miércoles, 15 de diciembre de 2010

Detener Para Humillar

La indignación que produce el trato vejatorio por parte de Carabineros a un detenido mientras lo trasladan en un vehículo policial hasta la comisaría, por supuesto que sólo puede provocar indignación. Pero no por el hecho en sí, o porque se tenga la idea preconcebida de que la policía está para resguardar la seguridad de los ciudadanos más débiles y honestos. De hecho, cualquiera que cuente con el más mínimo conocimiento de cómo funciona la vida en las calles, sabe que existe la posibilidad de que los agentes abusen de los civiles que han arrestado, gracias al amparo que les otorga la legislación. Por lo que tal bochorno debe ocurrir a diario y también en este momento. Ello, a pesar de la cara de asombro que colocan los lectores de los noticiarios televisivos cada vez que repiten la grabación registrada por un teléfono móvil, en una extraña mezcla de hipocresía e ingenuidad.

Sin embargo, ¿es posible dar otras explicaciones de la conducta de los funcionarios policiales, aparte de las que son citadas hasta el hartazgo (protección legal y judicial, escaso nivel intelectual y cognitivo de los involucrados)? La verdad es que sí, en especial porque si hay sujetos que reúnen en un solo cuerpo los peores rasgos de una sociedad, ésos son los carabineros. Primero, está esa paranoia irracional e injustificable que la delincuencia provoca en los chilenos: al menos en los que poseen un cierto caudal económico o algún cargo político de votación popular. Y que las estadísticas han demostrado que es una preocupación absurda al nivel del ridículo. Tal situación ha dotado a los agentes públicos de una aura que los ha transformado en intocables, con todas las consecuencias que eso acarrea: penas especiales para quienes intentan agredirlos, credibilidad parcial a su favor en caso de conflictos, permisividad exagerada al momento de contener a manifestantes o a grupos exaltados. Además de aumento constante y sostenido de la dotación, que es surtida por los sectores de bajos ingresos, los mismos desde donde, según las encuestas que revelan la mencionada paranoia, provienen los malhechores.

Entonces podemos extraer una curiosa conclusión. El número de policías es excesivo para la cantidad de atracos que se suscitan en el país. Lo cual conlleva a imaginar que estamos repletos de funcionarios ociosos cuya única actividad es engordar en los cuarteles (lo último, comprobable con espantosa facilidad). Y que de puro aburrimiento -aparte de la impunidad- caen en la tentación de cometer fechorías o de entrometerse en redes que rozan lo ilegal. En este contexto, hace unos meses, otro reportaje televisivo mostró imágenes de carabineros que ejercían en una plácida localidad de la zona central, quienes motivados por la abulia, organizaban orgías en las cuales se paseaban a campo traviesa desnudos o con las vestimentas de las mujeres que invitaban al retén. Los que ahora han salido a la palestra, de seguro andaban buscando una fuente de entretención; y ansiosos por demostrar su poder -que temían se diluiría por la ausencia de maleantes- escogieron a un pobre hombre de mediana edad, adicto a las drogas y habitante de un barrio muy malafamado, para canalizar sus intenciones más viles. Alguien que sabían no les iba a oponer resistencia. Porque los indoctos y los bravucones sólo pueden hallar diversión en el más débil.

De una vez por todas salgamos a decirlo con la mayor fuerza. En Chile la delincuencia no es ningún problema, y cualquier discurso que propuge la tesis contraria sólo se puede tachar de irresponsable. Carabineros, al contrario de lo que se afirma en su himno, no corre tras el bandolero. Y no sólo porque los funcionarios sufran de sobrepeso. Su labor siempre ha sido contener la protesta social y la prueba de ello es la violencia con que disuelven las manifestaciones reivindicativas, mientras se muestran incapaces de retener a un caco común. El llamado "combate a la delincuencia" contiene elementos reaccionarios, clasistas y prejuiciosos, que tienden a calificar de maleante a todo aquel que sea pobre o exprese un pensamiento más o menos heterodoxo respecto al sistema político, económico y social. Que mira al pueblo con recelo, en definitiva. Aunque necesite a ese mismo pueblo para solventar su ideología, a entender por la extracción de los policías. La única forma que un ciudadano pedestre tiene de salvarse: volverse agente y así demostrar lealtad al patrón golpeando y torturando a sus propios hermanos.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Morir Antes de Ser Libre

La muerte de ochenta y tres reos en un incendio en la sobrepoblada y hacinada cárcel de San Miguel, más allá de la conmoción que puede provocar en la opinión pública, no es sino la muestra más extrema, pero por lo mismo más nítida, de la política penitenciaria chilena. Ésa donde lo único que puede salvar a la nación es encerrar a todo aquel que tenga cara, ideas o condición social de sospechoso: en resumidas cuentas, el que es pobre, viste de una manera informal o expresa de tarde en tarde su descontento con el sistema social y económico imperante. Emergencia mesiánica que se ha traducido en la promulgación de absurdas leyes punitivas en las últimas dos décadas de democracia, y especialmente a partir del año 2000, como la persecución al pequeño narcotráfico -que casi siempre no pasa de ser un insignificante consumo de drogas-, a la venta de discos piratas o a quienes manipulan fuegos artificiales. Que, hasta cierto punto, vienen a remplazar a los apremios contra disidentes en la época de la dictadura militar, además de determinados resabios que siguieron bastante más allá de su finalización, como la detención por sospecha. Incluso, ciertos atributos que las policían han venido adquiriendo con el tiempo, pueden compararse a los secuestros y reclusiones sin juicio llevadas a cabo por agentes de la tiranía.

Fuera de que también ha develado, de una manera trágica pero previsible, la orientación clasista que conduce al aparato judicial y penal chileno, incluso en la situación interna de los presos. Pues la cárcel siniestrada -que el mismo presidente calificó como inhumana-, y en particular el pabellón donde acaeció la catástrofe, estaba ocupado por reos de baja peligrosidad o que habían sido atrapados por primera vez, quienes vivían amontonados en un espacio muy reducido, propensos a generar incidentes violentos -riñas, motines- por disputar unos cuantos metros, lo cual siempre acaba en situaciones delicadas como la que se sucedió ahora. Es decir no eran de esos criminales que cometen delitos "de alta connotación social" como homicidios, violaciones o asaltos agresivos a viviendas particulares. En cambio, habían infringido alguna de las inefables prohibiciones descritas en el párrafo anterior, o se habían visto envueltos en quebrantamientos de poca monta que -en base a la tendencia al encierro imperante- en el último tiempo empezaron a ser sancionados con mayor celo. Y que por ende no necesitaban medidas adicionales de seguridad, como permanecer retenido en una celda más amplia y con un número más alto de guardias a fin de evitar la fuga o el suicidio, pero que en casos de emergencia son muy útiles para preservar la integridad física del custodiado. De hecho, a los malhechores tildados de sicópatas, asesinos múltiples o desquiciados sexuales, por esos mismos ítemes, a veces se les reserva un piso entero en algún reciento, aumentando el hacinamiento y el descontento entre los demás habitantes.

Entonces, de cierta manera y en clave negativa, los delincuentes más infames pasan a ser los más importantes cuando caen a prisión, ocasionando la paradoja de que se transforman en una joya que requiere más cuidado, mientras sus compañeros que son simples monreros o vendedores de material fonográfico falsificado, por pertenecer al montón y no destacar en la prensa -en este caso en la crónica roja- son en un sentido menospreciados y apenas se les otorgan los servicios elementales. Ante la ausencia de fortuna pecuniaria, la fama se transforma en un factor que llama la atención. Y en un lugar donde aparecer en televisión puede significar la línea entre la eterna miseria y una gloria que puede extenderse más allá de los quince minutos, los peores criminales pueden valerse de la condena social y revertirla como un triunfo mediático. Hasta en el más repugnante de los desprecios cabe un toque de diferenciación si uno se desenvuelve en un país donde el éxito y la competencia inmisericorde -que motivan la delincuencia- son antecedentes que sirven incluso para catalogar a
una persona de buena o mala. En consecuencia, estos casos causan una admiración en forma inversa. También entre sus custodios, que los vigilan con especial celeridad.

No sólo el pobre o el débil es la víctima más frecuente del armatoste judicial. Pues éste, si ha sido atrapado en sus redes, tiende a sufrir una doble discriminación tratándose de un reo de poca monta. Tal vez, lo acontecido en San Miguel revierta la situación y provoque una conmiseración entre la sociedad y aquellos a quienes odia. Aunque eso se vislumbra difícil, pues no pocos han aseverado que lo padecido por estos reclusos es un justo castigo. Además de que las autoridades ya han prometido construir mejores cárceles, lo que debe leerse por "más", ya que pese a los anuncios, nunca se cierran los agujeros que se supone ya están remplazados. Si le han puesto énfasis en la rehabilitación, bueno sería que creasen colonias penales de trabajo, en sectores medianamente apartadas de la cordillera o el litoral. Son más baratas y a la larga generan ganancias, pues los internos están produciendo. Pero como este gobierno insiste hasta el cansancio con la fortaleza como dote de mando, parece muy difícil que tome una iniciativa que en la mentalidad de sus funcionarios es sinónimo de cobardía.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Proteger a las Masas de Hierro

Parece que cada vez que se ataca a un carabinero la ciudadanía debe temer. Pero no a una mayor violencia de parte de los delincuentes, sino a los virtuales endurecimientos de penas que las autoridades aprovechan de anunciar como respuesta a estos incidentes. Y cuando estos días, la prensa informa con celeridad de la agresión a un policía uniformado de parte de un ebrio -quien casi le cercenó el gaznate con un cuchillo; y aunque no lo mató, su acción forzó a que en el hospital el agente sea conectado a un respirador mecánico-, las reacciones acaloradas de todos los sectores políticos no se dejaron esperar. De hecho el propio ministro del interior anticipó el envío, precisamente, de un proyecto de ley que aumenta las condenas para quienes maltraten a los abnegados y temerarios representantes de la llamada fuerza pública. Como si no bastara con el ordenamiento vigente, que protege a estos sujetos incluso cuando son ellos los que cometen abusos (lo cual se da en la mayoría de las ocasiones), dándoles el amparo hasta de la infame justicia militar.

Desde luego que la labor de los policías es importante dentro de la sociedad. Y por supuesto, asesinar a uno no debe salir gratis. Fuera de que es un cierto tipo de delincuente el que tiene la osadía de enfrentarse a ellos. No sé si el más peligroso, pero sí uno con determinación a la hora de conseguir sus propósitos. Sin embargo, a renglón seguido notamos que el agente de seguridad cuenta con varias ventajas al momento de repeler a un caco, las cuales no posee el resto de los ciudadanos. Primero, está físicamente protegido con escudos, ropas a prueba de balas y artilugios blindados, como cascos, canilleras y rodilleras. Luego, dispone de su arma de servicio que se le ha entregado después de un entrenamiento formal e impulsado por el Estado, lo cual será siempre será más conveniente frente a un malhechor que sólo cuenta con preparación irregular y autodidacta. Y en última instancia cuenta con el cuerpo legal que por definición tiende a creerle a él. Es, finalmente, una persona con acabados conocimientos en lo que administración de la violencia se refiere, y que además es el único autorizado para ejercerla, aunque sólo sea en una coyuntura específica. Por ende, un tipo que se puede defender y que no necesita de consideraciones especiales que rocen con derechos fundamentales de los demás individuos. Más racional y más justo, es aumentar las penalizaciones contra aquellos que agredan a niños, ancianos o minusválidos, o bien incentivan la discriminación hacia quienes pertenecen a una minoría, ya fuere social, racial o sexual. Aspectos éstos, en los cuales estamos fallando en Chile, pues a pesar de haberse puesto en el tapete, por ejemplo el abuso infantil en ciertas ocasiones le reporta al victimario menos de cinco años de cárcel.

La cuestión además no resiste ningún análisis. Si a un carabinero o un detective lo matan simplemente es por tonto. El tipo cuenta con todas las herramientas que le permiten ganar esta clase de combates, incluso después de fallecer. Por eso es incorrecto hablar de héroe cuando un policía es asesinado mientras trata de impedir un asalto. Mártir quizá. Pero de todas maneras, uno del montón, indeseable, ya que no debiera existir si atendemos a las atribuciones que se desprenden de su trabajo. Es un obrero mediocre, para expresarlo con palabras sencillas. Y continuar blindándolo, ya con normativas que se tornan preocupantes por sus características, no es sino una estrategia para esconder su ineficiencia. Al respecto, cabe recordar que la labor más notoria de los carabineros no es frenar un atraco, sino reprimir las protestas callejeras, en lo que se suele denominar "mantención del orden público". La sensación que siempre despiertan en la población, es que son muy eficaces a la hora de golpear a manifestantes que sólo tienen la intención de expresar sus puntos de vista, mientras son sobrepasados por los criminales más peligrosos, antes quienes responden con vergonzosa cobardía.

A Carabineros se le dota cada año de vehículos más nuevos y más potentes, ya se trate de automóviles -para las patrullas-, tanquetas, helicópteros o trajes blindados. Son además una policía con preparación militar. La verdad es que ninguno de ellos debería acabar muerto o herido de gravedad en un enfrentamiento con delincuentes. Y si suele ocurrir lo contrario, algo está fallando al interior de la institución. Por eso lo que corresponde es revisar su estructura interna, en lugar de dirigir la mirada inquisidora contra los ciudadanos pedestres que recurren a sus miembros y que por ende no tienen la intención de causarles daño. Más aún: muchos homicidos a agentes de seguridad en actos de servicio, guardan una estrecha relación con la calidad del material que emplean en su protección. Nada de esto se podrá solucionar construyendo una suerte de casta intocable -que no es y jamás será la más alta-, que en lugar de defender a los débiles, los trate como enemigos y seres inferiores, que para el caso es lo mismo.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

El Estado Que Nadie Quiere

Uno puede estar en desacuerdo con el régimen vigente en la RPD Corea. Puede reprobar, con argumentos atendibles, su actuación en materia tanto de política interna como internacional. Incluso puede opinar de manera apresurada y afirmar, con el dedo acusatorio de quien trata de pasar por adalid de la democracia y los derechos humanos, que allí se vive una dictadura atroz, mantenida por una auténtica dinastía informal. Pero lo que no se debe hacer es alentar los impulsos imperialistas de Estados Unidos, que ya sabemos de sobra en lo que acaban. No al menos, sin antes conocer la totalidad de las causas que llevan a una situación de tensión y por ende a una amenaza de guerra. Justamente, para evitar que dicho evento se produzca. Y eso es válido también para el caso de un incidente tan grave como el acaecido en estos días, donde las autoridades de ese país comunista bombardearon una isla de su vecino del sur, de tradición republicana -que en el pasado albergó sus propias tiranías, aquí de carácter derechista, que no dejaron por eso de cometer atropellos- y aliado incondicional de los norteamericanos. Precisamente por lo que se ha venido afirmado hasta acá, ya que después de todo, la acción bélica responde a una provocación: los constantes y agresivos ataques verbales que el presidente de la R. Corea ha escupido contra su par norcoreano, que se han retroalimentado de una fuerte y exagerada campaña diplomática, y de acciones poco deseables como los próximos ejercicios militares conjuntos que se llevarán a cabo cerca de la zona fronteriza, precisamente con la federación yanqui.

Está de más reiterar que la península de Corea, en términos técnicos, permanece en guerra a pesar de que las hostilidades armadas en ese lugar del mundo cesaron en 1953, pues eso se consiguió con una tregua, un tipo de acuerdo que por definición es momentáneo, y no con un tratado, que sí tiene un carácter conclusivo. La idea en las mentes de los líderes internacionales que ayudaron a la firma de esa pacificación transitoria, era que un futuro no muy lejano ambas entidades se unificaran y siguieran la lógica del Estado nacional. Pero ese enfrentamiento significó el punto de partida de la llamada Guerra Fría, y las dos potencias imperantes de entonces, la Unión Soviética y Estados Unidos, desplegaron todos sus esfuerzos en proteger a su correspondiente aliado. Pasaron casi cuarenta años, y cayó el muro de Berlín y el comunismo se desmembró. En Europa aconteció la mal denominada reunificación alemana, pues en realidad la RDA, sin una metrópoli que la cobijara, terminó siendo absorbida por la antigua RFA, que expandió sus propios estatutos jurídicos al nuevo territorio. Algún tiempo después, en el Medio Oriente, Yemen Árabe y Yemen Democrático imitaron el ejemplo germano y se fusionaron, a pesar de que no había un antecedente sólido acerca de un Yemen único, e incluso las dos estructuras se independizaron en forma separada. Faltaba entonces el aporte del Sudeste Asiático. Y como se trataba de una región muy emblemática, y los coreanos del norte habían apoyado al bando perdedor, la lógica indicaba que el régimen estalinista debía rendirse y aceptar una auténtica anexión a sus antiguos rivales quienes, además, se acercaban más al principio del Estado-nación, muy alejados de una construcción ideológica y en seguida ajena a la naturaleza del hombre (un factor de peso en la cultura oriental, por lo demás) que se ofrecía al otro lado del paralelo 38.

Un pensamiento que no repara en una consideración nada desdeñable. En este ya medio siglo y fracción de historia, la RPD Corea ha sido capaz de crear una conciencia de territorio soberano, lo cual le permite exigir a la comunidad internacional y a sus símiles étnicos del sur, el derecho a existir como país viable y respetable. Por desgracia, el manido concepto del Estado nacional, que ha ocasionado tantos sinsabores en otras latitudes (transformándose, por la testarudez de sus defensores, muchas veces en "Estado fallido"), no permite que se obre de acuerdo a lo que se desprende del análisis más elemental: que hay dos países con el potencial de asumir el nombre Corea. Hay que admintir que un Estado puede ser religioso, ideológico o incluso comercial, y ejemplos a nivel mundial abundan: Vaticano, Pakistán, Mónaco, Brunéi, por citar algunos. Fuera de que, si un gobierno o una sucesión de mandatos consigue crear un sentimiento de pertenencia entre sus ciudadanos, entonces bien puede pasar como nación. De hecho, retomando lo sucedido en Alemania, ahora mismo conviven en Europa otros dos Estados germánicos: Austria y Liechtenstain, a quienes es posible añadir la zona de habla teutona de Bélgica y los cantones alamánicos de Suiza (todas entidades que gozan de amplia autonomía). Pero aún: los habitantes de la extinta RDA se sienten extranjeros en el orden actual y continúan corriendo por aguas paralelas a los antiguos occidentales. Las purgas hacia la RPD Corea en realidad surgen al confudir los vocablos nación y nacionalismo, esto último bien asimilado en el sur, producto de las cruentas dictaduras de dicho signo mencionadas anteriormente, y que cometieron atrocidades sobre las cuales los estadounidenses supieron hacer la vista gorda.

Desde luego que aquí se puede esconder una intención de los dragones mercantilistas sudcoreanos -y de paso, de las sanguijuelas empresariales norteamericanas-, por apoderarse de un territorio que les ofrece una buena cantidad de consumidores, ávidos de adquirir lo que siempre falta en un régimen comunista. Pero para Estados Unidos hay una motivación adicional: su crisis económica -que lo tiene al borde de perder su hegemonía mundial- y el desprestigio popular que está enfrentando su presidente Barack Obama. Y aquí cabe una elucubración muy interesante: mientras ellos son aliados de la R. Corea, la RPD Corea mantiene lo propio con China, precisamente el país que le está quitando su lugar a los gringos. Una situación que se asemeja a la experimentada en la época de la Gran Depresión, cuando los nazis, los fascistas y los japoneses recuperaron la estabilidad que los norteamericanos no podían conseguir. Hasta que acaeció el ataque a Pearl Harbour, que justificó la entrada de los EUA a la Segunda Guerra Mundial, que significó un empuje definitivo gracias al auge de la industria bélica. Se aniquiló a Hitler basándose en su concepción de los judíos, siendo que los yanquis eran casi tan antisemitas e incluso tenían fluidos contactos con el Tercer Reich. Hoy se da una coyuntura similar: China es una tiranía sanguinaria, y la India, la otra gran esperanza financiera, ha optado por solidificar su sistema de castas más allá de las elecciones periódicas. No vaya a ser que estos admirables gigantes asiáticos se tornen de la noche a la mañana en monstruos que es urgente borrar de los mapas.

jueves, 18 de noviembre de 2010

La Revancha del Feminismo Fascista

Son curiosas las aparentes contradicciones que se dan entre la reciente campaña publicitaria desplegada por el Servicio Nacional de la Mujer (SERNAM), y el rechazo que entre algunas féminas provocan las políticas prácticas que la actual administración derechista pretende implantar en esa repartición pública. En el primer caso, nos encontramos con un grupo de anuncios televisivos que sanciona de manera clara y contundente ciertas odiosas conductas de dominación masculina en la relación conyugal -agresiones verbales y físicas contra la pareja, rechazo a la posibilidad que ésta se incorpore al campo laboral-, recurriendo sin tapujos al insulto y al estereotipo -se trata a los varones, en términos generales y con escasos escrúpulos, de maricones y cavernarios, de acuerdo al caso respectivo-. Sin embargo, al reverso tenemos a una institución criticada por quienes han abordado dichas problemáticas en los últimos años, ya que estaría tomando medidas que según su opinión, serían contraproducentes. Por ejemplo, la propuesta de admitir en las casas de acogida para mujeres golpeadas a sus propios agresores, algo que ya se ha intentado en el pasado con resultados nefastos. Además de la insistencia en orientar el tratamiento de lo femenino en el marco de una visión conservadora y reaccionaria deudora del más recalcitrante tradicionalismo católico, lo cual se traduce en la concepción de la mujer como una esposa subyugada cuya prioridad esencial e irrenunciable debe ser la procreación.

Ignoro si estos comerciales fueron planificados en la legislatura anterior o si han sido diseñados y ejecutado bajo la orden del actual gobierno. De ser la primera opción, no se puede negar que al menos se intentó dar un giro novedoso a través de un tímido cambio de actitud. No obstante, dicha conducta no representa una ruptura con respecto a lo que venía ofreciendo el SERNAM en épocas recientes, entusiasmadas y envalentonadas sus dirigentes, por el hecho de que el 2006 una mujer accedió a la presidencia de la república. Cabe recordar que la anterior ministro, Laura Albornoz, intervino de manera enérgica el 2009 para impedir la difusión de otra campaña publicitaria de origen estatal, ahora emanada desde el Instituto Nacional de la Juventud con el propósito de incentivar a los jóvenes a inscribirse en los registros electorales y de ese modo ejercer su derecho a sufragio, porque en un afiche aparecía una recepcionista de un "café con piernas" con la vestimenta de trabajo que usan las empleadas de tales sitios. Lo cual logró, pues los aludidos, por órdenes superiores, se vieron obligados a retirar no sólo el vapuleado cartel, sino todo el material de la mentada campaña. Antes, la misma persona había intentado frenar la divulgación en televisión de la propaganda de una cerveza, por considerar también que degradaba a su género, aunque esa vez no tuvo éxito (se trataba de una empresa privada). Por ende, estamos en presencia de unos niveles de agresividad que ya cuentan con antecedentes. Ahora, si los mensajes son única responsabilidad de quienes asumieron a principios del 2010, la verdad es que no presentan ninguna diferencia con la conducta clásica de los conservadores criollos: tendencia a señalar con el dedo a quien de acuerdo a su criterio lo hace mal, preocupación por el castigo antes que la rehabilitación, condena lapidaria e irrefutable mediante el uso del escupitajo y la humillación.

Porque si bien los comerciales pueden tener un dejo humorístico -mecanismo que en determinadas ocasiones es más eficaz al momento de apabullar que la corrección seria y airada-, no por ello dejan de mostrar una intención de desacreditar al otro valiéndose de la discriminación en base a prejuicios y frases clichés semejantes a los vituperios racistas. Pues, y no es necesario ser un erudito para cuenta, todos sabemos que cuando una mujer trata a un hombre de troglodita o maricón, es equivalente a que un blanco llame mono a un negro. No se trata de una reacción desesperada de orgullo fálico ante un feminismo desatado. Sino de recordar que esos vocablos existen casi desde que se inventó el lenguaje y son empleados de manera irreflexiva en medio de acaloradas discusiones con el propósito de denostar al oponente y así quitarse un peso de encima. Quizá por temor a que se les responda con esos argumentos, es que los creadores de tales mensajes han optado que varones integrantes de la farándula sean quienes arrojen los insultos en la tanda televisiva (uno de ellos, homosexual confeso y que ha sabido sacar réditos de ello). De acuerdo: la violencia conyugal es inaceptable y debe ser detenida con la mayor dedicación posible. Pero la insistencia de trapear el suelo con el caído -muy propia de los reaccionarios atrincherados en el integrismo religioso-, aparte de que se contrapone con algunos proyectos mencionados en el primer párrafo, revela una búsqueda morbosa e irracional por el encarcelamiento y el castigo más insufrible, propio de aquellos que piensan que sus gobernados son una manada incapaz de controlar sus impulsos y que por ende necesitan un látigo que los enriele constantemente.

No faltará quien, analizando las características del actual presidente, afirme que estos comerciales constituyen una estrategia distractiva que pretende ocultar a la opinión pública las auténticas intenciones de las autoridades conservadores respecto del SERNAM y las políticas dirigidas hacia la mujer. Podría ser y existen pruebas en las cuales apoyar esta tesis. Sin embargo, en realidad las conductas que observamos en torno al tema dejan, como primera conclusión, que el ejecutivo sólo está mostrando una de las tantas facetas de su ideología. Populista y simpática si se quiere, pero que se condice a rajatabla con su concepción conservadora de la sociedad. Y que incluye la desfachatez de utilizar a las propias féminas para cumplir sus objetivos, de la misma manera que las convierten en sujetos de procreación o en muñecas de vitrina. Todo, con el fin de sumir a damas y varones bajo su aplanadora, para exprimirlos y quedarse ellos con los beneficios.

viernes, 12 de noviembre de 2010

El Toro Contra España

No han faltado quienes han llegado a justificar las inaceptables declaraciones de Joseph Ratzinger en su reciente visita a España. Valiéndose, para su defensa del papa, de argumentos rebuscados que intentan presentar como sesudos y convincentes. Y que, si los comparamos con incidentes anteriores protagonizados por esta clase de personajes, notamos que se trata de frases repetitivas que una vez despojadas de sus adornos, se caen por su propio peso antes de iniciar un debate. Pues, de nuevo se ha recurrido a eso de que en una democracia cualquiera tiene derecho a expresar lo que piensa y siente, se trate del sumo pontífice o del más anónimo de los ciudadanos. Y que son precisamente los grupos más anticlericales y los autodenominados progresistas, quienes han insistido en este punto. Curiosamente, los mismos que censuran a Benedicto XVI porque expone los puntos de vista retrógradas e intolerantes que ha sostenido la iglesia católica desde su fundación, pero que deben ser escuchados en un marco de respeto mutuo por aquellos que no comparten tales opiniones.

Esta auténtica falacia no toma en cuenta un factor muy esencial. Ratzinger es el máximo representante de un institución, como es la iglesia católica, bastante fuerte y poderosa en términos políticos, históricos, sociales, económicos y culturales. Que además tiene un Estado propio, el Vaticano, del cual el mismo papa es su gobernante, por lo que su arribo a cualquier otro país le otorga a su visita un carácter diplomático con todas las características de inmunidad que ello conlleva. Por ende cuenta con una posición privilegiada para lanzar sus diatribas, un pedestal del que al menos en tiempos de paz nadie lo va a defenestrar. Nadie se lo va a llevar detenido por alguna declaración poco escrupulosa o violentamente reaccionaria. Y en tales condiciones, no es difícil hacerse el valiente insultando a los homosexuales o alegando que "España, otrora bastión del catolicismo más ferviente, está viviendo una peligrosa ola de laicismo y de anticlericalismo" culpando de paso a una administración socialdemócrata prácticamente de crímenes contra la humanidad (o de pecados imperdonables, que en la parafernalia retorcida y falsamente teológica de sacerdotes y obispos, vienen a ser sinónimos). Legisladores que además fueron elegidos en elecciones democráticas, valga la redundancia. Tampoco es complicado, no llamar, sino exigir la vuelta a un romanismo tradicional, que en términos prácticos significa el retorno a una moralina mojigata y solventada en base a simples prejuicios aparte del exterminio de quienes osan desafiarla o rechazarla. Una situación que se dio en las épocas donde los curas dominaban las leyes civiles a través del miedo y la inquisición, y que eran todo menos instancias libres y democráticas.

Resulta incomprensible la actitud agresiva de quienes se horrorizan porque cientos de parejas homosexuales se besaron al paso de la comitiva papal, en protesta precisamente por las declaraciones de Ratzinger en contra de la aprobación de vínculos legales entre personas de tendencia gay, o más aún, en abierta reprobación de la existencia de tales ciudadanos. Estamos de acuerdo en que un conservador no tiene ningún motivo para inhibirse en sus críticas, tampoco un prelado católico desde luego. Pero si uno atiende al tono de los dichos de Benedicto XVI, notará de inmediato que su verborrea despliega un desmesurado sesgo de odio y violencia, el que tal vez esté matizado por tratarse de un anciano ataviado en pesadas y caras ropas; pero que no puede abandonar la rabia y la impotencia de alguien que encabeza una organización que menos de un siglo antes podía condenar a muerte a quien no la secundara en sus propósitos, y que ahora está resignada a observar cómo sus enemigos se ríen frente a su marcha y la ridiculizan. Sujetos éstos, que no los mueve el deseo de la venganza o del combate físico, ni siquiera la confrontación verbal, sino la búsqueda de la felicidad de acuerdo a lo que eligieron ser. De hecho, el acontecimiento más grave que dañó la supremacía de la autoridad pontificia, fueron aquellas manifestaciones, en circunstancias de que los escupitajos de Ratzinger, aplaudidos por los obispos que le acompañaban, daban para arrojar algunos huevos y tomates.

La España que añora Ratzinger es ésa de la dictadura de Franco, con toda la carga de opresión que una tiranía implica. A eso, y a otros sucesos tristes en el pasado de la península, fue lo que retrotrajeron los discursos papales. Etapas oscuras donde no había libertad, la misma que ahora reclaman los defensores del catolicismo para poder reproducir esas palabras resentidas, donde se recalca que los autoritarios tiempos del ayer eran mejores. Es la actitud del papismo: atacar, valiéndose de las investiduras de sus representantes más visibles, a fin de causar temor en la población pero especialmente en las autoridades. Como en América Latina, donde en cada sínodo demuestran su preocupación por el avance sostenido de las iglesias evangélicas, sin mirar la viga en su propio ojo ni mucho menos presentar propuestas que solucionen el problema, incluso en el ámbito de la captación de almas. No se dan cuenta que sus conductas ya no convencen, pues sólo los asusta la pérdida paulatina y a cada instante más notoria de poder.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Brasil Después de Lula

Tenían que haberse suscitado una serie de acontecimientos incomprensibles e inverosímiles para que Dilma Rouseff, la delfín de Luiz Inacio Lula Da Silva, no ganara los comicios celebrados hace unos días en Brasil. Y no se trata de explicar ese triunfo sólo en base a la intensa intromisión que el actual presidente del gigante sudamericano tuvo durante la campaña electoral (lo cual se agradece, si el poder queda en manos de una de las principales colaboradoras de su buen gobierno), ni a sus gestiones diplomáticas ante organismos internacionales que les están permitiendo hoy por hoy a los brasileños ufanarse de ser sede de las próximas versiones de los Juegos Olímpicos o del Campeonato Mundial de Fútbol. Muy por el contrario, la posibilidad de legarle a una correligionaria el poder se halla sustentada en un sinnúmero de políticas populares relacionadas con la justicia social, donde radican las virtudes del mandatario, pero también sus defectos, que a la postre fueron los puntos negativos de sus dos legislaturas. Todo un cúmulo de circunstancias que merecen ser analizadas con cierto detalle.

Primero, cabe señalar que la administración de Lula no difirió de cualquier socialdemocracia ordinaria, de ésas que los europeos nos tenían acostumbrados antes de que la recesión y la consecuente aparición de grupos xenófobos, sumado a su propia incapacidad de renovación y de adaptación, arrastrara a esos partidos al despeñadero. Sin embargo, Brasil es un país famoso, además del carnaval de Río y el libertinaje asociado a su condición de fiesta tropical, por su ancestral mala distribución del ingreso y sus morbosos bolsones de pobreza, de los cuales las favelas sólo constituyen una parte. La ayuda social del Estado siempre ha brillado por su ausencia, y la presencia más palpable de las entidades públicas en el entorno ciudadano siempre ha sido, incluso en la actualidad, la exagerada violencia con que los policías controlan el delito común. Eso sin contar los índices de corrupción entre las autoridades, especialmente graves en las zonas más aisladas o depauperadas. Por ello, un presidente que comenzó a entregar subsidios importantes entre los más desposeídos, que para el resto de la población importaban un carajo, y que para colmo los más acaudalados y hasta algunos antecesores veían como potenciales peligros a los que había que cortar de raíz (recuérdese los infames "escuadrones de la muerte"), fue a poco andar recibido como un héroe entre esas clases que no lo olvidemos, eran la mayoría en una nación de muchísimos habitantes. Un esfuerzo que no se tradujo en regalar sin más, pues las estadísticas confirman que en la última década Brasil ha reducido de manera considerable sus niveles de pobreza, algo que también ha sido determinante en la conservación de un sostenido crecimiento económico.

Sin embargo no todo es miel sobre hojuelas. La reciente crisis financiera demostró que el país, aunque es capaz de recuperarse en un plazo más o menos corto, empero se torna muy vulnerable a los vaivenes internacionales. Tampoco pudo frenar del todo la corrupción, al punto que miembros del propio partido de Lula en un momento se vieron involucrados en escándalos; aunque es preciso acotar, menores en comparación con lo sucedido en otras legislaturas, toda vez aquí los desfalcos fueron agrandados por un prensa malintencionada e interesada. Pero quizá si el punto donde el gobernante brasileño quedó con más débitos, fue justamente en la mencionada situación de la delincuencia y la manera de controlarla. No porque se haya suavizado la represión, algo que efectivamente ocurrió durante este mandato y que en base a los antecedentes sobre la policía descritos en el anterior párrafo, era deseable que aconteciera. El problema radica en que la violencia desmedida de los organismos oficiales no cesó del todo, y eso queda demostrado en películas como "Tropa de Élite". Aún los agentes penetran armados hasta los dientes a una barriada como si se tratase de una situación de guerra, disparando a ciegas a lo que se cruce por delante, con el pretexto de apresar a criminales o narcotraficantes que, si bien suelen esconderse en esos lugares, en determinados eventos amedrentan a los vecinos para que los protejan, pagando éstos finalmente los platos rotos. Y la agresividad de las instancias policiales ha llegado a tal extremo, que los cacos se sintieron motivados a formar una asociación, el Primer Comando de la Capital, de estructura muy similar a los movimientos guerrilleros o terroristas. Que un grupo de bandidos, personas que actúan siempre a título personal, que no responden a un paradigma idealista y que sólo se preocupan de sí mismos, conformen una agrupación para defender sus inquietudes comunes, revela un fracaso demasiado profundo, al menos en un aspecto puntual, de la sociedad y de quienes la dirigen.

Brasil es el país más grande de América Latina y Lula demostró que un partido de izquierda era capaz de gobernarlo y dejarlo mejor de como lo recibió. Supo sacarle provecho al gigante territorial que es, dándole una posición de prestigio que hizo que no se lo conociera sólo por el fútbol o el relajamiento sexual. Fue la revancha del obrero que empezó ajustando tornillos. Pero en fin: de grandes líderes de derecha o del Primer Mundo -Bush, Sarkozy, Berlusconi- se han destacado sus principales y a veces ridículos defectos -ignorancia, incapacidad para elaborar un discurso coherente, errores propios de un sabelotodo engreído- como una muestra de que se trata de gente común y corriente. Aunque a renglón seguido se recalca que estudiaron en Oxford o en Harvard. Desde luego: si eran comunes y silvestres hijitos de papá cuya familia tenía los recursos suficientes no sólo para pagar las diversiones del niño, sino enseguida para sobornar a los maestros de aquellas casas de estudios que siempre acababan aprobando a sujetos que no tenían empacho alguno en confesar que eran tan buenos juerguistas como pésimos estudiantes.