miércoles, 3 de abril de 2013

Premio Por Jugar a la Mamá

Las campañas electorales, en especial el esfuerzo por captar votos con el afán de ganar la contienda, lleva a más de algún participante a cometer acciones que en otro contexto ni siquiera dudaría en condenar. Es hasta cierto punto, una conducta comparable al ansia de obtener dinero, cuya búsqueda se torna mucho más desesperada cuando la tenencia de circulante es un requisito esencial para satisfacer las necesidades más primordiales. Continuando con la comparación, se puede afirmar que cuando los medidores de intención de sufragio desfavorecen a un candidato, éste intenta contrarrestar los bajos números con propuestas cada vez más extravagantes. Precisamente lo que ahora estaría ocurriendo con el ex parlamentario y ex ministro de defensa del gobierno de Sebastián Piñera, Andrés Allamand, el siempre serio y sobrio representante de la derecha liberal chilena. En medio de una situación en la cual ni siquiera tiene asegurada la aparición de su nombre en la papeleta de la presidencial de noviembre, pues antes debe superar la primaria de su sector político, en donde todos los pronósticos lo dan por derrotado, lanzó una iniciativa que por su nivel de ridiculez simplemente ninguno de sus contrincantes se dio el tiempo de rechazar, como fue la entrega de un bono exclusivo para las madres adolescentes, un planteamiento que sólo da motivos para cerrar aquí el artículo o en el mejor de los casos pasar al siguiente párrafo.

Tras el retorno a la democracia, los representantes de iglesia católica, sintiéndose con atribuciones extraordinarias producto de su auto proclamada condición de guía espiritual ancestral además de su supuesta defensa de los derechos humanos durante la dictadura, comenzaron a meter su cola en los más diversos aspectos de la sociedad chilena llegando al extremo de dictar pautas de procedimiento a las distintas autoridades públicas no importando el sector político al cual éstas pertenecían. Y tales regentes, debido a las causas recién señaladas, decidieron actuar, si no en concordancia con estas imposiciones, al menos en el marco de un consenso que apenas escondía su conducta pusilánime y en el cual casi todo consistía en concesiones. Bajo esta relación, uno de los campos más afectados fue el de la educación, donde monjas y curas -muchos de ellos propietarios de establecimientos de enseñanza- se abalanzaban en cada oportunidad que se elaboraba un programa que según ellos significaba una cuota inaceptable de inmoralidad. En dicho contexto, los prelados mostraron una notable sensibilidad -y luego una denodada inflexibilidad- por el asunto sexual, negándose a aceptar cualquier instancia en la cual no se insistiera que los coitos estaban reservados de modo exclusivo a la procreación, además dentro de un matrimonio al estilo clásico en el sentido conservador del término. La consecuencia de ese tira y afloja fue que los encargados de la escolaridad se abstuvieron de informar de elementos que de acuerdo con los sacerdotes constituían la antesala de una "cópula desenfrenada", como el uso de los anticonceptivos. A cambio -y como premio de consuelo para ellos mismos- se concentraron en el otorgamiento de subsidios para los hijos de hogares "vulnerables", lo que por una cuestión de extensión lógica incluía a las madres adolescentes, que por su realidad académica y su edad les es muy difícil conseguir  un piso de estabilidad para sus vástagos. De esta manera daban una imagen en la que se revelaban como preocupados por el bienestar social, que por añadidura les permitía mantener a raya a los sacerdotes, quienes no podían quedar al descubierto como sujetos incapaces de admitir la protección a un niño.

Sin embargo, este orden de cosas, lejos de promover un recato moral, sólo logró incentivar el embarazo adolescente, el que en la última década se ha disparado a niveles más que preocupantes. Presionados por la condena de los representantes del catolicismo, por desgracia una organización todavía muy influyente en el país, a la cual además se añadía la réplica o en el mejor de los casos el silencio cómplice de las autoridades civiles, las muchachas y muchachos se han resistido al empleo de preservativos u otros métodos de control de la natalidad, contra los cuales han descargado sus sentimientos de culpa. El razonamiento, aunque inconsciente, empero queda claro: si ya se cometió un pecado, como es mantener relaciones sexuales fuera del matrimonio, entonces es preciso afrontar las consecuencias de esa mala acción y no evadirlas mediante mecanismo que sólo contribuyen a agravar la falta. Sin embargo, lo más delicado de aquella conclusión, es que ha sido incentivada, quizá sin intención, pero con resultados muy nefastos al fin y al cabo, por estos bonos por hijo a las madres más desposeídas, que mezclados con el otro factor han derivado en un círculo vicioso donde un embarazo en condiciones no adecuadas -pobreza extrema, adolescencia- es visto únicamente en términos positivos, en circunstancias que por ejemplo una menor de edad no cuenta con el desarrollo intelectual ni las capacidades mínimas para afrontar una maternidad. Si a todo esto se le suma el bombardeo externo en donde una mujer -muchas veces joven- con un bebé en sus brazos es señalado como lo más hermoso posible, tenemos el caldo ideal para crear seres irresponsables, interesante paradoja si se recuerda que todo comenzó como una iniciativa tendiente justamente a impedir conductas propias de la liviandad o el relajamiento. Y conste que dicha influencia exterior no se remite a la majadería publicitaria: baste remembrar a propósito ese espacio titulado "Mamá a Los Quince", exhibido como una serie documental de características culturales en un canal de la televisión abierta.

Lo que de una vez por todas se debe llevar a cabo es inculcar a los escolares -y de ambos géneros por igual- que tener hijos, al menos en determinados contextos, puede ser una experiencia infeliz e incluso horrorosa tanto para ellos como para los eventuales niños. Y que es más responsable optar por el llamado "sexo seguro" que elegir un paso intermedio sólo para quedar bien no con la propia conciencia, sino con aquellos que entregaron una formación incompleta y como todas las cosas que se han inventado en este mundo, discutible (en el buen sentido de la palabra por supuesto). Desde luego, que torpezas como la emitida por Andrés Allamand sólo contribuyen a empeorar la situación, y por lo mismo bastó una sola mirada al ambiente, ni siquiera una opinión o un insulto, para rechazarla de plano. Aunque conociendo la idiosincrasia de nuestros políticos, tal vez en un futuro no muy lejano, y tras transitar por una serie de curiosos recovecos, finalmente acabe transformándose en ley de la república, independiente si quien la formuló consiga o no ser presidente.

miércoles, 27 de marzo de 2013

La Gaviota de Jorge

Sentimientos encontrados provocó la actitud de Jorge González en su más reciente presentación en el Festival de Viña del Mar, donde interrumpió a los animadores justo en el instante en que éstos le anunciaban la entrega de la Gaviota de Oro, para cantar el tema con el cual planeaba cerrar su espectáculo. Convengamos que a pesar del incidente, el galardón finalmente llegó a las manos del líder de la disuelta banda "Los Prisioneros", que por lo demás era lo que correspondía, ya que se le había sido asignado en concomitancia con el reglamento del certamen.

Vamos a dejar de lado aquellos superfluos e insípidos comentarios que insisten en una supuesta inconsecuencia de González, porque se presenta como un rebelde con discurso en circunstancias que cobra una buena cantidad de dólares por subirse a la Quinta Vergara (como si los artistas no tuvieran que comer ni pagar las cuentas). Y nos centraremos en el carácter simbólico que tuvo la actitud del músico, estuviera él mismo consciente de su alcance o no. Hace un buen rato que los galardones otorgados a las presentaciones no competitivas del Festival de Viña han caído en el más absoluto desprestigio, producto de la banalidad que caracteriza a un evento que, independiente de la calidad de sus participantes, está de manera innegable rodeado por un halo de farándula y frivolidad (características que en todo caso, muchas veces van de la mano). Todo quien observó, siquiera por televisión, dicho    acontecimiento en los veranos de los años 1980, sabía lo difícil que resultaba que una Gaviota de Plata cayera en manos de un interviniente que no fuera a defender una de las canciones evaluadas por el jurado, hecho que en principio constituía la justificación de la existencia de este certamen. Cuando el público empezaba a presionar en aras de su entrega, el animador se encargaba de colocar todas las trabas posibles, y sólo en instantes que el clamor ya se hacía insostenible, finalmente se cedía. Antes, además, se hallaba el muro de la Antorcha de Plata. Hoy, lejos de repetirse aquellas jornadas, se han añadido dos premios adicionales -Antorcha y Gaviota de Oro respectivamente- que en lugar de generar una especie de barrera natural, son usados como aliento para subir el siguiente peldaño. Con su esperable pérdida de valor.

Ahí es donde lo obrado por González adquiere ribetes de acción simbólica. Tan poco pesa un galardón que se entrega de manera prácticamente rutinaria, que uno puede abogarse la licencia de faltarle el respeto, acallando su ceremonia de entrega con el propósito de entonar una nueva canción. Jorge, por decirlo de algún modo, leyó bien la situación y comprendió que el mejor premio que podía darle la audiencia del Festival era permitirle interpretar un nuevo tema, y que la retribución hacia el público era justamente proceder con tal ejecución, en lugar de alzar la mano con una estatua que en realidad está forjada de níquel y plomo, contando sólo con un baño del metal áureo. El ex Prisionero expuso de manera explícita una situación que muchos, por lo bajo o en el mejor de los casos en un marginal artículo periodístico, venían expresando de hace bastante tiempo: que la Gaviota, incluso la de oro, en la actualidad vale poco y nada. Sirve más el aplauso y el trato adecuado hacia el artista, quien por lo demás se encuentra en su pleno derecho de exponer la totalidad de su espectáculo y que no lo dejen a medias, que eso puede constituir un tipo solapado de censura.

Y en ese último sentido, sí hay mucho de consecuencia en González, retomando las opiniones de los ilusos mencionados en el segundo párrafo. Pues el tema que escogió para el cierre fue "Arauco Tiene Una Pena", de Violeta Parra, que describe la persecución de las autoridades chilenas en contra del pueblo mapuche, que se daba tanto en la época que dicha canción fue compuesta como en la actual. Es una declaración de principios de un artista que siempre ha tenido una opinión tajante sobre asuntos que trascienden la música. La cual era necesaria pues estamos hablando de una obra, que por un asunto de principios no puede ser mutilada, ya que es como suprimir escenas de una película por ser demasiado explícitas o abstenerse de imprimir páginas de un libro que son consideradas inadecuadas. En Jorge, esa exposición incluye cuadros donde se muestran declaraciones políticas, los que no deben ser excluidos del museo.

jueves, 14 de marzo de 2013

Un Mar de Maracos

Como si se tratara de un eterno retorno, de nuevo escuchamos las retóricas chovinistas que retrotraen a la Guerra del Pacífico. De parte del régimen de Bolivia, por un lado, que insiste en exigir la recuperación de una salida soberana al mar mediante una actitud de resentimiento que se esperaba iba a ser erradicada por el  actual gobierno, de carácter izquierdista e indigenista y se supone que por ende alejado de la retórica del nacionalismo bananero que siempre ha atravesado los discursos emitidos en los países latinoamericanos. Pero también a cargo de las autoridades chilenas, que siempre responden a tales demandas -legítimas, independiente del tono inadecuado en que se formulen- con el engreimiento matonesco de quien osa mostrar su superioridad frente a un vecino más débil, mientras le tiembla el mentón ante potencias más fuertes.

Revisemos. ¿Qué ganó Chile en cuanto vencedor de ese conflicto? Una extensa área desértica rica en minerales, uno de los cuales, el caliche, fue la causa directa del enfrentamiento bélico. En su defecto, las autoridades de la época descuidaron la vasta región de la Patagonia, que pasó a ser ocupada por Argentina. Una zona geográfica extensamente mucho más grande y que si bien no es famosa por su subsuelo, ha resultado provechosa para los ciudadanos trasandinos en términos de explotación agrícola y ganadera, actividades que demandan algo más de tiempo y paciencia y que no rinden frutos tan inmediatos como la minería, pero que a la larga significan un nivel de riqueza que además contribuye a la alimentación de la población. Mientras lo que se extrae de los socavones cuenta con fecha de caducidad, incluso antes del agotamiento físico del recurso, producto de su desvalorización bursátil o de hitos científicos como la invención en Alemania del salitre sintético, que a fines de la Primera Guerra Mundial borró de una plumada el esfuerzo de los anónimos soldados que murieron y fueron enterrados en la pampa.

Defunciones que ya en 1882 se vislumbraba que iban a ser en vano. Pues todos los yacimientos salitreros permanecieron en manos de las mayores fortunas inglesas de entonces, los mismos que además alentaron el conflicto con el propósito de promocionar su industria bélica, y que al fin y al cabo fueron los responsables de que el combate se decidiese en favor de Chile, pues esto les convenía a sus intereses personales. Cuando Balmaceda intentó cobrarles impuestos con el afán de financiar obras públicas determinantes para el progreso de la sociedad y a la postre del país -escuelas, hospitales, viaductos- los británicos hicieron alianza con sus socios de la oligarquía y el mismo ejército que se vanagloriaba de expulsar a bolivianos y peruanos de las regiones de Antofagasta y Arica, consiguiendo destituir al presidente tras una cruenta guerra civil. Después esos mismos hombres de armas se encargarían de ahogar en sangre las demandas de los obreros en sendas masacres como Santa María y Marusia, por mencionar los casos que más han trascendido. Trabajadores que ni siquiera solicitaban mejoras en sus remuneraciones, sino que sólo pedían un salario, ya que se les cancelaba mediante las infames fichas canjeables. Toda una efímera red de inútiles injusticias que se esfumó tras 1925, resultando un nulo aporte para un país que en menos de cuatro décadas volvió a encontrarse con su ancestral pobreza.

Eso sin contar que el conflicto del Pacífico se desató tras una serie de absurdos que bien podrían ser calificados de estupideces. Por ejemplo, el combate naval de Iquique, de donde se extrajo la figura de Arturo Pratt como ejemplo de heroísmo, pero que se produjo merced a la torpeza del almirante Williams Rebolledo, que desobedeció una orden directa de ir al Callao a neutralizar la flota peruana, lo cual podría haber significado el fin de la guerra antes incluso de comenzar, a cambio de darse el gusto de bombardear las indefensas caletas bolivianas que por entonces pululaban en el borde costero. O que el combate de La Concepción, donde pereció una enorme cantidad de adolescentes, entre ellos un niño de diez años, acaeció luego de que los refuerzos no llegaron a tiempo, pues no vislumbraban que una tropa enemiga iba a preocuparse por una localidad tan lejana. Al respecto, cabe recordar que la carne de cañón de ese ejército "siempre vencedor, jamás vencido" eran personas de extracción popular en muchos casos secuestradas y forzadas a engrosar las filas militares: en consecuencia, los mismos que tras sobrevivir a la conflagración se transformaron en los obreros reducidos a la miseria en las oficinas salitreras recién conquistadas, siendo a poco andar ajusticiados por esas mismas instituciones armadas a las cuales les habían prestado servicios. Los pocos que no acabaron en el desierto no a causa de la reciedumbre de los enemigos, sino como resultado de las esperpénticas tácticas de ataque del inepto Manuel Baquedano, el mismo que asumió el mando en 1891 tras la deposición de Balmaceda. Hay que decir las cosas como son: Bolivia cometió errores incomprensibles que derivaron en su  situación actual. Pero si Bolivia no tiene mar, Chile es un mar de maracos.

jueves, 7 de marzo de 2013

El Siempre Truncado Sueño Bolivariano

El lamentable fallecimiento del líder venezolano Hugo Chávez, da una nueva oportunidad para revisar los puntos más esenciales del denominado "sueño bolivariano", que el recién fenecido mandatario venezolano transformó en el eslogan y en la base ideológica y motivadora de su propio proyecto político, impulsado sobre todo por el hecho de que el prócer era su connacional. Una iniciativa que promueve la integración completa de las antiguas colonias españolas en Sudamérica al extremo de tornarlas un único país, tal como hoy acontece con Europa. Y la cual, es obvio probarlo, nunca se ha concretado, si bien en décadas recientes parecen producirse algunos pasos, entre los que se cuentan los diversos acuerdos internacionales y los intercambios de variada índole, situaciones puntuales que cuando menos han servido para solucionar conflictos limítrofes latentes que en el pasado dieron origen a cruentas guerras, en casi todas las ocasiones, entre territorios vecinos.

¿De dónde surge esta idea propugnada por Simón Bolívar, que conoce paralelos en la mentalidad de otros próceres de la independencia, como Francisco de Morazán y José de San Martín? La explicación más plausible se puede hallar en la mentalidad liberal que los caracterizó a los tres, así como a otros impulsores de los diversos movimientos de emancipación hispanoamericanos. Desde luego, cuando dicho término aún expresaba el conjunto de valores surgidos en el seno de la Revolución Francesa, y estaba lejos de ser reducido a una teoría económica por parte del británico Adam Smith (archipiélago cuyas autoridades siempre rechazaron los principios de aquella rebelión, lo cual demostraron de manera más ferviente en su tenaz intento por frenar el avance del imperio de Napoleón, quien deseaba expandirla al resto de Europa). Se imaginó que la conformación de Estados extensos iba a constituir una salvaguarda de las libertades personales e individuales además de los derechos de las minorías, reunidas en un paraguas que por la lógica de su propia pluralidad étnica, social y cultural, al final debía verse obligado a aceptar las distintas maneras de ser y de expresarse. Un gobierno central pero al mismo tiempo descentralizado, que para evitar la desmembración, debía aceptar una democracia más o menos plena, cuya amplitud territorial a su vez garantizaba la existencia de una cabecera fuerte, mas no autoritaria, sino viable y fiable. Como el sistema que dio vida a los Estados Unidos, donde trece colonias en este caso inglesas se unificaron bajo un régimen federal que les permitía mantener su integridad institucional. Al respecto, cabe recordar que la independencia norteamericana sirvió de inspiración para los insurrectos galos.

¿Qué sucedió finalmente? Pues que las oligarquías locales frenaron estas iniciativas las que no perduraron mucho tiempo. Así, las Provincias Unidas de Centroamérica, ideadas por Morazán, se desintegraron en cinco Estados centroamericanos, además de una porción territorial que pasó a formar parte de México. La Gran Colombia, el proyecto apoyado por Bolívar, se desmembró en los actuales Colombia, Venezuela, Ecuador y Perú. Ni hablar de las Provincias Unidas del Sur planteadas por San Martín, que ni siquiera alcanzó a crearse, debiendo el prócer contentarse con una entidad menor, las Provincias Unidas del Río de la Plata, embrión de los actuales Argentina, Uruguay, Paraguay y buena parte de Bolivia. Todas, repúblicas débiles que a poco andar se transformaron en haciendas personales de las clases pudientes respectivas, que en muchas ocasiones se encontraban más cercanas al estilo administrativo colonial que a los preceptos independentistas, aún cuando en muchas ocasiones los apoyaran. No tardaron, en consecuencia, en ganarse el peyorativo apodo de "bananeras". En una topografía compuesta de múltiples zonas aisladas, cercadas por accidentes geográficos notables, con escasa comunicación con el exterior y pobladas por masas de indígenas y mestizos analfabetos  y empobrecidos, resultó fácil para los pequeños caudillos y terratenientes, muchos de quienes recibieron esas parcelas en heredad desde la corona española, preservar sus privilegios sin detenerse a reflexionar en la incontable cantidad de abusos que estaban cometiendo. Lo cual, a la luz del desarrollo histórico, ha devenido en una paradoja ideológica de ésas que sólo se dan en América Latina. En lugar de ser un vehículo de expresión de la individualidad -y el individualismo- acá el liberalismo, al menos durante un buen rato, se utilizó para reafirmar la conciencia corporal como un mecanismo de defensar contra impulsos de carácter exclusivamente personal e inmediato.

Un dato muy interesante, a propósito de una mención efectuada en el párrafo anterior, es la conducta general que mostraron los representantes de tales oligarquías, muy afín a las realezas y noblezas europeas. Así, vimos que familias pudientes de distintos países se unían mediante alianzas matrimoniales, con lo cual los apellidos rancios que caracterizan a un país aparecen mencionados en varios otros. Adicionalmente, dichos connubios extinguieron determinadas ramas, con lo cual naciones enteras fueron absorbidas por otras. O bien desaparecieron por la debilidad de sus clases pudientes como acaeció con Los Altos, la República de Guayaquil o cualquiera de las antiguas capitanías generales con conforman hoy México o Argentina. Como contrapartida, aristócratas o plutócratas que al cabo de unas décadas adquirieron prestigio empezaron a presionar hasta conseguir situaciones como la independencia de Panamá, que se desprendió de Colombia en 1914, gracias a un sector alto de la ciudad homónima que entró en negociaciones con Estados Unidos, a quien le convenía la existencia de un territorio autónomo con la finalidad de construir el famoso canal. Ya por entonces el liberalismo apuntaba sobre todo a un paradigma meramente económico, que ya se sabía adaptar de excelente forma al conservadurismo social.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Mataré Por la Patria

Cuando se observa el vídeo en el cual un grupo de aspirantes a marinos marcha por las playas de Valparaíso entonando un cántico de estímulo en el cual los cadetes aseguran que matarán argentinos, fusilarán peruanos y degollarán bolivianos: la sensación que a uno le produce es extraña. No tanto por ese viejo cliché que asegura que se debe fomentar la unión entre pueblos vecinos en lugar de la confrontación. Sino producto de que se trata de un hecho muy surrealista, pero del más barato y vulgar que se pueda imaginar, y que va mucho más allá de ese prejuicio acerca del supuesto escaso o nulo nivel de inteligencia -en términos de cultura general- que tendrían los militares.

En primer lugar, se trata de una situación claramente extemporánea, dado el nivel de integración que con todas sus imperfecciones no obstante existe entre los pueblos latinoamericanos. Pero además, analizando la postura y el tono que usan estos aspirantes, lo último demostrado en el entusiasmo conque entonan el desabrido cántico, la verdad es que uno sólo puede colocar en duda su real capacidad de defensa en el caso que nos llegáramos a enfrentar a aquellos países que ellos mismos aseguran neutralizar. De partida emplean un coro muy conocido tanto en las esferas castrenses como en el ambiente civil a tal punto que la mayoría de la gente lo conoce gracias a las peores películas de Hollywood. El cual luego es entonado de manera completamente plana y con un cierto dejo lastimero, como si los propios chicos buscaran no sobresalir. Ignoro si se trata de una forma de expresar respeto por el mando -representando en quien lidera la marcha y por ende emite las frases que deben ser repetidas por el pelotón- o que los muchachos se habrán visto sofocados por el calor veraniego del Puerto -lo cual pone en duda su capacidad de resistencia a un combate, o incluso frente a una situación crítica suscitada en tiempos de paz-. No obstante, con cualquier explicación de por medio, uno acaba por concluir que lo observado en la costanera fue hecho sólo con el propósito de cumplir. Ante el chileno raso que a cada rato exige que sus fuerzas armadas lo hinchen de orgullo, y ante los mandos que justamente evaluarán a estos alumnos que esperan ser grumetes. Y ni aún bajo esas condiciones cumplen siquiera con una pizca de su inicial propósito.

Pues la mezcla de todos esos factores, provoca en el espectador la impresión de que está asistiendo a un turismo circense. En el caso de un argentino, un boliviano o un peruano medios, de seguro se sentirán ofendidos, lo cual se puede comprobar leyendo las declaraciones de repudio que los gobiernos de esos países dieron a conocer tras el bochornoso vídeo. Sin embargo, para cualquier visitante, e incluso un diplomático, de una nación del primer mundo, e incluso algún africano o asiático oriundo de un territorio pobre y devastado por alguna guerra, esto será otra muestra característica de las naciones tercermundistas, y se sorprenderá y decepcionará a la vez, al constatar que naciones que creen están dando el salto definitivo al desarrollo aún se encuentran, aunque fuese de manera residual, en un estadio bananero. Lo cual queda reforzado a causa de la estupidez supina de los grumetes criollos, a quienes se les ocurre cantar una torpeza así mientras trotan por la Avenida Perú y más encima en una costanera atestada de veraneantes trasandinos. Pero también esto sirve para reflotar ese mito acerca de la "hinteligencia militar" ya señalado en el párrafo de encabezamiento. Al final, nuestros gallardos soldados sólo cuentan con la capacidad para repetir una monodia insulsa y trillada hasta el cansancio, con una letra que llega al colmo de lo obvio si se recuerdan los conflictos ancestrales, ya superados además. Y para ganar una guerra se requiere, por cierto, de reciedumbre física, pero antes que nada de cerebro, que permite diseñar tácticas y estrategias. No en vano los militares incluyen en sus organigramas sus particulares divisiones de inteligencia, muy distintas a la cultura enciclopédica, pero sí a la creatividad, no artística y no tan científica, no obstante sí enganchada con la facultad de inventar e innovar. 

Por lo mismo resulta bastante más convincente y disuasivo el cántico que los policías argentinos entonan en contra de los chilenos, contenido en otro vídeo que llevaba seis meses en la red virtual, pero al que se no se le había prestado atención hasta ahora, producto de la polémica suscitada por los marinos criollos. Si no se le presta atención a aquel material, lo de nuestros grumetes es vergonzoso; pero si se comparan ambas situaciones, simplemente queda como patético. En especial porque se constata que pese a la excesiva importancia que parece que se le da a las fuerzas armadas, encarnada en la compra de material bélico de última generación y excesivamente caro, empero se continúa con un evidente atraso en estos temas, gracias al descuido del principal elemento de toda actividad, cual es el caudal humano, resignado a ser formado bajo un prusianismo decimonónico que ya ni los alemanes toman en cuenta. Otros países, como homosexuales en sus ejércitos, tienen la facultad de aniquilar a nuestros soldaditos que sólo sirven para manifestar su hombría con cánticos en la vía pública útiles nada más que para desatar escándalos.


jueves, 14 de febrero de 2013

La Gran Ramera Cobraba Caro

¿A qué se estaba refiriendo Benedicto XVI cuando usó la expresión "falta de fuerzas" para justificar su renuncia al papado, un hecho que ocurría por primera vez después de seis siglos? ¿Los innumerables casos de pedofilia que debió enfrentar y resolver, lo tenían agotado? ¿Sintió una suerte de presión adicional al tratarse de actos protagonizados por protegidos de su antecesor, de quien fue su mano derecha y confidente, condición que finalmente lo condujo al trono de la llamada "silla de Pedro"? Se trataría, entonces, de una crisis de ansiedad provocada desde dos frentes, al verse por un lado como un traidor hacia quien lo llevó al sitio en que aún permanece (su abdicación se hará efectiva en los próximos días), y por otro, con una obligación inevitable de responder a unas víctimas que durante décadas esperaban justicia. O, como muchos especulan tras oír este por supuesto sorprendente anuncio, ¿no fue capaz de ordenar el supuesto hervidero de luchas de poder que se tejería al interior de la iglesia católica, en especial al interior de las altas esferas?

La última aparece como la explicación más acertada. Al menos desde que el cristianismo es catolicismo, e incluso un poco antes, la autoridad papal ha sido una instancia de poder enorme y por lo mismo muy codiciada. Los ricos franceses medievales lo aprendieron con una inusual ventaja, y en su momento cuando ostentaron la cima económica, no dudaron en atraer a su seno la política, moviendo, como la propia Biblia lo sugería, la montaña en lugar de escalarla, aunque no en base a la fe, lo cual redundó en el traslado del pontificado por más de setenta años en el siglo XIV a Avignon. En la actualidad, si bien el romanismo ha perdido una buena fracción de su influencia y su hegemonía -incluso en el ámbito espiritual-, y muestra de ello es el mediano interés que ha surtido esta noticia en la opinión pública, su máxima regencia continúa siendo capaz de otorgar considerables réditos a quien la ocupe o esté ligado de modo muy íntimo a ella. Por ende no resulta extraño especular respecto de que los rumores de palacio, que por lo demás se dan en cualquier clase de gobierno y de modo especialmente delicado en las monarquías, sean sucesorias o como en el caso que nos atañe medianamente electivas, hayan estado presentes también en el entorno del Vaticano durante los casi ocho años de gobierno de Benedicto, al extremo de que estas situaciones se hayan finalmente tornado en las zancadillas que acabaron en su jubilación "voluntaria". Además, y no es necesario reiterarlo en este artículo, la iglesia no precisamente se ha caracterizado por seguir las doctrinas de Jesús, tanto en el pasado como en el presente. Y en tal sentido los caprichos y ambiciones personales, cuando no caben en el ego propio, pueden hasta pasar por encima del respeto que se le debe a los mayores dirigentes, como lo prueba la lista de papas asesinados, derrocados, excomulgados o condenados tras su muerte en variados pasajes de la historia. A los que es posible añadir comentarios que afectan a épocas recientes, como la tesis que asevera que Juan Pablo I habría sido envenenado.

Tengo una teoría personal acerca de lo acaecido. Juan Pablo II, el antecesor del renunciado Benedicto, logró mantener bajo las cenizas las intrigas y las ambiciones de poder, merced a un comportamiento reaccionario que en algún instante fue visto de manera positiva por la opinión pública -católica y secular- ya que consiguió ciertos pinitos (o al menos coincidió con determinados acontecimientos) como la caída del comunismo en Europa del Este y el hecho de que cuando menos se colocara en el debate la moralina sexual, que parecía desterrada de la humanidad tras la década de los sesenta. De forma adicional, el carácter autoritario de Wojtyla -que de todos modos se traducía en un apreciable don de mando- unido a su carisma mediático -dos elementos que se pueden hallar en cualquier dictador que se precie de tal, y que aparte son añorados por quien busca el discurso conservador- constituyeron factores de aglutinación en el seno del romanismo, cuyos máximos representantes se dividían por entonces entre ampliar las tenues muestras de apertura expresadas en Vaticano II o en detener un proceso que para algunos podía desembocar en la disolución de la idiosincrasia institucional. Pero luego que el polaco falleció, las brasas subyacentes empezaron a emerger y lo primero que salió a la luz fueron los mencionados casos de pedofilia que involucraban a personeros protegidos por su gobierno, lo cual dejaba en entredicho a un individuo considerado ejemplar, así como su administración, por lo que iba directo a una rápida canonización. Ratzinger, quizá con "dolor de corazón" debió inclinarse del lado de las víctimas, satisfaciendo además a una ciudadanía que empezaba a sentirse desengañada. De seguro que esto derivó en un círculo vicioso, en el sentido de que los cardenales y sacerdotes más ligados al anterior papa (que se mantuvo en el trono por casi veintisiete años, periodo suficiente para crear una férrea red de apoyo alrededor, a lo que por supuesto ayudó su mencionada capacidad de gestión), nunca se tragaron esta tolerancia a los reclamos fuera de todo provenientes de laicos, es decir sujetos menos instruidos en teología, que no tardaron en relacionar con el aumento del descrédito de la silla pontificia.

Esto, en una época en la cual el catolicismo sufrió una considerable baja de feligreses, ya sea producto del agnosticismo y el relativismo moral -cada día más crecientes en el primer mundo-, de la mayor adquisición de poder por parte del islam -en África y Asia- o de la expansión de las iglesias evangélicas en América Latina. Lo cual redunda en mermas económicas, por concepto de donaciones y contribuciones monetarias, que a la larga siempre es lo que más se padece. Para colmo los puntos negros del romanismo no se remitieron al abuso de niños sino que muy por el contrario, en el último tiempo incluyeron situaciones de delitos económicos y vínculos con la mafia, como lo probó el reciente escándalo del Instituto de Obras de Religión, con justicia denominado como Banco Vaticano. Con lo que quedó la sensación de que el papismo era un receptáculo de todos los males posibles. Quizás ahí estuvo el talón de Aquiles de Benedicto. Le faltaron fuerzas para domar a la Gran Ramera, que como debió experimentarlo el mismo pontífice en "carne propia", suele cobrar bastante caro.

jueves, 7 de febrero de 2013

La Integración Latinoamericana

Durante los días que duró la recién pasada reunión cumbre entre los países de la Comunidad de Estados Latino Americanos y Caribeños (CELAC) y los de la Unión Europea, se volvió a repetir la monserga acerca de por qué las naciones de este lado del mundo no se integran mutuamente como lo han conseguido hacer sus pares del Viejo Continente, cuya unificación, más que un organismo internacional, se ha tornado en una auténtica federación que incluso hoy cuenta con una moneda común y una libre circulación entre sus componentes. En favor de ese argumento se alega que el ejemplo puesto por Europa sería más fácil de seguir al oeste del Atlántico, cuando menos en Sudamérica, debido a las similitudes lingüísticas e históricas que en apariencia exhiben sus territorios.

Para cualquier europeo, o asiático o africano que no haya visitado algún lugar al sur del Río Bravo, o al menos que no esté familiarizado siquiera con una cultura de la región, y que no le interese hacer una investigación que supere los estereotipos folletinescos: será suficiente con leer un manual con información elemental de cada país del mundo que se remita a confirmar que el idioma oficial de casi todos los Estados latinoamericanos es el español, con excepciones como el gigantesco Brasil donde es de uso el portugués (con el cual la lengua de Cervantes es mutuamente inteligible), pero que de cualquier manera acaba por recalcar que las civilizaciones de por acá son producto de las empresas conquistadores y coloniales surgidas en la península ibérica empezadas teniendo como punto de partida y por ende de referencia a la "gesta" de Colón. Una costumbre que por desgracia también han tomado ciertos habitantes autóctonos del denominado Nuevo Mundo, que luego se remiten a repetir como loros la propuesta descrita en el primer párrafo, volviendo a colocar a los europeos como un modelo a seguir porque su idiosincrasia sería superior y estaría más dotada en términos prácticos, económicos e intelectuales.

Sin embargo, ninguno de esos entusiastas y a la vez incisivos personajes que tratan de explicar las infinitas bondades de la réplica, ha reparado en una serie de factores geográficos y sociales que son los que finalmente frustran sus anhelos y que los continuarán frenando de no abordarlos con la altura de miras que no se puede obtener con la simple admiración elogiosa de un ejemplo foráneo. Para comenzar, reconocer que, a despecho de sus aportes, tanto el español como el portugués son idiomas impuestos por dos potencias que arrastraron a las civilizaciones americanas a un choque más que a un encuentro de dos mundos. En muchas zonas aún se emplean las hablas indígenas mientras el castellano se entiende con extrema dificultad. Lenguas, además, despreciadas por las autoridades y las élites, por lo cual su real alcance en muchas ocasiones se desconoce. Y cuyos parlantes en varios casos son analfabetos o cuentan con una escasa escolaridad. Aparte de ello, consignar que cuando menos las naciones sudamericanas poseen una mayor extensión territorial que sus pares europeas, de las cuales se pueden recorres varias en unos pocos días; y que un buen puñado de esos rincones carecen de vías expeditas de comunicación, un elemento muy práctico al instante de insistir en la integración. Por último las relaciones internacionales en el Viejo Mundo siempre han sido más expeditas incluso cuando se han desarrollado en clave negativa -los periodos en que los diversos reinos organizaban guerras contra sus vecinos-, mientras acá nos hemos resignado por mucho tiempo a presenciar a campesinos encerrados y desconectados del resto de la humanidad por hacendados tiránicos.

No se trata de fustigar estas reuniones ni de descartar una idea que en todo lugar es beneficiosa. Sino de comprender las distintas realidades. En Europa llegaron a la unificación tras superar sus propios obstáculos históricos, que no son los mismos que enfrentan los latinoamericanos para llegar a idéntico puerto. Y mientras aquel proceso necesario no sea reconocido, y se mida a América con los patrones del Viejo Mundo, jamás se alcanzará el objetivo, y viviremos con la sombra de otros que parecen más desarrollados y avanzados que uno.