego, quienes se sitúan en la conducción y dirección de buena parte de lo que se proyecta a través de los rayos catódicos, son personas que conforman un perfil muy definido, que pertenece a una determinada clase social y que mantiene una fuerte identificación con poderes de orden económico, político y eclesiástico, cuando no son representantes directos de tales instancias. Dicho de modo sencillo, sólo hay cabida para los ricos y conservadores, en un modelo que constituye una de las tantas herencias de la dictadura militar, que por cierto controló con especial celo este medio de comunicación pues sus componentes intuían que tenía un potencia de alcance masivo. Finalmente, las personas que demuestran un pensamiento disidente, o pertenecen a alguna minoría, ya sea religiosa, étnica o sexual, permanecen excluidas de esta herramienta de divulgación y por ende sus propietarios se sienten con la libertad más absoluta para vomitar lo que se les antoje contra ellos, ya sea vía ataques emitidos "en serio" (la incontable serie de reportajes con pretensiones periodísticas acerca de los delincuentes y los manifestantes violentos) o por intermedio de risotadas de grueso calibre y que sólo se disfrutan cuando uno no es o no tiene cercanía o empatía con un afectado.

Ahora. El problema es que aquí se lanzó un chiste que resultó ofensivo para una comunidad, la judía, que cuenta con miembros entre los estratos más altos del país, entre quienes cabe mencionar a empresarios, congresistas, artistas y políticos que han fungido como ministros de Estado en varios de los más recientes gobiernos, independiente de la tendencia política con la que se identifiquen. La verdad es que, analizando la situación con un mínimo de profundidad, uno se pregunta por qué un libretista llega a cometer el desatino de tomar de modo banal el asunto del Holocausto, además con una intención abiertamente desagradable. Menos por el nivel de influencias de ciertos personeros de la etnia hebrea, que por el repudio general que provoca en el común de la gente lo relacionado con la Alemania nazi. ¿Quería inmolarse por algún motivo? ¿Se trataba de una versión en clave verbal de Jackass? Vaya uno a saber. Pero lo interesante es notar cómo la condición de adinerado y la facultad de enlazar contactos puede conseguir que en Chile se solidarice con quien se siente agredido. En especial, si se compara este incidente con uno ocurrido hace meses atrás, cuando los distintos dirigentes evangélicos reclamaron por las intolerables burlas espetadas contra ellos en el segmento "Las Iluminadas" contenido en el espacio "Morandé Con Compañía". Muchos se unieron en coro para acusar a los hermanos de tontos graves y de censuradores, cuando no de insinuar que se merecían esos insultos por su virulentas opiniones acerca de la homosexualidad. Incluso un animador de tendencia gay, Jordi Castell -compañero de canal de los guionistas de Murdock- llegó a justificar las bromas basado en ese último argumento (curiosamente, días atrás Kike Morandé, el animador y productor del programa que ocasionó la polémica, se refirió de modo poco amable a los amanerados, y el tal Castell hasta ahora no se ha pronunciado al respecto). Tal parece que quien no tiene temor a exponer sus opiniones en plena calle, aunque sea persiguiendo el bien de los demás, es un enemigo de la sociedad, mientras que quien ejerce presión de manera decisiva aunque silenciosa es una víctima a la que se debe compensar.

El Lagarto Murdock es sólo una variante llamativa, en términos superficiales, de lo que se viene haciendo en la televisión chilena desde hace décadas. Salvo de que en lugar de tratarse de un hombre de mediana edad que se ríe de quienes considera a la vez extraños e inferiores, es un mozalbete a quien le interesa únicamente la patineta (nada contra quienes emplean ese vehículo de transporte, aclaro). Y por eso, aparte de porque en apariencia no tiene poder, es que es posible presentarlo como irreverente. Por otra parte, la comunidad judía, a despecho de que se merece toda la comprensión del mundo, lo que implica de partida borrar cualquier asomo de antisemitismo, debe tomar en cuenta que ha logrado agarrar el mango de la sartén gracias a que su brazo cuenta con un considerable grado de influencia. ¿Defensa de la libertad de expresión? ¿Rechazo a la discriminación? No: sólo una demostración más de que este país es exclusivamente para ricos.

miércoles, 15 de mayo de 2013

El Servicio De Los Satisfechos


Una de las majaderías más insufribles entre los incontables lugares comunes que a diario suelen repetir los políticos de derecha, en especial quienes provienen de un partido confesional, es aquella en la cual se presentan como los únicos capaces de entregar un servicio desinteresado a los más desposeídos, debido a que gracias a su estrato social de origen -en general de medio alto hacia arriba- no requieren hacer de la actividad pública una profesión sobre la cual ganarse la vida. Con esa clase de razonamiento, además de contradecir a sus adversarios, que a su vez insisten en que una persona adinerada no puede comprender los problemas de los menos acaudalados porque jamás ha sufrido las penurias de éstos, de paso los tildan de interesados y de prestarle mayor importancia al éxito personal antes que a la mejora de la situación de quienes lo eligieron. Por lo que a manera de conclusión, se desprende que este tipo de conservadores es el sector del quehacer nacional menos propenso a la corrupción, puesto que ya han superado, merced sólo a su estatus, las ambiciones de enriquecimiento y escalamiento social que serían inherentes a la naturaleza humana.

Vamos a dejar de lado la connotación clasista que ese pensamiento contiene, ya que es tan fácil de deducir que resulta prescindible de ser descrita en un artículo. Tampoco nos detendremos en la contradicción que se manifiesta entre dicha argumentación y la forma de actuar de los dirigentes derechistas, los cuales nunca olvidan de cobrar sus dietas durante la jornada de pago. Sí compararemos estas sentencias con la conducta de estos conservadores más allá de sus visitas a los barrios populares y de los subsidios que autorizan y en muchos casos promueven en favor de los más desvalidos. Pues a poco andar se cae en la cuenta de que su proceder es muy diferente de lo que predican. Siempre acuden a las sesiones parlamentarias con el afán de entrabar aquellos proyectos de ley cuya aplicación podría reducir los niveles de miseria y de desigualdades económicas de manera más rápida y eficaz que sus propuestas, pero que tras ser promulgadas les significaría una merma en su caudal pecuniario, como por ejemplo sucede con las peticiones de aumento de impuestos, así como con la exigencia de dichos tributos sean directamente proporcionales al potencial monetario de los ciudadanos. Y no se trata sólo de atajar una iniciativa equis con una votación en bloque. Muy por el contrario, detrás de esos acometimientos se esconde un trabajo constante, para convencer a empresarios, líderes religiosos, colegas indecisos o de tendencia de centro e incluso a la opinión pública mediante debates en los mismos estamentos políticos o en los medios de comunicación. Es en definitiva una labor de hormiga, que combinada con la asistencia regular a las barriadas más vulnerables consume todo el tiempo disponible, motivos por el cual estos sujetos se ven obligados a desenvolverse con una remuneración mensual. Que en términos elementales, en realidad se la tienen bien ganada.

Lo que a la larga descubre el velo y queda al descubierto que la verdadera intención de estos individuos no es la lucha por la pobreza. Podría ocurrir algo semejante, en el marco de la religiosidad que expresan, ya sea de manera sincera o aparente (hay de los dos casos). Pero mientras acusan a sus adversarios de perseguir el aumento de estatus, ellos mismos tratan por cualquier medio de permanecer arriba, cuidando de que nadie se les asome pues compartir ese estándar tarde o temprano devendrá en la cesión de un parte de su caudal. Demuestran, finalmente, esa misma naturaleza ambiciosa que aseguran es inherente a la humanidad. Y que no han superado, sino que sólo la han adaptado a su condición de clase. Están sobre los demás pero no términos espirituales, sino puramente económicos. No obstante que la posesión de dinero les permite construir una imagen en torno suyo que los presenta como altruistas, lo que en un lapso breve se transforma igualmente en un aumento de caudal. Quizá no monetario, porque en ese aspecto ya no tienen más que acaparar (aunque quien se encuentre atrapado en esa espiral siempre sentirá que le faltan vetas de las que extraer billetes), pero sí en términos de aceptación masiva y de elogios externos, al ser admitidos como ricos desprendidos a los que no les preocupa perder un extracto de su fortuna si eso contribuye a que otros sonrían. Es decir, valorados como personas que han alcanzado puntos casi máximos no sólo en cuestiones que se miden con bienes materiales. Negocio redondo. Una meta por la que siempre se desvelan los más conservadores.

Una motivación escondida que de seguro experimentó Pablo Longueira -visiones de formadores aparte- cuando decidió renunciar al ministerio de economía para tornarse el candidato presidencial de su partido. Claro que pudo tratarse de un sacrificio, como aseveró en la conferencia de prensa. Pero sucede que el tipo venía anunciando de hace varios años su retiro de la política pública, pues consideraba que su tarea estaba hecha. De hecho no abjuró de su cartera antes con el propósito de concretar un desafío hacia el Senado, justamente en base al sentimiento recién mencionado. En su fuero sabe que no va a terminar siendo electo presidente, pero a cambio un excelente premio, más que de consolación, consistiría en reforzar la lista parlamentaria de su colectividad, bastante alicaída según las encuestas. Ahí reside la idea: en dejar huevos. Producir para el futuro como lo planteaban los socialistas latinoamericanos en la década de 1960. No en el propósito de conseguir la anhelada y por momentos utópica igualdad social. Sino en que se selle la permanencia de un sistema en donde, más allá de las limosnas y regalías, sus hijos y nietos -numerosos en este grupo de políticos- mantengan el estatus e incluso aumenten su acumulación de recursos.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Vivienda: Entregar Para Quitar

No sé si el gobierno ha comenzado a llevar adelante la iniciativa, pregonada hace ya tres años, de confiscar aquellas viviendas otorgadas a través de los subsidios sociales que tras un largo tiempo desde su asignación aún no han sido ocupadas por sus beneficiarios. Si ya han empezado a aplicar esta medida, podría estar sucediendo que los encargados de ponerla en práctica consideren que todavía no se ha cumplido con un plazo prudente como para juzgar que un determinado grupo de personas se merece el desalojo. O bien, ya se ha ejecutado más de un desahucio, pero los medios de prensa no lo han informado, quizá debido a que esta decisión ha sido presentada por las autoridades como un mecanismo de control a fin de evitar que ciertos inescrupulosos se aprovechen de los programas de ayuda que ofrece el Estado.

Eso, a pesar de que para discurrir una determinación de ese talante se requiere un nivel no menor de insensibilidad. Primero, porque las casas que se asignan mediante el subsidio público cuentan con la característica de no estar ubicadas en el radio en que se suelen desenvolver sus potenciales habitantes. Dado que en Chile no existe una regulación sobre el precio de los suelos, su valor queda completamente sujeto a los vaivenes mercantiles. En dicho marco, la relación de costes tiende a ir en directa relación con la distancia de un terreno del centro de una ciudad: si el paño está más cercano a este punto, será más caro, y conforme se vaya alejando, la cantidad de dinero que se exija para su compra irá disminuyendo. Finalmente, las parcelas más baratas -y las cuales el Estado está obligado a adquirir, ya que sus funcionarios se encuentran a su vez obligados a evadir cualquier sospecha de que se están pagando lujos con los fondos de los contribuyentes- son no ya las que se hallan disponibles en la periferia de las urbes, sino abiertamente en zonas rurales, con todos los problemas de traslado y acceso a servicios esenciales -centros educaciones, laborales o de salud- que ello implica. Además, es bastante común el caso de aquellas familias que se ha desarrollado en un sector equis de una villa y no obstante reciben una vivienda ubicada en el extremo opuesto. Lo que en metrópolis de tamaños siderales como Santiago -con una enorme cantidad de municipios- es un factor mucho más que de peso.

Es, junto con la exigencia de la cancelación de los dividendos en aquellos casos en los que el beneficio es sólo parcial, una de las principales causas de que algunas -una reducida minoría de todos modos- familias decidan ceder sus casas otorgadas por el Estado en arriendo, no necesariamente a otras personas, sino también para ser usadas como bodegas de acopio, cuando no permanecen simplemente vacías. Sin embargo, ni siquiera si en una determinada situación no confluyen estas excusas, debe erigirse un motivo para confiscar las viviendas asignadas. Y no por respetar aquel principio de lo que se da no se quita. Porque cuando el erario público le entrega un beneficio a algún ciudadano, se supone que lo está incentivando a superar su actual condición mediante una suerte de capital semilla. Luego, un bien, se trate ya de un inmueble o de cualquier otro elemento, se transforma en un factor de inversión. Es una ayuda inicial que permite contar con una base sustentable que le permita al individuo desenvolverse en el entorno. Por lo que dicho sujeto está en su total derecho de elegir el camino que considera adecuado con el afán de sacarle provecho a lo que se le ha ofrecido justamente para aquello. En tal sentido, quien opta por alquilar su casa sólo le está sacando partido a una posesión que le pertenece, haya sido regalada o no, y buscando el pasar más adecuado para los suyos, que es lo que a la larga esperan y desean los representantes del fisco. Recordando que en ciertas ocasiones, como la que se mencionó al inicio del párrafo, tal acuerdo sirve para cubrir las cuotas restantes, coyuntura que en este país es especialmente delicada debido a las peculiares condiciones que impone el sistema de cambio, la mal afamada unidad de fomento, que se reajusta a diario, con el cual se mide la adquisición de una propiedad, incluso las que se construyen para ser destinadas a subsidios.

Fuera de que al menos en la mayor cantidad de situaciones que las autoridades pretenden pasar por anómalas, las viviendas están efectivamente habitadas. Más atención se debería colocar a aquellos casos de inmuebles en manos de propietarios privados que sus mismos dueños han mantenido abandonadas por años en forma deliberada, incentivados por el asunto de la especulación. Casas que por lo demás, en diversas ocasiones se acaban tornando en refugios de indigentes, adictos o delincuentes, y que de manera adicional se deterioran en forma paulatina. En algunos lugares se cobra un impuesto a quienes mantienen estos sitios desocupados por un lapso prolongado de tiempo. Podría imitarse dicho ejemplo acá, en vez de echarle la culpa a los sospechosos de siempre.















miércoles, 1 de mayo de 2013

Sombras de Antares

Escribo a pocas horas de confirmarse que Ramón Castillo, alias Antares de la Luz, se ha suicidado colgándose de una viga en un edificio abandonado del Cuzco que según los vecinos estaría embrujado. Triste y a la vez simbólico -a propósito de que hablamos de un criminal con pretensiones místicas- final para quien se presentó ante sus seguidores como un dios y un salvador del planeta, y que en esa condición no dudó un solo instante en inmolar a su hijo recién nacido con el afán de impedir el apocalipsis que según algunos iba a ocurrir en diciembre de 2012.

Han aparecido expertos quienes han advertido que se ahora se debe poner cuidado en los discípulos de Castillo, casi todos encarcelados a la espera del juicio que en donde se busca determinar si fueron o no cómplices de la incineración del bebé, ya que podrían imitar a su líder. La excusa para formular tal teoría está sostenida en la evidencia que ofrecen casos anteriores, a nivel internacional, en que diversos movimientos sectarios, luego de que sus integrantes han sido sometidos a una sostenida presión de parte de agentes exteriores, a causa tanto de ciertos comportamientos de los miembros de la organización cuestionada, pero igualmente de observadores poco informados cuando no simplemente inescrupulosos, acaban tomando la determinación de eliminarse. Drástica opción que empero suele estar acompañada por las características peculiares que presenta su misticismo, que los impulsa a pensar que su mensaje divino ha chocado con la actitud de un mundo enceguecido y pecaminoso que en la mejor de las situaciones no los comprende, y que por regla general los ataca porque está impregnado de ese mal que los arrastra a oponerse a todo lo que provenga de los dioses. Bajo este razonamiento, se asevera que mismo Antares deambuló por ese camino, al terminar sintiendo que era un ente demasiado elevado como para ser aceptado por humanos egoístas quienes le entregan mayor importancia a un lactante que al universo entero. De cualquier forma es una tesis que cuenta con bastante asidero en la realidad, si se revisa la incontable cantidad de megalómanos que han elegido ese final cuando las circunstancias les son adversas, arguyendo que el vulgo no los merece. Y no sólo delirantes religiosos, sino también caudillos políticos como Hitler.

Sin embargo, para justificar tal llamado de atención es imprescindible contar con las pruebas suficientes que lleguen a afirmar que los seguidores de una secta aún muestran una conciencia cerrada en torno a su mentor. Y en lo que respecta a los discípulos de Antares, parece que ya no son tan incondicionales. Podrían haber demostrado un grado de devoción mucho más alto antes del infame holocausto, pero en la actualidad existen señales que indican que al menos varios de ellos han experimentado un cambio. Para empezar la mayoría de los recién encartados se entregaron de modo voluntario a los tribunales, y no se debe olvidar que fue una denuncia surgida al interior del grupo la que finalmente dejó al descubierto este macabro hecho, ya que la policía estaba investigando un tráfico de estupefacientes (indagatoria que además habría sido sobreseída pues se trataba de ayahuasca, que en Chile no está calificada como droga ilícita). Otro antecedente a considerar es el abandono que estas personas habían sufrido de su propio fundador, quien frente a la mínima posibilidad de verse encarcelado huyó sin pensarlo dos veces al extranjero, quedando estos dependientes en el más absoluto desamparo, nada menos que de parte de un dios, el cual sólo atinó a aconsejarles, más bien a decirles a la pasada, que se "hicieran los locos", como cualquier timonel que arranca apresurado cuando se atisba el enemigo a lo lejos, sin importarle la suerte de sus dirigidos. En ese contexto, estos componentes, por el momento tras las rejas, de seguro se preguntan cómo una gran divinidad no fue capaz de demostrar la totalidad de su fuerza y protegerlos de la chusma que se les avecinaba. En síntesis, es probable que ya hayan comenzado a renegar de su fe, como le ocurre a cualquier creyente cuando presiente que su protector lo ha dejado solo. Y en el incidente que nos convoca, esta reacción puede ser más pronunciada, pues aquí el divino no se encontraba en las alturas sino que, encarnado, compartía con ellos.

A esto se deben añadir determinadas circunstancias, como que los seguidores de Ramón Castillo siempre fueron un grupúsculo reducido, de no más de doce individuos, que además ni siquiera tenían un nombre común que los identificara (siempre se ha hablado solamente de la "secta asesina"). Y si bien su composición puede ser comparada con  el colegio de los apóstoles de Jesús, al menos los evangelios dejan en claro que el Mesías tuvo, aparte de este cuerpo de élite, unos setenta administradores de segundo orden, sin contar que todos ellos se abocaban a la práctica de predicar con el afán de lograr la conversión de la más amplia cantidad de sujetos posible, muchos de quienes terminaban por plegarse a la empresa del maestro. La percepción de que a fin de cuentas eran un grano insignificante que se tornó conocido por un acaecimiento más maligno que benigno de seguro terminará horadando sus conciencias, bastante más que la idea de que la gente común opta por destruir a los emisarios divinos antes que hacerles caso. Por último, si se suponía que el sacrificio ritual del bebé tenía como misión preservar la existencia de la humanidad y de las demás especies, ¿por qué Antares resultó muerto, más encima por sus propias manos? La misma vida del dios que aseguraba esa condición, finalmente se diluyó, de un modo que en nada se parece a la épica y por ende no puede ser comparado con los gloriosos decesos míticos. No cupieron señales, ni relámpagos, ni cánticos angelicales o de cualquier engendro arriba de las nubes. No habrá pues espacio para que sus antiguos seguidores lo imiten, porque ya han comprendido que tal holocausto, como el del lactante, será en vano.

                                                                                                                             

jueves, 25 de abril de 2013

La Inefable Necesidad de Creer

¿Qué lleva a un grupo de personas a formar una secta donde, con el afán de evitar el fin del mundo, inmolan a un recién nacido, hijo de una sus integrantes, en el marco de una festividad ritual? Bueno: si consideramos que ese acontecimiento ocurrió en noviembre de 2012, a un mes de la fecha señalada como el "apocalipsis maya", podemos entender un mínimo nivel de cosas, en especial si nos retrotraemos apenas a diciembre pasado, y recordamos la paranoia colectiva que se había suscitado tras ciertas y antojadizas interpretaciones de unos todavía poco conocidos indígenas mesoamericanos. Pero, si luego nos preguntamos por las motivaciones que un puñado de profesionales exitosos, sobre quienes se puede pensar cualquier cosa excepto su pertenencia a una banda de fanáticos religiosos y no sólo por el anacronismo que representan tales movimientos -sobre los que personas con estudios superiores además debieran no sólo simplemente saber, sino también dominar-, que finalmente caigan en la horrenda acción de efectuar un sacrificio infantil, entonces la respuesta, al menos para los que no se encuentran familiarizados con el proceder de estas organizaciones, resulta más difícil de hallar.

Un ciudadano común y corriente suele tener la convicción de que los graduados universitarios son los individuos menos propensos que existen a formar sectas y mucho menos destructivas. Dicha asociación se produce, a la vez, y de manera inconsciente, porque se cree que los licenciados han superado la etapa religiosa, en el sentido que el progresismo decimonónico le quiso otorgar a esos términos. Y cuando se trata de personas vinculadas a las artes o las ciencias, el ligamiento que se efectúa es bastante mayor. Sin embargo, es menester recalcar que en todos estos casos, se toman como referencia los credos occidentales más tradicionales o reconocidos, como el cristianismo en sus variantes más masivas, el judaísmo o el islam. En efecto, entre los más "preparados" se suele observar a estas demostraciones de fe -que coinciden en el aspecto de que cuentan con una organización e institución bien establecidas y fáciles de identificar-, no quizá con rechazo, aunque sí con una determinada distancia y una mirada relativa. No obstante, es en estos mismos círculos en los cuales, como contrapartida, ha comenzado a proliferar el interés por alternativas exóticas, conducta que se ha visto fortalecida por el más amplio acceso a la información que se ha suscitado en los tiempos más recientes (y del que por su sola naturaleza, quienes han cursado estudios especializados deberían situarse a la vanguardia). Luego, justamente la rapidez con la cual cualquiera se puede enterar de los acontecimientos ha permitido que estas mezcolanzas se divulguen al resto de la población, derivando en un proselitismo muy similar al de la predicación. Todo, en un paquete heterogéneo que incluye religiones orientales igualmente establecidas en esas zonas del mundo que sus pares occidentales, pero también rescate de antiguas costumbres paganas, étnicas o indígenas (características que por cierto facilitaron la puesta de atención en la famosa teoría maya, principal excusa de estos sectarios para llevar adelante su holocausto humano)

Lo que ha movido a estos grupúsculos es aquella imperiosa e inexplicable -permanece ahí pese a los incontables avances de la ciencia y el conocimiento- necesidad humana de creer, en especial cuando se trata de cuestiones de índole trascendental. La tendencia hacia lo secular que experimentó la población occidental a partir de la Segunda Guerra Mundial afectó a las religiones consagradas y mayoritarias de esa parte del globo, pero no condujo al abandono de la fe en favor de la plena razón empírica, que era el camino lógico que suponían los progresistas del siglo XIX. En cambio, y en especial a partir de la década de 1960, el ambiente de rebeldía y desapego libertario a las tradiciones que identificó esa época significó el desentierro de antiguas y olvidadas creencias, muchas de las cuales incluían elementos que para una cultura cimentada en los derechos humanos -que también se tornaron masivos en los años de la "revolución de las flores"- resultaban aberrantes, como los sacrificios de personas. De hecho, estos sectarios que mataron al bebé, mezclaban el consumo de ayahuasca con sexo ritual, prácticas de viejos cultos que fueron aniquiladas por el cristianismo no tanto por su grado de inmoralidad sino además porque los misioneros las consideraron propias de civilizaciones atrasadas. Ahora, estos grupos las pretenden resucitar, so pretexto de que los seguidores de Jesús al censurarlas se descubrieron como unos trogloditas que prohibían todo lo que no comprendían -acudiendo, en varias ocasiones, a formas violentas de control- en un juego del gato y el ratón que en escasos minutos se torna del huevo y la gallina.

Es interesante oír a un antiguo miembro de esta secta que ahora se ha presentado ante los tribunales como testigo, narrar su breve, por el escaso tiempo que compartió con el grupo, experiencia junto a ellos. Resulta que ingresó atraído por el tipo de ritualidad que tenían, pero acabó separándose pues no satisfacía su inclinación personal, que era el agnosticismo. Ya es curioso que una persona con ese tipo de pensamiento se vaya a meter en un clan que muestra pretensiones religiosas. Pero la explicación puede estar en este prejuicio que ubica a los profesionales en un estado mayor en la relación entre razón y fe. Un convencionalismo alimentado por determinados ministros que fustigan a los universitarios tachándolos de incrédulos banales que enfrentan con soberbia los sistemas de creencias pues de entrada imaginan que son falsos. Si admitieran que algunos de esos vapuleados graduados y diplomados sí suelen expresar manifestaciones claras de fe, aún tratándose de las más extravagantes, podrían abordarlos de mejor manera.

jueves, 18 de abril de 2013

RPD Corea: No Hay Defensa Sin Un (Buen) Ataque

Partamos sosteniendo una realidad empírica. Las amenazas bélicas de Kim Jong-Un, el actual gobernante de la RPD Corea, son de un nivel tan patético y caricaturesco que resulta inevitable dejar de retrotraerse a aquella secuencia de "Doctor Insólito" en la cual un miembro de la fuerza aérea norteamericana termina cabalgando como vaquero sobre el proyectil nuclear expulsado del avión que tripulaba. Lo peor de todo, es que el chiste resulta mucho más efectivo, con sólo echar un vistazo a la situación actual, si se lo dibuja al estilo de esos murales que mezclan el arte tradicional oriental con el realismo socialista que pululan por las calles de Pyongyang. Las personas que cuentan con un mínimo grado de información acerca de las coyuntura social, económica y militar de los diversos países del Sudeste Asiático, independiente de la tendencia ideológica que profesen, no pueden sino sentir vergüenza ajena, y además de mirar con un profundo grado de decepción a la comunidad internacional, absorta por una situación ridícula, olvidando atender temas que son más importantes y más urgentes de sortear.

La mayoría de quienes han opinado sobre los griteríos de Kim Jong-Un, han aseverado que este gobernante busca entregar una imagen de firmeza, con el propósito de que se levanten las sanciones económicas impuestas a su régimen por las potencias occidentales, que como en todos los casos anteriores, usan el pretexto de la falta de democracia para ocultar otro tipo de finalidades. Con esos supuestos análisis, intentan aportar un grano de arena a hundir aún más la ya alicaída imagen de la RPD Corea, valiéndose de la sensación de ridiculez que en un ciudadano pedestre provoca el hecho de que un determinado país busque que lo dejen en paz recurriendo a amenazas bélicas. Sin embargo, para comprender lo que está ocurriendo es necesario regresar en el tiempo a 1953, cuando esa península del Sudeste Asiático fue dividida en dos administraciones, una comunista por soviética y otra cercana a Estados Unidos, de más está decir que en el contexto de la Guerra Fría. Dicha participación se suscitó como consecuencia de una cruel guerra que duró tres años y que en términos técnicos aún perdura, ya que fue interrumpida mediante una tregua, que es un acuerdo de orden temporal, y no con un tratado, que sí es un documento escrito de carácter permanente (a propósito, recordar el caso de la Guerra de los Cien Años, en Europa, que estuvo paralizada treinta y cinco años debido a una tregua, pero que luego se reanudó). La idea subyacente en ese compromiso fue que se estaba en presencia de una nación que a causa de las vicisitudes históricas requería tener dos gobiernos, misma interpretación que se ha formulado en la polémica entre Taiwan y China. Pero que tarde o temprano debía unificarse, de acuerdo al sistema que se eligiera o que se mostrara como el más apto.

No obstante, en sesenta años ha corrido tanta agua bajo el puente que simplemente se puede hablar de dos pueblos distintos y en consecuencia de dos naciones diferentes. A cambio, ambas se encuentran atrapadas por un arreglo que en la actualidad resulta anacrónico e incapaz de responder a las necesidades contemporáneas. La paradoja es que la tregua de 1953, pensada como un primer paso hacia una eventual paz duradera, es justamente el mecanismo que impide llegar a tal puerto. La lógica de ese acuerdo consistía en que los coreanos, segregados por motivos políticos, al final consiguiesen estrecharse la mano y abandonar rencillas creadas por potencias extranjeras, en el marco de un enfrentamiento por la hegemonía que ya no existe. Pero precisamente es la extinción del contexto que la sustentaba, lo que a la postre lo ha transformado en una joroba. Hoy, cuando el sentido común recomienda hablar de dos pueblos, la comunidad internacional insiste en que se debe tender hacia uno solo. Y bajo esa presión las autoridades de ambos Estados actúan del modo más simple, que precisamente retrocede a la zona a la época de la reyerta entre soviéticos comunistas y norteamericanos capitalistas. Pues cada uno busca menoscabar cuando no aniquilar al otro. La RPD Corea por supuesto, pero también la R Corea que fue quien en realidad comenzó este tira y afloja llevando a cabo ejercicios militares conjuntos con los estadounidenses. Es un modo de expresar reciedumbre frente a algo que se ve inevitable, como es la unificación. Donde, como ya ocurrió en Alemania, un sistema prevalecerá sobre otro y por ende se tratará de una simple anexión. No es un asunto de premonición, sino que se trata de un razonamiento que se puede elaborar a partir de las conversaciones de 1953, que se valen de la idea de consolidar todo merced al triunfo bélico, aunque se insista que ese tiempo ya pasó.

Por ese motivo es que Kim se encuentra en esta parada. Si elaborara una propuesta de verdadera paz, no sólo estaría dando una sensación de debilidad, sino que su gesto podría ser interpretado como un desconocimiento del pacto de tregua. Lo mismo vale para la R. Corea. De hecho, ambos países a la fecha reclaman el territorio de su vecino y adversario como propio. Se ven obligados a hacerlo, en respuesta a un absurdo fomentado por la comunidad internacional, que llama a superar situaciones que se presentan como extemporáneas acudiendo a resoluciones que justamente entraban el entendimiento por originarse en esas rencillas del pasado que tanto se intenta erradicar. La verdad es que sería más efectivo si finalmente se acepta que hay dos países con una idiosincrasia absolutamente consolidada en la península coreana. Además casos similares abundan en el mundo: hay dos Sudán, dos Congo, dos Irlanda, tres Guinea, incluso los mismos alemanes están repartidos entre la nación homónima y Austria. ¿Por qué no repetir lo mismo aquí? Sería la mejor solución para solucionar el que es considerado el último resabio de la Guerra Fría.

miércoles, 10 de abril de 2013

Bachelet: Tragedia y Farsa

Varios han respirado aliviados tras la decisión de Michelle Bachelet de presentar una candidatura en las elecciones presidenciales del próximo noviembre. Algunos ya entonan cánticos de júbilo presagiando el eventual retorno de "Mami" a la primera magistratura, que presienten no como una probabilidad sino como un hecho consumado, dada la popularidad que la ex mandataria está arrojando en las encuestas. Datos que por cierto, son utilizados para asegurar casi como si se tratara de una lógica comprobable a través del método científico, que con el solo arribo al país de la ex directora de ONU-Mujer (cargo al que renunció justamente para que se le allanara el camino a su proclamación) comenzará a gestarse la solución definitiva a los abismales problemas de educación, salud, desigualdad económica y bienestar social de los cuales adolece Chile, en un razonamiento idéntico a aquel que reza que si hubiesen más féminas instaladas en los cargos de mayor relevancia, se acabarían las guerras.

El triunfo de Bachelet en los comicios presidenciales de 2006 se dio tras la construcción de una imagen épica de su persona, en donde confluyeron factores de orden social (se trataba de la primera mujer mandataria) e histórico (era hija de un general de aviación torturado y asesinado tras el golpe militar por su cercanía con el gobierno derrotado, y ella misma junto a su madre padecieron los horrores de las prisiones de la dictadura), que finalmente la transformaron en un fenómeno de carácter masivo en torno al cual se mezclaba admiración, emotividad y esperanza traducida en expectativas elevadas. No es extraño que ocurran situaciones como ésas en la política, menos en una era donde cabe una enorme influencia de los medios de comunicación, y prueba de aquello es lo que sucedió pocos años después en Estados Unidos con Barack Obama. A poco andar, sin embargo, su capacidad administrativa fue puesta en entredicho, al estallar la llamada Revolución Pingüina, aquella huelga de estudiantes secundarios que la sobrepasó a ella y a sus cercanos y partidarios en cuanto autoridad, persona y representante de una generación. A esto le siguió la ignominiosa intervención en el mal calificado conflicto mapuche, donde la represión policial, con víctimas fatales, ocasionó un nivel de violencia étnica no visto hace décadas. Por otro lado, se mostró impotente al momento de tratar las divisiones que surgieron en el conglomerado que la condujo al poder, cuestión que no había sucedido con sus correligionarios. La subsecuente victoria electoral de la derecha, por primera vez en más de cincuenta años, tuvo como causa directa este último antecedente. El que no obstante, Michelle pudo eludir gracias a la entrega de regalías y subsidios para los más desposeídos en los peores días de la crisis financiera internacional, lo cual ayudó a reafirmar sus dotes maternales, las mismas que se le atribuyen a su género y que le resultaron muy serviles cuando venció en las urnas, y que con el resto de sus facultades ya en la más absoluta objeción, le quedó como lo único a lo cual aferrarse. Son precisamente esas acciones las que le proveen de réditos en la actualidad, aunque hayan sido elaboradas con el afán de salvarse a sí mismo sin importar lo que ocurriese con los demás, conducta alejada de la supuesta naturaleza femenina.

¿Qué sucederá con Bachelet en caso de obtener una segunda legislatura? Para comenzar no contará con la ventaja de la novedad, que le permitía en 2006 presentarse como la primera mujer en alcanzar la presidencia, aunque el asunto del género podría continuar siendo un factor muy importante en especial considerando lo sensible que se ha vuelto la sociedad al maltrato femenino (al extremo de que varias se han sentido con atribuciones para cometer sus propios abusos). Ni siquiera tendrá la opción de advertir que en su eventual gobierno "nadie se repetirá el plato" (eslogan que estaba ligado de modo muy íntimo al antecedente anterior), pues ella misma no cumplirá con dicho predicamento. Además, y más allá de lo que se esperaba de ella entonces -que de cualquier manera era bastante, y que se vio aumentado merced a su propia personalidad-, sus antecedentes biográficos sirvieron para paliar las críticas en los peores momentos. Un atenuante que ahora no estará presente. En cambio, el impulso casi exclusivo que la sostiene en las encuestas es el supuesto de que su sola erección terminaría con todos los aspectos sociales negativos que hoy atraviesan Chile, y que se habrían agravado con la actual regencia conservadora (aunque en realidad, sólo han salido con más fuerza a la luz, producto de la mayor frecuencia de las protestas). En circunstancias que tales anomalías provienen de ha bastante tiempo, siendo las sucesivas administraciones, incluida la de Michelle, quienes han contribuido de manera significativa a su preservación y consolidación. En síntesis, su encumbramiento en la lista de preferencias va en directa relación con las altas expectativas que su sola figura ya ha suscitado. Que además no se ha esforzado en lo más mínimo por aterrizar, en parte porque está disfrutando de la coyuntura (era que no: si las cosas continúan así asegura otra estadía en La Moneda), pero también como evidencia de un estilo de liviandad a la hora de afrontar los desafíos que a poco andar se transforma en una demostración de vacuidad no aconsejable si se intenta un ocupar un cargo público tan relevante como el de primer mandatario.

El problema radica en que esa conducta insípida, oculta tras un rostro afable, puede estar escondiendo una enorme incapacidad al momento de resolver o siquiera abordar los inconvenientes con la altura de miras que se le exige a un gobernante. Y tales problemas, se vislumbra ya, no serán pocos. Además de que Bachelet ya enfrentó situaciones complicadas en su legislatura en las cuales se demostró indecisa e irresoluta, cuando no recurrió, como en el mencionado conflicto mapuche, a la solución fácil y que no demanda reflexión. Emergencias que ahora podrían multiplicarse en varios miles. En tal sentido, no se trataría del primer caso de un mandatario que accede al poder por segunda vez aupado por la leyenda que se tejió en derredor de su anterior administración, el cual no consigue manejar su propio mito. En América Latina los ejemplos sobran, como Getulio Vargas, Gonzalo Sánchez de Losada (ambos depuestos de su cargos a mitad de su segundo mandato) o Alan García. Y no necesariamente con presidentes, como le acaeció a Domigo Cavalho, ministro de hacienda argentino en los años de Menem y después de su opositor Fernando de la Rúa. En todos ellos, se reproduce la sentencia de Karl Marx según la cual la historia se da al comienzo como tragedia -en el sentido épico del término- y al final como farsa. Nunca las secuelas han sido buenas, en especial cuando tratan de repetir el original, que no siempre es impecable.