viernes, 15 de enero de 2010

La Peor de Las Derrotas

¿ Qué les parece? Ahora ocurre que algunos sondeos advierten de un repunte de Eduardo Frei, a menos de una semana del balotaje. Bueno: se trata de encuestas diseñadas por entidades vinculadas a ese sector político, en las cuales, éste ya ha aparecido con una adhesión algo más alta que el resultado en las elecciones. En Chile, hace rato que se dejó de creer en Papá Noel; pero a cambio, se confía ciegamente en el libre mercado, la iglesia católica, los sicólogos y... la Concertación. En estos momentos, el pacto oficialista queda en la misma situación que el seleccionado chileno durante las clasificatorias para Alemania 2006, tras la renuncia de Juvenal Olmos y los triunfos que, dirigido por el mediocre Nelson Acosta, ese equipo asestó a los debiluchos representativos de Bolivia y Venezuela. Y al igual que entonces, se destacan, con una manifiesta e intencionada sobrevaloración, algunos integrantes del equipo, como la hasta poco objetada, y siempre objetable, Carolina Tohá; o el niñato hijo de papá de Ricardo Lagos Weber.

En la Concertación se ilusionan con revertir la actual situación y en consecuencia lograr el milagro. O en su defecto, perder por escaso margen, para como consolación, decirle a la triunfante derecha que, frente a su ancestral autoritarismo, ellos siguen estando ahí y permanecerán por siempre ahí. Allá ellos. Pero retomando la analogía con el fútbol y en general con el deporte, entonces tenemos que la alianza gobernante se halla dispuesta a celebrar un triunfo moral, ésos que abundan en nuestra historia, no sólo atlética, y los cuales después nadie recuerda, excepto por la sensación de que se podía haber obtenido una victoria de verdad. El problema es que en este país, ya nadie sonríe con esos supuestos logros; más bien, indignan. Un cambio de mentalidad que se ha suscitado en estos últimos veinte años y cuyo gran impulsor han sido, justamente, las legislaturas de la Concertación, aunque como consecuencia no consciente e indirecta. Con su insistencia de vendernos a Chile como ejemplo mundial en cuanto a avances macroeconómicos se refiere, esto avalado por cifras interpretadas por ellos mismos, más los testimonios de personalidades extranjeras que piensan de manera más o menos uniforme: impulsó la creación dentro del territorio nacional de una cultura arribista, engreída y egocéntrica, de la cual, son muestra cuestiones aparentemente sin ninguna relación entre sí, como el endeudamiento, el auge del neonazismo, la mayor temeridad de las bandas delictuales o el matonaje escolar. En efecto, somos más agrandados, pero continuamos siendo igual de pusilánimes y mediocres. Tipejos que hablan oro y hierro de la boca hacia afuera, pero sólo para enorgullecerse de las conquistas de otros: los empresarios y magnates que han puesto sus negocios en el extranjero y que a ellos, que de profesional a auxiliar, no son más que sus trabajadores, además les pagan un sueldo miserable.

Hay que ser realistas porque hoy no su puede pedir lo imposible. Todos los indicios apuntan a que la Concertación perderá este diecisiete de enero. Atención: no que la derecha ganará, porque es el pacto gobernante quien durante todo este tiempo ( sigo haciendo analogías con el balompié) se ha anotado autogoles. Pero sin lugar a dudas, la peor derrota será la estrecha. Porque, al igual que en todos los triunfos morales, quedará la sensación de se debió hacer más. Luego, porque ante tras la frustración de haber quedado tan cerca, se deberá soportar a los partidarios del bando opuesto dando vítores por su presidente electo. Pues, no es necesario recordarlo, las victorias, pírricas o no, se celebran siempre con la misma alegría; y más aún, la sensación épica que ocasiona la ganancia apretada aumenta la disposición a dar vítores. Tampoco los conservadores se van a sentir inhibidos en sus planes si acceden a La Moneda con menos sufragios de los que sus cálculos proyectaban; incluso, también ahí podría operar la emotividad generada por el logro conseguido con esfuerzo. Mientras, los perdedores, que serán eso y no otra cosa, masticarán la rabia que ya tienen acumulada contra la Concertación, por haber participado en estos comicios con la peor opción posible, y en consecuencia, habiendo desperdiciado todas las posibilidades que tenía de ganar.

En la historia política contemporánea, y con ello reduzco el nivel de análisis a este siglo, sólo se ha dado un caso donde el resultado de una elección cuya tendencia se revirtió a pocos días de celebrarse, trayendo como consecuencia el triunfo de quien aparecía como derrotado en todas las encuestas. Se trata de lo ocurrido en España en 2004, donde las torpezas del derechista y populista José María Aznar tras los atentados del 11-M, donde acusó a diestra y siniestra a inocentes con el fin de defender su ideología, acabaron con la paciencia del pueblo quien le quitó el respaldo a su delfín y se inclinó por los socialdemócratas. Sin embargo, cabe señalar que ahí se dieron una serie de circunstancias que difícilmente acaecerían en el proceso chileno, menos en los escasos días que le restan. Sin contar que ésos fueron comicios de primera vuelta, en un país donde no existe el balotaje y en el cual quien accede al gobierno lo hace reuniendo los votos suficientes entre los diputados, que son electos paralelamente. Y por último, aunque Frei ganase de verdad, no habría nada que festejar, a entender por las características y el historial de él mismo, y el estado en que se encuentra la alianza que lo apoya.

jueves, 7 de enero de 2010

La Soledad del Liderazgo

En silencio y en su lecho de enferma, Soledad Alvear vio pasar el cadáver de su correligionario Eduardo Frei, que aunque haya pasado a la segunda vuelta, es sin lugar a dudas la mayor víctima de los comicios del pasado trece de diciembre. Me pregunto qué habrá sentido la Chol, al observar el descascaramiento político del ex presidente, el mismo que le dio el empujón definitivo a su meteórica carrera, cuyo fulgor fue tan repentino como efímero, al punto que hoy, hasta los adherentes más incondicionales de la Concertación ignoran qué fue de la otrora descollante ministro de relaciones exteriores y de justicia.

Tímidamente, Soledad Alvear fue la única fémina que formó parte del gabinete de Patricio Aylwin. Y para demostrar que veníamos recién saliendo de una dictadura, durante los cuatro años de ese mandato dirigió el Servicio Nacional de la Mujer, que producto de una serie de reformas promulgadas en 1990, fue elevado a ministerio. Luego, con el mencionado Frei a la cabeza, tomó la cartera judicial, cuestión que tampoco constituía un gran hito pues ahí Pinochet había instalado por años a Mónica Madariaga. Pero le correspodió conducir la reforma procesal penal, lo cual le acarreó tanto prestigio, que en el 2000, asumió como generalísima de la campaña de Ricardo Lagos en las elecciones de entonces, a fin de torcerle la mano al siempre reaccionario voto femenino, que se había inclinado mayormente por Joaquín Lavín, amenazando, hace ya diez años, con desembarcar a la derecha en La Moneda. Nuevamente cumplió su tarea: Lagos ganó y ella se adjudicó otra vez una cartera, la cancillería, desde donde coordinó la concreción de los tratados de libre comercio con la Unión Europea y Estados Unidos. Luego fue proclamada candidata presidencial de la Democracia Cristiana para la primaria de la Concertación, a pesar de los resquemores de los viejos tercios del partido. Aquí tuvo su primer tropezón, aunque se trató de una zancadilla externa: Adolfo Zaldívar, otro que soñaba con La Moneda, y a la sazón mandamás de la colectividad, convenció a un buen número de militantes para que se abstuvieran de participar en la candidatura, lo cual remató en la deserción de la Chol y en el hecho de que la Concertación se ahorrara una buena cantidad de recursos que iban a ser utilizados en las ahora inútiles primarias. Una serie de acontecimientos que, de manera indirecta, traerían insospechadas consecuencias algunos años después.

Personalmente, debo confesar que Alvear me gustaba para la primera magistratura bastante más que la inepta de Michelle Bachelet. Al menos, había demostrado habilidad y profesionalismo en los roles que se le asignaban, y a veces eso es una muestra de liderazgo. Por desgracia, la Chol se encargó de demostrar, algún tiempo después, que carecía de él. Entretanto, obtuvo una senaturía en Santiago Oriente, con alta votación -buena parte de ella, atribuible a lo poco atractivo que resultó ser el par de la lista- y ganó la presidencia... de la Democracia Cristiana. Fue aquí donde empezó su declinación, debido a sus propias decisiones, o mejor dicho, errores. En medio del debate por el inefable Transantiago, un antiguo conocido, Adolfo Zaldívar, votó dos veces en contra de entregarle financiamiento adicional a un proyecto cuyo futuro se veía oscuro y escasamente prometedor. Dadas las circunstancias, sus argumentos eran, al menos entonces, justificables. Pero Chol quiso demostrar que una mujer era capaz de mandar y con ayuda de un rastrero tribunal de disciplina, expulsó al disidente de su partido. Cuánto de venganza personal y de demostración de fuerza hubo en esa determinación, jamás se sabrá. Pero con el "Colorín" otros cinco diputados abandonaron el redil y de paso la Concertación. Semanas después, tales votos fueron claves para la acusación constitucional contra otra correligionaria, la ministro de educación Yasna Provoste, que con eso quedó inhabilitada de ejercer cargos públicos por cinco años. La debacle definitiva de los socialcristianos acaeció en forma definitiva en las municipales del 2008, cuando la colectividad perdió un número significativo de sufragios y alcaldes.

Lo que pasó fue muy simple. Alvear resultó muy eficiente cuando otro le asignaba tareas, como cuando formaba parte del gabinete. Pero una vez sola en la cima, mostró una incapacidad propia de una mujer que ha sido criada según los deberes tradicionales asignados a su género. Su supuesto liderazgo, materializado en la cantidad de yerros que cometió, llegó incluso a poner en duda la capacidad femenina al momento de tomar decisiones importantes, e hizo reaparecer las declaraciones machistas propias de los conservadores reaccionarios. Doble responsabilidad, si se considera que ella ascendió merced al manido discurso cacareado durante estos últimos cinco años, que dice que los hombres necios acusan a la mujer sólo por los genitales que tiene, y lanzan sus diatribas sexistas en su contra. Pero cabe señalar que existen féminas y féminas. Y las que gobiernan ahora no están en condiciones de decir que han superado el estigma del "sexo débil". De hecho, son ellas quienes le entregarán la banda presidencial a la derecha más oscurantista, la cual volverá a servirse de los chilenos como lo hizo durante la tiranía militar.

viernes, 1 de enero de 2010

Bachelet Inflada con Helio

Como muchos otros, también he quedado perplejo por la alta popularidad que, al menos en las encuestas, ostenta Michelle Bachelet, más aún si tomamos en cuenta que se halla en las postrimerías de su mandato. Es inadmisible que, una persona que ha demostrado sin pudores su ineptitud en estos cuatro años -exhibiciones que, por cierto, han sido completamente involuntarias- acabe una poco lúcida legislatura con más del ochenta por cien de aprobación. Aunque tal fenómeno, como casi todas las cosas inauditas, tiene sus explicaciones: el retroceso reaccionario que ha experimentado la ya recalcitrante sociedad chilena, el que anda de la mano con la crisis económica; el deterioro progresivo del pacto que la instaló en la presidencia, la Concertación, que no cuenta hoy con otra figura destacable, y el respeto cultural que se suele guardar hacia una venerable anciana, más que por sus méritos, en atención a su edad. A esto, se pueden sumar los múltiples regalos que el gobierno ha entregado durante el 2009, que le han otorgado a nuestra mandataria un aura de madre universal.

No obstante, este asunto de la adhesión tardía a un gobernante, ya lo habíamos visto en la administración anterior, encabezada por Ricardo Lagos, quien también se despidió con cifras superlativas de apoyo, aunque ahí las causas fueron diferentes. Lo interesante es que, poco tiempo después de abandonar La Moneda, la popularidad del señor del dedo acusador, comenzó a disminuir de manera sostenida, conforme se iban descubriendo y padeciendo los errores cometidos durante su gestión, en especial lo que concernía a los dos últimos años, justamente el periodo donde vio incrementado el respaldo a su persona. Las iniciativas en materia de salud, justicia y transporte promulgadas por esos meses, inmeditamente después del cambio, empezaron a evidenciar fallas de diseño sólo atribuibles a desprolijidad y a la ligereza conque fueron construidas, y más aún, algunas, como el Transantiago, los tribunales de familia y la inversión en los ferrocarriles, en un breve lapso se derribaron como castillos de naipes, al punto de ser necesario restructurarlas, cuando no, simplemente refundarlas. A eso hay que agregar los múltiples casos de corrupción en los cuales se vieron envueltos asesores del propio Lagos, que estallaron a un año que éste entregara el poder. Un problema delicado, pues durante su legislatura, las faltas a la probidad denunciadas por la prensa lo tuvieron en su momento, en vilo tanto a él como a la Concertación. Al final, un Lagos de quien su círculo cercano presagiaba que regresaría triunfante al palacio de gobierno en 2009, terminó reducido a unas cuantas líneas en los libros de historia.

La popularidad es como inflar un globo con helio. Si a alguien se le entrega un respaldo adicional, y más encima se lo deja escapar de las manos, permitiéndole ser, se elevará a límites insospechados que por esa característica generarán asombro. Entonces, las personas, obnubiladas por aquel que sube y sube, por un buen instante se olvidarán de observar alrededor, y no se darán cuenta de lo que está pasando. Eso es lo que pasó en su momento con Lagos y está acaeciendo ahora respecto a Bachelet. Está volando, elevándose a los cielos gracias al gas que le hemos prestado. Y en una suerte de círculo vicioso, cada día nos maravillamos más de su ascenso, lo cual disminuye el espacio para posibles críticas. Sin embargo, cabe recordar que pasadas unas horas, el helio se enfría, y el globo comienza a caer. Y tal enfriamiento, o es producto de un hecho puntual -como los que sucedieron una vez culminada la legislatura de Lagos y que obligaron a modificar el análisis de su gestión- o sencillamente ocurre porque nos encontramos ante una moda pasajera, que no ha entendido que la ley de gravedad es parte de la naturaleza de las cosas. Y atención, que esto último es lo que puede pasar con Bachelet una vez que abandone el cargo. Pues, nuestra oblonga presidente es una oquedad de tomo y lomo, cuyos casi exclusivos atributos son su actitud maternalista -siempre y cuando los hijos hagan lo que ella dice- su empatía y su simpatía -también, cuando se habla de su persona de manera favorable, y no se le aborda con reclamos y demandas, por muy justas que éstas sean. No es más que una sonrisa de mujer, con todos los roles convencionales que una sociedad bienpensante espera de una mujer, aunque por marcar el hito de ser la primera fémina en mandar desde el ejecutivo, aparente todo lo contrario.

De todas formas, los pasos en falso dados este último año, que no son pocos, le van a explotar en la cara ya en las primeras semanas de retiro. La actitud despótica contra los mapuches y los colectivos juveniles, las humillaciones hacia los profesores, los excesos policiales... probablemente tengan su efecto en menos de un año más. Y todos, hechos acontecidos o agravados precisamente en el periodo de mayor popularidad. Una muestra de que éste puede ser un factor dañino para la sociedad si sus gobernantes no son los más aptos. Hitler, por ejemplo, gozaba de un amplísimo respaldo entre los alemanes incluso bien entrada la guerra, y eso le permitió llevar adelante sus políticas de limpieza racial y genocidio. Y todavía más: la caída de Bachelet puede ser especialmente violenta, si la derecha gana la segunda con Sebastián Piñera, quien, como buen opositor político (dentro del tablero, enconados enemigos; fuera de él, descarados oportunistas) de seguro le va a enrostrar todos los reveses que se susciten en la próxima legislatura. Y al respecto, en algún momento, hasta sus propios aliados le cargarán una cuota de responsabilidad a la presidente por haberle entregado los destinos del país a un sujeto de la vereda de enfrente, representante, para peor, de los herederos de la dictadura militar. Hay que recordar que, cuando las cosas no andan bien, lo mejor es echarle la culpa a quien está al lado.

martes, 29 de diciembre de 2009

Chile Primero: Debut y Despedida

En medio de tanto jolgorio, por la amplia ventaja sacada con miras al balotaje, los partidarios de Piñera pasaron por alto un detalle significativo: el fracaso en las elecciones parlamentarias de Chile Primero, que no obtuvo representación en el Congreso. Un hecho importante aunque en apariencia se vea menor. Pues aquel partido, formado en 2006 por disidentes del ala centroizquierdista de la Concertación, que abandonaron el redil acusando a sus antiguos correligionarios de corruptos y faltos de nuevas ideas, fue presentado por la derecha como la muestra de una apertura hacia personas menos afines a sus pensamientos más convencionales, y luego, como la imagen de un colectivo que dejaba atrás su oscuro pasado, marcado por su apoyo a la dictadura de Pinochet.

Si analizamos la historia de nuestros conservadores contemporáneos ( entendiendo por esos términos, los acontecimientos ocurridos de 1989 en adelante, cuando la derecha moldeada por el régimen militar se ve obligada a salir a buscar votos en medio de un sistema democrático), nos damos cuenta que en ese sector siempre han prevalecido dos partidos -UDI y Renovación Nacional- que en sus inicios eran uno, y que se disgregaron ante todo por intereses personales, pues sus diferencias ideológicas finalmente son mínimas. Sin embargo, en varios pasajes -bastante más de lo que un observador medio podría imaginar- aparece un tercer actor, el cual se disuelve al poco rato, con la misma rapidez con la que se dio a conocer. Por lo general, este fenómeno ocurre en el lapso de tiempo que rodea a una convocatoria electoral. Así, en el mismo 1989, se dejó ver la Unión de Centro Progresista, del inefable empresario Francisco Javier Errázuriz, que en un momento corrió aparte del pacto derechista, luego formó parte de la alianza por una breve etapa (1994), tras lo cual volvió a constituir una entidad independiente y aislada, desembocando en su disolución en 1997. Entretanto, existió el Partido Nacional, dinosaurio anterior al golpe, a quien su herencia y sus pergaminos no lo salvaron de la desintegración allá por 1995. En el ya mencionado 1997, un grupúsculo de diputados democristianos abandonó esa tienda y organizó el Partido Popular Cristiano, chapa con la que se presentaron a los comicios electorales de aquel año. Ninguno consiguió reelegirse y todos acabaron después fichando por uno de los dos colosos derechistas. Y por último, cabe mencionar a ese intento de nacionalismo regionalista denominado Partido del Sur, que al igual que la UCP, entraba y salía del acuerdo conservador. Fue el que más resistió, pues fue fundado en 1988 y sobrevivió hasta 2002.

La derecha es una incondicional de la iglesia católica y de su actitud pro matrimonio y familia. En tal contexto, no puede soportar el divorcio, el matrimonio homosexual, el sexo premarital ( aunque muestra una paradójica tolerancia hacia el adulterio masculino y la prostitución) o el aborto. Por una cuestión de principios, pero también por un asunto de apariencias, el connubio debe mantenerse hasta el final, aunque la convivencia entre sus integrantes llegue a niveles insufribles. Y eso es lo que los conservadores han llevado a la práctica con sus dos partidos: un enlace que es mantenido con un pulmón de acero, únicamente en aras de la conveniencia, donde la repartición de los bienes -que son abundantes- está minuciosamente controlada, al punto que resulta inaceptable la existencia de un tercero, como acaece en esas parejas de acaudalados que no tienen hijos, y de las cuales hay varios ejemplos en Chile. Por ello, si en el horizonte se vislumbra una nueva alternativa, de inmediato buscan fagocitarla, para evitar que su consolidación desbande el patrimonio. Y tal acto puede ser ejecutado mediante una simple disuasión verbal, usando como argumento la ley -los colectivos políticos que obtienen menos del cinco por ciento luego de una elección parlamentaria, son desafiliados de los registros, hayan o no conseguido representantes-, o en su defecto, con artimañas sucias y muy reñidas con la ética, como le pasó al ya citado Francisco Errázuriz con el tema del helicóptero de Endesa en 1998.

Chile Primero ni siquiera tiene a su favor el haber ganado siquiera un miserable diputado. Es probable que veamos a sus dirigentes más conspicuos ocupando algún cargo en el gabinete, en el eventual caso de que Piñera se adjudique el balotaje. Pero esa situación, o la van a vivir como individuos sin filiación partidista -lo cual es poco probable- o como miembros de las eternas colectividades conservadoras. No les resultará difícil adaptarse, si se toma en cuenta su trayectoria. Primero se presentaron como un grupo bisagra entre las dos alianzas más fuertes del país, pero lentamente se fueron moviendo hacia el paraguas que los cobija ahora. En el camino, perdieron a muchos integrante que se sintieron traicionados por la actitud de tránsfugas tomada por sus líderes, lo cual debilitó aún más a la iniciativa. La que, en definitiva, no pasará de ser una anécdota en la historia política chilena, siempre y cuando sea el bloque que hoy apoyan, el que triunfe en enero.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Pinochet y el Pueblo Chileno

Frente a los resultados obtenidos por la derecha en las últimas elecciones generales, que tienen a ese sector político, inconfundible heredero de la dictadura militar, al borde de retornar al poder ejecutivo, muchos se preguntan cómo un país es capaz de legitimar a quienes representan un oscuro pasado, donde se benefició de manera desvergonzada a una oligarquía insensible a los problemas sociales, mientras a la mayoría de los ciudadanos, sistemáticamente se les hundió en la miseria, e incluso, se cometieron crímenes contra algunos de ellos. Los que se formulan tal interrogante, se llenan de estupor al constatar que nuestros conservadores, a despecho de su adaptación a los tiempos, empero no han variado un ápice su actitud; y aún con ese antecedente, el votante medio les entrega su respaldo en las urnas. Desde luego, estos puntos de vista tienden a una simplificación que no refleja para nada la actual realidad del debate público en Chile. Pero adicionalmente, es posible hacer análisis sobre aspectos que no han sido tocados, y que guardan relación con una tendencia que fue moldeada durante los diecisiete años de autoritarismo que se vivieron por estos lares, entre 1973 y 1989.

He conversado con personas que tenían uso de razón para el golpe de Estado ( yo nací en 1974), y muchos de ellos aseveran que respecto a la lucha contra el régimen de Pinochet existen dos interpretaciones históricas: la de los exiliados, entre los cuales están aquellos que huyeron inmeditamente después de producirse la azonada militar, y quienes por diversos motivos fueron capturados antes de escapar, y sufrieron los rigores de una detención política. Entre ellos, existe una concepción idealizada de la resistencia popular, donde abundan los relatos épicos. Pero mis interlocutores, han insistido que la gente común que permaneció en el país no tenía la más mínima idea de lo que estaba pasando. Nadie se atreve a aseverar que esto pudo haberse debido al miedo o al escapismo que caracteriza a los periodos críticos. Sin embargo, dicha percepción es corroborable con ciertas imágenes audiovisuales captadas días después del once de septiembre, donde casas sitas en barrios populares, incluso en campamentos, aparecen embanderadas, y antes de que se inicien las fiestas patrias. Avanzando un poco, encontramos a ese mismo pueblo oprimido, que supuestamente aprovechaba la clandestinidad para urdir un plan que depusiera al tirano, asistiendo en masa al primer aniversario del "pronunciamiento", llorando con emoción desbordada ante la inauguración de la Llama de la Libertad, saludando con aplausos cerrados al jerarca en el festival de Viña del Mar, o encendiendo improvisadas antorchas en Chacarillas. Y salvo contadas excepciones, no se trata de acarreados por la fuerza. Muy por el contrario, abundaban los que sentían alivio luego de que una suerte de demiurgo les quitara la joroba de la democracia y con ella los líos que implica su aplicación -discusiones interminables, elecciones periódicas- y felices, resultaban capaces hasta de denunciar a los pocos que se atrevían a plantear opciones distintas frente al estado de cosas.

¿ Cuándo los chilenos medios empezaron a protestar contra la dictadura? Pues en el instante en que ésta comenzó a afectar sus estómagos. Fue la recesión económica de 1981, con sus perjuicios adicionales -alto desempleo, caída en los salarios, disminución del poder adquisitivo, ajustes macroeconómicos- la que empujó a los adormilados habitantes de este país a gritar en la calle. En ningún caso, tal fenómeno es explicable por la supuesta solidaridad de conjunto que nos tratan de vender algunos intelectuales y activistas de esa década. Cada uno de los que se enfrentaba con la policía en esos años sólo tenía interés en sí mismo y lanzaba piedras obedeciendo a un impulso básico como es el saciar el hambre: de hecho, escudarse en la masa es una excelente forma de no afrontar las responsabilidades particulares y sociales aparentando lo contrario. Si ampliamos el sentido de los términos, estaríamos en condición de decir que, con suerte, el manifestante de la época velaba por el bienestar de su familia; pero tal afirmación también es objetable, pues en esos años se disparó el número de hogares unipersonales y la violencia doméstica, situaciones que venían disminuyendo a partir del decenio de 1960. En conclusión, quien veía la posibilidad de mejorar su estatus abandonando a su cónyuge y a sus hijos ( y lo digo así, cónyuge, porque también hubo mujeres que obraron de tal manera) simplemente lo hacía.

Algunos sacarán a colación que aquellos fueron los años de las ollas comunes y de las barricadas en las cuales, a veces se involucraba un barrio entero. Pero en ambos casos, sólo presenciamos un instinto natural de supervivencia. O se evita caer en la inanición, de la forma más práctica que los pobres tienen para sortearla ( después de todo sus viviendas son más pequeñas y eso los obliga a tener contacto frecuente); o se organiza un muro defensivo ante un enemigo hostil -en este caso los agentes de Estado- provisto de armas de fuego y dispuesto a abusar y asesinar. Cuando estas muestras de preservación trascendieron sus círculos de origen, ahí fue cuando los más acomodados y supuestamente mejor preparados -profesionales, académicos y estudiantes universitarios, sacerdotes- agarraron algo de valentía y se incrustaron en una amalgama que no les pertenecía y para la cual nadie los llamó, además, con propósitos distintos a los que perseguían sus ahora idolatrados pobladores, quienes no tenían como prioridad luchar contra la dictadura, sino llenar sus barrigas. Son esos mismos intelectuales ingenuos, los que ahora no se explican el avance que ha experimentado la derecha en los más recientes lustros. Nunca han caído en la cuenta de que, por ejemplo, la cantidad de desaparecidos y atormentados tras establecerse los mecanismos sistemáticos de secuestro y tortura -me refiero a la creación de la DINA-, es bastante baja para decirse que afectó a todo un pueblo, como efectivamente ocurrió en Argentina. Y las instancias desde las cuales era posible establecer una conciencia de grupo, fueron tergiversadas y distorsionadas por su ignorancia y ambición. Pero en fin: si el propio Salvador Allende recomendó a sus partidarios encerrarse en sus casas mientras él se pegaba un tiro -más o menos lo que hoy aconsejan los derechistas con el asunto de la delincuencia-, no se les puede exigir iniciativa, ni siquiera capacidad de decisión.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Parar a Piñera

Jorge Arrate, a estas alturas el mejor de los candidatos a la presidencia, le viene planteando de un buen tiempo a esta parte, a dos de sus tres contendores, una especie de acuerdo común para evitar que la derecha, con Sebastián Piñera, gobierne el país los próximos cuatro años. Su argumentación se basa en el hecho de que todos -él mismo y Eduardo Frei y Marco Enríquez-Ominami- alguna vez estuvieron juntos en la misma alianza política: la Concertación. Y además, que ninguno ve con buenos ojos la asunción al poder de un grupo tan oscuro y reaccionario, como son nuestros tradicionalistas: ni siquiera, en el marco de la actitud cortés y resignada del derrotado. Con esto, el representante de la izquierda más pura, abandona por un momento los menesteres de su propia campaña, replicando la decisión tomada por su pacto, el Podemos, que a mitad de año optó por integrar una lista única con la ajada Concertación, buscando con ello dos cosas: ahorrar recursos económicos y tener una posibilidad real de acceder al Congreso, justo cuando esa coalición se partía en dos producto de ambiciones personales y equivocaciones evitables, y de paso perdía toda su capacidad de convocatoria.

Más allá de que todo huele a la enésima ocasión en que la izquierda sale en auxilio de la alianza oficialista recibiendo nada a cambio, esta propuesta recuerda mucho a aquellos derechistas temerosos de 1999, que llamaban a conformar un frente unido para "parar a Lagos". Temían que este político, que una década atrás había apuntado con el dedo a Pinochet, hecho tras el cual se arropó con una imagen de hombre radical y de mano fuerte - al estilo socialista, por cierto-, se sentara sobre sus privilegios llevando a cabo una administración popular al estilo de Salvador Allende, más encima, cuando su propio mentor ideológico, solicitaba socorro desde Londres, apelando a que la justicia internacional mostrara una humanidad que él jamás expresó. En definitiva, veían que los acontecimientos se precipitaban rumbo al apocalipsis. Y sin embargo, el mandato de Ricardo Lagos fue bastante correcto desde las expectativas del neoliberalismo económico. Buscó superar la recesión de comienzos de siglo otorgándole un mayor campo de acción a las grandes compañías, mientras que, por el contrario, apenas mencionó a las pequeñas y medianas empresas, que ya estaban depreciadas tras las determinaciones erráticas de los últimos años de Frei. Tal situación permitió que los consorcios más acuadalados contratasen altas masas de trabajadores cesantes pudiéndoles ofrecer salarios bajos, cuando no simplemente subempleo: de hecho, fue en ese sexenio donde el problema de la subcontratación terminó adquiriendo ribetes de escándalo nacional, cuando hasta la misma administración pública aprovechó la coyuntura. En contraste, al final de su legislatura, fue ovacionado en cuanto foro de magnates intervino. Durante su periodo, el único gremio más o menos adinerado que debió soportar sus arranques airados fue la prensa, la cual en todo caso lo tuvo por las cuerdas durante un breve lapso entre 2002-2003: con todo, nuestros ambiguos periodistas le regalaron encuestas de opinión que siempre lo colocaban en la cima. Cabe agregar que, atendiendo a los reclamos exagerados y artificiales de los ricos terratenientes de la Araucanía, dio inicio al terrorismo de Estado contra las legítimas demandas de las minorías étnicas. Incluso se dio tiempo para sancionar algunas leyes relacionadas con la moralina, que tanto le gustan a la derecha chilena y todo lo que representa: por ejemplo, la prohibición del uso de fuegos artificiales, la restricción de horario para los locales nocturnos o la fascistoide normativa contra el consumo y tráfico de drogas: de esta oleada retrógrada ni siquiera se salvó la ley de divorcio, hecha a gusto de los curas y cuyo único hito fue eliminar la prácticamente exclusiva fórmula que los chilenos han tenido para sortear sus diferencias matrimoniales: la nulidad judicial.

Pero cabe señalar un hecho histórico que acaeció en esos comicios y el cual ha modificado casi por completo el modo de abordar tales eventos en este país. Lagos obtuvo un estrecho triunfo y en la segunda vuelta, hito que era inédito hasta entonces. Tal incidente no fue forzado por esta actitud reaccionaria de detener al enemigo con artimañas sucias. Sino, muy por el contrario, por las cualidades innatas del entonces candidato de la derecha, Joaquín Lavín, que, aunque discutibles, le permitieron a ese sujeto conseguir una empatía con un importante sector de la población, el cual percibió en este experimento de monaguillo político, una sensación de cambio. Sin embargo, esta actitud dio resultado, porque todo el conservadurismo se dedicó a trabajar para su oferta, en vez de malgastar el tiempo mirando hacia el lado. De hecho, Lavín abogaba por un determinado pacifismo -del cual podían disfrutar todos, salvo los que él calificaba como delincuentes- el cual se resumía en la sentecia "a mí no me importa la pelea chica sino los reales problemas de la gente", con lo cual pateaba los derechos humanos y las urgentes modificaciones al sistema electoral, sempiternos caballitos de batalla de una Concertación que ya entonces se empezaba a "aburguesar". Es decir, fuera los ataques mientras haya armas propias con las cuales luchar. Y todo esto, armado con una conducta muy propia de conservadores oligárquicos y neoliberalistas: optar por el marqueteo antes que el debate de ideas, la cara bonita sin cerebro, alentar las emociones en lugar de las opiniones.

Arrate, como se señaló al comienzo de este artículo, es lejos el mejor candidato. Pero está cometiendo un error que podría llegar a lamentar a vuelta de las elecciones. No porque pudiere caer en el desprestigio o el olvido ( dadas sus cualidades, tendría que cometer michas burradas para terminar así), sino debido a que se está desconcentrando de su propio trabajo, el que incluso ahora, a escasos días de los comicios, en atención a su condición de novedad y al hecho de que, como nunca antes, nada está siquiera parcialmente definido, le podría significar más votos. Además, que está propiciando proceder en clave negativa, algo que nunca ha traído como resultado ganar comicios. En síntesis, está recordando -aunque las diferencias entre ambos casos son abismales- las campañas del terror que las dictaduras sudamericanas, la chilena inclusive, montaban contra la democracia, a la cual presentaban como sinónimo del caos. Si en el caso de un balotaje se requerirán los sufragios de los dos postulantes que no compitan en esa instancia con Piñera, entonces que los apretones de mano y las muestras de unidad, que se deben efectuar guardando las distancias, se expresen con toda cabalidad desde el 14 de diciembre. Pero por ahora, Arrate es una opción que posee muchos méritos, lo mismo que E-O y Frei.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Frei: Un Político Sin Futuro

No me atrevo a elucubrar sobre quién será el presidente de Chile para el periodo 2010-2014. La derecha, con Sebastián Piñera a la cabeza, ha sacado una buena ventaja, y es probable que en estas dos semanas que quedan antes de la elección, aún capte una minúscula cantidad de votos. Pero, por otra parte, la Concertación, confiada en la virtual segunda vuelta -que hace rato pasó de ser una probabilidad cierta a un hecho concreto-; piensa que es capaz de revertir la situación, amparada sobre todo en una característica muy comprobable respecto del sufragante chileno: el miedo visceral que se le tiene a los tenebrosos conservadores, lo que anula toda posibilidad de entregarles el gobierno, a sólo veinte años del fin de la dictadura militar.

Lo que queda claro es una cosa: Eduardo Frei Ruiz-Tagle, el abanderado de la Concertación, que aspira a ganar su segunda legislatura tras el siniestro sexenio que protagonizó en 1994-2000, es, parodiando una famosa pregunta de las empresas encuestadoras, un político sin futuro. Pierda o gane. Si es derrotado, por motivos obvios: será el primer gran fracaso de la coalición oficialista desde su creación, en un momento en que está resquebrajada y ya no tiene la convocatoria de antes; en definitiva, le pondrá la lápida a su disolución. Y si triunfa, las perspectivas no se anuncian mejores. Será un gobierno impopular, sin respaldo en el Congreso -donde en el mejor de los casos, contará con mayoría relativa en ambas cámaras-, y en el que sus votantes, a diferencia de eventos anteriores, le mostrarán sin tapujos que en el balotaje se decidieron por el "mal menor". A Frei, es probable que le ocurra lo de otros gobernantes latinoamericanos reelegidos tras un periodo en el cual tomaron palco, como Belaúnde Terry o Sánchez de Losada: enfrentará una época distinta donde las demandas sociales se conducen por otros intereses, a lo que responderá con las soluciones ofrecidas durante su primer mandato, o simplemente no encontrará una respuesta satisfactoria, y su réplica será la represión o el autoritarismo. Los dos ejemplos que he nombrado son dispares: la primera administración de Belaúnde fue interrumpida por un golpe militar, mientras que el boliviano alternó sus periodos entre comicios democráticos. Y si el peruano acabó su segunda ordenanza en medio de un alto nivel de rechazo, Sánchez se vio forzado a renunciar debido a un alzamiento popular.

Debido a que varias constituciones latinoamericanas prohiben la relección inmediata, quizá por el miedo a que un sujeto carismático sucumba a la tentación de perpetuarse en el poder ( ha sucedido incontables veces en el pasado), los viejos presidentes que desean volver a sentarse en el máximo sillón abundan por estos lares. Sin embargo, existe una disquisición mental que también los motiva. Como los países de esta región viven y sobreviven en perpetua crisis - económica, política, social, cultural, o todas al mismo tiempo-, se ven a sí mismos como mesías o salvadores. No importa que lo hayan hecho mal en su anterior legislatura: aún cuentan con su capacidad de liderazgo. Al respecto, cabe recordar en Chile a Carlos Ibáñez del Campo, quien tras una desastrosa dictadura en 1927-1931, se presentó a las elecciones en 1958 y ganó, pues en el colectivo nacional se instauró la idea de que una mano fuerte podía controlar la hiperinflación de entonces, lo cual por cierto no acaeció. También, esta la opción de reivindicarse ante la opinión pública, pues esta segunda oportunidad permite corregir los errores del pasado. Algo de lo último está pasando con Frei, quien durante su campaña, ha prometido la consolidación de un Estado fuerte, siendo que llevó a cabo una seguidilla de privatizaciones de empresas totalmente rentables, las cuales jibarizaron el aparato estatal, toda vez que los nuevos dueños de las entidades negociadas, no han cumplido con las expectativas que ellos mismos ayudaron a crear.

La verdad es que quien regresa a repetirse el plato, tiene la misma ambición desmedida de aquellos que pretenden relegirse hasta la tumba. Y se valen de los mismos argumentos, pues aseveran que en todo el país no hay nadie con el suficiente peso para levantar a una sociedad alicaída. Y luego mira alrededor y logra convencer a todos de que eso es cierto: cómo iba a ser de otra forma, si por estos pagos el poder siempre lo ha detentado una oligarquía endogámica de contados miembros que sólo se dedican a repartirse el territorio. Frei ha reproducido este discurso, al afirmar que es la persona mejor preparada al momento de reencantar y reunificar al desilusionado electorado de la Concertación, cuestión que a todas luces no ha conseguido y a estas alturas ya no garantizará. Pero cree que su demacrado rostro ha hecho girar el timón en sentido contrario. Y eso lo obnubila. Ya que, de paso, le ahorra el bochorno de verse obligado a pedir discuplas por las atrocidades cometidas durante su anterior mandato. Y no me refiero al supuesto indulto a un narcotraficante ( mencionar eso una y otra vez es de nazis: finalmente, todo delincuente tiene derecho a rehabilitarse y el perdón presidencial es una facultad consagrada en la legislación chilena), sino a la seguidilla de casos de tortura y violaciones a los derechos humanos contra quienes dirigían movimientos independientes, algunos de los cuales remataron en muertes denunciadas hasta hoy por los organismos internacionales, pues sus autores han sido identificados pero jamás han recibido una condena por sus fechorías. Espero que alguna vez esos crímenes que él mismo ayudó a cubrir, le golpeen en la conciencia, aunque para obrar de la manera en que lo está haciendo, dudo que la tenga.