Hace casi una semana concluyó el sudamericano sub-20, y por segunda vez consecutiva, el seleccionado chileno no clasificó al mundial respectivo. Es más: de todos los equipos masculinos de menores, que fueron preparados bajo la administración de Harold Mayne-Nicholls, éste fue el único que consiguió llegar a la segunda fase de un torneo continental. Una lástima, porque si se considera lo mostrado por los chicos en la cancha, pese a sus limitaciones como grupo, podemos concluir que varios de ellos dentro de muy poco tiempo serán titulares indiscutibles en clubes de la primera división local, y dos o tres de seguro se pasearán por algunas ligas extranjeras.
Uno puede expresar una opinión favorable o adversa a la gestión de el ex presidente de la ANFP. En el análisis final, por supuesto que se deben reconocer sus logros en el ámbito de la selección adulta, que en pocos años alcanzó un nivel de competitivad que ni el más incondicional de los hinchas se habría imaginado. Pero con igual afán de objetividad, es preciso destacar como la gran e inaceptable deuda pendiente, el trabajo efectuado con los equipos de menores. Dicho con tales calificativos, porque la situación era muy distinta hace menos de un lustro atrás, cuando un combinado sub-20 obtuvo un tercer lugar en un mundial de la especialidad celebrado en Canadá el 2007. Grupo que por cierto, constituye la base del hoy por hoy ensalzado conjunto mayor. Con estos datos a la mano, incluso se puede aseverar que lo obrado desde esa época en la máxima categoría, ha tenido consecuencias inversamente proporcionales en las divisiones juveniles, las cuales han pasado inadvertidas para un público que se ha regocijado en éxitos como la clasificación a Sudáfrica y el rendimiento exhibido por los pupilos de Marcelo Bielsa en esa copa (excitación que es esperable, tomando en cuenta que se venía de dos eliminaciones consecutivas, que ésta era la octava participación en una fase final de diecinueve, que apenas por tercera vez se pasó a la segunda ronda, y sólo por segunda vez con dos victorias). Sin embargo, por mucha fascinación que cause la selva africana, dentro de ella apenas se esconden rotundos fracasos.
Frustraciones que pudieron haberse evitado, de habérseles dado a estos conglomerados la atención que necesitaban. Al respecto, algunos periodistas deportivos han destacado la escasa cantidad de recursos que la gerencia de Mayne-Nicholls le destinó a los seleccionados de menores, que además disminuyeron en comparación con lo entregado por otras administraciones. Es decir, estaríamos en presencia de una mala gestión de dirigentes, de características muy similares a aquellas que en el pasado arrastraron a los equipos adultos a bochornosas presentaciones como en las clasificatorias para los mundiales de 2002 y 2006. Con la salvedad que ahora la afectada es otra categoría generacional: una que despierta un interés más bajo en el aficionado y que por ende atrae menos auspiciadores. Pero que tampoco involucra muchos gastos. En tal sentido, es increíble que no se haya invertido siquiera una pequeña porción de lo ganado en materia de publicidad y derechos de marca tras los sucesivos triunfos de la selección adulta, para asegurar un desempeño aceptable de sus pares menores. Sobre todo si se recuerda que éstas son el punto de partida de la primera. Lo peor es que hay un detalle que agrava todavía más la falta, y tiene que ver con una dejación extrema y una ausencia de criterio impresentable de parte de los directores de la ANFP, que hasta se despreocuparon de nombrar un cuerpo técnico a la altura de las circunstancias. Por ejemplo, César Vaccia, el entrenador de Chile para este sudamericano, ya había cosechado sendos reveses con dos combinados sub-17, uno de los cuales las ejerció de anfitrión. Recién a un mes de comenzar el torneo, se anunció que Marcelo Bielsa iba a asumir un rol en la conducción del equipo que nunca se especificó, en lo que más que cualquier cosa, pareció un intento desesperado de Mayne-Nicholls y su directiva para que los clubes apoyen a sus delfines y así revertir la tendencia en las elecciones de enero pasado, donde los resultados les fueron tan desfavorables como se predecía.
Es penoso que la administración de Mayne-Nicholls -defenestrado tras oscuros manejos de los clubes más poderosos, en los que se vio involucrado, tanto por motivos políticos como económicos, el propio gobierno de Sebastián Piñera- dé su último estertor en una de sus fallas más visibles (porque hay otras, que precisamente ayudaron a su caída). Pero convengamos que él se lo buscó al no prestarle atención a las categorías de menores. Acción motivada no sólo por las causas de índole pecuniaria. Sino también por una actitud revanchista contra los muchachos de Canadá, que se gestó a inicios del 2007, cuando varios de ellos se negaron a ir a la Copa América en favor del mundial sub-20, ya que ambos certámenes se disputaban en forma paralela. El incidente con la policía de Toronto tras la semifinal se transformó en una válvula de escape y en el subterfugio perfecto para el presidente de la ANFP, quien después no tardó mucho en darle la espalda definitiva a estos conglomerados. Una pena, si se considera que los equipos adultos que han obtenido importantes logros, en gran parte, han comenzado en estos campeonatos. Y por supuesto que Chile no es la excepción. En consecuencia, si en un breve lapso regresamos al fango que pensamos habíamos imaginado para jamás volver, hay que acordarse que Mayne-Nicholls, a fin de cuentas, también aportó con un grano de arena.
jueves, 17 de febrero de 2011
miércoles, 9 de febrero de 2011
Calígula en el Tercer Milenio
Cada vez que la imagen de Silvio Berlusconi aparece en la televisión (un medio en el que este magnate posee buena parte de sus inversiones), uno no deja de preguntarse hasta cuándo los italianos van a seguir aguantando sus patéticas reacciones propias de un emperador que no se explica la debacle a la que ha llegado su territorio pues en caso contrario estaría obligado a reconocer su incapacidad. Más aún, si se considera que nos encontramos en la región que ha albergado al papado católico desde los orígenes de éste, y que por ende, debiera ser un faro de moralidad cristiana. Aunque, si uno revisa la historia de los personajes más poderosos y adinerados de la península de la bota, partiendo por los augustos romanos, siguiendo con los mercaderes renacentistas y llegando hasta más acá de la vida palaciega del siglo XIX, incluso se podría afirmar que estos excesos forman parte de su cultura. Ni siquiera los mencionados pontífices se han sustraído a estas demostraciones de sibarita, y basta recordar la licenciosa existencia de Alejandro VII para confirmarlo.
Lo curioso de estos escándalos es la manera como son expuestos en los medios masivos de comunicación, incluso el día de hoy, cuando parece que el premier italiano se encuentra acorralado a consecuencia de su conducta y al punto de sentir la amenaza de ser destituido de tal cargo. Ya que, pese a la gravedad que ha adquirido, la noticia se sigue tratando como un espectáculo, obedeciendo a las reglas del juego de frivolidades que el mismo Berlusconi ha impuesto. Se trata en el fondo, como el propio gobernante lo declaró en medio de una de sus rabietas, de un prostíbulo televisivo, aunque en el sentido opuesto al que el autor de esas declaraciones le quiere dar. Debe ser por ese mito de que Italia es la nación por antonomasia de los burdeles fastuosos; o porque el aludido es, como se mencionó en el primer párrafo, dueño de estaciones de radio y canales catódicos, negocio que siempre le ha reportado satisfacciones, así que no vaya a ser que en el futuro compre nuestro transmisor y nos eche de una patada en señal de venganza. Y sin embargo, aquí se han citado delitos graves, como incitar a menores de edad a la prostitución, además de estupro y, si se hila fino, abusos deshonestos. Por hechos semejantes, a un ciudadano común y corriente pueden enviarlo a la cárcel por varios años y ponerle toda clase de obstáculos al momento de defenderse en un juicio.
Lo que impulsa a reclamar por el doble criterio que se emplea ante la misma situación. No sólo tratándose de la dicotomía del tipo poderoso versus el modesto asalariado. Sino también al medir el comportamiento de dos gobernantes con orientaciones políticas distintas. Berlusconi es un derechista, con elementos cercanos al fascismo, además de empresario tan próspero como avasallador. Sus excesos sexuales o de cualquier otra índole son analizados en los programas de televisión, cuando no con abierta simpatía -y empatía-, con un afán de neutralidad que más bien huele a condescencia. Benevolencia que se da con otros jerarcas de idéntico signo, aunque sean dictadores oscuros, incluso en el asunto de la lujuria. Por ejemplo, el "chivo" Rafael Leónidas Trujillo, que nunca ha dejado de recibir elogios y muestras de administración por su desmedida actividad erotómana, en circunstancias que muchas mujeres con las cuales se acostaba, las conseguía recurriendo simplemente a la violación, o se dedicaba a extorsionar sistemáticamente a sus padres. En cambio, si los deslices corren por cuenta de un líder de izquierda o progresista, el dedo acusador de inmediato se deja caer. Ahí está el carrusel de hijos falsos que se le intentó colgar a Fernando Lugo tras admitir que había engendrado fuera del matrimonio. O el mote de depravado que se le pretende colocar a Daniel Ortega, porque de joven yació con una menor de edad. O el asqueroso proceso contra Bill Clinton en los EUA. O la forma maliciosa en que se ha buscado confeccionar el listado de supuestas amantes de Salvador Allende.
Uno no quiere meterse en la cama de nadie ni menos elaborar un manual de moralina para dirigentes. Que cada cual haga con su vida lo que le plazca. Pero cabe recordar que Silvio Berlusconi no ha sido acusado de inmoralidades, sino de ilegalidades, entre las cuales, aparte de las de corte sexual, hay otras igualmente delicadas, como usar dinero del erario público para gastarlo en orgías. Quizá en este doble estándar periodístico exista la pretensión de encontrar un modelo ideal tanto para políticos derechistas como izquierdistas. Mientras a éstos se les exigía una imagen de seriedad que borrara ese prejuicio de que eran unos libertinos morales a quienes además, si no les gustaba algo de inmediato arrojaban piedras, levantaban barricadas o empuñaban los fusiles; a aquéllos se les pedía un poco de desorden en medio de una existencia aburrida y plagada de formalidades. El asunto es que, si los de un sector tienden a pasarse de la raya, sus rivales también pueden hacerlo. Que al fin y al cabo todos somos humanos.
Lo curioso de estos escándalos es la manera como son expuestos en los medios masivos de comunicación, incluso el día de hoy, cuando parece que el premier italiano se encuentra acorralado a consecuencia de su conducta y al punto de sentir la amenaza de ser destituido de tal cargo. Ya que, pese a la gravedad que ha adquirido, la noticia se sigue tratando como un espectáculo, obedeciendo a las reglas del juego de frivolidades que el mismo Berlusconi ha impuesto. Se trata en el fondo, como el propio gobernante lo declaró en medio de una de sus rabietas, de un prostíbulo televisivo, aunque en el sentido opuesto al que el autor de esas declaraciones le quiere dar. Debe ser por ese mito de que Italia es la nación por antonomasia de los burdeles fastuosos; o porque el aludido es, como se mencionó en el primer párrafo, dueño de estaciones de radio y canales catódicos, negocio que siempre le ha reportado satisfacciones, así que no vaya a ser que en el futuro compre nuestro transmisor y nos eche de una patada en señal de venganza. Y sin embargo, aquí se han citado delitos graves, como incitar a menores de edad a la prostitución, además de estupro y, si se hila fino, abusos deshonestos. Por hechos semejantes, a un ciudadano común y corriente pueden enviarlo a la cárcel por varios años y ponerle toda clase de obstáculos al momento de defenderse en un juicio.
Lo que impulsa a reclamar por el doble criterio que se emplea ante la misma situación. No sólo tratándose de la dicotomía del tipo poderoso versus el modesto asalariado. Sino también al medir el comportamiento de dos gobernantes con orientaciones políticas distintas. Berlusconi es un derechista, con elementos cercanos al fascismo, además de empresario tan próspero como avasallador. Sus excesos sexuales o de cualquier otra índole son analizados en los programas de televisión, cuando no con abierta simpatía -y empatía-, con un afán de neutralidad que más bien huele a condescencia. Benevolencia que se da con otros jerarcas de idéntico signo, aunque sean dictadores oscuros, incluso en el asunto de la lujuria. Por ejemplo, el "chivo" Rafael Leónidas Trujillo, que nunca ha dejado de recibir elogios y muestras de administración por su desmedida actividad erotómana, en circunstancias que muchas mujeres con las cuales se acostaba, las conseguía recurriendo simplemente a la violación, o se dedicaba a extorsionar sistemáticamente a sus padres. En cambio, si los deslices corren por cuenta de un líder de izquierda o progresista, el dedo acusador de inmediato se deja caer. Ahí está el carrusel de hijos falsos que se le intentó colgar a Fernando Lugo tras admitir que había engendrado fuera del matrimonio. O el mote de depravado que se le pretende colocar a Daniel Ortega, porque de joven yació con una menor de edad. O el asqueroso proceso contra Bill Clinton en los EUA. O la forma maliciosa en que se ha buscado confeccionar el listado de supuestas amantes de Salvador Allende.
Uno no quiere meterse en la cama de nadie ni menos elaborar un manual de moralina para dirigentes. Que cada cual haga con su vida lo que le plazca. Pero cabe recordar que Silvio Berlusconi no ha sido acusado de inmoralidades, sino de ilegalidades, entre las cuales, aparte de las de corte sexual, hay otras igualmente delicadas, como usar dinero del erario público para gastarlo en orgías. Quizá en este doble estándar periodístico exista la pretensión de encontrar un modelo ideal tanto para políticos derechistas como izquierdistas. Mientras a éstos se les exigía una imagen de seriedad que borrara ese prejuicio de que eran unos libertinos morales a quienes además, si no les gustaba algo de inmediato arrojaban piedras, levantaban barricadas o empuñaban los fusiles; a aquéllos se les pedía un poco de desorden en medio de una existencia aburrida y plagada de formalidades. El asunto es que, si los de un sector tienden a pasarse de la raya, sus rivales también pueden hacerlo. Que al fin y al cabo todos somos humanos.
miércoles, 2 de febrero de 2011
Estado Mayor y Escándalo Mayúsculo
En menos de un mes, el ejército se ve enfrentado a un nuevo bochorno. Resulta que hace quince días, el jefe del estado mayor, segundo en la jerarquía, se vio obligado a pedir su retiro anticipado, producto de las irregularidades suscitadas en la compra de una casa particular mediante fondos públicos. Su remplazante, hace unas horas, ha sido descubierto como ex miembro de la DINA y la CNI, organismos a través de los cuales habría participado en violaciones a los derechos humanos. Tanto el actual gobierno como el anterior -que le otorgó al susodicho varios ascensos- han salido a defender al acusado llegando incluso a afirmar que es irrelevante que haya participado en esos infames aparatos represivos, cuando los tribunales de justicia, que para efectos prácticos es la única palabra validada en esta clase de asuntos, ni siquiera lo han encartado en alguna causa, ya que aún no se han presentado pruebas contra él. Declaraciones que tienen un tufillo a desesperación, ante el desprestigio en que podría caer un flamante cargo creado recién el 2009, con la finalidad de coordinar a las distintas ramas de las fuerzas armadas en situación de emergencia, y que es la muestra más visible de la modernización que el ejecutivo le viene haciendo a los militares desde hace al menos un lustro.
Centrémonos, para los propósitos de este artículo, en este asunto de la futilidad, que contrariamente a lo que se pueda pensar, no proviene de un político de la derecha, sino de un antiguo ministro de la Concertación, el inefable Francisco Vidal. En efecto, tras el golpe de 1973, la dictadura, en su afán por hacer eficaz la represión en contra de quienes se le oponían, distribuyó a varios efectivos militares en distintas tareas de manera arbitraria y a veces sin siquiera informar a los afectados, como corresponde según el principio de la verticalidad del mando y de acuerdo a la situación excepcional de entonces -interrupción de la democracia, persecución a disidentes-. Esto ha dado como resultado, el que ciertas personas aparezcan integrando células de inteligencia cuando en realidad jamás conocieron a sus supuestos compañeros. Podría ser el caso de este jefe del estado mayor: de hecho han aparecido similares en los diversos procesos por ejecuciones, desapariciones forzadas y torturas. El problema radica en que no nos consta la absoluta inocencia de quien expone tal argumento. Pues cabe recordar que existen muchos enjuiciamientos que aún se encuentran abiertos, lo que significa que faltan investigaciones por concretar. Eso sin contar denuncias que pueden ser presentadas en tiempo futuro, para las cuales se requiriría abrir un nuevo libelo. En cualquiera de estas causas, nuestro general podría aterrizar y nos tendríamos, de golpe y porrazo, hacer a la idea de que no era la blanca paloma que nos intentó vender.
De acuerdo: las garantías judiciales establecen que nadie puede ser señalado como culpable hasta que no se pruebe de manera fehaciente. Sin embargo, si atendemos a la situación de las fuerzas armadas durante la dictadura, ese argumento incluso puede tornarse una falacia. No por nada a eso lo llaman régimen militar. Pinochet utilizó a los uniformados, sus camaradas de armas, para sostener su mandato, que ejerció de facto y en forma autoritaria, sin aceptar propuestas alternativas. Y para eso se requiere una infraestructura represiva que coarte a los ciudadanos a través del miedo. Algo en lo cual los milicos son el colectivo que ostenta mejor preparación, debido a que están entrenados para la guerra. Era obvio que debían sustentar la extensión de la tiranía y por eso participaron con todo y tradición de buena manera en los mecanismos de control. Más aún, si se considera que su comandante en jefe había alcanzado dicha posición antes de erigirse como presidente.
Por eso, alguien que señale que los crímenes de lesa humanidad no fueron cometidos por el ejército, sino por la DINA o la CNI, está tratando de distorsionar la realidad. Esas siglas fueron creadas para encauzar a los militares en las tareas que demandaba la nueva situación nacional. En un gobierno que además usaba la represión no sólo como mecanismo práctico, sino también como sustento ideológico. En tiempos recientes, incluso hemos sido testigos de cómo divisiones de las fuerzas armadas anteriores al golpe, como el DINE, fueron empleadas en violaciones a los derechos humanos. Dicho de otro modo: al jefe del estado mayor no le basta con decir que sólo fue parte de las listas de tal o cual organismo, pues es sospechoso ya con pertenecer al ejército. Los que se opusieron a los abusos, tienen nombre y apellido y las consecuencias de su decisión son por todos conocidas. Los demás fueron entusiastas colaboradores, y de manera muy relevante.
Centrémonos, para los propósitos de este artículo, en este asunto de la futilidad, que contrariamente a lo que se pueda pensar, no proviene de un político de la derecha, sino de un antiguo ministro de la Concertación, el inefable Francisco Vidal. En efecto, tras el golpe de 1973, la dictadura, en su afán por hacer eficaz la represión en contra de quienes se le oponían, distribuyó a varios efectivos militares en distintas tareas de manera arbitraria y a veces sin siquiera informar a los afectados, como corresponde según el principio de la verticalidad del mando y de acuerdo a la situación excepcional de entonces -interrupción de la democracia, persecución a disidentes-. Esto ha dado como resultado, el que ciertas personas aparezcan integrando células de inteligencia cuando en realidad jamás conocieron a sus supuestos compañeros. Podría ser el caso de este jefe del estado mayor: de hecho han aparecido similares en los diversos procesos por ejecuciones, desapariciones forzadas y torturas. El problema radica en que no nos consta la absoluta inocencia de quien expone tal argumento. Pues cabe recordar que existen muchos enjuiciamientos que aún se encuentran abiertos, lo que significa que faltan investigaciones por concretar. Eso sin contar denuncias que pueden ser presentadas en tiempo futuro, para las cuales se requiriría abrir un nuevo libelo. En cualquiera de estas causas, nuestro general podría aterrizar y nos tendríamos, de golpe y porrazo, hacer a la idea de que no era la blanca paloma que nos intentó vender.
De acuerdo: las garantías judiciales establecen que nadie puede ser señalado como culpable hasta que no se pruebe de manera fehaciente. Sin embargo, si atendemos a la situación de las fuerzas armadas durante la dictadura, ese argumento incluso puede tornarse una falacia. No por nada a eso lo llaman régimen militar. Pinochet utilizó a los uniformados, sus camaradas de armas, para sostener su mandato, que ejerció de facto y en forma autoritaria, sin aceptar propuestas alternativas. Y para eso se requiere una infraestructura represiva que coarte a los ciudadanos a través del miedo. Algo en lo cual los milicos son el colectivo que ostenta mejor preparación, debido a que están entrenados para la guerra. Era obvio que debían sustentar la extensión de la tiranía y por eso participaron con todo y tradición de buena manera en los mecanismos de control. Más aún, si se considera que su comandante en jefe había alcanzado dicha posición antes de erigirse como presidente.
Por eso, alguien que señale que los crímenes de lesa humanidad no fueron cometidos por el ejército, sino por la DINA o la CNI, está tratando de distorsionar la realidad. Esas siglas fueron creadas para encauzar a los militares en las tareas que demandaba la nueva situación nacional. En un gobierno que además usaba la represión no sólo como mecanismo práctico, sino también como sustento ideológico. En tiempos recientes, incluso hemos sido testigos de cómo divisiones de las fuerzas armadas anteriores al golpe, como el DINE, fueron empleadas en violaciones a los derechos humanos. Dicho de otro modo: al jefe del estado mayor no le basta con decir que sólo fue parte de las listas de tal o cual organismo, pues es sospechoso ya con pertenecer al ejército. Los que se opusieron a los abusos, tienen nombre y apellido y las consecuencias de su decisión son por todos conocidas. Los demás fueron entusiastas colaboradores, y de manera muy relevante.
miércoles, 26 de enero de 2011
Girardi: Un Fanático Religioso
Si alguien me entregara una explicación coherente acerca de cómo un partidario del aborto, al mismo tiempo se opone al control de los perros callejeros, entonces estaría dispuesto a concederle un mínimo grado de credibilidad al senador Guido Girardi. Al menos, el suficiente para no cuestionar su candidatura a presidir esa institución. Pero este izquierdista y ecologista, médico de profesión y matasanos por convicción, cuya carrera política se ha desarrollado entre diversos casos de corrupción nunca confirmados y declaraciones destempladas propias de la variante más extremista de su ideología, sólo puede despertar una sensación de vergüenza entre quienes lo escuchan, incluso entre quienes suelen votar por él, por la enorme cantidad de incoherencias que emite a cada rato, y que lo colocan a la altura de un católico integrista que rechaza el uso de anticonceptivos, mientras minimiza los casos de pedofilia que involucran a los sacerdotes.
Sólo cabe una explicación para comprender la conducta de este sujeto. Se trata de un fanático religioso, en su caso, del ecologismo, credo que tiene un nombre oficial: Nueva Era (o New Age, para quienes se solazan con los neologismos anglosajones). Pero cuyos efectos en la población son los mismos que provoca el integrismo musulmán, el fundamentalismo protestante, el judaísmo sionista o los movimientos católicos como el Opus Dei. Los representantes más destacados de cada una de esas corrientes, suelen alertar de enemigos ocultos que constituyen una amenaza para la humanidad, y acto seguido, utilizan sus influencias para frenar el avance de dicho peligro. La consecuencia de tales acciones, es una serie interminable de prohibiciones que afectan al grueso de los ciudadanos, sin llegar a tocarlos a ellos, no porque se trate de figuras prístinas e impolutas, sino porque lisa y llanamente son enviados de los dioses. Y en lo que respecta a Girardi, no es la excepción. Durante la década de 1990, lideró una violenta campaña contra el empleo de los fuegos artificiales durante el Año Nuevo, que remató en la prescripción de éstos a mediados del 2000. Ya en este siglo, fue famosa su idea -por fortuna desechada en su mometo- de mutilar aquellas películas donde los actores aparecían fumando. Y en épocas posteriores, ha propuestos impuestos a la llamada comida chatarra y a las bebidas alcohólicas, además de promover la idea de impedir el uso del tabaco en lugares cerrados, incluyendo restaurantes y locales nocturnos. Una amalgama de absurdos moralizantes que sólo han perjudicado a pequeños comerciantes y distribuidores, y que no guardan ninguna relación con los abusos que cometen empresarios más acaudalados.
Sorprende que en sus discursos, además, Girardi se valga de argumentos que, en su estructura y en su lógica elementales, tengan idéntica orientación que la de los católicos conservadores a ultranza. Es decir, que emplean la disuasión valiéndose del terror y una concepción maniquea del mundo. En el asunto de la comida chatarra, por ejemplo, recurre a un demonio quimérico como la obesidad, al cual cubre de rasgos malignos (o que en realidad él presenta como tales). Así, los gordos son estéticamente feos y arrastran disfunciones de salud que a la larga se transforman en un lastre para el sistema público: baja en la autoestima, riesgo de infarto. Nótese que, aunque no se los trata de pecadores, al final se los termina condenando igual como lo hace la iglesia católica, que los incluye en uno de los siete pecados capitales: la gula. En lo que respecta a los fuegos artificiales, alguna vez los definió como "armas que matan", con una voz lastimera pero a la vez enérgica. Y en cuanto al alcohol y al tabaco, tiende a golpear la mesa con datos estadísticos cuya veracidad es similar a los que alguna vez lanzó la Conferencia Episcopal para justificar su oposición al divorcio, los que por cierto fueron acusados de fradulentos, discriminatorios e insultantes.
Acá no es el temor a Satanás ni al infierno. Sino a la destrucción del planeta o a las enfermedades. En especial, eso último conlleva un marcado tono efectista. Uno de los miedos más eficaces es a lo que está afuera y no se ve, o no se alcanza a ver. Así se ha conseguido espantar, durante milenios, con el cuco o el diablo. Ahora, en medio de una humanidad desencantada, resulta más eficiente crear espantos "científicos", como el probable sufrimiento de patologías, que ocurren dentro del organismo, que uno nunca podrá observar a través de la piel. Además que el factor de probabilidad está muy remarcado: el tabaquismo puede generar un cáncer al pulmón, en la mitad más uno de los fumadores, pero no es una relación de causa y efecto absoluta. Tampoco lo es la alimentación chatarra en el sobrepeso ni en el aumento del riesgo de infarto. Luego el argumento empírico no es lo sólido que se pretende presentar, y en tal sentido queda reducido al mismo tamaño que tiene la probabilidad de caer en el averno si se es ateo o pecador. En cambio, sí resulta muy convincente en una sociedad dominada por las declaraciones seudo científicas, en lugar de las seudo teológicas, como sucedía antes. Llegados a este punto, tal vez sí se le encuentre coherencia a lo descrito al inicio de este artículo. Girardi es partidario del aborto y la eutanasia, porque esas prohibiciones son harina de otra religión, con la cual busca competir, abrigando la remota esperanza de desbancarla y llenar la vacante con sus propias restricciones y explicaciones -que se reducen a aseverar que "es malo", aunque ahora se agregue el complemento "para la salud"-. Bueno: ya sabemos lo que ocurre cuando dos fanáticos de distintos credos chocan en el mismo territorio. La enorme cantidad de conflictos que se han suscitado en la historia producto del particular, lo comprueba.
Sólo cabe una explicación para comprender la conducta de este sujeto. Se trata de un fanático religioso, en su caso, del ecologismo, credo que tiene un nombre oficial: Nueva Era (o New Age, para quienes se solazan con los neologismos anglosajones). Pero cuyos efectos en la población son los mismos que provoca el integrismo musulmán, el fundamentalismo protestante, el judaísmo sionista o los movimientos católicos como el Opus Dei. Los representantes más destacados de cada una de esas corrientes, suelen alertar de enemigos ocultos que constituyen una amenaza para la humanidad, y acto seguido, utilizan sus influencias para frenar el avance de dicho peligro. La consecuencia de tales acciones, es una serie interminable de prohibiciones que afectan al grueso de los ciudadanos, sin llegar a tocarlos a ellos, no porque se trate de figuras prístinas e impolutas, sino porque lisa y llanamente son enviados de los dioses. Y en lo que respecta a Girardi, no es la excepción. Durante la década de 1990, lideró una violenta campaña contra el empleo de los fuegos artificiales durante el Año Nuevo, que remató en la prescripción de éstos a mediados del 2000. Ya en este siglo, fue famosa su idea -por fortuna desechada en su mometo- de mutilar aquellas películas donde los actores aparecían fumando. Y en épocas posteriores, ha propuestos impuestos a la llamada comida chatarra y a las bebidas alcohólicas, además de promover la idea de impedir el uso del tabaco en lugares cerrados, incluyendo restaurantes y locales nocturnos. Una amalgama de absurdos moralizantes que sólo han perjudicado a pequeños comerciantes y distribuidores, y que no guardan ninguna relación con los abusos que cometen empresarios más acaudalados.
Sorprende que en sus discursos, además, Girardi se valga de argumentos que, en su estructura y en su lógica elementales, tengan idéntica orientación que la de los católicos conservadores a ultranza. Es decir, que emplean la disuasión valiéndose del terror y una concepción maniquea del mundo. En el asunto de la comida chatarra, por ejemplo, recurre a un demonio quimérico como la obesidad, al cual cubre de rasgos malignos (o que en realidad él presenta como tales). Así, los gordos son estéticamente feos y arrastran disfunciones de salud que a la larga se transforman en un lastre para el sistema público: baja en la autoestima, riesgo de infarto. Nótese que, aunque no se los trata de pecadores, al final se los termina condenando igual como lo hace la iglesia católica, que los incluye en uno de los siete pecados capitales: la gula. En lo que respecta a los fuegos artificiales, alguna vez los definió como "armas que matan", con una voz lastimera pero a la vez enérgica. Y en cuanto al alcohol y al tabaco, tiende a golpear la mesa con datos estadísticos cuya veracidad es similar a los que alguna vez lanzó la Conferencia Episcopal para justificar su oposición al divorcio, los que por cierto fueron acusados de fradulentos, discriminatorios e insultantes.
Acá no es el temor a Satanás ni al infierno. Sino a la destrucción del planeta o a las enfermedades. En especial, eso último conlleva un marcado tono efectista. Uno de los miedos más eficaces es a lo que está afuera y no se ve, o no se alcanza a ver. Así se ha conseguido espantar, durante milenios, con el cuco o el diablo. Ahora, en medio de una humanidad desencantada, resulta más eficiente crear espantos "científicos", como el probable sufrimiento de patologías, que ocurren dentro del organismo, que uno nunca podrá observar a través de la piel. Además que el factor de probabilidad está muy remarcado: el tabaquismo puede generar un cáncer al pulmón, en la mitad más uno de los fumadores, pero no es una relación de causa y efecto absoluta. Tampoco lo es la alimentación chatarra en el sobrepeso ni en el aumento del riesgo de infarto. Luego el argumento empírico no es lo sólido que se pretende presentar, y en tal sentido queda reducido al mismo tamaño que tiene la probabilidad de caer en el averno si se es ateo o pecador. En cambio, sí resulta muy convincente en una sociedad dominada por las declaraciones seudo científicas, en lugar de las seudo teológicas, como sucedía antes. Llegados a este punto, tal vez sí se le encuentre coherencia a lo descrito al inicio de este artículo. Girardi es partidario del aborto y la eutanasia, porque esas prohibiciones son harina de otra religión, con la cual busca competir, abrigando la remota esperanza de desbancarla y llenar la vacante con sus propias restricciones y explicaciones -que se reducen a aseverar que "es malo", aunque ahora se agregue el complemento "para la salud"-. Bueno: ya sabemos lo que ocurre cuando dos fanáticos de distintos credos chocan en el mismo territorio. La enorme cantidad de conflictos que se han suscitado en la historia producto del particular, lo comprueba.
miércoles, 19 de enero de 2011
Universidades Clasistas, Segregacionistas y Públicas
Uno de los datos que hizo abrir la boca en señal de asombro a nuestras ingenuas autoridades del ministerio de educación (en realidad, aparentemente ingenuas, porque de antemano conocen las causas que derivan en tal o cual anomalía; pero colocan cara de sorpresa ante los medios de comunicación para dar la sensación de que desde ahora en adelante trabajarán por enmendar los errores), fue, en el marco del proceso de selección universitaria, por primera vez los planteles privados -entendiendo como tales aquellos que se formaron al alero de las modificaciones de orientación nuevo liberal promulgadas en 1981- superaron a los denominados tradicionales -anteriores a las ya mencionadas restructuraciones, si bien algunos sólo existían como pequeños campus o escuelas filiales- en el número de alumnos matriculados en el primer año. ¿Mejoraron su calidad? No, aunque contrariamente a lo que se cree, no cuentan con ningún modelo al cual imitar. ¿El bombardeo publicitario que lanzan a fin de año, en esta ocasión dio sus frutos? Tampoco, pese a que no puede descartarse como factor de enganche. La auténtica causa de tal fenómeno es que, al cobrar aranceles más baratos, las denominadas privadas consiguen atraer a jóvenes de más escasos recursos. Mientras que su contraparte, aparte del asunto de las mensualidades, cuenta con otra barrera que es el puntaje de la PSU, una evaluación que, por sus características, es más asequible para los alumnos más adinerados y que en consecuencia asistieron a mejores escuelas.
Son datos que ponen, al menos debieran poner, un manto de duda sobre los convencionalismos sociales que existen acerca de las universidades calificadas como tradicionales, ese cártel elitista y excluyente que se hace llamar Consejo de Rectores. Para empezar, se les entrega una mayor cantidad de recursos monetarios con el propósito de que sean distribuidos entre los estudiantes, en forma de becas y créditos fiscales. Los muchachos que ingresan a estas entidades, adicionalmente, cuentan con bastantes ventajas en tal sentido, pues son los primeros en recibir dichos beneficios, en muchas ocasiones, de manera directa desde el Estado. A todo eso debe añadirse los dineros que se entregan a partir de fondos externos, como el Aporte Fiscal Indirecto (AFI), destinado a financiar proyectos de investigación, y al que si bien pueden postular igualmente las instituciones "privadas", por lo general se lo ganan las del club exclusivo. Similar a lo que ocurre con asignaciones concursables de entidades como el Fondart, los FNDR y un largo etcétera. ¿Por qué tantos privilegios? Porque se supone que son organizaciones capaces de ofrecer una enseñanza de mejor calidad, aparte de que, por el asunto de los auxilios estatales, debieran albergar en su seno a personas de distintos estratos sociales. Ni lo uno ni lo otro. En Chile ha quedado en claro hace varias décadas que no existen universidades y que todo lo que lleva ese nombre por estos pagos es una simple estafa. Y con respecto a lo segundo, las cifras se han encargado de demostrar que es sólo una vulgar falacia. Sin embargo, ele ejecutivo les continúa llenando la panza a los seudo académicos, hecho que ha generado la errónea percepción en la gente común, de que estos planteles son públicos.
Lo peor, es que quienes aseguran ser los mejores, y que no se orientan por alguna lógica mercantilista, son los que rematan este estatus de desigualdades sociales que se refleja de manera dramática en la educación. Con esa propaganda -que parte además de un convencionalismo de la masa-, le aseguran a sus educandos los más importantes puestos de trabajo al egresar, mientras que sus símiles de entidades tachadas de privadas -lo digo así porque en la práctica se transforma en un mote despectivo-, deberán resignarse a un empleo de poca monta que ni siquiera concordará con lo que estudiaron. Todo ello avalado por el Estado, que alimenta esta farsa con el dinero de los contribuyentes. Por supuesto, que tal orden de cosas es defendido por los miembros del Consejo de Rectores, que insisten en ser el receptáculo natural de los jóvenes de extracción más modesta, precisamente por el tema de los subsidios. Un círculo vicioso que en última instancia los beneficia a ellos, pues además de los pagos que reciben de los alumnos ricos (mermados gracias a los créditos y becas, que el mismo ejecutivo se encarga de solventar), están las donaciones de sus padres y la futura devolución de los préstamos, que por tratarse de casos especiales se efectúa de forma amortizada (el famoso "fondo de crédito solidario"). Si le sumamos la opción que tienen los académicos de involucrarse con el círculo social de los empresarios acaudalados, tenemos que el negocio es redondo.
Cada vez que se dan a conocer los problemas de segregación social que existen al momento de entrar a la universidad, los dirigentes de las tradicionales -incluidos rectores y presidentes de federaciones estudiantiles- insisten en que el gobierno de turno no hace esfuerzos por cambiar las condiciones imperantes. Mientras, en esos planteles los aranceles son aumentados de manera exponencial e irracional. Para colmo, y amparados en los prejuicios antes mencionados, piden con descaro que les otorguen más recursos monetarios, recordándole al ejecutivo su posición de privilegio, emanada de un mero prejuicio que no se ajusta a la realidad. Ellos, en cambio, son los perfectos, los cerebros "superiores" que lucharon contra la dictadura y a quienes no se les puede tocar porque preparan a los próximos dirigentes del país y además reúnen dentro de sus claustros el conocimiento nacional. Autonomía universitaria, le dicen. Más aún, si cada cierto tiempo nos recuerdan con voz lastimosa que en Chile los pobres no pueden acceder a sus ofertas, y que viven soportando las depresiones intelectuales de café y vino de exportación, frente a unos hijos de papá que para consolarles, deciden emborracharse junto con ellos.
Son datos que ponen, al menos debieran poner, un manto de duda sobre los convencionalismos sociales que existen acerca de las universidades calificadas como tradicionales, ese cártel elitista y excluyente que se hace llamar Consejo de Rectores. Para empezar, se les entrega una mayor cantidad de recursos monetarios con el propósito de que sean distribuidos entre los estudiantes, en forma de becas y créditos fiscales. Los muchachos que ingresan a estas entidades, adicionalmente, cuentan con bastantes ventajas en tal sentido, pues son los primeros en recibir dichos beneficios, en muchas ocasiones, de manera directa desde el Estado. A todo eso debe añadirse los dineros que se entregan a partir de fondos externos, como el Aporte Fiscal Indirecto (AFI), destinado a financiar proyectos de investigación, y al que si bien pueden postular igualmente las instituciones "privadas", por lo general se lo ganan las del club exclusivo. Similar a lo que ocurre con asignaciones concursables de entidades como el Fondart, los FNDR y un largo etcétera. ¿Por qué tantos privilegios? Porque se supone que son organizaciones capaces de ofrecer una enseñanza de mejor calidad, aparte de que, por el asunto de los auxilios estatales, debieran albergar en su seno a personas de distintos estratos sociales. Ni lo uno ni lo otro. En Chile ha quedado en claro hace varias décadas que no existen universidades y que todo lo que lleva ese nombre por estos pagos es una simple estafa. Y con respecto a lo segundo, las cifras se han encargado de demostrar que es sólo una vulgar falacia. Sin embargo, ele ejecutivo les continúa llenando la panza a los seudo académicos, hecho que ha generado la errónea percepción en la gente común, de que estos planteles son públicos.
Lo peor, es que quienes aseguran ser los mejores, y que no se orientan por alguna lógica mercantilista, son los que rematan este estatus de desigualdades sociales que se refleja de manera dramática en la educación. Con esa propaganda -que parte además de un convencionalismo de la masa-, le aseguran a sus educandos los más importantes puestos de trabajo al egresar, mientras que sus símiles de entidades tachadas de privadas -lo digo así porque en la práctica se transforma en un mote despectivo-, deberán resignarse a un empleo de poca monta que ni siquiera concordará con lo que estudiaron. Todo ello avalado por el Estado, que alimenta esta farsa con el dinero de los contribuyentes. Por supuesto, que tal orden de cosas es defendido por los miembros del Consejo de Rectores, que insisten en ser el receptáculo natural de los jóvenes de extracción más modesta, precisamente por el tema de los subsidios. Un círculo vicioso que en última instancia los beneficia a ellos, pues además de los pagos que reciben de los alumnos ricos (mermados gracias a los créditos y becas, que el mismo ejecutivo se encarga de solventar), están las donaciones de sus padres y la futura devolución de los préstamos, que por tratarse de casos especiales se efectúa de forma amortizada (el famoso "fondo de crédito solidario"). Si le sumamos la opción que tienen los académicos de involucrarse con el círculo social de los empresarios acaudalados, tenemos que el negocio es redondo.
Cada vez que se dan a conocer los problemas de segregación social que existen al momento de entrar a la universidad, los dirigentes de las tradicionales -incluidos rectores y presidentes de federaciones estudiantiles- insisten en que el gobierno de turno no hace esfuerzos por cambiar las condiciones imperantes. Mientras, en esos planteles los aranceles son aumentados de manera exponencial e irracional. Para colmo, y amparados en los prejuicios antes mencionados, piden con descaro que les otorguen más recursos monetarios, recordándole al ejecutivo su posición de privilegio, emanada de un mero prejuicio que no se ajusta a la realidad. Ellos, en cambio, son los perfectos, los cerebros "superiores" que lucharon contra la dictadura y a quienes no se les puede tocar porque preparan a los próximos dirigentes del país y además reúnen dentro de sus claustros el conocimiento nacional. Autonomía universitaria, le dicen. Más aún, si cada cierto tiempo nos recuerdan con voz lastimosa que en Chile los pobres no pueden acceder a sus ofertas, y que viven soportando las depresiones intelectuales de café y vino de exportación, frente a unos hijos de papá que para consolarles, deciden emborracharse junto con ellos.
miércoles, 12 de enero de 2011
Secuestrado Por Los Esbirros de Freud
Un hecho lamentable ocurrió en una casa particular de la comuna de Providencia. Allí, un hombre de aproximadamente cincuenta años, armado con un miserable revólver, se atrincheró con el fin de protegerse de un anillo de seguridad formado por un contigente de fuerzas especiales de carabineros, además de sus propios familiares y de los periodistas curiosos que nunca faltan. Querían sacarlo del domicilio, del cual es propietario, para encerrarlo, no en una cárcel, pues no había cometido delito alguno, sino a un manicomio, porque unos sicólogos decidieron diagnosticarle esquizofrenia, o cualquiera de esas supuestas enfermedades de nombre rimbombante y significado amplio con las cuales dichos personajes pretenden pasar por médicos. El varón, de manera encomiable, mantuvo su dignidad cuanto pudo; pero al final se vio obligado a entregarse, ya que las vacas sagradas de blanco parece que tienen hasta la ley de su lado, al punto que si continuaba resistiendo ponía en riesgo la vida.
De acuerdo con las normas elementales del Estado de derecho, los únicos que están facultados para retener a alguien contra su voluntad son los jueces y los policías, siempre que el sujeto afectado haya cometido algún delito estipulado en la legislación. Y dicha acción se lleva a cabo mediante un procedimiento detallado de manera minuciosa y que se rige por normas muy específicas. El que además se le comunica a cada rato al afectado, que puede exigir explicaciones cuando así lo estime conveniente, y disponer de un abogado, facilitado por los mismos acusadores si él, por diversas causas, no es capaz de conseguirlo. Y si los responsables de su situación estiman que es necesario recluirlo, eso debe hacerse en un recinto destinado para estos incidentes, como una cárcel, o en su defecto, optar por el arresto domiciliario, el arraigo e incluso la mantención del sujeto en un hospital siquiátrico. Sin embargo, es menester que todo pase por un juez y un tribunal imparciales. Cualquier otra cosa se denomina secuestro, y es catalogado a su vez como un delito. Aunque los malhechores se justifiquen aseverando que es un paciente que requiere atención y que lo suyo es verdad científica (si bien en rigor estamos hablando de una seudociencia)
Resulta sorprendente, mejor dicho indignante, constatar que un colectivo de gamberros, sólo porque acuñan nombres de supuestas patologías, definidas de una manera igualmente exótica e inverosímil, luego se atribuye la potestad de raptar a un ciudadano de a pie e internarlo en sus propios establecimientos, donde imperan códigos establecidos por ellos mismos, sin la posibilidad siquiera de solicitar un debate. En términos simples, que repitan conductas que en el pasado fueron practicadas por infames organismos de seguridad como la tristemente célebre DINA. Y lo peor, que la población no reclame por estas anomalías. Pues, ¿quién garantiza que este hombre, ya encerrado y de seguro amarrado dentro del manicomio, un hecho que de por sí ya es irregular, no siga sufriendo atropellos a sus derechos humanos? Cabe recordar que en esos recintos, con el propósito de "calmar" a los exaltados -que en muchas ocasiones, en realidad sólo piden que se les explique por qué están allí-, se les suministran drogas contra su voluntad, lo que ya constituye una forma de tortura. Después, los seudo doctores se reservan la entrega de información acerca de los métodos que utilizan, pues los legos nunca los entenderían. Y ni hablar de cuestionarlos: a la primera ocasión en que uno les levanta la voz, de inmediato lo tachan de ignorante; y si se osa en insistirles, lo meten también al calabozo. Todo porque el pobre tipo no se tomó los fármacos a la hora designada. ¿Acaso estamos hablando de una falta legal?
Según lo que se comunicó a través de los medios de comunicación, el problema se habría originado en una disputa por la herencia, que el varón de marras mantiene con su hermano. Vaya el poco escrúpulo que tienen estos sátrapas, que corren a auxiliar al poderoso y hundir aún más al desposeído, cuando se trata de ganar unos centavos más. Retienen a un desamparado por tiempo indefinido, sin darle respuestas a nadie, y dejan a raya a su víctima gracias a las jeringas y las píldoras, que contienen sustancias aún más peligrosas que la marihuana o el opio, pero que cuenta con la autorización oficial. Ya viene siendo el momento de impedir que nos continúen metiendo el dedo en la boca, y asimismo de darles la pelea, que su "verdad científica", es el equivalente a la recta doctrina y la correcta moral católica, que en el pasado se imponía mediante la inquisición y la hoguera, o a la "salvación del comunismo", que permitió la represión y las desapariciones que hasta hoy lamentamos. No permitamos que una vez más, personajes oscuros se posen sobre nuestras cabezas y nos indiquen para dónde debemos marchar, so pena de acabar encerrado en una prisión informal.
De acuerdo con las normas elementales del Estado de derecho, los únicos que están facultados para retener a alguien contra su voluntad son los jueces y los policías, siempre que el sujeto afectado haya cometido algún delito estipulado en la legislación. Y dicha acción se lleva a cabo mediante un procedimiento detallado de manera minuciosa y que se rige por normas muy específicas. El que además se le comunica a cada rato al afectado, que puede exigir explicaciones cuando así lo estime conveniente, y disponer de un abogado, facilitado por los mismos acusadores si él, por diversas causas, no es capaz de conseguirlo. Y si los responsables de su situación estiman que es necesario recluirlo, eso debe hacerse en un recinto destinado para estos incidentes, como una cárcel, o en su defecto, optar por el arresto domiciliario, el arraigo e incluso la mantención del sujeto en un hospital siquiátrico. Sin embargo, es menester que todo pase por un juez y un tribunal imparciales. Cualquier otra cosa se denomina secuestro, y es catalogado a su vez como un delito. Aunque los malhechores se justifiquen aseverando que es un paciente que requiere atención y que lo suyo es verdad científica (si bien en rigor estamos hablando de una seudociencia)
Resulta sorprendente, mejor dicho indignante, constatar que un colectivo de gamberros, sólo porque acuñan nombres de supuestas patologías, definidas de una manera igualmente exótica e inverosímil, luego se atribuye la potestad de raptar a un ciudadano de a pie e internarlo en sus propios establecimientos, donde imperan códigos establecidos por ellos mismos, sin la posibilidad siquiera de solicitar un debate. En términos simples, que repitan conductas que en el pasado fueron practicadas por infames organismos de seguridad como la tristemente célebre DINA. Y lo peor, que la población no reclame por estas anomalías. Pues, ¿quién garantiza que este hombre, ya encerrado y de seguro amarrado dentro del manicomio, un hecho que de por sí ya es irregular, no siga sufriendo atropellos a sus derechos humanos? Cabe recordar que en esos recintos, con el propósito de "calmar" a los exaltados -que en muchas ocasiones, en realidad sólo piden que se les explique por qué están allí-, se les suministran drogas contra su voluntad, lo que ya constituye una forma de tortura. Después, los seudo doctores se reservan la entrega de información acerca de los métodos que utilizan, pues los legos nunca los entenderían. Y ni hablar de cuestionarlos: a la primera ocasión en que uno les levanta la voz, de inmediato lo tachan de ignorante; y si se osa en insistirles, lo meten también al calabozo. Todo porque el pobre tipo no se tomó los fármacos a la hora designada. ¿Acaso estamos hablando de una falta legal?
Según lo que se comunicó a través de los medios de comunicación, el problema se habría originado en una disputa por la herencia, que el varón de marras mantiene con su hermano. Vaya el poco escrúpulo que tienen estos sátrapas, que corren a auxiliar al poderoso y hundir aún más al desposeído, cuando se trata de ganar unos centavos más. Retienen a un desamparado por tiempo indefinido, sin darle respuestas a nadie, y dejan a raya a su víctima gracias a las jeringas y las píldoras, que contienen sustancias aún más peligrosas que la marihuana o el opio, pero que cuenta con la autorización oficial. Ya viene siendo el momento de impedir que nos continúen metiendo el dedo en la boca, y asimismo de darles la pelea, que su "verdad científica", es el equivalente a la recta doctrina y la correcta moral católica, que en el pasado se imponía mediante la inquisición y la hoguera, o a la "salvación del comunismo", que permitió la represión y las desapariciones que hasta hoy lamentamos. No permitamos que una vez más, personajes oscuros se posen sobre nuestras cabezas y nos indiquen para dónde debemos marchar, so pena de acabar encerrado en una prisión informal.
miércoles, 5 de enero de 2011
Niña Rica Muerta de Hambre
Si hay algo positivo que se puede extraer del último incidente protagonizado por Ximena Ossandón a la cabeza de la Junta Nacional de Jardines Infantiles (JUNJI), y que marcó el fin de su breve y a la vez bochornosa gestión en esa repartición pública: es que también existen las mujeres miserables y despreciables. Lástima que debimos soportar el advenimiento de un gobierno derechista para recordarlo, porque antes gran parte del país estaba obnubilado con la sonrisa huera de Michelle Bachelet, tras la cual fueron disimulados una serie de descalabros administrativos que todavía los chilenos estamos pagando, y entre los que se cuentan precisamente, las causas que remataron en el ascenso de los conservadores al poder. Pues la capacidad y la estulticia se reparten a tasas iguales entre ambos géneros, no importando la tendencia política de un determinado representante.
Sin embargo, el problema no radica en sus inefables y poco acertadas declaraciones, propias de una madre de nueve hijos que vive con holgura gracias a la excelente posición del marido, lo cual le permite no sólo darse el lujo de dejar de trabajar, sino también de delegar las responsabilidades de la crianza de su prole en un adecuado número de empleadas y sirvientas, permitiéndole asistir con regularidad a las reuniones pastorales para señoras de la clase alta, donde puede con total soltura y distensión su apoyo a la familia tradicional y luego su horror por el cada vez mayor número de parejas convivientes y hogares uniparentales. Tampoco en el sector político o social al que pertenece, ya que eso significaría discriminación. Menos en el hecho de que, durante las elecciones, haya realizado una labor encomiable en favor del candidato presidencial derechista, que a la postre le acarreó a este bastantes votos, mientras ella descuidaba su propia postulación parlamentaria, que finalmente perdió: alguien así merece ser retribuido independiente de la inclinación ideológica. La cuestión que ocasiona escozor, y en seguida repudio, es que califique de mediocre el sueldo de casi cuatro millones de pesos que durante nueve meses recibió por un cargo que utilizó con el único propósito de hacerse famosa y reconocida, tarea en la que por cierto sale bien evaluada. No debido a que antes haya vivido de rentas. Ni porque se trate de una rabieta infantil como reacción a su despido (en tal sentido, su actitud podría ser tachada de ridícula, pero más allá de eso sólo generaría compasión). Sino porque traiciona uno de los eslóganes más repetidos por su sector durante la campaña, y que les sirvió de gran manera para adjudicarse la legislatura.
Y es que la derecha ha insistido, incluso hasta el día de hoy, que la Concertación era una manada de pordioseros que buscaban los cargos públicos para mejorar su situación económica y su estatus social. Lo han recalcado varios ministros de la actual administración, como Ena Von Baer o Felipe Kast. La misma Ossandón lo deslizó en alguna entrevista. Por contraste, ellos, provenientes de sectores acomodados y por lo tanto con los líos pecuniarios resueltos, no debieran tener dificultades en "servir" antes que en "servirse". Más aún, si se trata de sujetos educados en los más prestigiosos colegios de monjas y curas, donde se instruye a los niños y jóvenes en la vocación del sacrificio. De acuerdo: el más bruto comprende que nadie se vuelca a trabajar sin recibir remuneración a cambio, y si ésta no es satisfactoria, efectuará las labores de la peor manera imaginable. Pero si estos sujetos, después que se presentaron a la opinión pública como superhéroes, caen en la cuenta de que la realidad no era tan maravillosa como se las pintaban en las clases de religión o en los comités voluntarios de verano, ¿no será más sano para ellos y los demás que reconozcan sus errores y rectifiquen el rumbo? No se les pide que renuncien ni mucho menos, sino que entiendan que la lógica de golpearse el pecho en la capilla del barrio en ciertas ocasiones no constituye la respuesta adecuada. Y es legítimo que los ciudadanos, hayan o no votado por ellos, les exijan rendiciones. Después de todo, confían en sus atributos, uno de los cuales es, o debiera ser, la honestidad.
Paradójicamente, una madre prolífica como la Ossandón necesitó de nueve meses, lo mismo que dura un embarazo, para notar que la administración pública es distinta a la manutención de una familia acomodada. Y eso, pese a que en ambos casos estuvo a cargo de niños. De seguro, sintió que había bajado de estrato social, y eso la asustó como le sucede a casi todos los ricos de este país, que tienen conciencia de que han obtenido su fortuna merced a la explotación de los obreros y a los muertos dejados por una atroz dictadura a la que prácticamente le rinden culto. Por eso aúllan de espanto cuando se asoman temas como la delincuencia, pues le tienen miedo a las hordas que en cualquier momento pueden llegar a su puerta reclamando lo que les pertenece y que ellos les han usufructuado. Y muchas veces, ese terror se oculta con el desprecio. El mismo que motivó a la directora de la JUNJI a tratar de borrachas descuidadas a las mujeres que dejaban a sus hijos en los jardines infantiles. Porque ellos, que siendo perfectos les han hecho mal al resto -lo que desconocen en público pero suelen admitir en privado-, imaginan que todos estamos dispuestos a dar la puñalada por la espalda al menor descuido y sin mediar provocación alguna.
Sin embargo, el problema no radica en sus inefables y poco acertadas declaraciones, propias de una madre de nueve hijos que vive con holgura gracias a la excelente posición del marido, lo cual le permite no sólo darse el lujo de dejar de trabajar, sino también de delegar las responsabilidades de la crianza de su prole en un adecuado número de empleadas y sirvientas, permitiéndole asistir con regularidad a las reuniones pastorales para señoras de la clase alta, donde puede con total soltura y distensión su apoyo a la familia tradicional y luego su horror por el cada vez mayor número de parejas convivientes y hogares uniparentales. Tampoco en el sector político o social al que pertenece, ya que eso significaría discriminación. Menos en el hecho de que, durante las elecciones, haya realizado una labor encomiable en favor del candidato presidencial derechista, que a la postre le acarreó a este bastantes votos, mientras ella descuidaba su propia postulación parlamentaria, que finalmente perdió: alguien así merece ser retribuido independiente de la inclinación ideológica. La cuestión que ocasiona escozor, y en seguida repudio, es que califique de mediocre el sueldo de casi cuatro millones de pesos que durante nueve meses recibió por un cargo que utilizó con el único propósito de hacerse famosa y reconocida, tarea en la que por cierto sale bien evaluada. No debido a que antes haya vivido de rentas. Ni porque se trate de una rabieta infantil como reacción a su despido (en tal sentido, su actitud podría ser tachada de ridícula, pero más allá de eso sólo generaría compasión). Sino porque traiciona uno de los eslóganes más repetidos por su sector durante la campaña, y que les sirvió de gran manera para adjudicarse la legislatura.
Y es que la derecha ha insistido, incluso hasta el día de hoy, que la Concertación era una manada de pordioseros que buscaban los cargos públicos para mejorar su situación económica y su estatus social. Lo han recalcado varios ministros de la actual administración, como Ena Von Baer o Felipe Kast. La misma Ossandón lo deslizó en alguna entrevista. Por contraste, ellos, provenientes de sectores acomodados y por lo tanto con los líos pecuniarios resueltos, no debieran tener dificultades en "servir" antes que en "servirse". Más aún, si se trata de sujetos educados en los más prestigiosos colegios de monjas y curas, donde se instruye a los niños y jóvenes en la vocación del sacrificio. De acuerdo: el más bruto comprende que nadie se vuelca a trabajar sin recibir remuneración a cambio, y si ésta no es satisfactoria, efectuará las labores de la peor manera imaginable. Pero si estos sujetos, después que se presentaron a la opinión pública como superhéroes, caen en la cuenta de que la realidad no era tan maravillosa como se las pintaban en las clases de religión o en los comités voluntarios de verano, ¿no será más sano para ellos y los demás que reconozcan sus errores y rectifiquen el rumbo? No se les pide que renuncien ni mucho menos, sino que entiendan que la lógica de golpearse el pecho en la capilla del barrio en ciertas ocasiones no constituye la respuesta adecuada. Y es legítimo que los ciudadanos, hayan o no votado por ellos, les exijan rendiciones. Después de todo, confían en sus atributos, uno de los cuales es, o debiera ser, la honestidad.
Paradójicamente, una madre prolífica como la Ossandón necesitó de nueve meses, lo mismo que dura un embarazo, para notar que la administración pública es distinta a la manutención de una familia acomodada. Y eso, pese a que en ambos casos estuvo a cargo de niños. De seguro, sintió que había bajado de estrato social, y eso la asustó como le sucede a casi todos los ricos de este país, que tienen conciencia de que han obtenido su fortuna merced a la explotación de los obreros y a los muertos dejados por una atroz dictadura a la que prácticamente le rinden culto. Por eso aúllan de espanto cuando se asoman temas como la delincuencia, pues le tienen miedo a las hordas que en cualquier momento pueden llegar a su puerta reclamando lo que les pertenece y que ellos les han usufructuado. Y muchas veces, ese terror se oculta con el desprecio. El mismo que motivó a la directora de la JUNJI a tratar de borrachas descuidadas a las mujeres que dejaban a sus hijos en los jardines infantiles. Porque ellos, que siendo perfectos les han hecho mal al resto -lo que desconocen en público pero suelen admitir en privado-, imaginan que todos estamos dispuestos a dar la puñalada por la espalda al menor descuido y sin mediar provocación alguna.
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