Mucha tinta se ha vertido acerca de la proscripción que los testigos de Jehová imponen contra las transfusiones de sangre -y por extensión, también hacia los trasplantes de órganos-. Desde gente para quienes esta normativa es una demostración de que estamos frente a una secta de ignorantes idiotas (uso la palabra en su sentido clásico griego, esto es, persona sin ideas y que no cuenta ni le interesa adquirir habilidades para intervenir en un debate serio), hasta aquellos que exigen respetar las creencias de los otros y sacan a la luz prohibiciones y obligaciones de otros credos que al tenor de los nuevos descubrimientos científicos resultan igualmente ridículas, como el impedimento para los fieles católicos de usar anticonceptivos. En medio de estas discusiones, y por lo demás como debiera ocurrir, se han instalado los mismos integrantes de la Watctower, quienes se esmeran en defender su controvertido dogma, a veces, sin tener claro su origen ni su motivación.
Aunque la explicación más frecuente que dan los testigos sobre este tema radica en el mandato bíblico de la abstención de la sangre (que entre otras cosas, se emplea para condenar tanto el asesinato como el consumo de glóbulos rojos, ritual muy común en diversos credos paganos de la Antigüedad), el auténtico fundamento de esta proscripción se halla en una interpretación del Viejo Testamento respecto al significado que en la religión clásica hebrea (y en el judaísmo actual) se da a los términos cuerpo (cabod), alma (nefesh) y espíritu (sark) -al griego dichos conceptos serían traducidos por soma, psyjé (psiquis) y pneuma- que los considera como distintas manifestaciones de la persona humana antes que elementos ínter dependientes pero con características propias lo que facilita su supuesta separación tras la muerte física del ser. Es un argumento que se utiliza de manera común para negar la inmortalidad del alma, y así se lo emplea de parte de la teología católica y algunas iglesias reformadas más tradicionales, ya que consideran que esa doctrina tiene un trasfondo dualista y gnóstico, además de restarle la importancia requerida a la resurrección. Como todos sabemos, los chicos de la Watchtower son quienes advierten con mayor prolijidad acerca de esta potencial herejía, contando a su favor conque las capas populares del catolicismo y las iglesias evangélicas de cuño pentecostal la aceptan sin reparar en su origen heterodoxo.
Ahora, y como claramente se demuestra en este ejemplo, el problema se suscita cuando el exceso de celo acarrea resultados que son contraproducentes, tanto desde el punto de vista de la relación que un creyente tiene con la sociedad como con el mismo Señor, esto último en el marco de la espiritualidad. Al insistir con el asunto de la inmortalidad del alma, y para que no se produzcan las dudas que recién apuntamos se daban en un sector significativo de la feligresía de otros credos, los más piadosos terminan apuntalando sus insistencias con elementos tanto y hasta más dudosos que aquellos a los cuales se esmeran en combatir. Porque cabod, nefesh y sark bien podrán ser meras manifestaciones de la persona, incluso en términos puramente abstractos, pero en caso alguno estamos hablando de palabras que fungen como sinónimos. De hecho bastaría una simple explicación respecto de cómo en el Israel antiguo se empleaban esos conceptos para arrastrar a la audiencia más o menos al convencimiento que se desea estampar. Sin embargo, eso requiere un estudio acabado y paciente del contexto en el cual fueron acuñados los vocablos. El que no sólo debe contemplar aspectos puramente religiosos o teológicos, sino también filosóficos, históricos, literarios, arqueológicos y antropológicos. Algo que no creo estén dispuestos a efectuar los testigos, que se consideran la única forma correcta de alabar al Señor y por ende los destinatarios exclusivos de la salvación. Lo que en la práctica significa el rechazo absoluto a cualquier fuente externa y no sólo por provenir de una mente impía o no convertida. Aparte de que al igual que ciertos evangélicos, deben imaginar que estudiar demasiado distrae de la preocupación por las cuestiones verdaderamente divinas -como la adoración- y contamina al interesado con cosas ajenas a la auténtica palabra.
En tal situación, de todas maneras, el argumento que se podría esgrimir para rechazar la prohibición de las transfusiones y trasplantes es bastante simple. Si una norma es atentatoria con la integridad humana, ya sea física o mental, colocando -aunque ni siquiera- en riesgo la vida del afectado, entonces debe ser abandonada porque no corresponde a las leyes divinas ni a la verdadera fe. No se necesita incluso escudriñar de forma denodada la Biblia para llegar a afirmar eso, pues los mismos que la leen y siguen sus preceptos -los testigos de Jehová entre ellos- hablan de no sólo evitar sino de hasta protestar contra la denominada cultura de la muerte, término con el que tantos creyentes se refieren a los cuerpos judiciales que tantos países han elaborado a favor del aborto y la eutanasia. En idéntico talante, si un tratamiento permite evadir el fallecimiento de un enfermo y además garantizar su recuperación cuando menos casi total (por lo que quedan descartados todos esos medicamentos y mecanismos que buscan prolongar la existencia artificialmente sólo por unos días o meses más en no muy aptas condiciones físicas), claramente debe ser apoyado o en el peor de los casos aprobado. Lo demás es un lamentable error que no conducirá a la salvación precisamente, ya al alma sola como con su cuerpo en la resurrección.
domingo, 30 de julio de 2017
domingo, 16 de julio de 2017
La Marcha de Berríos
Es increíble cómo, a pesar del desprestigio que hoy ostenta como institución o considerando por separado a cada uno de sus integrantes, la iglesia católica, o cualquiera que lleva una investidura certificada por ésta, continúa logrando que tras una simple declaración realizada en medio de alguna entrevista, importantes personeros vinculados al quehacer público nacional acaben golpeándose el pecho y se vean obligados a emitir una respuesta que aunque la definan como debate en realidad no pasa de un mero acto de contrición. Sucedió recién esta semana, cuando Felipe Berríos, sacerdote de mediano rango, de relación muy fluida con los medios de comunicación, en el marco de una intervención en un diario de circulación nacional, lanzara una imprecación a los estudiantes universitarios, unas de las caras más visibles en las protestas en favor de la mejora de la calidad de la educación, reprochándoles el hecho de que nunca han organizado una manifestación en pro de los niños internados en los hogares del Sename, que como lo ha esclarecido el cúmulo de informes dados a conocer durante el presente año, han sido víctimas de los peores abusos imaginables, llegando a darse la horrenda cifra de casi dos mil fallecidos por negligencias de sus tutores en la última década.
Berríos es un sujeto con cierto carisma que al menos desde fines del siglo pasado ha venido alardeando acerca de su ministerio social, que en todo caso es relativamente elogiable. Es probable que estas declaraciones las haya efectuado a título personal: de todas formas no contradicen las conductas ni las orientaciones de la iglesia católica chilena. No obstante, es sospechoso que las realice en un momento en que la institución a la cual pertenece se encuentra por enésima vez enfrentada a la sociedad local, debido a la inminente aprobación en el congreso de la ley que permite el aborto en las llamadas tres causales (inviabilidad fetal, idoneidad maternal y violación) y la posibilidad de que en los próximos meses se discuta la concesión de más derechos a los homosexuales, entre ellos la facultad de adoptar (asunto que está despertando algo de sensibilidad, precisamente por lo que está ocurriendo al interior del Sename). De modo adicional, el avance de la reforma educacional, ideada justamente con el propósito de elevar la paupérrima calidad de la instrucción, y que entre otras cosas incluye una serie de exigencias académicas y restricciones económicas a los establecimientos escolares subvencionados, de los que varios están vinculados de manera directa o indirecta al romanismo, ha provocado susto desde los prelados, pasando por los curas de tropa (uno de los cuales es el propio Berríos) hasta los laicos que colaboran estrechamente con los investidos, muchos de quienes son dueños de colegios. Temor que han expresado en diversas manifestaciones durante el actual periodo presidencial, que ha creado esta renovación y que se ha jugado de lleno para que salga a flote en la totalidad de los aspectos que trata.
Este sacerdote justificó su llamado a los universitarios en la supuesta influencia que sus organizaciones tienen en la comunidad, la cual sería histórica, dando como prueba las movilizaciones de 1967, 1997 y 2011 (esta última en realidad impulsada por los secundarios, pero en fin). Sin embargo, se le puede contra argumentar aseverando que la iglesia católica representa un poder consuetudinario (y concreto) muchísimo más amplio e importante, siendo una prueba de esta afirmación precisamente la explicación que dieron los aludidos respecto a su supuesta parsimonia en el asunto Sename. Y no se trata sólo de aquello de ver la paja en el ojo ajeno. La mayoría de los purpurados y los sacerdotes más vistosos -entre estos últimos el mismo Berríos- mantienen estrechos contactos con los sectores más pudientes y acaudalados del país, que en muchos casos son benefactores directos. Bien que los podrían apelar en el sentido de que apoyaran iniciativas que vayan más allá de la mera caridad y que signifiquen un real cambio o siquiera una auténtica mejora en las condiciones generales de la sociedad, que reduzcan el riesgo de que un niño acabe en un orfanato. No sólo la coyuntura material de las personas más vulnerables -que no son necesariamente los más pobres- sino la eliminación de los prejuicios que se desprenden de la utilización de la ideología de la familia en sus variantes más reaccionarias y convencionales, así como la reducción de la onerosa brecha económica entre los más ricos y ya ni con las clases más bajas sino el resto de la población, procurando entre otras cosas un aumento y un acceso más masivo a una mejor educación, precisamente un ítem donde los romanistas no desean la más mínima transformación del modelo actual.
A Berríos se lo ve como un sacerdote agresivo e incisivo, y prueba de eso, se asegura, es la formulación de estas opiniones que al final sólo arrojan el balón al lado contrario y para nada afectan tanto a la iglesia católica como a él. Digamos de partida que esas mismas características se le pueden achacar -y de hecho se le han atribuido en el pasado- a sujetos como Fernando Karadima y Raúl
Hasbún. Luego, podría comenzar observando hacia el interior y tomar conciencia de las conductas con las cuales sus propios colegas, directa o indirectamente, contribuyen a la proliferación de niños abusados, abandonados o depositados en hogares infantiles donde son objetos de todo antes que sujetos de protección. Por ejemplo, el entorpecimiento de la información acerca de los métodos anticonceptivos y la difusión de una moralina sexual culposa y punitiva que facilita el embarazo adolescente. O la aplicación del principio de la familia en su modalidad más recalcitrante, de nuevo siguiendo una moralidad católica reaccionaria, que termina limitando el acceso a esa institución a la gran mayoría de los ciudadanos, pues es reducida a quienes cumplen ciertos estándares sociales y económicos, siendo el resto sometido al peligro, por cualquier causa -monetaria, ideológica, religiosa-, de que un agente estatal le arrebate a sus hijos y los envíe a un orfanato. También está la opción de dejar de apuntar con el dedo a jóvenes que mes a mes deben hacer esfuerzos sobrehumanos por pagar sus aranceles y dirigir las acusaciones contra quienes les obsequian la mesada y la credibilidad a los curas, quienes no precisamente son así de generosos con los demás, siendo que éstos son los responsables principales del aumento de sus arcas.
Berríos es un sujeto con cierto carisma que al menos desde fines del siglo pasado ha venido alardeando acerca de su ministerio social, que en todo caso es relativamente elogiable. Es probable que estas declaraciones las haya efectuado a título personal: de todas formas no contradicen las conductas ni las orientaciones de la iglesia católica chilena. No obstante, es sospechoso que las realice en un momento en que la institución a la cual pertenece se encuentra por enésima vez enfrentada a la sociedad local, debido a la inminente aprobación en el congreso de la ley que permite el aborto en las llamadas tres causales (inviabilidad fetal, idoneidad maternal y violación) y la posibilidad de que en los próximos meses se discuta la concesión de más derechos a los homosexuales, entre ellos la facultad de adoptar (asunto que está despertando algo de sensibilidad, precisamente por lo que está ocurriendo al interior del Sename). De modo adicional, el avance de la reforma educacional, ideada justamente con el propósito de elevar la paupérrima calidad de la instrucción, y que entre otras cosas incluye una serie de exigencias académicas y restricciones económicas a los establecimientos escolares subvencionados, de los que varios están vinculados de manera directa o indirecta al romanismo, ha provocado susto desde los prelados, pasando por los curas de tropa (uno de los cuales es el propio Berríos) hasta los laicos que colaboran estrechamente con los investidos, muchos de quienes son dueños de colegios. Temor que han expresado en diversas manifestaciones durante el actual periodo presidencial, que ha creado esta renovación y que se ha jugado de lleno para que salga a flote en la totalidad de los aspectos que trata.
Este sacerdote justificó su llamado a los universitarios en la supuesta influencia que sus organizaciones tienen en la comunidad, la cual sería histórica, dando como prueba las movilizaciones de 1967, 1997 y 2011 (esta última en realidad impulsada por los secundarios, pero en fin). Sin embargo, se le puede contra argumentar aseverando que la iglesia católica representa un poder consuetudinario (y concreto) muchísimo más amplio e importante, siendo una prueba de esta afirmación precisamente la explicación que dieron los aludidos respecto a su supuesta parsimonia en el asunto Sename. Y no se trata sólo de aquello de ver la paja en el ojo ajeno. La mayoría de los purpurados y los sacerdotes más vistosos -entre estos últimos el mismo Berríos- mantienen estrechos contactos con los sectores más pudientes y acaudalados del país, que en muchos casos son benefactores directos. Bien que los podrían apelar en el sentido de que apoyaran iniciativas que vayan más allá de la mera caridad y que signifiquen un real cambio o siquiera una auténtica mejora en las condiciones generales de la sociedad, que reduzcan el riesgo de que un niño acabe en un orfanato. No sólo la coyuntura material de las personas más vulnerables -que no son necesariamente los más pobres- sino la eliminación de los prejuicios que se desprenden de la utilización de la ideología de la familia en sus variantes más reaccionarias y convencionales, así como la reducción de la onerosa brecha económica entre los más ricos y ya ni con las clases más bajas sino el resto de la población, procurando entre otras cosas un aumento y un acceso más masivo a una mejor educación, precisamente un ítem donde los romanistas no desean la más mínima transformación del modelo actual.
A Berríos se lo ve como un sacerdote agresivo e incisivo, y prueba de eso, se asegura, es la formulación de estas opiniones que al final sólo arrojan el balón al lado contrario y para nada afectan tanto a la iglesia católica como a él. Digamos de partida que esas mismas características se le pueden achacar -y de hecho se le han atribuido en el pasado- a sujetos como Fernando Karadima y Raúl
Hasbún. Luego, podría comenzar observando hacia el interior y tomar conciencia de las conductas con las cuales sus propios colegas, directa o indirectamente, contribuyen a la proliferación de niños abusados, abandonados o depositados en hogares infantiles donde son objetos de todo antes que sujetos de protección. Por ejemplo, el entorpecimiento de la información acerca de los métodos anticonceptivos y la difusión de una moralina sexual culposa y punitiva que facilita el embarazo adolescente. O la aplicación del principio de la familia en su modalidad más recalcitrante, de nuevo siguiendo una moralidad católica reaccionaria, que termina limitando el acceso a esa institución a la gran mayoría de los ciudadanos, pues es reducida a quienes cumplen ciertos estándares sociales y económicos, siendo el resto sometido al peligro, por cualquier causa -monetaria, ideológica, religiosa-, de que un agente estatal le arrebate a sus hijos y los envíe a un orfanato. También está la opción de dejar de apuntar con el dedo a jóvenes que mes a mes deben hacer esfuerzos sobrehumanos por pagar sus aranceles y dirigir las acusaciones contra quienes les obsequian la mesada y la credibilidad a los curas, quienes no precisamente son así de generosos con los demás, siendo que éstos son los responsables principales del aumento de sus arcas.
domingo, 2 de julio de 2017
Los Nuevos Movimientos Armados
Mientras algunos celebran exultantes los acuerdos entre el gobierno colombiano y las "últimas guerrillas de América" como se ha catalogado a las FARC y al ELN, los diversos noticiarios continentales, muy a la pasada, informan sobre sendos atracos perpetrados por bandas criminales, varias de ellas de alcance internacional: como el caso del brasileño Primer Comando de la Capital, que hace unas semanas asaltó un banco en Paraguay; o las imparables maras centroamericanas, que parecen actuar de manera coordinada en los tres países en que operan y están mostrando intenciones de expandirse; o en la misma nación cafetera, la confirmación de una agrupación, formada por ex insurgentes y paramilitares, que se está dedicando por igual al secuestro, la extorsión, el tráfico de drogas y el pillaje rural.
Quizá los acuerdos en Colombia sepulten de modo definitivo la guerrilla ideológica. Pero no están, al contrario de lo que sus promotores aseveran, ni siquiera lo más lejos posible de acabar con un hecho que ha marcado la historia de América Latina, al menos desde la conquista europea, como es la violencia. Que se ha sostenido en dos factores cuyos protagonistas para ciertos interesados pueden resultar difusos pero que para un analista serio e imparcial tienen dos orígenes tan claros como contrapuestos: los abusos patronales -amparados por las instituciones estatales, incluidas la policía, el ejército y los tribunales- por un lado, y la reacción desesperada de los agredidos por el otro. Adaptados, tal como en épocas anteriores, a la coyuntura imperante: los primeros mediatizan y a la vez justifican sus conductas a través de los preceptos del nuevo liberalismo; los segundos, encuentran hoy amparo en organizaciones dedicadas a la delincuencia común.
Así es como las bandas mencionadas en el primer párrafo de este artículo -y otras como los carteles de droga mexicanos- están llenando el vacío que dejaron las guerrillas ideológicas, que han abandonado la lucha armada sin haber conseguido aquello que motivó su fundación: solucionar los diversos problemas de injusticia y desigualdad que padecen las naciones latinoamericanas. Tanto en los aspectos que requieren mayor abstracción filosófica como los más concretos, cual es garantizar una solución estable que le permita salir de la pobreza y la opresión al ciudadano de a pie. A propósito, cabe recordar que los movimientos de inspiración política solían reclutar (a veces a la fuerza, como ocurría con Sendero Luminoso) a muchachos provenientes de zonas marginales o rurales, con familias destruidas, echados a su suerte y que debían permanentemente huir de un sicario o un matón. No había mayores debates ya que se podía argüir que estas personas eran en última instancia víctimas de los oligarcas y del sistema. Y en lo que se refiere a las organizaciones criminales actuales, sus líderes ya ni siquiera necesitan de una justificación para engrosar sus filas, las cuales pueden aumentar con antiguos combatientes que por uno u otro motivo han quedado a la deriva.
Es aquí donde se puede establecer una diferencia respecto al nivel de peligrosidad de un tipo de grupo comparado con el otro. Las guerrillas suelen imponerse restricciones basadas en una ética ideológica, y las latinoamericanas no fueron la excepción. Muy distinto a lo que sucede con las bandas de delincuentes donde sólo se piensa en el beneficio económico personal de sus componentes (a veces únicamente de sus líderes) por lo que su estrategia casi exclusiva es matar o morir. Asunto que se vuelve extremadamente delicado tratándose de organizaciones con altísimo poder de fuego, una importante cantidad de miembros y provenientes de una cultura acostumbrada a resolver las cosas mediante el uso de la violencia (política y de las otras). Varias bandas mencionadas aquí han demostrado que esa combinación puede derivar en sucesos sangrientos capaces hasta de colocar en vilo a distintos gobiernos. Y es una lástima que sus fechorías sean abordadas como una mera anécdota, o que dirigentes como Álvaro Uribe, ex presidente de Colombia, por una ceguera partidista estén más preocupados de aportillar los acuerdos con las FARC que de exigir un freno o proponer medidas contra las pandillas criminales que se están enquistando en sus propias naciones. Los que hablan de una nueva era para América Latina, sería menester que cierren un poco la boca y empiecen a abrir los ojos. Porque estas agrupaciones, aunque no tengan otra finalidad que la de cometer delitos, perfectamente podrían comenzar a coordinarse como antaño ha acaecido con los mismos guerrilleros, las familias pudientes o las dictaduras de la doctrina de la seguridad nacional. Y acá no trataremos con instituciones dispuestas a negociar o entregar las armas, o con un mínimo de escrúpulo al momento de enfrentar a las fuerzas regulares
domingo, 4 de junio de 2017
Los Otros Claustros
No me han sorprendido, al menos a niveles absolutos, las denuncias de acoso sexual que alumnas han efectuado en contra de académicos de las distintas "universidades" del país, casi todas integrantes del cartel conocido como Consejo de Rectores. Estas instituciones están rodeadas de un mito muy similar al que ha permitido que los sacerdotes católicas aún sigan decidiendo sobre aspectos que deberían estar alojados únicamente en la vida privada de los chilenos. Bueno: ambas instancias comparten un origen histórico tanto local como global; y en las dos es de suma importancia el claustro, entendido como un ambiente exclusivo, auto suficiente y de puertas cerradas al que por una serie de normas consuetudinarias y comportamientos sociales quienes no lo conforman no están autorizados a ingresar, o en el mejor de los casos, a hacer preguntas.
Al igual que ocurre con la iglesia católica, a las universidades se les ha atribuido una máxima e incuestionable representación de ese eufemismo denominado como "el alma de Chile", que se resume en una serie de aspectos tradicionales, folclóricos y culturales que definirían, de un modo distinto pero a la vez complementario al nacionalismo, la idiosincrasia de un país que por cierto no es muy abundante en este tipo de cuestiones. Dicha identificación se produce porque ambas clases de organizaciones representan elementos que se supone son esenciales para el espíritu humano, como son la fe y el conocimiento. Ello frente a una población que es dada a asignar un aura morbosa a aquellas cosas que le generan admiración o de las cuales siente una profunda dependencia. Como reforzamiento a tales convenciones, hay que sumar la supuesta labor que los integrantes de estas entidades habrían realizado durante la dictadura de Pinochet, de donde salieron considerados como quienes preservaron dos situaciones importantes para la supervivencia de cualquier sociedad que esa tiranía habría buscado eliminar, como son los derechos humanos y el acceso al saber. Punto que tiene muchísimo de mito y muy poco de realidad.
A raíz de ese conjunto de antecedentes, ambas instancias, tras el retorno a la democracia, se han dado a sí mismas un mandato de superioridad sobre la población, hecho además tolerado por las diversas autoridades civiles que han gobernado desde entonces. Esto permite, por ejemplo, que la iglesia católica supervise la vida privada de las personas, y que en los mítines en favor de la calidad de la educación las "universidades" siempre aparezcan del lado bueno de la lucha.
Y en ambos casos esto ha derivado en lo mismo: una impunidad infranqueable que los ha impulsado a cometer toda clase de delitos, pirámide cuya cúspide siempre está en los escándalos de índole sexual. Pues antes de que descubriéramos a los curas pedófilos, los romanistas estaban involucrados en casos de estafa, evasión de impuestos y otro tipo de abusos hacia personas. También, varios planteles de enseñanza superior, entre ellos los de donde han salido las denuncias de acoso, previamente se vieron envueltos en casos de corrupción en los que se halló involucrado el aparato público. De los cuales escasean los que han recibido una investigación decente y menos aún existen sentencias.
Nadie fiscaliza a las "universidades" las que valiéndose del principio de autonomía se las han arreglado para frenar cualquier intento de revisión de sus métodos, bajo el pretexto de que quien ose actuar así es un simio que desea intervenir los planteles con el afán de limitar la divulgación del conocimiento o de guiarlo por el flujo que él desea -casi siempre la superstición o la ideología totalitaria-. Y los que se denominan académicos se encuentran con un terreno vedado al resto donde sienten que pueden hacer de las suyas (de hecho es así). Subir una escalera donde el último peldaño son los vejámenes sexuales es un proceso lógico y prácticamente natural, siendo la ciudadanía la que debe parar esto, dejando de confiar y enviando definitivamente al tacho de la basura a unas instituciones que aparentan lo que no son y que nunca han sido.
Al igual que ocurre con la iglesia católica, a las universidades se les ha atribuido una máxima e incuestionable representación de ese eufemismo denominado como "el alma de Chile", que se resume en una serie de aspectos tradicionales, folclóricos y culturales que definirían, de un modo distinto pero a la vez complementario al nacionalismo, la idiosincrasia de un país que por cierto no es muy abundante en este tipo de cuestiones. Dicha identificación se produce porque ambas clases de organizaciones representan elementos que se supone son esenciales para el espíritu humano, como son la fe y el conocimiento. Ello frente a una población que es dada a asignar un aura morbosa a aquellas cosas que le generan admiración o de las cuales siente una profunda dependencia. Como reforzamiento a tales convenciones, hay que sumar la supuesta labor que los integrantes de estas entidades habrían realizado durante la dictadura de Pinochet, de donde salieron considerados como quienes preservaron dos situaciones importantes para la supervivencia de cualquier sociedad que esa tiranía habría buscado eliminar, como son los derechos humanos y el acceso al saber. Punto que tiene muchísimo de mito y muy poco de realidad.
A raíz de ese conjunto de antecedentes, ambas instancias, tras el retorno a la democracia, se han dado a sí mismas un mandato de superioridad sobre la población, hecho además tolerado por las diversas autoridades civiles que han gobernado desde entonces. Esto permite, por ejemplo, que la iglesia católica supervise la vida privada de las personas, y que en los mítines en favor de la calidad de la educación las "universidades" siempre aparezcan del lado bueno de la lucha.
Y en ambos casos esto ha derivado en lo mismo: una impunidad infranqueable que los ha impulsado a cometer toda clase de delitos, pirámide cuya cúspide siempre está en los escándalos de índole sexual. Pues antes de que descubriéramos a los curas pedófilos, los romanistas estaban involucrados en casos de estafa, evasión de impuestos y otro tipo de abusos hacia personas. También, varios planteles de enseñanza superior, entre ellos los de donde han salido las denuncias de acoso, previamente se vieron envueltos en casos de corrupción en los que se halló involucrado el aparato público. De los cuales escasean los que han recibido una investigación decente y menos aún existen sentencias.
Nadie fiscaliza a las "universidades" las que valiéndose del principio de autonomía se las han arreglado para frenar cualquier intento de revisión de sus métodos, bajo el pretexto de que quien ose actuar así es un simio que desea intervenir los planteles con el afán de limitar la divulgación del conocimiento o de guiarlo por el flujo que él desea -casi siempre la superstición o la ideología totalitaria-. Y los que se denominan académicos se encuentran con un terreno vedado al resto donde sienten que pueden hacer de las suyas (de hecho es así). Subir una escalera donde el último peldaño son los vejámenes sexuales es un proceso lógico y prácticamente natural, siendo la ciudadanía la que debe parar esto, dejando de confiar y enviando definitivamente al tacho de la basura a unas instituciones que aparentan lo que no son y que nunca han sido.
domingo, 21 de mayo de 2017
Héroe Por Antonomasia
El héroe por antonomasia. Así se es como se reconoce hoy en la idiosincrasia nacional -más bien nacionalista- a Arturo Pratt, más que nada por negarse a entregar la rada de Iquique aún a riesgo de su propia vida y la de los marinos que tenía a cargo, posición que le dejó en claro al almirante Grau cuando saltó a la cubierta del Huáscar a enfrentar cuerpo a cuerpo a sus rivales peruanos. Una consideración que ha pasado a ocupar un lugar todavía más privilegiado en el imaginario colectivo, tras aquella obra teatral escrita por Manuela Infante que fue estrenada en 2001, pese a los denodados intentos de grupos conservadores y moralistas por impedir que esto ocurriese. Al menos consiguieron algo positivo para sus inspiraciones: que el comandante de la Esmeralda se transformara un ser inmaculado e intachable, y enseguida en tal vez el único miembro de la historia militar chilena concebido como un ejemplo indiscutible.
Pero, ¿qué sucedía con Pratt antes de aquel suceso conocido como Combate Naval de Iquique? No mucho. Y lo poco no es para rescatar, al menos en términos que tornan elogiosa la vida y los actos de las personas. Pero no porque quien se ha erigido a lo largo del tiempo como el personaje principal de este acontecimiento, haya tenido una existencia llena de aspectos reprobables. Sino curiosamente por todo lo contrario. El comandante de la Esmeralda era un tipo con pretensiones intelectuales, muy dado a la cátedra y al estudio -se había graduado de abogado con envidiables calificaciones-, más leal a su familia que a la propia armada, que en cada parada que debía efectuar aprovechaba de escribir una carta a su esposa. Algo que en ésta y en todas las épocas -al menos desde que se impuso la moralina cristiana- resulta más que suficiente para erigirlo en una especie de santo laico (sin necesidad de obrar milagros: recordar que la iglesia católica considera a los mártires de su religión como canonizados ipso facto). Distinto, sin embargo, a la apreciación que tuvieron sus compañeros de armas, quienes una vez atracado el buque no lo pensaban y se iban directo a cumplir una vieja tradición de los marinos cuando bajaban a tierra firme: visitar los prostíbulos de la ciudad. Hoy se sabe con certeza que Condell y los demás veían a Arturo como el ganso del grupo, con toda la carga peyorativa que eso significa: incluso entre sus superiores más de alguno dudaba de su virilidad.
Por otro lado, y ya llegado el dichoso enfrentamiento naval, Pratt habrá demostrado su valentía y su hombría, pero los resultados que obtuvo fueron nefastos para su persona y sus subalternos, y escasamente relevantes para los intereses bélicos del país. Les habrá servido de propaganda a los militares para crear conciencia en el centro y sur de Chile, habitado entonces por una masa de inquilinos y peones quienes tenían demasiados problemas -entre ellos soportar a sus patrones- como para ocupar sus inquietudes en un conflicto que se estaba recién gestando en un desierto que no conocían ni al cual tenían posibilidad de acceder (no olvidar que una vasta zona de Atacama era territorio boliviano y peruano). Con el martirio del abogado, lograron convencer a varios hombres de enrolarse en las filas (no muchos: finalmente se decretó raptar "a todo gañán que se encontrara deambulando por las calles y caminos") y a un número considerable de mujeres para que donasen sus joyas con el afán de comprar un nuevo buque. Sin embargo, en lo que respecta a estrategia de guerra, la decisión de Arturo, en el mejor de los casos, se puede considerar como poco beneficiosa. Más acertada, en ese aspecto, fue la determinación de Carlos Condell, un sujeto con "mundo" que provocó que la Independencia, el otro barco incaico, lo siguiera, haciéndolo encallar en Punta Gruesa, teniéndolo a merced para bombardearlo hasta ocasionar su hundimiento. Volviendo a Iquique, ni siquiera el tan elogiado abordaje al Huáscar puede ser tomado como un acometimiento completamente valeroso. Es sólo la desesperada -y lógica, al ser la única que le va quedando- de un comandante cuya embarcación ha sido espoleada transformando su naufragio en un hecho inminente. La consecuencia era la misma de haberse quedado en la Esmeralda: lo que hace la diferencia es la espectacularidad del gesto.
Que no se malinterprete. No pretendo efectuar una apología de las conductas más comunes de los marineros -y de todo conjunto que se puede describir como un grupo masculino porque practican una actividad que por sus características puede dar lugar a una demostración de los estereotipos de dicha masculinidad-. De hecho me confieso admirador de la actitud de fidelidad que Pratt mantuvo hacia su esposa, así como de sus esfuerzos por, al menos en el campo intelectual, ir más allá de un miembro promedio de la Armada. Sin embargo, es menester recalcar que lo de don Arturo es el típico culto que los chilenos le realizan a una persona que fue despreciada en vida, sobre quien luego de su fallecimiento existe una suerte de arrepentimiento comunitario (bastante hipócrita por lo demás) Es lo mismo que ocurre con Violeta Parra, Vicente Huidobro, Pablo de Rokha o Salvador Allende. Al menos con el héroe de la Esmeralda no fue necesario que se diese un consenso en el extranjero sobre la importancia de su figura, para llegar a darle el reconocimiento que se merece (o quizá sí: no olvidar que el primero en realzar su arrojo fue Miguel Grau). El problema es que estas acciones de penitencia siempre han traídos aparejadas a su vez, sensaciones de resentimiento colectivo hacia quienes sí lograron un mínimo de aprecio cuando caminaban por el planeta. Así, en el caso de los poetas recién citados, su descubrimiento ha significado igualmente la aparición de comentarios muy malintencionados sobre Pablo Neruda -aparte del olvido en que ha caído el premio Nobel-. Y en cuanto a marinos se refiere, los respetos al abogado que saltó a la cubierta del Huáscar han implicado como de si de mirarse en el espejo se tratase, una postura hacia insolente hacia gente como Condell, que, lo queramos o no, hizo algo más determinante para las aspiraciones chilenas en la guerra del Pacífico. Aunque haya tenido que acostarse con prostitutas para pensarlo.
Pero, ¿qué sucedía con Pratt antes de aquel suceso conocido como Combate Naval de Iquique? No mucho. Y lo poco no es para rescatar, al menos en términos que tornan elogiosa la vida y los actos de las personas. Pero no porque quien se ha erigido a lo largo del tiempo como el personaje principal de este acontecimiento, haya tenido una existencia llena de aspectos reprobables. Sino curiosamente por todo lo contrario. El comandante de la Esmeralda era un tipo con pretensiones intelectuales, muy dado a la cátedra y al estudio -se había graduado de abogado con envidiables calificaciones-, más leal a su familia que a la propia armada, que en cada parada que debía efectuar aprovechaba de escribir una carta a su esposa. Algo que en ésta y en todas las épocas -al menos desde que se impuso la moralina cristiana- resulta más que suficiente para erigirlo en una especie de santo laico (sin necesidad de obrar milagros: recordar que la iglesia católica considera a los mártires de su religión como canonizados ipso facto). Distinto, sin embargo, a la apreciación que tuvieron sus compañeros de armas, quienes una vez atracado el buque no lo pensaban y se iban directo a cumplir una vieja tradición de los marinos cuando bajaban a tierra firme: visitar los prostíbulos de la ciudad. Hoy se sabe con certeza que Condell y los demás veían a Arturo como el ganso del grupo, con toda la carga peyorativa que eso significa: incluso entre sus superiores más de alguno dudaba de su virilidad.
Por otro lado, y ya llegado el dichoso enfrentamiento naval, Pratt habrá demostrado su valentía y su hombría, pero los resultados que obtuvo fueron nefastos para su persona y sus subalternos, y escasamente relevantes para los intereses bélicos del país. Les habrá servido de propaganda a los militares para crear conciencia en el centro y sur de Chile, habitado entonces por una masa de inquilinos y peones quienes tenían demasiados problemas -entre ellos soportar a sus patrones- como para ocupar sus inquietudes en un conflicto que se estaba recién gestando en un desierto que no conocían ni al cual tenían posibilidad de acceder (no olvidar que una vasta zona de Atacama era territorio boliviano y peruano). Con el martirio del abogado, lograron convencer a varios hombres de enrolarse en las filas (no muchos: finalmente se decretó raptar "a todo gañán que se encontrara deambulando por las calles y caminos") y a un número considerable de mujeres para que donasen sus joyas con el afán de comprar un nuevo buque. Sin embargo, en lo que respecta a estrategia de guerra, la decisión de Arturo, en el mejor de los casos, se puede considerar como poco beneficiosa. Más acertada, en ese aspecto, fue la determinación de Carlos Condell, un sujeto con "mundo" que provocó que la Independencia, el otro barco incaico, lo siguiera, haciéndolo encallar en Punta Gruesa, teniéndolo a merced para bombardearlo hasta ocasionar su hundimiento. Volviendo a Iquique, ni siquiera el tan elogiado abordaje al Huáscar puede ser tomado como un acometimiento completamente valeroso. Es sólo la desesperada -y lógica, al ser la única que le va quedando- de un comandante cuya embarcación ha sido espoleada transformando su naufragio en un hecho inminente. La consecuencia era la misma de haberse quedado en la Esmeralda: lo que hace la diferencia es la espectacularidad del gesto.
Que no se malinterprete. No pretendo efectuar una apología de las conductas más comunes de los marineros -y de todo conjunto que se puede describir como un grupo masculino porque practican una actividad que por sus características puede dar lugar a una demostración de los estereotipos de dicha masculinidad-. De hecho me confieso admirador de la actitud de fidelidad que Pratt mantuvo hacia su esposa, así como de sus esfuerzos por, al menos en el campo intelectual, ir más allá de un miembro promedio de la Armada. Sin embargo, es menester recalcar que lo de don Arturo es el típico culto que los chilenos le realizan a una persona que fue despreciada en vida, sobre quien luego de su fallecimiento existe una suerte de arrepentimiento comunitario (bastante hipócrita por lo demás) Es lo mismo que ocurre con Violeta Parra, Vicente Huidobro, Pablo de Rokha o Salvador Allende. Al menos con el héroe de la Esmeralda no fue necesario que se diese un consenso en el extranjero sobre la importancia de su figura, para llegar a darle el reconocimiento que se merece (o quizá sí: no olvidar que el primero en realzar su arrojo fue Miguel Grau). El problema es que estas acciones de penitencia siempre han traídos aparejadas a su vez, sensaciones de resentimiento colectivo hacia quienes sí lograron un mínimo de aprecio cuando caminaban por el planeta. Así, en el caso de los poetas recién citados, su descubrimiento ha significado igualmente la aparición de comentarios muy malintencionados sobre Pablo Neruda -aparte del olvido en que ha caído el premio Nobel-. Y en cuanto a marinos se refiere, los respetos al abogado que saltó a la cubierta del Huáscar han implicado como de si de mirarse en el espejo se tratase, una postura hacia insolente hacia gente como Condell, que, lo queramos o no, hizo algo más determinante para las aspiraciones chilenas en la guerra del Pacífico. Aunque haya tenido que acostarse con prostitutas para pensarlo.
domingo, 7 de mayo de 2017
Rusia Y Su Recta Doctrina
La decisión de las autoridades rusas de prohibir a los testigos de Jehová en los distintos territorios que conforman ese país ha provocado sentimientos encontrados entre los evangélicos. Unos la aplauden, felices porque se ha impedido la propagación de una doctrina errada que distorsiona los principios esenciales del cristianismo, a la vez que el parecido entre ambas propuestas puede confundir a neófitos e incautos. Otros, sin embargo, la miran con reservas y hasta preocupación, conscientes de que esto sólo puede definirse como un atentado a la libertad religiosa, que en el futuro llegase a afectar a otras confesiones, entre ellas, precisamente las de quienes felicitan esta medida.
Muchos creyentes están observando a Rusia con un grado de beneplácito por ciertas determinaciones que ha venido tomando su gobierno, las cuales coinciden con el modo en que ellos conciben el ideal de sociedad. Por ejemplo, las restricciones a la libertad de expresión que se les han impuesto a los musulmanes y homosexuales, además de la censura de contenidos y palabras que desde ha un par de años rige para los medios de comunicación. Dichas decisiones han sido estampadas tras la sugerencia -mejor dicho la exigencia- de la iglesia ortodoxa imperante en el país, cuyos prelados también se han tomado la atribución de establecer qué credos e ideologías son nocivas para la sociedad y atentatorias de los valores tradicionales, entendidos en una mezcla de moralidad cristiana e idiosincrasia nacional. En ese sentido comparten inquietudes con los evangélicos occidentales -y algunos grupos con los que existe cierta afinidad doctrinal e histórica, entre ellos los mismos testigos de Jehová- quienes no dejan de mostrar deseos de que medidas de tal calibre se apliquen en los lugares donde se hallan arraigados.
El problema es que cuando se habla de valores tradicionales, no se está haciendo en términos estrictamente morales, sino que el vocablo incluye un amplio entramado que alude más bien a la formación política, social, religiosa y cultural de un país. En Estados Unidos, dicha simbiosis tiene como uno de sus componentes esenciales al cristianismo evangélico, y es lógico que sea orientada tomando este credo como punta de lanza. Pero en otros sitios, por ejemplo la India y la citada Rusia, la conformación de esa estructura -que por lo demás es quimérica- se realiza a partir de otras bases porque los pueblos se han constituido de una forma diferente. Y en tales cimientos no se encuentra lo que existió en el origen de otros, por lo que en una parte era imprescindible para entender el quehacer nacional en otro puede ser excluido.
No han faltado quienes aprueban la supremacía de la ortodoxia rusa -y sus decisiones derivadas del poder que ha adquirido- alegando que una congregación religiosa que sobrevivió a algo tan anticristiano comunismo soviético tiene la más completa autoridad moral para opinar de muchísimos temas e incluso decidir qué es correcto y qué no. La verdad es que durante esos años, pese a las evidentes restricciones, el patriarcado de Moscú fue sostenido por los jerarcas socialistas curiosamente en base a que era parte de la cultura ancestral del país, lo cual les permitió mantener sacerdotes y conservar cierta ascendencia en la población -la misma que les ha permitido escalar de posición y llenar el vacío que dejó la caída de la URSS- Y aunque lo tuvieran todo en contra, nada justifica que asuman una conducta idéntica a quienes los reprimían, sólo por querer distinguir entre buenos y malos a causa de una actitud mesiánica. Otros, por su parte, han alabado estas proscripciones aduciendo que entre los evangélicos existen congregaciones de dudoso proceder, como los predicadores de la prosperidad, que se deben ser puesta a raya. De acuerdo. Pero, ¿cómo va a distinguir una autoridad que desconoce la historia y la organización de las comunidades reformadas, entre las de recto proceder y las manzanas podridas? Una que además no tiene mucho interés en investigar. Simplemente colocará lo que pueda en el mismo saco y hará pagar a justos por pecadores. El parámetro será que no se ajustan a los valores tradicionales, nada más. Y hasta ahí llegarán los que desean propagar la palabra de Jesucristo. Encerrados en una celda con los gay, los libertinos y los testigos de Jehová
Muchos creyentes están observando a Rusia con un grado de beneplácito por ciertas determinaciones que ha venido tomando su gobierno, las cuales coinciden con el modo en que ellos conciben el ideal de sociedad. Por ejemplo, las restricciones a la libertad de expresión que se les han impuesto a los musulmanes y homosexuales, además de la censura de contenidos y palabras que desde ha un par de años rige para los medios de comunicación. Dichas decisiones han sido estampadas tras la sugerencia -mejor dicho la exigencia- de la iglesia ortodoxa imperante en el país, cuyos prelados también se han tomado la atribución de establecer qué credos e ideologías son nocivas para la sociedad y atentatorias de los valores tradicionales, entendidos en una mezcla de moralidad cristiana e idiosincrasia nacional. En ese sentido comparten inquietudes con los evangélicos occidentales -y algunos grupos con los que existe cierta afinidad doctrinal e histórica, entre ellos los mismos testigos de Jehová- quienes no dejan de mostrar deseos de que medidas de tal calibre se apliquen en los lugares donde se hallan arraigados.
El problema es que cuando se habla de valores tradicionales, no se está haciendo en términos estrictamente morales, sino que el vocablo incluye un amplio entramado que alude más bien a la formación política, social, religiosa y cultural de un país. En Estados Unidos, dicha simbiosis tiene como uno de sus componentes esenciales al cristianismo evangélico, y es lógico que sea orientada tomando este credo como punta de lanza. Pero en otros sitios, por ejemplo la India y la citada Rusia, la conformación de esa estructura -que por lo demás es quimérica- se realiza a partir de otras bases porque los pueblos se han constituido de una forma diferente. Y en tales cimientos no se encuentra lo que existió en el origen de otros, por lo que en una parte era imprescindible para entender el quehacer nacional en otro puede ser excluido.
No han faltado quienes aprueban la supremacía de la ortodoxia rusa -y sus decisiones derivadas del poder que ha adquirido- alegando que una congregación religiosa que sobrevivió a algo tan anticristiano comunismo soviético tiene la más completa autoridad moral para opinar de muchísimos temas e incluso decidir qué es correcto y qué no. La verdad es que durante esos años, pese a las evidentes restricciones, el patriarcado de Moscú fue sostenido por los jerarcas socialistas curiosamente en base a que era parte de la cultura ancestral del país, lo cual les permitió mantener sacerdotes y conservar cierta ascendencia en la población -la misma que les ha permitido escalar de posición y llenar el vacío que dejó la caída de la URSS- Y aunque lo tuvieran todo en contra, nada justifica que asuman una conducta idéntica a quienes los reprimían, sólo por querer distinguir entre buenos y malos a causa de una actitud mesiánica. Otros, por su parte, han alabado estas proscripciones aduciendo que entre los evangélicos existen congregaciones de dudoso proceder, como los predicadores de la prosperidad, que se deben ser puesta a raya. De acuerdo. Pero, ¿cómo va a distinguir una autoridad que desconoce la historia y la organización de las comunidades reformadas, entre las de recto proceder y las manzanas podridas? Una que además no tiene mucho interés en investigar. Simplemente colocará lo que pueda en el mismo saco y hará pagar a justos por pecadores. El parámetro será que no se ajustan a los valores tradicionales, nada más. Y hasta ahí llegarán los que desean propagar la palabra de Jesucristo. Encerrados en una celda con los gay, los libertinos y los testigos de Jehová
lunes, 1 de mayo de 2017
Ahora Justicia Para Florencia
A un día de conocerse la sentencia contra Mauricio Ortega, hallado culpable de agredir y mutilar de modo brutal a su ex pareja, Nabila Riffo, sería interesante detenerse a examinar un caso ocurrido también ocurrido en Coihaique: el asesinato de la niña Florencia Aguirre, entonces de nueve años, a manos de su padrastro Christian Soto García, impulsado por los celos enfermizos de este hombre, quien no soportaba que su conviviente le prestara mayor atención a su hija que a él. Hecho además acaecido en octubre de 2016, sólo tres meses después de la primera afrenta aquí nombrada, y que salvo los días posteriores a su acometimiento ha contado con una mínima cobertura mediática, reducida a medios locales de la región de Aysén, y muchas veces con comentarios desfavorables para la víctima y sus familiares.
Los cuales (en una ciudad relativamente pequeña como Coihaique) han visto cómo la presidente, inmediatamente después de ser dictado el veredicto contra Mauricio Ortega, decide interrumpir sus actividades laborales y partir rauda a visitar a Nabila Riffo, junto con la ministra de la mujer y otras personeras, a su mismo domicilio ubicado en la capital de la undécima región, reafirmando sus dicho contra la violencia de género y repitiendo el eslogan ni una menos (con gato virtual incluido). Mientras, a no muchas cuadras de allí, la familia de Florencia debe resignarse a postergar sus ansias de justicia luego de que los mismos tribunales que eran vitoreados por decretar la culpabilidad de un femicida frustrado días antes decidieron ampliar el plazo de investigación -que no ha experimentado un avance significativo- respecto de la niña asesinada, hecho que podría beneficiar a Chistian Soto, quien estaría en condiciones de solicitar el cambio de condición, de prisión preventiva a arresto domiciliario.
De acuerdo. Que a alguien lo golpeen con todos los objetos posibles hasta dejarlo moribundo, y además le arranquen los ojos es un crimen horrendo y es correcto que el agresor pase un buen tiempo de su vida en la cárcel. Pero, ¿no podían los funcionarios gubernamentales, y la propia mandataria, darse una vuelta por el vecindario y al menos ofrecer una palabra de consuelo a los familiares de otro caso que es igual o incluso más condenable que el que los motivó a visitar Coihaique? En una ciudad que no es tan grande no les habría costado mucho. ¿La presidente no cuenta con algún asesor encargado de revisar el quehacer nacional? Los medios de prensa de cobertura nacional, que informaron del asesinato de Florencia en su momento, y que acompañaron a los personeros públicos en todo su recorrido hasta la casa de Nabila Riffo, ¿no podían en un instante de que había otro grupo de ciudadanos clamando por justicia, la que además les estaba siendo esquiva? El ministerio de la mujer, ¿no se dio por enterado que Christian Soto asesinó a una de las suyas motivado por una actitud que suele desencadenar conductas violentas de parte de los varones a las féminas, como es la celopatía? ¿O acaso la niña Aguirre no cuenta porque no tenía los pechos suficientemente desarrollados?
Me dirán que el aplazamiento de la investigación es una cuestión temporal y que tarde o temprano dará lugar el juicio, el responsable será declarado culpable y se lo condenará. Sin embargo, la experiencia inclina a predecir que cuando un caso a medio resolver es sacado de la primera plana, finalmente no es llevado a buen puerto o la sentencia hacia el agresor llega a niveles risibles. Lo de Nabila Riffo tuvo el resultado que todos conocemos gracias a la cobertura mediática, que incluyó tanto a la prensa como a los políticos. Y ya se está hablando, con cierto grado de certeza -en realidad más de convicción, pero en fin- que a Mauricio Ortega, por lo bajo, le caerán veintiséis años. Si es así, me temo que serán muchos más de los que definitivamente recibirá Christian Soto, quien a diferencia del primer nombrado, era un hampón relativamente conocido entre los delincuentes comunes, con su interesante prontuario policial. Será la gracia de ser víctima en el lugar y tiempo indiciados...
Los cuales (en una ciudad relativamente pequeña como Coihaique) han visto cómo la presidente, inmediatamente después de ser dictado el veredicto contra Mauricio Ortega, decide interrumpir sus actividades laborales y partir rauda a visitar a Nabila Riffo, junto con la ministra de la mujer y otras personeras, a su mismo domicilio ubicado en la capital de la undécima región, reafirmando sus dicho contra la violencia de género y repitiendo el eslogan ni una menos (con gato virtual incluido). Mientras, a no muchas cuadras de allí, la familia de Florencia debe resignarse a postergar sus ansias de justicia luego de que los mismos tribunales que eran vitoreados por decretar la culpabilidad de un femicida frustrado días antes decidieron ampliar el plazo de investigación -que no ha experimentado un avance significativo- respecto de la niña asesinada, hecho que podría beneficiar a Chistian Soto, quien estaría en condiciones de solicitar el cambio de condición, de prisión preventiva a arresto domiciliario.
De acuerdo. Que a alguien lo golpeen con todos los objetos posibles hasta dejarlo moribundo, y además le arranquen los ojos es un crimen horrendo y es correcto que el agresor pase un buen tiempo de su vida en la cárcel. Pero, ¿no podían los funcionarios gubernamentales, y la propia mandataria, darse una vuelta por el vecindario y al menos ofrecer una palabra de consuelo a los familiares de otro caso que es igual o incluso más condenable que el que los motivó a visitar Coihaique? En una ciudad que no es tan grande no les habría costado mucho. ¿La presidente no cuenta con algún asesor encargado de revisar el quehacer nacional? Los medios de prensa de cobertura nacional, que informaron del asesinato de Florencia en su momento, y que acompañaron a los personeros públicos en todo su recorrido hasta la casa de Nabila Riffo, ¿no podían en un instante de que había otro grupo de ciudadanos clamando por justicia, la que además les estaba siendo esquiva? El ministerio de la mujer, ¿no se dio por enterado que Christian Soto asesinó a una de las suyas motivado por una actitud que suele desencadenar conductas violentas de parte de los varones a las féminas, como es la celopatía? ¿O acaso la niña Aguirre no cuenta porque no tenía los pechos suficientemente desarrollados?
Me dirán que el aplazamiento de la investigación es una cuestión temporal y que tarde o temprano dará lugar el juicio, el responsable será declarado culpable y se lo condenará. Sin embargo, la experiencia inclina a predecir que cuando un caso a medio resolver es sacado de la primera plana, finalmente no es llevado a buen puerto o la sentencia hacia el agresor llega a niveles risibles. Lo de Nabila Riffo tuvo el resultado que todos conocemos gracias a la cobertura mediática, que incluyó tanto a la prensa como a los políticos. Y ya se está hablando, con cierto grado de certeza -en realidad más de convicción, pero en fin- que a Mauricio Ortega, por lo bajo, le caerán veintiséis años. Si es así, me temo que serán muchos más de los que definitivamente recibirá Christian Soto, quien a diferencia del primer nombrado, era un hampón relativamente conocido entre los delincuentes comunes, con su interesante prontuario policial. Será la gracia de ser víctima en el lugar y tiempo indiciados...
domingo, 9 de abril de 2017
Nacionalistas de la India
Las noticias más recientes que provienen de la India no son muy alentadoras para los cristianos. El gobierno de ese país, asumido hace ya dos años, está promoviendo una campaña de defensa de su religión tradicional, el hinduismo, lo cual en la práctica se ha traducido en que los miembros de otros credos han encontrado dificultades para expresar su fe, y en el caso específico de los creyentes en Jesús, algunas misiones, incluyendo las que efectúan labores benéficas, han sufrido restricciones en su actuar, cuando no el cierre parcial o total de sus funciones por decretos públicos y la expulsión de sus integrantes extranjeros.
La India es hoy regida por un partido confesional y nacionalista, situado a la derecha en el espectro político local. Esto ha significado que las autoridades se han tornado muy observantes de los llamados valores tradicionales, que se resumen en cuestiones que son comunes a muchas religiones: la familia clásica, el rechazo a las relaciones de pareja entre congéneres o la sumisión de la mujer (que en el caso de los cultos orientales es una doctrina muy marcada, más que en el islam). Además de ciertos aspectos propios del hinduismo como el odioso sistema de castas basado en los dogmas del karma y la reencarnación. También, en concordancia con lo recién explicado, y siguiendo un proceso lógico, esta agrupación ha procurado redondear su conducta protectora de la idiosincrasia cultural de la nación blindando a una de sus caras más visibles, como es su credo más identificable. Una actitud que siempre se traduce en el hostigamiento hacia quienes profesan otra clase de fe, que en estas situaciones siempre se le define como un elemento capaz de distorsionar y deformar el acerbo más característico.
Ahora. ¿Dónde encontramos ese chovinismo en occidente? Sí, acertaron. En los movimientos xenófobos que están subiendo como la espuma en Europa y la administración de Donald Trump en Estados Unidos. Seguidos, en ambos casos, por un significativo número de cristianos, que se han dejado seducir por sus promesas de impulsar el retorno a la familia tradicional, censurar el matrimonio gay, restringir el aborto, volver a los roles tradicionales de cada género, regresar la oración y los crucifijos a las escuelas públicas o expulsar a los musulmanes (que en la India, dicho sea de paso, constituyen un quinto de la población y están padeciendo represalias por parte del actual gobierno). Desde luego que una motivación de estos nacionalismos -aparte de la captación de votos- es la prueba plausible de que los países en donde pretenden consolidarse se formaron en base a orientaciones cristianas. Sin embargo, es menester aclarar que estos grupos se sienten impulsados por el concepto de la patria, no por una real creencia en Cristo. Y asimismo cabe recordar que en la composición de la idiosincrasia de algunos territorios estuvieron involucrados aspectos que poco o nada tienen que ver con las doctrinas de Jesús, los cuales se han estado manifestando al interior de estos movimientos. Así, por ejemplo, en algunas zonas de Europa esta ola nacionalista ha revitalizado olvidados credos paganos, como Thor u Odín, mientras en Estados Unidos ha sido acompañada por elementos cuestionables ya desde la óptica bíblica como la libre circulación de las armas de fuego.
La lista suma y sigue. En Rusia, la supremacía de la iglesia ortodoxa ha conseguido que se impida la realización de las marchas por el orgullo gay y que se prohíban las malas palabras en la televisión. Sin embargo, en paralelo otras expresiones de fe se han visto asfixiadas e incluso ahogadas debido a la serie de legislaciones que favorecen a dicho credo, y que en muchos casos son peores que la situación que se vivía bajo el comunismo soviético. En Nicaragua, un gobierno de tendencia socialista y progresista ha procurado garantizar la preeminencia del catolicismo, lo cual ha derivado en la erradicación de la práctica del aborto, incluso el terapéutico, y a su vez en ciertas hostilidades hacia los evangélicos. Ni hablar de los territorios musulmanes, con sus leyes contra los homosexuales -algunas de las cuales los condenan a muerte- que se ya se querrían varios cristianos, justamente los que terminarían en el patíbulo si se pusieran a predicar allí. Eso es el nacionalismo. Una ideología con componentes comunes pero que aplicadas a la cada realidad, desemboca en prácticas tan parecidas como antagónicas. Y que ya por eso se opone al mensaje universal de buena nueva transmitido por Jesús.
La India es hoy regida por un partido confesional y nacionalista, situado a la derecha en el espectro político local. Esto ha significado que las autoridades se han tornado muy observantes de los llamados valores tradicionales, que se resumen en cuestiones que son comunes a muchas religiones: la familia clásica, el rechazo a las relaciones de pareja entre congéneres o la sumisión de la mujer (que en el caso de los cultos orientales es una doctrina muy marcada, más que en el islam). Además de ciertos aspectos propios del hinduismo como el odioso sistema de castas basado en los dogmas del karma y la reencarnación. También, en concordancia con lo recién explicado, y siguiendo un proceso lógico, esta agrupación ha procurado redondear su conducta protectora de la idiosincrasia cultural de la nación blindando a una de sus caras más visibles, como es su credo más identificable. Una actitud que siempre se traduce en el hostigamiento hacia quienes profesan otra clase de fe, que en estas situaciones siempre se le define como un elemento capaz de distorsionar y deformar el acerbo más característico.
Ahora. ¿Dónde encontramos ese chovinismo en occidente? Sí, acertaron. En los movimientos xenófobos que están subiendo como la espuma en Europa y la administración de Donald Trump en Estados Unidos. Seguidos, en ambos casos, por un significativo número de cristianos, que se han dejado seducir por sus promesas de impulsar el retorno a la familia tradicional, censurar el matrimonio gay, restringir el aborto, volver a los roles tradicionales de cada género, regresar la oración y los crucifijos a las escuelas públicas o expulsar a los musulmanes (que en la India, dicho sea de paso, constituyen un quinto de la población y están padeciendo represalias por parte del actual gobierno). Desde luego que una motivación de estos nacionalismos -aparte de la captación de votos- es la prueba plausible de que los países en donde pretenden consolidarse se formaron en base a orientaciones cristianas. Sin embargo, es menester aclarar que estos grupos se sienten impulsados por el concepto de la patria, no por una real creencia en Cristo. Y asimismo cabe recordar que en la composición de la idiosincrasia de algunos territorios estuvieron involucrados aspectos que poco o nada tienen que ver con las doctrinas de Jesús, los cuales se han estado manifestando al interior de estos movimientos. Así, por ejemplo, en algunas zonas de Europa esta ola nacionalista ha revitalizado olvidados credos paganos, como Thor u Odín, mientras en Estados Unidos ha sido acompañada por elementos cuestionables ya desde la óptica bíblica como la libre circulación de las armas de fuego.
La lista suma y sigue. En Rusia, la supremacía de la iglesia ortodoxa ha conseguido que se impida la realización de las marchas por el orgullo gay y que se prohíban las malas palabras en la televisión. Sin embargo, en paralelo otras expresiones de fe se han visto asfixiadas e incluso ahogadas debido a la serie de legislaciones que favorecen a dicho credo, y que en muchos casos son peores que la situación que se vivía bajo el comunismo soviético. En Nicaragua, un gobierno de tendencia socialista y progresista ha procurado garantizar la preeminencia del catolicismo, lo cual ha derivado en la erradicación de la práctica del aborto, incluso el terapéutico, y a su vez en ciertas hostilidades hacia los evangélicos. Ni hablar de los territorios musulmanes, con sus leyes contra los homosexuales -algunas de las cuales los condenan a muerte- que se ya se querrían varios cristianos, justamente los que terminarían en el patíbulo si se pusieran a predicar allí. Eso es el nacionalismo. Una ideología con componentes comunes pero que aplicadas a la cada realidad, desemboca en prácticas tan parecidas como antagónicas. Y que ya por eso se opone al mensaje universal de buena nueva transmitido por Jesús.
domingo, 26 de marzo de 2017
La Nueva Política de los Dos Bloques
Un hecho que fue común tanto en las elecciones celebradas en Austria el año pasado como en Holanda hace pocas semanas, es que los integrantes de los partidos políticos más tradicionales o convencionales, frente al avance de los movimientos fascistas y xenófobos que se suscitó en cada uno de esos países miembros de la Unión Europea, discurrieron en alentar a la población a apoyar, al menos de modo mayoritario, a los candidatos con mejores posibilidades aparte de quienes representaban a las colectividades de índole racista, con la promesa -cumplida en ambos casos, aunque más por un asunto de supervivencia- de gobernar en coalición con aquellos grupos cuyos votantes se vieron estimulados a cambiar la orientación de su sufragio bajo la excusa del mal menor. Con esta premisa, Viena es hoy dirigida por los ecologistas y La Haya por los conservadores, dos corrientes muy dispares entre sí, aunque no necesariamente antagónicas.
Hay un cierto peligro en esta forma de contrarrestar a los grupúsculos racistas que podría traer graves consecuencias a futuro, sobre todo porque debido a la situación social que se está suscitando en la Unión Europea, la cual ha sido determinante en las recientes inclinaciones de los sufragistas, podría en cualquier momento dejar de ser la solución si las cosas continúan como ahora. Pues la fortaleza electoral que están adquiriendo los xenófobos está motivando al resto de los partidos a conformar acuerdos cada vez más amplios, sin tener en cuenta el espectro donde se ubican los distintos componentes de las alianzas ni el origen de sus cabezas más visibles. Así, volviendo a los comicios de Austria y Holanda, tenemos que los triunfadores fueron dos movimientos alternativos, de izquierda y derecha respectivamente, de mediana raigambre popular que no habrían llegado a la primera magistratura de no ser por el apoyo de otras colectividades incapaces de levantar un líder competitivo. Que además están más bien alejados del centro, y por lo mismo, en una época donde las arengas más violentas provocan un mayor atractivo, sus posturas iniciales más radicales se erigen como la manera más eficaz de contrarrestar al enemigo. Que en este caso -no olvidarlo- es común.
Al final se regresa a la vieja política de los dos bloques que rigió a Europa por cuatro décadas y que ha sido tan vilipendiada en el último tiempo, por los sufragistas que han dejado de votar a los partidos alternantes y los analistas que encuentran en sus supuesto agotamiento la causa del alza de los grupos fascistas. Sólo que en una forma bastante torcida y espeluznante. Ahora se enfrentan los xenófobos versus los demás, que no ofrecen ninguna propuesta y se mueven por la única motivación de frenar a los primeros. Y no se trata de aseverar que los racistas presenten un programa coherente (ni siquiera se puede decir que tengan ideas, ya que su discurso apela de modo exclusivo a las emociones más básicas), sino de que en la coyuntura actual constituyen una novedad y eso a la larga genera la percepción de que se trata de los próximos agentes del cambio, factor que se torna muy atractivo en épocas de crisis, que es lo que se está viviendo en Europa en estos momentos. Para colmo, al frente hay una tropa desesperada de orígenes tan dispersos que parece haber dejado de lado sus pensamientos originales y se ha concertado con la sola finalidad de para a los portadores de la transformación. La sensación que ello le ocasiona al ciudadano pedestre -que debido a la mencionada crisis, suele estar tan angustiado como el integrante de un partido tradicional, aunque a causa de una situación opuesta- es que existe una confabulación de estos tipos para preservar sus puestos e impedir que salgan a la luz unas cuantas verdades. Si volvemos a considerar la eficacia que muestran los fascistas en manejar aspectos netamente emotivos, muy poco esa percepción se demora en tornarse una aceptación cada vez más sólida en las urnas.
El cada día tan común como ineficiente consenso político surgido tras una mala aunque acomodaticia interpretación de la globalización, está causando estragos en el primer mundo y en varios países en vías de desarrollo también. Las nuevas coaliciones que se conforman en atención al avance de la xenofobia se presentan con una idea moralizadora, de guiar al votante supuestamente poco instruido e informado a lo que es (políticamente) correcto. Y es sabido que una persona no suele reaccionar de buena manera frente a los sermones y a las indicaciones con el dedo, porque dan la sensación de que se lo está llamando tonto. Por lo demás esos intentos de enseñar a la masa popular son propios de la demagogia, tanto en el sentido etimológico griego que tiene ese término como en el actual (por algo uno condujo al otro como los demagogos antiguos y contemporáneos condujeron a sus respectivos pueblos). Sin ideas que comunicar, las colectividades convencionales sólo están comunicando un vacío que en los ciudadanos se torna una percepción de que están protegiendo sus propias parcelas. Y cuando hay poco o nada que decir, el terreno es fértil para el auge de movimientos basados en respuestas fáciles.
Hay un cierto peligro en esta forma de contrarrestar a los grupúsculos racistas que podría traer graves consecuencias a futuro, sobre todo porque debido a la situación social que se está suscitando en la Unión Europea, la cual ha sido determinante en las recientes inclinaciones de los sufragistas, podría en cualquier momento dejar de ser la solución si las cosas continúan como ahora. Pues la fortaleza electoral que están adquiriendo los xenófobos está motivando al resto de los partidos a conformar acuerdos cada vez más amplios, sin tener en cuenta el espectro donde se ubican los distintos componentes de las alianzas ni el origen de sus cabezas más visibles. Así, volviendo a los comicios de Austria y Holanda, tenemos que los triunfadores fueron dos movimientos alternativos, de izquierda y derecha respectivamente, de mediana raigambre popular que no habrían llegado a la primera magistratura de no ser por el apoyo de otras colectividades incapaces de levantar un líder competitivo. Que además están más bien alejados del centro, y por lo mismo, en una época donde las arengas más violentas provocan un mayor atractivo, sus posturas iniciales más radicales se erigen como la manera más eficaz de contrarrestar al enemigo. Que en este caso -no olvidarlo- es común.
Al final se regresa a la vieja política de los dos bloques que rigió a Europa por cuatro décadas y que ha sido tan vilipendiada en el último tiempo, por los sufragistas que han dejado de votar a los partidos alternantes y los analistas que encuentran en sus supuesto agotamiento la causa del alza de los grupos fascistas. Sólo que en una forma bastante torcida y espeluznante. Ahora se enfrentan los xenófobos versus los demás, que no ofrecen ninguna propuesta y se mueven por la única motivación de frenar a los primeros. Y no se trata de aseverar que los racistas presenten un programa coherente (ni siquiera se puede decir que tengan ideas, ya que su discurso apela de modo exclusivo a las emociones más básicas), sino de que en la coyuntura actual constituyen una novedad y eso a la larga genera la percepción de que se trata de los próximos agentes del cambio, factor que se torna muy atractivo en épocas de crisis, que es lo que se está viviendo en Europa en estos momentos. Para colmo, al frente hay una tropa desesperada de orígenes tan dispersos que parece haber dejado de lado sus pensamientos originales y se ha concertado con la sola finalidad de para a los portadores de la transformación. La sensación que ello le ocasiona al ciudadano pedestre -que debido a la mencionada crisis, suele estar tan angustiado como el integrante de un partido tradicional, aunque a causa de una situación opuesta- es que existe una confabulación de estos tipos para preservar sus puestos e impedir que salgan a la luz unas cuantas verdades. Si volvemos a considerar la eficacia que muestran los fascistas en manejar aspectos netamente emotivos, muy poco esa percepción se demora en tornarse una aceptación cada vez más sólida en las urnas.
El cada día tan común como ineficiente consenso político surgido tras una mala aunque acomodaticia interpretación de la globalización, está causando estragos en el primer mundo y en varios países en vías de desarrollo también. Las nuevas coaliciones que se conforman en atención al avance de la xenofobia se presentan con una idea moralizadora, de guiar al votante supuestamente poco instruido e informado a lo que es (políticamente) correcto. Y es sabido que una persona no suele reaccionar de buena manera frente a los sermones y a las indicaciones con el dedo, porque dan la sensación de que se lo está llamando tonto. Por lo demás esos intentos de enseñar a la masa popular son propios de la demagogia, tanto en el sentido etimológico griego que tiene ese término como en el actual (por algo uno condujo al otro como los demagogos antiguos y contemporáneos condujeron a sus respectivos pueblos). Sin ideas que comunicar, las colectividades convencionales sólo están comunicando un vacío que en los ciudadanos se torna una percepción de que están protegiendo sus propias parcelas. Y cuando hay poco o nada que decir, el terreno es fértil para el auge de movimientos basados en respuestas fáciles.
domingo, 5 de marzo de 2017
Yo Acuso Truco Publicitario
Ante una serie de querellas ingresadas en su contra, producto de los negocios oscuros en que sus empresas, principalmente las del rubro pesquero, se vieron envueltas durante su periodo presidencial, Sebastián Piñera ha respondido con varios ataques en contra de miembros del poder judicial y adversarios políticos, alegando que están orquestando una campaña sucia en su contra, a fin de evitar que vuelva a ocupar la primera magistratura, hecho que podría acaecer si gana los comicios a realizarse este fin de año, en los que distintas encuestan lo sitúan como favorito. El punto culminante de esta bocanada de diatribas fue un artículo que publicó en su página de Facebook titulado "Yo Acuso" intentando emular los textos homónimos dados a conocer en su momento por escritores como Emille Zola o Pablo Neruda.
Basta sólo con leer el título de su panfleto para caer en la cuenta que lo de Piñera no es más que un burdo truco propagandístico para llamar la atención, algo a lo que este magnate nos tiene acostumbrados. Con la única diferencia que en este caso, en vez de usar su carisma para potenciar su figura, lo hace en el marco de una tan desesperada como inconsistente defensa de un serie de libelos judiciales que los propios organismos encargados han declarado como admisibles. Dicho de otra manera: en lugar de abocarse a triunfar en una elección, está empleando las armas de siempre con el afán de no perderla. Lo cual lo acaba perjudicando más que ayudando. Porque lo que antes eran estratagemas para aventajar al oponente -algunas controvertidas, pero aceptadas por el marco legal y al menos medianamente por la sociedad-, ahora son respuestas puramente emotivas y rabiosas, que no aclaran las objeciones formuladas -más bien buscan evadirlas- y por ende se terminan transformando en meros insultos, que lo dejan en el más desnudo de los ridículos (ya que los supuestos receptores, lejos de sentirse ofendidos, encuentran más argumentos para solventar sus sospechas).
Una de las cosas en las que no ha reparado Piñera es que está llevando a la banalidad una expresión que en su momento marcó hitos importantes en la historia y en la literatura, gracias a la calidad de los autores que la acuñaron, de quienes este magnate se encuentra a una distancia sideral. Bueno. La verdad es que no es primera vez que empobrece un aspecto significativo de la cultura tras abrir la boca. No sólo por el lío judicial que dio origen a este panfleto ni por intentar compararse con escritores tan insignes. Tomando el caso de Neruda (porque dudo que conozca al creador original de la frase), el premio Nobel redactó su denuncia en favor de quienes estaban siendo perseguidos debido a la ilegalidad en la que habían caído tras ser promulgada la Ley de Defensa Permanente de la Democracia, ideada durante el gobierno de Gabriel González Videla con el propósito de frenar a organizaciones sindicales, federaciones estudiantiles, partidos de izquierdas y en general lo que pudiese ser señalado como divulgador del comunismo soviético. Y su propia intervención en el Senado le valió el desafuero, el pase a la clandestinidad y el exilio. Muy distinto a la coyuntura de Sebastián que está siendo investigado por delitos tributarios, respecto de los cuales, incluso si es señalado como culpable, es inimaginable que se enfrente a la opción de un huir de un país que pretende encarcelarlo, debido al modo que las autoridades chilenas tratan estos deslices, en especial cuando el involucrado pertenece a una determinada capa social.
Piñera nos tiene acostumbrados a este tipo de berrinches. Es la conducta que caracteriza a un acaudalado que por esa condición se siente dueño hasta de lo que no tiene, incluyendo la vida privada de las personas. Ello lo impulsa a responder de manera tan virulenta ante sospechas que aún en el marco de la presunción de inocencia tienen fundamento. En su fuero interno debe sentir que, porque ha amasado una enorme fortuna, es el único con la capacidad de salvar a la nación de todos sus problemas, tanto reales como quiméricos. Y que cualquiera que se oponga a ese pensamiento o sostenga que esconde otras intenciones, es un envidioso que quiere obtener dinero fácil sin trabajar, mediante regalías estatales o a través del robo, esto último dirigido a precisamente a seres como él. Un engreimiento que además lo conduce a tomarse atribuciones como la de usufructuar de una frase reconocida en la cultura internacional y manipularla para sus propios intereses. Si Sebastián mirara su reflejo (y su vanidad) en el espejo de la bruja de Blancanieves, éste lo apuntaría con el dedo y le diría "yo te acuso".
Basta sólo con leer el título de su panfleto para caer en la cuenta que lo de Piñera no es más que un burdo truco propagandístico para llamar la atención, algo a lo que este magnate nos tiene acostumbrados. Con la única diferencia que en este caso, en vez de usar su carisma para potenciar su figura, lo hace en el marco de una tan desesperada como inconsistente defensa de un serie de libelos judiciales que los propios organismos encargados han declarado como admisibles. Dicho de otra manera: en lugar de abocarse a triunfar en una elección, está empleando las armas de siempre con el afán de no perderla. Lo cual lo acaba perjudicando más que ayudando. Porque lo que antes eran estratagemas para aventajar al oponente -algunas controvertidas, pero aceptadas por el marco legal y al menos medianamente por la sociedad-, ahora son respuestas puramente emotivas y rabiosas, que no aclaran las objeciones formuladas -más bien buscan evadirlas- y por ende se terminan transformando en meros insultos, que lo dejan en el más desnudo de los ridículos (ya que los supuestos receptores, lejos de sentirse ofendidos, encuentran más argumentos para solventar sus sospechas).
Una de las cosas en las que no ha reparado Piñera es que está llevando a la banalidad una expresión que en su momento marcó hitos importantes en la historia y en la literatura, gracias a la calidad de los autores que la acuñaron, de quienes este magnate se encuentra a una distancia sideral. Bueno. La verdad es que no es primera vez que empobrece un aspecto significativo de la cultura tras abrir la boca. No sólo por el lío judicial que dio origen a este panfleto ni por intentar compararse con escritores tan insignes. Tomando el caso de Neruda (porque dudo que conozca al creador original de la frase), el premio Nobel redactó su denuncia en favor de quienes estaban siendo perseguidos debido a la ilegalidad en la que habían caído tras ser promulgada la Ley de Defensa Permanente de la Democracia, ideada durante el gobierno de Gabriel González Videla con el propósito de frenar a organizaciones sindicales, federaciones estudiantiles, partidos de izquierdas y en general lo que pudiese ser señalado como divulgador del comunismo soviético. Y su propia intervención en el Senado le valió el desafuero, el pase a la clandestinidad y el exilio. Muy distinto a la coyuntura de Sebastián que está siendo investigado por delitos tributarios, respecto de los cuales, incluso si es señalado como culpable, es inimaginable que se enfrente a la opción de un huir de un país que pretende encarcelarlo, debido al modo que las autoridades chilenas tratan estos deslices, en especial cuando el involucrado pertenece a una determinada capa social.
Piñera nos tiene acostumbrados a este tipo de berrinches. Es la conducta que caracteriza a un acaudalado que por esa condición se siente dueño hasta de lo que no tiene, incluyendo la vida privada de las personas. Ello lo impulsa a responder de manera tan virulenta ante sospechas que aún en el marco de la presunción de inocencia tienen fundamento. En su fuero interno debe sentir que, porque ha amasado una enorme fortuna, es el único con la capacidad de salvar a la nación de todos sus problemas, tanto reales como quiméricos. Y que cualquiera que se oponga a ese pensamiento o sostenga que esconde otras intenciones, es un envidioso que quiere obtener dinero fácil sin trabajar, mediante regalías estatales o a través del robo, esto último dirigido a precisamente a seres como él. Un engreimiento que además lo conduce a tomarse atribuciones como la de usufructuar de una frase reconocida en la cultura internacional y manipularla para sus propios intereses. Si Sebastián mirara su reflejo (y su vanidad) en el espejo de la bruja de Blancanieves, éste lo apuntaría con el dedo y le diría "yo te acuso".
domingo, 19 de febrero de 2017
La Caza De Los Culpables
Los devastadores incendios forestales acaecidos en la zona central de Chile durante el pasado enero, han traído consigo, aparte de la destrucción característica de estos fenómenos y los típicos llamados a la solidaridad caritativa a través de lacrimógenas pero igualmente efectivas súplicas en los medios de comunicación encargadas a reporteros especializados: una suerte de caza de brujas respecto de la búsqueda y captura de los supuestos culpables de los siniestros. Bajo esta premisa no sólo hemos sido testigos de agresiones a personas identificadas como causantes de las quemas, a las cuales por cierto no se les ha podido demostrar participación alguna en ellas, sino también del desfile de más de cuarenta ciudadanos pedestres por los cuarteles policiales y los tribunales de justicia, los que en la actualidad se hallan en situaciones que van desde las medidas cautelares hasta la prisión preventiva.
Aunque resulte repetitivo, tanto la idiosincrasia como la formación cultural y el nivel de instrucción del chileno medio vuelven imprescindible recordar una y otra vez tanto las causas que originan un incendio forestal como las que provocan su en muchos casos incontrolable e incomprensible expansión. Basta una colilla de cigarro mal apagada o un pedazo de cristal -por el efecto lupa- arrojados a la maleza para desatar un infierno. Otras maneras más concretas -y por ende más probables- de ocasionarlo es mediante una quema de pastizales, muy comunes entre los agricultores, que la utilizan como un modo rápido de deshacerse de los residuos vegetales; o por sucesos que en una explicación formal se calificarían como fortuitos, aunque en realidad no lo son: por ejemplo, hace unos años, muy cerca de la localidad de Santa Olga, punto más afectado por los últimos siniestros, el operador de una máquina taladradora golpeó accidentalmente ese aparato con una piedra, lo que provocó una chispa que acabó reduciendo a cenizas un centenar de hectáreas. El excesivo calor (¿nadie ha reparado en que estas tragedias se suscitan casi siempre en verano?) se transforma en un alimentador del fuego, que si surge en un área donde hay vientos más o menos veloces, se puede propagar a distintas partes a causa de las brasas encendidas más volátiles,cuando no por el simple aumento de la temperatura. Súmese que hablamos de terrenos boscosos, susceptibles de tornarse en una pira de leña, y que no siempre están habitados por lo cual la información puede no llegar a tiempo.
El problema es que la sociedad chilena -y esto también es necesario reiterarlo cuantas ocasiones se tenga- posee un decepcionante nivel educacional y cultural, asume los valores religiosos en sus variantes culposas -y no sólo con el cristianismo, que los movimientos alternativos dejan bastante que desear- y nutre su sed de conocimientos -más bien de verdades absolutas que no requieran mucha preparación ni mucho esfuerzo- a través de astrólogos, teóricos de conspiraciones y un cuanto hay de charlatanes carismáticos que pululan por los mismos medios de comunicación que ante los desastres se encargan de difundir las notas lastimeras mencionadas al comienzo de este artículo, porque ambas cosas les dan réditos en el marco de la sintonía. Y al igual que la combinación de sequedad, altas temperaturas y vientos rápidos que originan y luego difuminan los incendios forestales, esta otra unión de factores contribuye en generar una sicosis colectiva que remata en la toma de acciones desmedidas, desproporcionadas y poco acertadas, que incluso impiden comprender la lógica que tiene la primera asociación de sucesos. Es la lucha entre la correcta instrucción y las simples supercherías. Que ganan las segundas porque ellas constituyen la formación mayoritaria del chileno medio, además de verse favorecidas por el miedo irracional que buen parte de la población del país le tiene a la delincuencia común, encarnizada en la caricatura del caco originario de un determinado sector social -ojalá de uno sin poder económico y menos político- que actúa en la oscuridad de la noche y a rostro cubierto. Que no es sino una edición pretendidamente seria y adulta del temor infantil al coco.
Eso último ha dado como fenómeno que se acuse a grupos tan distintos, como los mapuches o los empresarios forestales especuladores, de quemar los bosques. Cada cual se refugia en su parcela o grumo y considera que todos los que están afuera o tan sólo al frente sólo tienen la intención de atacarlo. En las detenciones ciudadanas donde se ha golpeado a supuestos pirómanos, los agresores siempre han sido miembros de una misma comunidad que al descubrir a un desconocido rondando por los territorios que ellos conocen, se le van a una sin siquiera preguntar. El problema se torna grave cuando la justicia formal entra en escena, y apresa al pobre despistado, manteniéndolo por semanas o meses en prisión preventiva basándose únicamente en el testimonio de quienes lo redujeron. Y tal vez el incendio fue ocasionado por esos mismos vecinos vengadores, al efectuar una cremación controlada de pastizales que creyeron apagada pero horas más tarde y en su ausencia se reactivó. Quizá, al respecto, la solución vaya por erradicar ciertas costumbres de las zonas rurales, como ésta, optándose a futuro por enterrar la maleza en lugar de incinerarla. Aunque eso signifique pasar por encima de una tradición folclórica, que eso del buen salvaje hoy se ha comprobado que es una farsa incluso dentro del ámbito de las estampas turísticas.
domingo, 5 de febrero de 2017
El Grupo de Los Siete
Opiniones divergentes ha provocado la decisión de Donald Trump, de publicar un decreto que impide la entrada, por un periodo de noventa días, de ciudadanos provenientes de siete países específicos -Siria, Irak, Irán, Libia, Somalia, Sudán y Yemen-, a territorio de Estados Unidos. La consecuencia más inmediata para estas personas es que se han visto impedidas de ingresar a la nación norteamericana, pese a contar con visas aprobadas de refugio o trabajo. Incluso, los extranjeros que residen allá y cuyo origen está en algunos de los lugares cuestionados, y que debido a cualquier motivo han debido efectuar un viaje internacional, se han encontrado con la ingrata sorpresa de no poder retornar a sus domicilios, permaneciendo varados en las fronteras o los aeropuertos.
Es interesante echar un vistazo a la situación política interna y externa en que se encuentra hoy cada uno de los países de la discordia. Tres de ellos -Somalía, Irak y Libia- no cuentan con un gobierno propiamente dicho y se encuentran a merced de los llamados señores de la guerra, coyuntura que se desencadenó después de sendas invasiones norteamericanas. Un segundo triunvirato, formado por Sudán, Siria y Yemen, sí tienen una legislatura más o menos distinguible, pero su capacidad se halla mermada porque llevan años de conflictos civiles armados, en donde Estados Unidos, en lugar de erigirse como un factor mediador, se ha colocado de manera flagrante al lado de una de las partes, lo que ha además ha contribuido al desarrollo y en ciertos casos al inicio de la conflagración. Queda Irán, el único del lote con una administración estable, que ha sostenido una lucha diplomática de más de cuatro décadas con los sucesivos presidentes estadounidenses, quienes rechazan la rebelión armada que dio origen al actual régimen de los persas en 1979. En resumen, tenemos que seis de estos territorios han sido despedazados tras una intervención de los gringos, y al séptimo lo han intentado aislar por todos los caminos posibles, como una manera de conseguir su corrección, que no han conseguido por la vía armada.
Por lo que podemos llegar a concluir que esta medida no hace sino repetir la política de Estados Unidos hacia ciertos territorios, en el caso específico del Medio Oriente (de hecho este grupo de los siete formaba parte de una lista de "países que causan preocupación" durante el gobierno de Barack Obama). Se impone una condena en contra de naciones a las cuales los gringos han buscado enrielar en base a sus propios y arbitrarios preceptos utilizando la fuerza, resultando un fracaso, al menos a largo plazo, en la totalidad de los casos. En tal sentido, la decisión posee un curioso e igualmente importante contenido de lavado de conciencia, usando una táctica muy común entre los militares yanquis a fin de sortear esta clase de reveses: buscar una manera de expiar las culpas sin reconocerlas. Analizado así, significa que la determinación de Trump no cuenta con el supuesto elemento distintivo que sus entusiastas partidarios le atribuyen a su administración -y que él se ha encargado de hacer creer a esos ilusos que existe, precisamente firmando decretos como éste-, el cual se resume, para la coyuntura que ahora nos atañe, en un combate enérgico contra los extremistas musulmanes (en realidad para el islam en general, que los nuevos inquilinos de White House simplemente consideran un religión terrorista). Pues, como bien lo han apuntado algunos críticos, los mahometanas que han perpetrado ataques en suelo estadounidense durante este siglo, partiendo por las Torres Gemelas hasta el tiroteo de Orlando, no tienen raíces en las zonas cuestionadas, sino que provienen desde aliados como Arabia Saudita, Afganistán o Pakistán.
Más aún: la medida podría ser contraproducente. Muchas personas que han debido pernoctar en las terminales por estos días, son refugiados que precisamente vienen huyendo de la insufrible situación que viven en sus países, donde han padecido toda clase de atrocidades, en ciertos casos, como ocurre con el Estado Islámico en Irak, ocasionadas justamente por fanáticos islámicos. Incluso lo relativo a Irán es bastante más delicado. Quienes demandan asilo desde allí, lo más probable es que sean perseguidos políticos, los cuales, al ingresar a suelo norteamericano, se transforman en potenciales instrumentos de propaganda, capaces de justificar ante la comunidad internacional las reservas que mantiene Estados Unidos respecto del régimen persa. La verdad es que la única promesa que ha empezado a cumplir Trump con el dichoso decreto es su recelo a la admisión de inmigrantes, en cualquier condición que vengan. Cubierta por el discurso moral y en apariencia altruista de garantizar la seguridad de su pueblo. Hipocresía pura, que ni si siquiera se atreve a reafirmar uno de sus más cacareados anuncios de campaña, a pesar de que a sus partidarios más incondicionales ni se les pasaría por la cabeza cuestionarlo.
Es interesante echar un vistazo a la situación política interna y externa en que se encuentra hoy cada uno de los países de la discordia. Tres de ellos -Somalía, Irak y Libia- no cuentan con un gobierno propiamente dicho y se encuentran a merced de los llamados señores de la guerra, coyuntura que se desencadenó después de sendas invasiones norteamericanas. Un segundo triunvirato, formado por Sudán, Siria y Yemen, sí tienen una legislatura más o menos distinguible, pero su capacidad se halla mermada porque llevan años de conflictos civiles armados, en donde Estados Unidos, en lugar de erigirse como un factor mediador, se ha colocado de manera flagrante al lado de una de las partes, lo que ha además ha contribuido al desarrollo y en ciertos casos al inicio de la conflagración. Queda Irán, el único del lote con una administración estable, que ha sostenido una lucha diplomática de más de cuatro décadas con los sucesivos presidentes estadounidenses, quienes rechazan la rebelión armada que dio origen al actual régimen de los persas en 1979. En resumen, tenemos que seis de estos territorios han sido despedazados tras una intervención de los gringos, y al séptimo lo han intentado aislar por todos los caminos posibles, como una manera de conseguir su corrección, que no han conseguido por la vía armada.
Por lo que podemos llegar a concluir que esta medida no hace sino repetir la política de Estados Unidos hacia ciertos territorios, en el caso específico del Medio Oriente (de hecho este grupo de los siete formaba parte de una lista de "países que causan preocupación" durante el gobierno de Barack Obama). Se impone una condena en contra de naciones a las cuales los gringos han buscado enrielar en base a sus propios y arbitrarios preceptos utilizando la fuerza, resultando un fracaso, al menos a largo plazo, en la totalidad de los casos. En tal sentido, la decisión posee un curioso e igualmente importante contenido de lavado de conciencia, usando una táctica muy común entre los militares yanquis a fin de sortear esta clase de reveses: buscar una manera de expiar las culpas sin reconocerlas. Analizado así, significa que la determinación de Trump no cuenta con el supuesto elemento distintivo que sus entusiastas partidarios le atribuyen a su administración -y que él se ha encargado de hacer creer a esos ilusos que existe, precisamente firmando decretos como éste-, el cual se resume, para la coyuntura que ahora nos atañe, en un combate enérgico contra los extremistas musulmanes (en realidad para el islam en general, que los nuevos inquilinos de White House simplemente consideran un religión terrorista). Pues, como bien lo han apuntado algunos críticos, los mahometanas que han perpetrado ataques en suelo estadounidense durante este siglo, partiendo por las Torres Gemelas hasta el tiroteo de Orlando, no tienen raíces en las zonas cuestionadas, sino que provienen desde aliados como Arabia Saudita, Afganistán o Pakistán.
Más aún: la medida podría ser contraproducente. Muchas personas que han debido pernoctar en las terminales por estos días, son refugiados que precisamente vienen huyendo de la insufrible situación que viven en sus países, donde han padecido toda clase de atrocidades, en ciertos casos, como ocurre con el Estado Islámico en Irak, ocasionadas justamente por fanáticos islámicos. Incluso lo relativo a Irán es bastante más delicado. Quienes demandan asilo desde allí, lo más probable es que sean perseguidos políticos, los cuales, al ingresar a suelo norteamericano, se transforman en potenciales instrumentos de propaganda, capaces de justificar ante la comunidad internacional las reservas que mantiene Estados Unidos respecto del régimen persa. La verdad es que la única promesa que ha empezado a cumplir Trump con el dichoso decreto es su recelo a la admisión de inmigrantes, en cualquier condición que vengan. Cubierta por el discurso moral y en apariencia altruista de garantizar la seguridad de su pueblo. Hipocresía pura, que ni si siquiera se atreve a reafirmar uno de sus más cacareados anuncios de campaña, a pesar de que a sus partidarios más incondicionales ni se les pasaría por la cabeza cuestionarlo.
domingo, 1 de enero de 2017
Las Muertes Ilustres de 2016
La cantidad de fallecimientos de personalidades reconocidas en distintos ámbitos, como las artes (David Bowie, Michael Cimino), las ciencias o la política (Fidel Castro), durante el recién terminado 2016, ha llamado la atención de los comentaristas de diversa índole que en vísperas del año nuevo se dedican a elaborar los recuentos característicos de la ocasión, que luego son presentados en los distintos medios de comunicación. Sobre el supuesto fenómeno se han elucubrado las más variadas conjeturas, algunas provenientes del ámbito de las supercherías y las teorías conspirativas; pero otras, elaboradas a partir de análisis serio. Aceptando que todos los obituarios anuales incluyen más de un ciudadano ilustre en sus listas -situación que parece no haber sido tomada en cuenta por los asombrados diseñadores de tales menesteres en esta ocasión-, no estaría de más detenerse en una de las explicaciones sugeridas, reproducida en muchos artículos y reportajes, y que guarda un relativo asidero con la realidad.
Un grueso importante en esta clase de decesos se dio entre personas que habían iniciado sus carreras, o al menos consiguieron el reconocimiento masivo, en las décadas de 1950 y 1960. El periodo donde irrumpió y se consolidó de forma definitiva la denominada cultura pop, en el cual además se suscitaron diversos cambios y explosiones sociales que sería una redundancia enumerar, elementos que se vieron acompañados por la aparición de una copiosa serie de individuos que llegaron con ideas absolutamente transgresoras y renovadoras a remecer los distintos ambientes, en una eclosión que no se daba desde la época de los vanguardismos de 1920. Estos sujetos no sólo eran excelentes y eficientes en los campos en que se desempeñaban, sino que gracias al ambiente en que se vieron involucrados -que ellos supieron aprovechar en aras de su desarrollo y beneficio personales- contaron con el aval de ser fundacionales, factor que les dio un peso extra al momento de pretender extender su sombra -la que muchas veces se amplió sin que requiriera de sus intervenciones-. Si añadimos a eso el que durante su periodo de influencia no sucedieron acontecimientos tan determinantes a escala global -como los vanguardistas recién mencionados, que debieron enfrentar la Segunda Guerra Mundial- tenemos una contundente -si bien no absoluta- conclusión de por qué han resultado tan determinantes hasta la fecha, así como por qué sus muertes han generado tanto impacto.
El problema es que tras ellos no han surgido generaciones que causen un revuelo parecido. No tanto porque éstas carezcan de integrantes de igual o mejor calidad. Sino debido a otra serie de asuntos, entre los cuales el más visible es el ya mencionado de la sombra alargada. De hecho, en la actualidad existen una serie de jóvenes artistas y científicos (no sé si políticos o empresarios) que poco o nada tienen que envidiarle a los surgidos en la llamada revolución de las flores o en sus épocas más próximas. Sin embargo, los más antiguos son tan trascendentes, sus obras mantienen un alto nivel de vigencia y popularidad (ya que irrumpieron en una etapa en la que se masificó la cultura, no sólo cuentan con la venia de la crítica sino también con la del público), y varios continúan lanzando producciones estimables, que se torna innecesario recurrir a los más nóveles. A lo que cabe añadir que en la actualidad los medios masivos suelen ser o pertenecer a enormes e impersonales corporaciones, en ciertos casos ni siquiera especializadas en lo audiovisual, y tales negocios por una cuestión de seguridad económica les conviene mantenerse en el estatus quo. El inconveniente surge cuando, con estos fallecimientos, caemos en la cuenta de que quienes sostenían la industria ya han cumplido los setenta años y sus cuerpos están respondiendo al inexorable llamado de la naturaleza, por lo cual, debido a motivos obvios, ya no podrán continuar aportando en el futuro. Por algo muchos de los comentaristas citados en el primer párrafo están advirtiendo que decesos de esta índole nos seguirán impactando en los tiempos más próximos, y lo dicen con un dejo de preocupación intencionada, a fin de que la inquietud se traspase a sus lectores y oyentes.
Si hacemos caso a ese manido refrán que reza que las crisis en realidad son oportunidades, entonces sería el momento de echar un vistazo a los talentos emergentes, y si no se encuentran al primer intento, crear las herramientas para que tales habilidades exploten. La opción de esos mismos jóvenes, de crear espacios o tomarse los que se muestran como no utilizados, podría ser válida: de hecho eso fue lo que ocurrió en los años 1960. Quizá nos asombremos de una manera mucho mayor a la que se suscita en este momento con los decesos ilustres, y ahora en términos positivos. Cuando la galería de arte empieza a parecer un panteón (en los dos sentidos más comunes de esas palabra: morada de dioses pero también de muertos), por supuesto que es imprescindible recordar a los que ya están, y una de las formas de hacerlo es renovándolos.
domingo, 18 de diciembre de 2016
El Crimen De Alan
La víspera de Navidad nos ha traído un terrible regalo: el asesinato, tras doce horas de tortura, de un menor de trece años llamado Alan, que días antes había huido de un centro del Sename de Temuco, donde permanecía internado como medida de "protección" debido a que unos sicólogos y otros supuestos profesionales dictaminaron que sus parientes biológicos eran incapaces de cuidarlo. El crimen fue cometido por cuatro adultos, entre ellos los padres de una niña de cinco años que acusó al malogrado adolescente de haberla violado, delito que tras practicar los exámenes médicos de rigor, no ha sido comprobado.
Así como los abusadores sexuales merecen todo el repudio posible, no importando su condición social, su estado de salud, su género o su edad (de haber sido cierto lo denunciado por la niña, hasta yo mismo tendría deseos de participar en la agresión), es igualmente significativo agotar todas las instancias de investigación cuando alguien, sobre todo si no tiene antecedentes respecto de esta clase de aberraciones, es señalado como autor de una de ellas. Y cuando hay involucrados seres de muy corta edad, la cautela debe ser mucho mayor. Por una serie de circunstancias, entre las cuales se hallan los prejuicios y las sicosis colectiva que en primera instancia padecen los adultos pero que a poco andar terminan traspasando a sus pupilos, uno de éstos es capaz de asociar, de modo completamente ingenuo, cualquier cosa que ve con un ultraje, a veces sin tener la menor idea de lo que significan esos términos y en un contexto absolutamente ajeno a dichas situaciones. Y lo peor, ciertos tutores, motivados por la sobre reacción irracional recién descrita -que sólo ellos pueden experimentar, pues entre los más chicos ese lugar lo ocupa la inocencia- al oír estas conexiones arbitrarias emitidas vaya uno a saber en qué contexto, arman un escándalo que crece como bola de nieve y acaba perjudicando no sólo al acusado injustamente, sino también al mismo infante desde donde surgió el malentendido, que queda en la imposibilidad de aclarar el error porque es algo de lo que se están haciendo cargo quienes lo cuidan y por ende saben qué es lo mejor para él, además de tratarse de una supuesta víctima de un suceso traumático. Si les parece descabellado lo que digo, vean "Jagten" (La Caza) filme de Thomas Viterberg. O remítanse a casos reales como la Casa de Acogida en Portugal.
En el hecho que ahora nos atañe, hablamos de un menor de trece años, proveniente de una familia quebrada, donde la madre había abandonado el hogar y el padre, debido a su pobreza y su necesidad de trabajar lejos de su lugar de residencia, había él mismo aceptado que su hijo fuera internado en esos recintos que las más recientes investigaciones han constatado que son un paradigma de los peores mitos creados en torno a los orfanatos. Y de los cuales escapaba bastante a menudo, aunque a veces, movido por el desamparo, regresaba. A eso hay que agregar que, a modo, de justificar aún más la reclusión, un grupo de sicólogos le diagnosticó asperger, uno de esos cuadros clínicos de nombres rimbombantes que estos sujetos no se atreven a llamar enfermedad, porque dado que no son médicos, no pueden efectuar ese tipo de dictámenes, aún cuando en su fuero interno saben que así será considerado por la sociedad y sobre esa base escriben sus informes, teniendo en cuenta el miedo que la comunidad suele expresas hacia quienes ellos califican de desquiciados mentales. El cóctel suficiente para que una jauría de adultos afectados por la más peligrosa de las sicosis colectivas, la que surge desde la ignorancia y los prejuicios, planeara una inaceptable venganza, que de seguro será parte significativa de la historia criminal chilena. Un mozalbete sin progenitores responsables, por lo tanto sin alguien que lo corrigiera, ni siquiera la ley por el asunto de la edad de responsabilidad penal, más encima calificado por los expertos como el más ominoso de los antisociales. Sólo él debía cometer un hecho tan abominable como la violación. Y sólo él se merecía una muerte tan atroz.
Una clase de lógica que no resulta extraña en el sur profundo chileno, donde las violencias patriarcal y patronal se funden en un todo que funge de paradigma, donde una depende de la otra y ambas se yerguen como demostraciones, aunque no lo queramos, de una cultura ancestral, difícil de erradicar a causa del poco acceso a la información. El asesinato de este niño, es parte de un círculo vicioso que incluye las agresiones hacia los mapuches y de éstos contra quienes los maltratan en actos que trascienden la legítima defensa. También abarca los crímenes propios de la delincuencia común, que allá son poco frecuentes, pero brutales. Una zona que siempre ha parecido tan distante de la civilización, y cuyos habitantes parecen estar orgullosos de su situación. O al menos no tienen intención de cuestionarla.
Así como los abusadores sexuales merecen todo el repudio posible, no importando su condición social, su estado de salud, su género o su edad (de haber sido cierto lo denunciado por la niña, hasta yo mismo tendría deseos de participar en la agresión), es igualmente significativo agotar todas las instancias de investigación cuando alguien, sobre todo si no tiene antecedentes respecto de esta clase de aberraciones, es señalado como autor de una de ellas. Y cuando hay involucrados seres de muy corta edad, la cautela debe ser mucho mayor. Por una serie de circunstancias, entre las cuales se hallan los prejuicios y las sicosis colectiva que en primera instancia padecen los adultos pero que a poco andar terminan traspasando a sus pupilos, uno de éstos es capaz de asociar, de modo completamente ingenuo, cualquier cosa que ve con un ultraje, a veces sin tener la menor idea de lo que significan esos términos y en un contexto absolutamente ajeno a dichas situaciones. Y lo peor, ciertos tutores, motivados por la sobre reacción irracional recién descrita -que sólo ellos pueden experimentar, pues entre los más chicos ese lugar lo ocupa la inocencia- al oír estas conexiones arbitrarias emitidas vaya uno a saber en qué contexto, arman un escándalo que crece como bola de nieve y acaba perjudicando no sólo al acusado injustamente, sino también al mismo infante desde donde surgió el malentendido, que queda en la imposibilidad de aclarar el error porque es algo de lo que se están haciendo cargo quienes lo cuidan y por ende saben qué es lo mejor para él, además de tratarse de una supuesta víctima de un suceso traumático. Si les parece descabellado lo que digo, vean "Jagten" (La Caza) filme de Thomas Viterberg. O remítanse a casos reales como la Casa de Acogida en Portugal.
En el hecho que ahora nos atañe, hablamos de un menor de trece años, proveniente de una familia quebrada, donde la madre había abandonado el hogar y el padre, debido a su pobreza y su necesidad de trabajar lejos de su lugar de residencia, había él mismo aceptado que su hijo fuera internado en esos recintos que las más recientes investigaciones han constatado que son un paradigma de los peores mitos creados en torno a los orfanatos. Y de los cuales escapaba bastante a menudo, aunque a veces, movido por el desamparo, regresaba. A eso hay que agregar que, a modo, de justificar aún más la reclusión, un grupo de sicólogos le diagnosticó asperger, uno de esos cuadros clínicos de nombres rimbombantes que estos sujetos no se atreven a llamar enfermedad, porque dado que no son médicos, no pueden efectuar ese tipo de dictámenes, aún cuando en su fuero interno saben que así será considerado por la sociedad y sobre esa base escriben sus informes, teniendo en cuenta el miedo que la comunidad suele expresas hacia quienes ellos califican de desquiciados mentales. El cóctel suficiente para que una jauría de adultos afectados por la más peligrosa de las sicosis colectivas, la que surge desde la ignorancia y los prejuicios, planeara una inaceptable venganza, que de seguro será parte significativa de la historia criminal chilena. Un mozalbete sin progenitores responsables, por lo tanto sin alguien que lo corrigiera, ni siquiera la ley por el asunto de la edad de responsabilidad penal, más encima calificado por los expertos como el más ominoso de los antisociales. Sólo él debía cometer un hecho tan abominable como la violación. Y sólo él se merecía una muerte tan atroz.
Una clase de lógica que no resulta extraña en el sur profundo chileno, donde las violencias patriarcal y patronal se funden en un todo que funge de paradigma, donde una depende de la otra y ambas se yerguen como demostraciones, aunque no lo queramos, de una cultura ancestral, difícil de erradicar a causa del poco acceso a la información. El asesinato de este niño, es parte de un círculo vicioso que incluye las agresiones hacia los mapuches y de éstos contra quienes los maltratan en actos que trascienden la legítima defensa. También abarca los crímenes propios de la delincuencia común, que allá son poco frecuentes, pero brutales. Una zona que siempre ha parecido tan distante de la civilización, y cuyos habitantes parecen estar orgullosos de su situación. O al menos no tienen intención de cuestionarla.
domingo, 27 de noviembre de 2016
La Fiesta de los Gusanos
Entre las diversas reacciones que provocó el deceso de Fidel Castro, hubo una que atrajo especialmente la atención de los medios masivos de comunicación: las expresiones de júbilo de los llamados cubanos anticastristas afincados en una gruesa colonia en Miami, quienes salieron a celebrar a las calles con champaña y la típica música desechable que se emplea en estos eventos. Se unieron, de ese modo, a los diversos grupos formados en torno a una ideología -ya sea para apoyarla o rechazarla- que en los últimos años han festejado de manera espontánea el fallecimiento de un adversario político importante, como ocurrió en Chile con los opositores a Pinochet cuando murió el dictador, o con los israelíes y palestinos cuando, respectivamente, Yasser Arafat y Ariel Sharon corrieron idéntica suerte.
Hay cubanos repartidos por todo el mundo, quienes han emigrado de su isla por diversas causas, entre las cuales pueden citarse las económicas e incluso políticas en el sentido de expresar una postura crítica al régimen de Castro. Sin embargo, cuando cualquier medio de comunicación, o la mayoría de los analistas, quiere hablar de disidencia respecto del sistema cubano, siempre termina recurriendo a esa colonia compactada en Miami, presentándola como el símbolo de una supuesta heroica resistencia contra un totalitarismo que durante sesenta años ha subyugado a un pueblo ya fuere por el miedo (en el caso de los habitantes de Cuba) o la complicidad de la prensa internacional izquierdista (en el caso de los connacionales residentes en el extranjero). En circunstancias de que en diversos países del orbe se puede encontrar a personas que son partidarias abiertas de Fidel -y en caso alguno constituyen una minoría-, que prefieren el diálogo con las autoridades comunistas o que, pese a identificarse como directos opositores, al menos tienen mayor dignidad y significan un aporte intelectual y práctico bastante mayor que sus compatriotas de Florida.
En cambio, el grupúsculo de Miami está formado por una turba de niños y viejos mimados que en seis décadas sólo han sabido crear locales de comida rápida y música de horrorosa calidad (misma de la cual ofrecieron unas muestras en su más reciente celebración). Con privilegios especiales en Estados Unidos -debido a causas obvias- no enfrentan las situaciones de pobreza y exclusión de inmigrantes o incluso refugiados de otros lugares del caribe que han pisado suelo norteamericano, por ejemplo los puerto riqueños que viven en el Bronx. Eso los ha impulsado a encerrarse en sus barrios periféricos, donde expresan esa actitud propia de pueblerinos a la vez ignorantes y arrogantes que no imaginan otra forma de ver el mundo fuera de la suya, por cierto la misma conducta que le atribuyen a los partidarios de Castro, y que no obstante es cercana a lo que ocurre con aquellas colonias europeas trasplantadas durante el siglo XIX a otros continentes, como los bóer en Sudáfrica, donde las prebendas entregadas por el territorio de acogida les permite preservar sus más rancias tradiciones. Quizá la situación de quienes analizamos ahora, difiera un tanto porque se trata de sujetos arribados en una época más reciente a una nación muy grande que ya contaba con sus foráneos oligárquicos. Pero al final las consecuencias son parecidas.
Las que se traducen en una identidad surgida desde el mal gusto y la oquedad más intrascendente, propia tanto de personas como de colectivos mimados. Eso es lo que ha llevado a definir a estos cubanos con neologismo reservado sólo para ellos: el de anticastristas. Porque ni siquiera los calificativos de disidente u opositor son satisfactorios para identificarlos, aunque enseguida se atribuyan la representación de todos sus compatriotas que expresan algún nivel de conflicto con el régimen de Castro (y también de los que no). Si bien la rica y generosa lengua española ha permitido que un antiguo vocablo extraído de sus propio seno permita individualizarlos del modo más certero que se ha conseguido: el de gusanos. Y la verdad es que eso son tanto en términos sociales como políticos en vez de cualquier otra palabra que exprese inclinación partidista o alineamiento con alguna tendencia.
Hay cubanos repartidos por todo el mundo, quienes han emigrado de su isla por diversas causas, entre las cuales pueden citarse las económicas e incluso políticas en el sentido de expresar una postura crítica al régimen de Castro. Sin embargo, cuando cualquier medio de comunicación, o la mayoría de los analistas, quiere hablar de disidencia respecto del sistema cubano, siempre termina recurriendo a esa colonia compactada en Miami, presentándola como el símbolo de una supuesta heroica resistencia contra un totalitarismo que durante sesenta años ha subyugado a un pueblo ya fuere por el miedo (en el caso de los habitantes de Cuba) o la complicidad de la prensa internacional izquierdista (en el caso de los connacionales residentes en el extranjero). En circunstancias de que en diversos países del orbe se puede encontrar a personas que son partidarias abiertas de Fidel -y en caso alguno constituyen una minoría-, que prefieren el diálogo con las autoridades comunistas o que, pese a identificarse como directos opositores, al menos tienen mayor dignidad y significan un aporte intelectual y práctico bastante mayor que sus compatriotas de Florida.
En cambio, el grupúsculo de Miami está formado por una turba de niños y viejos mimados que en seis décadas sólo han sabido crear locales de comida rápida y música de horrorosa calidad (misma de la cual ofrecieron unas muestras en su más reciente celebración). Con privilegios especiales en Estados Unidos -debido a causas obvias- no enfrentan las situaciones de pobreza y exclusión de inmigrantes o incluso refugiados de otros lugares del caribe que han pisado suelo norteamericano, por ejemplo los puerto riqueños que viven en el Bronx. Eso los ha impulsado a encerrarse en sus barrios periféricos, donde expresan esa actitud propia de pueblerinos a la vez ignorantes y arrogantes que no imaginan otra forma de ver el mundo fuera de la suya, por cierto la misma conducta que le atribuyen a los partidarios de Castro, y que no obstante es cercana a lo que ocurre con aquellas colonias europeas trasplantadas durante el siglo XIX a otros continentes, como los bóer en Sudáfrica, donde las prebendas entregadas por el territorio de acogida les permite preservar sus más rancias tradiciones. Quizá la situación de quienes analizamos ahora, difiera un tanto porque se trata de sujetos arribados en una época más reciente a una nación muy grande que ya contaba con sus foráneos oligárquicos. Pero al final las consecuencias son parecidas.
Las que se traducen en una identidad surgida desde el mal gusto y la oquedad más intrascendente, propia tanto de personas como de colectivos mimados. Eso es lo que ha llevado a definir a estos cubanos con neologismo reservado sólo para ellos: el de anticastristas. Porque ni siquiera los calificativos de disidente u opositor son satisfactorios para identificarlos, aunque enseguida se atribuyan la representación de todos sus compatriotas que expresan algún nivel de conflicto con el régimen de Castro (y también de los que no). Si bien la rica y generosa lengua española ha permitido que un antiguo vocablo extraído de sus propio seno permita individualizarlos del modo más certero que se ha conseguido: el de gusanos. Y la verdad es que eso son tanto en términos sociales como políticos en vez de cualquier otra palabra que exprese inclinación partidista o alineamiento con alguna tendencia.
domingo, 13 de noviembre de 2016
Homo Stultorum
La estupidez humana no tiene límites, decía Einstein. Una afirmación que resume de la manera más simple y clara posible esa condición de naturaleza caída predispuesta al mal y al pecado que la Biblia -con un nivel de acierto digno de un libro inspirado- le atribuye a nuestra especie. Y que le permite a un ciudadano escasamente ducho en temas relacionados con las Escrituras y el cristianismo, descubrir de manera casi inmediata la asociación existente entre ambos conceptos. Algo que el físico debió dominar con relativa facilidad, pues a causa de su origen judío, al menos hubo de recibir información detallada sobre el Antiguo Testamento. Nociones que le permitieron explicar una verdad ya explicitada desde el Génesis, con un lenguaje secular, digno de quien lo emite, pero a la vez comprensible para quien no está familiarizado con la teología.
Este martes recién pasado, precisamente se dio una de las demostraciones más potentes de la estupidez humana como uno de los comportamientos más visibles y palpables entre los tantos que derivan de la naturaleza caída. Fue en Estados Unidos, con la elección de Donald Trump. No es necesario reiterar el nivel de torpeza del pueblo -más bien chusma- de ese país al votar mayoritariamente por ese magnate como presidente. Tampoco recordar los argumentos que llevan a concluir que ése fue un acto resultante del peor de los desquiciamientos. Sólo cabe citar la cantidad de ocasiones que en la Biblia aparecen personajes que con sus acciones le hicieron un enorme daño a quienes los rodeaban y a los cuales el Libro, para que el lector tuviera bien en claro el nivel de maldad que portaban, los retrató como simples imbéciles. Eva, Nemrod o Sedequías en el Viejo Testamento; en el Nuevo, los fariseos, a quienes Jesús no tardaba de dejar en ridículo. Todos ellos, además, sujetos con buenas dosis de poder y de carisma capaces de arrastrar a una masa de incautos que por cierto no quedan mejor parados, y es que finalmente su ceguera fue el producto de una decisión absolutamente voluntaria, impulsada porque alguien con más recursos económicos y sociales que les hablaba sobre lo que querían oír.
Ese libreto se repitió, de forma casi similar, el martes recién pasado. Un populacho, arrojado a una solución que les fue presentada como la más fácil, se rodeó en torno a un maestro de acuerdo a sus propias conveniencias. O concupiscencias, como aseveraría Pablo. Y para continuar con la analogía respecto de la exhortación que el apóstol de los gentiles le hizo a Timoteo, podríamos agregar que cerraron sus oídos y en especial sus mentes a la verdad, que les demandaba un mínimo esfuerzo, y se volcaron a las fábulas mágicas y llenas de mensajes maravillosos (teorías conspirativas, eslóganes publicitarios, discursos falsamente novedosos). No se trató de una sicosis colectiva o una incapacidad cerebral, sino de una idiotez consciente, sobre la que se puede argüir que fue acompañada de unos grados de ignorancia, pero que al final del día nadie puede negar que fue un acto surgido de la más absoluta voluntad de quienes lo ejecutaron. Lo que se refleja en la aceptación, tácita al menos, de los comentarios racistas e insultantes de Trump, hacia todo grupo que él consideraba tan distinto como despreciable, ya sea inmigrantes, personas no blancas en general, mujeres u homosexuales. Afán de exclusión que sus votantes ya están haciendo implícitos a través de actos netamente explícitos, como lo prueban las agresiones que, ya a horas del triunfo electoral del magnate, empezaron a sufrir representantes de esos colectivos contra quienes él o aquellos que le apoyaban lanzaban sus odiosas diatribas.
Una simbiosis entre estupidez y naturaleza caída que también se da entre los cristianos estadounidenses, quienes no en masa, pero sí mayoritariamente, sufragaron en favor de Trump. Muchos de ellos, movidos sólo por una abierta expresión de animosidad con un determinado tipo de conciudadano, en este caso los gay y las parejas que optan por el aborto y los anticonceptivos. No repararon en la situación de sus hermanos negros o latinos -quienes fueron víctimas de ataques incluso bastante tiempo antes de los comicios-. Ni siquiera en las promesas del magnate que consiguieron que un amplio espectro de votantes que no asisten al menos regularmente a una iglesia -ni suelen participar en una elección- finalmente le otorgaran el triunfo. Sólo dispusieron sus orejas y neuronas para un mensaje simplista que sólo les interesaba a ellos, pero no a sus propios correligionarios, buena parte de sus prójimos e incluso al mismo Señor. Con lo que terminaron admitiendo -y justificando- la violencia de unos discursos que ya comienzan a transformarse en acciones, como lo atestiguan los hechos mencionados en el párrafo anterior. Tal parece que la especie no debería llamarse homo sapiens, sino homo stultorum. Sería el más "científico" de los nombres.
Este martes recién pasado, precisamente se dio una de las demostraciones más potentes de la estupidez humana como uno de los comportamientos más visibles y palpables entre los tantos que derivan de la naturaleza caída. Fue en Estados Unidos, con la elección de Donald Trump. No es necesario reiterar el nivel de torpeza del pueblo -más bien chusma- de ese país al votar mayoritariamente por ese magnate como presidente. Tampoco recordar los argumentos que llevan a concluir que ése fue un acto resultante del peor de los desquiciamientos. Sólo cabe citar la cantidad de ocasiones que en la Biblia aparecen personajes que con sus acciones le hicieron un enorme daño a quienes los rodeaban y a los cuales el Libro, para que el lector tuviera bien en claro el nivel de maldad que portaban, los retrató como simples imbéciles. Eva, Nemrod o Sedequías en el Viejo Testamento; en el Nuevo, los fariseos, a quienes Jesús no tardaba de dejar en ridículo. Todos ellos, además, sujetos con buenas dosis de poder y de carisma capaces de arrastrar a una masa de incautos que por cierto no quedan mejor parados, y es que finalmente su ceguera fue el producto de una decisión absolutamente voluntaria, impulsada porque alguien con más recursos económicos y sociales que les hablaba sobre lo que querían oír.
Ese libreto se repitió, de forma casi similar, el martes recién pasado. Un populacho, arrojado a una solución que les fue presentada como la más fácil, se rodeó en torno a un maestro de acuerdo a sus propias conveniencias. O concupiscencias, como aseveraría Pablo. Y para continuar con la analogía respecto de la exhortación que el apóstol de los gentiles le hizo a Timoteo, podríamos agregar que cerraron sus oídos y en especial sus mentes a la verdad, que les demandaba un mínimo esfuerzo, y se volcaron a las fábulas mágicas y llenas de mensajes maravillosos (teorías conspirativas, eslóganes publicitarios, discursos falsamente novedosos). No se trató de una sicosis colectiva o una incapacidad cerebral, sino de una idiotez consciente, sobre la que se puede argüir que fue acompañada de unos grados de ignorancia, pero que al final del día nadie puede negar que fue un acto surgido de la más absoluta voluntad de quienes lo ejecutaron. Lo que se refleja en la aceptación, tácita al menos, de los comentarios racistas e insultantes de Trump, hacia todo grupo que él consideraba tan distinto como despreciable, ya sea inmigrantes, personas no blancas en general, mujeres u homosexuales. Afán de exclusión que sus votantes ya están haciendo implícitos a través de actos netamente explícitos, como lo prueban las agresiones que, ya a horas del triunfo electoral del magnate, empezaron a sufrir representantes de esos colectivos contra quienes él o aquellos que le apoyaban lanzaban sus odiosas diatribas.
Una simbiosis entre estupidez y naturaleza caída que también se da entre los cristianos estadounidenses, quienes no en masa, pero sí mayoritariamente, sufragaron en favor de Trump. Muchos de ellos, movidos sólo por una abierta expresión de animosidad con un determinado tipo de conciudadano, en este caso los gay y las parejas que optan por el aborto y los anticonceptivos. No repararon en la situación de sus hermanos negros o latinos -quienes fueron víctimas de ataques incluso bastante tiempo antes de los comicios-. Ni siquiera en las promesas del magnate que consiguieron que un amplio espectro de votantes que no asisten al menos regularmente a una iglesia -ni suelen participar en una elección- finalmente le otorgaran el triunfo. Sólo dispusieron sus orejas y neuronas para un mensaje simplista que sólo les interesaba a ellos, pero no a sus propios correligionarios, buena parte de sus prójimos e incluso al mismo Señor. Con lo que terminaron admitiendo -y justificando- la violencia de unos discursos que ya comienzan a transformarse en acciones, como lo atestiguan los hechos mencionados en el párrafo anterior. Tal parece que la especie no debería llamarse homo sapiens, sino homo stultorum. Sería el más "científico" de los nombres.
domingo, 30 de octubre de 2016
El Egoísmo de Algunos
Resulta vomitivo escuchar a ciertos cristianos que dicen que pasarán por alto todas las objeciones que en cuanto a su conducta personal y a aspectos doctrinales se le pueden hacer a Donald Trump, sólo porque la otra opción a ocupar la presidencia en las próximas elecciones norteamericanas, Hillary Clinton, es una firme partidaria del aborto y el matrimonio entre congéneres. Dos cuestiones que para estas personas de fe, resultan lo peor.
Cuando uno oye estas justificaciones, no puede sino sorprenderse por el nivel de egoísmo que exhiben estos creyentes. Esa misma actitud que ellos aseveran es la que gobierna al ser humano cuyo corazón no ha sido tocado por la capacidad salvadora de Jesús. No son capaces de detenerse por un instante siquiera a reflexionar acerca de los insultos racistas y sexistas que diariamente lanza Trump, que además se oponen de manera irrefutable al concepto de amor al prójimo. Tampoco en sus promesas de declarar la guerra a cuanto país le resulte sospechoso de disidencia respecto a las políticas de Estados Unidos, con el consiguiente envío de contingentes de jóvenes al campo de batalla, los cuales si no morirán probablemente regresarán muy disminuidos psíquica y físicamente. O en su insistencia en aplicar el gatillo fácil como forma de contrarrestar la delincuencia común, un principio que siempre acaba generando víctimas inocentes, muertas a causa de prejuicios, como de hecho ha ocurrido en la nación del norte en el último tiempo, con los asesinatos de negros y latinos a manos de policías. En cambio, la frontera entre el bien y el mal queda reducida a los niveles de aceptación o rechazo de dos asuntos que ellos jamás van a practicar, y cuya existencia legal no los afectará ni en lo más mínimo.
Pensemos. ¿De qué sirve que los niños nazcan, si antes de los veinte años morirán en un conflicto armado, tendrán el infortunio de cruzarse con un policía pasado de rosca, o recibirán una pena capital producto de una discutible resolución judicial? En una corta vida donde lo más probable es que conozcan poco más allá de la miseria y las agresiones a causa de su género, origen o color de piel. ¿No son ésas, situaciones capaces de provocar tantos o más decesos y sufrimientos que una interrupción del embarazo? Quizá la poca atención que se presta a tales circunstancias, radique, aparte de la ceguera ideológica que siempre se suscita en estos casos -y que es diferente a una genuina demostración de fe-, en que al menos teóricamente, esta clase de eventos no afectará al segmento de cristianos que presta su apoyo a Trump (o al menos ellos creen que nunca les ocurrirá uno de esos sucesos). Tampoco les beneficia ni perjudica alguna modificación legal en torno al manido tema del aborto. Simplemente porque lo condenan y rechazan de plano y de modo honestamente natural. Por lo mismo no consiguen mostrar una empatía necesaria con la mujer que recurre a esa intervención quirúrgica, que de acuerdo, puede ser equivocada; pero que hay que conocer en todas sus dimensiones antes de formarse una opinión de cada caso particular.
Además de que en los EUA frenar un embarazo no es lo fácil que uno cree. Debido a las características propias del sistema de salud norteamericano, unido a los grupos de presión religiosos, un aborto casi siempre debe efectuarse de manera privada, con todos los inconvenientes monetarios y sociales que eso conlleva. Y médicos y hospitales dispuestos a realizar una operación tan cuestionada no abundan, lo que impulsa a la aparición de controvertidas empresas como Planet Parenthood (que sólo abarca parte de la demanda). Lo que la Clinton pretende es finalmente, si ya se agotaron los métodos de disuasión, al menos proporcionar los medios adecuados para que esa mujer que ha tomado una decisión tan drástica la pueda ejercer en igualdad de condiciones que aquellos cristianos que se manifiestan en contra de ella, y no sentirse una ciudadana de segunda clase. Algo que no afectará en lo mínimo la vida de los creyentes, tan sólo una pequeña porción de su concepción del mundo. Lo mismo por el matrimonio homosexual, que por cierto ya fue aprobado en el país norteamericano. En cambio, cosas como las que pretende prescribir Trump, descritas en los párrafos anteriores, sí les pueden acarrear problemas, si no a ellos directamente, sí a sus familiares y hermanos más queridos. Y cuando le soliciten explicaciones a aquel en el cual confiaron, notarán, y esto les caerá muy desagradable, que mostrará un nivel idéntico de insensibilidad.
Cuando uno oye estas justificaciones, no puede sino sorprenderse por el nivel de egoísmo que exhiben estos creyentes. Esa misma actitud que ellos aseveran es la que gobierna al ser humano cuyo corazón no ha sido tocado por la capacidad salvadora de Jesús. No son capaces de detenerse por un instante siquiera a reflexionar acerca de los insultos racistas y sexistas que diariamente lanza Trump, que además se oponen de manera irrefutable al concepto de amor al prójimo. Tampoco en sus promesas de declarar la guerra a cuanto país le resulte sospechoso de disidencia respecto a las políticas de Estados Unidos, con el consiguiente envío de contingentes de jóvenes al campo de batalla, los cuales si no morirán probablemente regresarán muy disminuidos psíquica y físicamente. O en su insistencia en aplicar el gatillo fácil como forma de contrarrestar la delincuencia común, un principio que siempre acaba generando víctimas inocentes, muertas a causa de prejuicios, como de hecho ha ocurrido en la nación del norte en el último tiempo, con los asesinatos de negros y latinos a manos de policías. En cambio, la frontera entre el bien y el mal queda reducida a los niveles de aceptación o rechazo de dos asuntos que ellos jamás van a practicar, y cuya existencia legal no los afectará ni en lo más mínimo.
Pensemos. ¿De qué sirve que los niños nazcan, si antes de los veinte años morirán en un conflicto armado, tendrán el infortunio de cruzarse con un policía pasado de rosca, o recibirán una pena capital producto de una discutible resolución judicial? En una corta vida donde lo más probable es que conozcan poco más allá de la miseria y las agresiones a causa de su género, origen o color de piel. ¿No son ésas, situaciones capaces de provocar tantos o más decesos y sufrimientos que una interrupción del embarazo? Quizá la poca atención que se presta a tales circunstancias, radique, aparte de la ceguera ideológica que siempre se suscita en estos casos -y que es diferente a una genuina demostración de fe-, en que al menos teóricamente, esta clase de eventos no afectará al segmento de cristianos que presta su apoyo a Trump (o al menos ellos creen que nunca les ocurrirá uno de esos sucesos). Tampoco les beneficia ni perjudica alguna modificación legal en torno al manido tema del aborto. Simplemente porque lo condenan y rechazan de plano y de modo honestamente natural. Por lo mismo no consiguen mostrar una empatía necesaria con la mujer que recurre a esa intervención quirúrgica, que de acuerdo, puede ser equivocada; pero que hay que conocer en todas sus dimensiones antes de formarse una opinión de cada caso particular.
Además de que en los EUA frenar un embarazo no es lo fácil que uno cree. Debido a las características propias del sistema de salud norteamericano, unido a los grupos de presión religiosos, un aborto casi siempre debe efectuarse de manera privada, con todos los inconvenientes monetarios y sociales que eso conlleva. Y médicos y hospitales dispuestos a realizar una operación tan cuestionada no abundan, lo que impulsa a la aparición de controvertidas empresas como Planet Parenthood (que sólo abarca parte de la demanda). Lo que la Clinton pretende es finalmente, si ya se agotaron los métodos de disuasión, al menos proporcionar los medios adecuados para que esa mujer que ha tomado una decisión tan drástica la pueda ejercer en igualdad de condiciones que aquellos cristianos que se manifiestan en contra de ella, y no sentirse una ciudadana de segunda clase. Algo que no afectará en lo mínimo la vida de los creyentes, tan sólo una pequeña porción de su concepción del mundo. Lo mismo por el matrimonio homosexual, que por cierto ya fue aprobado en el país norteamericano. En cambio, cosas como las que pretende prescribir Trump, descritas en los párrafos anteriores, sí les pueden acarrear problemas, si no a ellos directamente, sí a sus familiares y hermanos más queridos. Y cuando le soliciten explicaciones a aquel en el cual confiaron, notarán, y esto les caerá muy desagradable, que mostrará un nivel idéntico de insensibilidad.
lunes, 10 de octubre de 2016
El Velo Islámico Y El Ajedrez Político
En medio de la parafernalia que ha rodeado a la campaña presidencial en Estados Unidos, pocos han prestado atención a una noticia que podría generar bastante ruido en unos meses más, cuando sea demasiado tarde para revertir sus eventuales consecuencias. La campeona norteamericana de ajedrez, Nazi Paikidze-Barnes, ha iniciado una protesta a través de las redes sociales con la finalidad de que el torneo mundial de la especialidad, a realizarse durante el 2017 en Irán, y al cual ella está clasificada, sea cambiado de sede, debido a que las leyes de ese país, muy observantes del islam, obligarán a las participantes a usar velo mientras se encuentren en tierras persas, pertenezcan o no a una cultura musulmana. Aunque así planteado puede resultar una simple rabieta de una jovenzuela de veintitrés años, que desea sus quince minutos de fama en un deporte que no despierta un gran interés en la población general (al menos, no para ser seguido por un masivo grupo de fanáticos en los medios de comunicación), lo cierto es que esta estadounidense de origen georgiano (lo menciono por si alguien se siente tentado a extraer conjeturas a propósito de su nombre de pila) es la carta principal de su nación para dicho certamen, y considerando la rivalidad diplomática que desde hace tres décadas sostienen ambos regímenes, el temor de que la administración gringa emplee todos los medios que tiene a disposición -que no son pocos- para torcer la voluntad de una federación internacional, no parece infundado.
Uno puede entender y hasta apoyar el reclamo de esta chica, y hasta apoyarlo, sobre todo si se considera que en Irán la mujer que no lleva velo en lugares públicos se arriesga a una multa y a varios meses de prisión (hecho que la propia manifestante no sólo ha destacado, sino que además ha utilizado como argumento en favor de su protesta). Y añadiendo las connotaciones represivas que representa ese atuendo respecto de la situación de las féminas en la sociedad islámica, al menos para quienes no están familiarizados con esa clase de cultura, y por ende verse forzados a acatar su imposición les resulta, cuando menos, desagradable. Sin embargo, acto seguido cabría formularse la pregunta, ¿sería capaz esta deportista de espetar el mismo alegato contra legislaciones musulmanas aún más restrictivas, tanto para la comunidad como para su género particular, como las de Arabia Saudita, Omán, Bahrein o Qatar? En cualquiera de esos lugares, siquiera hace el ademán de quitarse la prenda de la discordia, y antes de imaginarlo ya le están quitando la cabeza. Ahora, es probable que jamás llegue encontrarse en un trance como ése, ya que en esas zonas la participación de las mujeres es tan nula, que no alcanza ni para vislumbrar su condición de inferioridad en relación con el hombre. Y quien ose plantear la organización de cosas como un torneo femenino de ajedrez, lo más seguro es que también acabe con su mollera rodando por el suelo, y eso independiente de lo que tenga entre las piernas.
Visto desde ahí, todo lo que está obrando esta deportista con la intención de boicotear un campeonato en aras de liberar a su género de la opresión que aún sufre en muchas partes del mundo, puede merecer cualquier adjetivo salvo los de épico o valiente. Se lanza en picada contra uno de los escasos países islámicos que dentro de todas las imperfecciones que muestra en torno a este asunto, al menos concede espacios de expresión para la mujer, y no sólo en el campo que ahora nos atañe. De hecho, Irán ha sido diligente en entablar conversaciones con organismos internacionales con el propósito de que sus atletas femeninas participen en competiciones mundiales sin violar los códigos musulmanes alusivos a la vestimenta, diálogos que han logrado excelentes resultados. Para muchos resulta ridículo -y hasta una señal de retroceso- ver a chicas jugando con gruesos buzos y velos en cuanto desafío son capaces de aceptar, pero comparándolo con los territorios mencionados en el párrafo anterior -donde es impensable remplazar incluso por un minuto el atuendo tradicional por algún traje deportivo- esto es claramente un mal menor. Lo realmente valeroso sería que esta joven llegara a la nación persa, objetara ahí mismo el empleo de la odiosa prenda; pero acto seguido, alegara por la virtual imposibilidad que en otros territorios de Oriente Medio las féminas tienen siquiera de presentarse a la cita que hoy ella mira con desprecio.
Otro factor que contribuye a dudar de su supuesta valentía, es el hecho de que ella es norteamericana, país que sostiene una rivalidad de décadas con Irán, en especial a partir de la revolución islámica de 1979 que derrocó a un tiránico gobierno que era títere de Estados Unidos. A partir de entonces, las sucesivas administraciones gringas han buscado el máximo aislamiento de sus pares persas, conducta en la que han sido secundados por varias directivas de la zona entre quienes se hallan aquellas para quienes la mujer debe limitarse a permanecer en su casa pariendo y cuidando bebés. Es por ende, fácil y muy beneficioso referirse en duros términos a la nación persa con esos antecedentes detrás: incluso se tienen buenas opciones de triunfo. Lo que de ocurrir, será presentado a través de los medios de comunicación como la enésima victoria de un ente minúsculo contra un gigante intransigente que llevaba todas las de ganar. Aunque lo único cierto, es que será un revés para una de las pocas naciones islámicas que admite cosas que en otras resultan tan transgresoras como inadmisibles. Y eso, finalmente, conducirá a la humanidad, y especialmente al género femenino, por la senda contraria a la de la liberación.
Uno puede entender y hasta apoyar el reclamo de esta chica, y hasta apoyarlo, sobre todo si se considera que en Irán la mujer que no lleva velo en lugares públicos se arriesga a una multa y a varios meses de prisión (hecho que la propia manifestante no sólo ha destacado, sino que además ha utilizado como argumento en favor de su protesta). Y añadiendo las connotaciones represivas que representa ese atuendo respecto de la situación de las féminas en la sociedad islámica, al menos para quienes no están familiarizados con esa clase de cultura, y por ende verse forzados a acatar su imposición les resulta, cuando menos, desagradable. Sin embargo, acto seguido cabría formularse la pregunta, ¿sería capaz esta deportista de espetar el mismo alegato contra legislaciones musulmanas aún más restrictivas, tanto para la comunidad como para su género particular, como las de Arabia Saudita, Omán, Bahrein o Qatar? En cualquiera de esos lugares, siquiera hace el ademán de quitarse la prenda de la discordia, y antes de imaginarlo ya le están quitando la cabeza. Ahora, es probable que jamás llegue encontrarse en un trance como ése, ya que en esas zonas la participación de las mujeres es tan nula, que no alcanza ni para vislumbrar su condición de inferioridad en relación con el hombre. Y quien ose plantear la organización de cosas como un torneo femenino de ajedrez, lo más seguro es que también acabe con su mollera rodando por el suelo, y eso independiente de lo que tenga entre las piernas.
Visto desde ahí, todo lo que está obrando esta deportista con la intención de boicotear un campeonato en aras de liberar a su género de la opresión que aún sufre en muchas partes del mundo, puede merecer cualquier adjetivo salvo los de épico o valiente. Se lanza en picada contra uno de los escasos países islámicos que dentro de todas las imperfecciones que muestra en torno a este asunto, al menos concede espacios de expresión para la mujer, y no sólo en el campo que ahora nos atañe. De hecho, Irán ha sido diligente en entablar conversaciones con organismos internacionales con el propósito de que sus atletas femeninas participen en competiciones mundiales sin violar los códigos musulmanes alusivos a la vestimenta, diálogos que han logrado excelentes resultados. Para muchos resulta ridículo -y hasta una señal de retroceso- ver a chicas jugando con gruesos buzos y velos en cuanto desafío son capaces de aceptar, pero comparándolo con los territorios mencionados en el párrafo anterior -donde es impensable remplazar incluso por un minuto el atuendo tradicional por algún traje deportivo- esto es claramente un mal menor. Lo realmente valeroso sería que esta joven llegara a la nación persa, objetara ahí mismo el empleo de la odiosa prenda; pero acto seguido, alegara por la virtual imposibilidad que en otros territorios de Oriente Medio las féminas tienen siquiera de presentarse a la cita que hoy ella mira con desprecio.
Otro factor que contribuye a dudar de su supuesta valentía, es el hecho de que ella es norteamericana, país que sostiene una rivalidad de décadas con Irán, en especial a partir de la revolución islámica de 1979 que derrocó a un tiránico gobierno que era títere de Estados Unidos. A partir de entonces, las sucesivas administraciones gringas han buscado el máximo aislamiento de sus pares persas, conducta en la que han sido secundados por varias directivas de la zona entre quienes se hallan aquellas para quienes la mujer debe limitarse a permanecer en su casa pariendo y cuidando bebés. Es por ende, fácil y muy beneficioso referirse en duros términos a la nación persa con esos antecedentes detrás: incluso se tienen buenas opciones de triunfo. Lo que de ocurrir, será presentado a través de los medios de comunicación como la enésima victoria de un ente minúsculo contra un gigante intransigente que llevaba todas las de ganar. Aunque lo único cierto, es que será un revés para una de las pocas naciones islámicas que admite cosas que en otras resultan tan transgresoras como inadmisibles. Y eso, finalmente, conducirá a la humanidad, y especialmente al género femenino, por la senda contraria a la de la liberación.
domingo, 25 de septiembre de 2016
Eutanasia Canina de Una Vez
Tras el fallo de una corte de Coyhaique, dictaminado como respuesta a una demanda presentaba por un abogado a quien un perro callejero mordió a su hijo en una plaza de esa ciudad, que obliga a dicho municipio a retirar a los canes que se encuentren deambulando por los espacios públicos -sin especificar algún procedimiento-, otros ayuntamientos se han adelantado a las preguntas de los ciudadanos y periodistas, y -a menos de un mes de las elecciones edilicias- han lanzado propuestas de solución que van desde la esterilización de las hembras, pasando por la habilitación de perreras, hasta la construcción de clínicas veterinarias equipadas con la tecnología más moderna posible y de acceso gratuito, a financiarse con recursos fiscales. Nadie siquiera se ha atrevido a imaginar la alternativa más práctica y efectiva para estos casos: la eliminación. Quizá porque más de alguno se espantó con el despliegue de los defensores de los animales a propósito de la polémica suscitada por el supuesto maltrato a esos seres que se daría en la práctica del rodeo, donde el poder de los activistas esta vez no se quedó en las protestas públicas ni la interrupción de los eventos ecuestres, sino que además lograron que políticos y personalidades influyentes acogieran su idea de prohibir ese deporte, proyecto de ley incluido.
Seamos honestos. Las personas que abandonan a sus mascotas lo hacen, entre otras causas, porque cuentan con un alto grado de certeza respecto de que éstas no se cruzarán con un funcionario estatal o un particular que los extermine. Tienen esa ilusión vana -e igualmente perversa y morbosa- de que por un anónimo, por distintas circunstancias -amor a los animales, necesidad inmediata de algún lazarillo- se compadecerá y recogerá al tirado. Por ello arrojan lo que ya les molesta, en caminos carreteros relativamente alejados de sus hogares -cosa que el afectado no emplee su instinto para regresar por sus propios medios- a cuyos lados se puede observar un número significativo de casas. Vive bastante gente allí y por ende no debería falta el individuo a quien le sea útil un can que una familia acaba de decidir que al menos para ellos no lo era. Y los lugareños son los que más sufren, rodeados de perros asilvestrados que deterioran su calidad de vida y atacan a sus propios animales, que en las zonas rurales no sólo sirven para fines recreativos. Bueno. No sería extraño que alguno, con la mentalidad bastante retorcida, concluya que, si el lanzado a su suerte no es capaz de hallar un nuevo dueño, al menos contará con comida al alcance de su hocico.
Pero, ¿qué pasaría si existiese un marco legal que no sólo diera la libertad a los privados para cazar a los canes sin amo, sino que además obligase a las autoridades a su eliminación? De seguro que quien tiene la intención de abandonar a una mascota lo pensaría dos veces antes de cometer tal atrocidad. Si finalmente lleva adelante una aberración como ésa, podría quedar con un cargo de conciencia, por haber enviado a un ser vivo a una muerte segura. Un cambio de actitud que podría verse favorecido, entre otros elementos, justamente por los escándalos que han armado en el último tiempo los defensores de los animales, quienes han metido, gracias a su cabildeo y su tráfico de influencias, el precepto de que maltratar a un "hermano menor" es peor que hacerlo con un ser humano, debido a su supuesta inferioridad de condiciones frente a un ser inteligente que es capaz de dominar y crear diversas estrategias para ganar el juego. En resumen: quien tira un perro o un gato en un determinado camino rural finalmente se convertirá en un asesino indirecto de éste (por cierto es así como hoy lo califican los adoradores de bestias, definición que también le reservan a quien propugna la iniciativa de la eutanasia canina, pero en fin...) pues ya estará enterado de que el empleado estatal está forzado a cumplir su trabajo.
Cabe agregar que la mayoría de los perros que pululan por las calles sí tienen dueño, el cual por diversas circunstancias los insta a que paseen por las aceras durante el día, restringiendo su responsabilidad con él a darle alimentación -a veces no con la frecuencia adecuada- y procurarle un techo donde dormir -en algunos casos ni siquiera eso-. Con una legislación que coloque en riesgo el deambular de esos canes -que son los que más problemas causan y luego son los más difíciles de controlar, debido a que a la larga cuentan con amo- y por supuesto de los demás, estas anomalías tan características de la sociedad chilena se acabarían. Pero curiosamente, los parlamentarios y el resto de las autoridades prefieren hablar de educación, con el afán de cambiar o mejorar la mentalidad. Sólo recordarles a aquellos encargados, que en los últimos años han venido dictando una serie de proscripciones de orden progresista, ya que se cansaron de instruir a las personas -antes incluso de hablarles- y discurrieron -y así lo plantearon en los respectivos debates y foros- que la manera más práctica y menos costosa de provocar una remoción de las conciencias era mediante el garrote. Y fue así como se aprobaron restricciones al tabaco o a la llamada comida chatarra, y ahora se pretende promulgar una ley que limite, y hasta prohíba, el uso de la sal. ¿Por qué las bestias deberían ser una excpción?
Seamos honestos. Las personas que abandonan a sus mascotas lo hacen, entre otras causas, porque cuentan con un alto grado de certeza respecto de que éstas no se cruzarán con un funcionario estatal o un particular que los extermine. Tienen esa ilusión vana -e igualmente perversa y morbosa- de que por un anónimo, por distintas circunstancias -amor a los animales, necesidad inmediata de algún lazarillo- se compadecerá y recogerá al tirado. Por ello arrojan lo que ya les molesta, en caminos carreteros relativamente alejados de sus hogares -cosa que el afectado no emplee su instinto para regresar por sus propios medios- a cuyos lados se puede observar un número significativo de casas. Vive bastante gente allí y por ende no debería falta el individuo a quien le sea útil un can que una familia acaba de decidir que al menos para ellos no lo era. Y los lugareños son los que más sufren, rodeados de perros asilvestrados que deterioran su calidad de vida y atacan a sus propios animales, que en las zonas rurales no sólo sirven para fines recreativos. Bueno. No sería extraño que alguno, con la mentalidad bastante retorcida, concluya que, si el lanzado a su suerte no es capaz de hallar un nuevo dueño, al menos contará con comida al alcance de su hocico.
Pero, ¿qué pasaría si existiese un marco legal que no sólo diera la libertad a los privados para cazar a los canes sin amo, sino que además obligase a las autoridades a su eliminación? De seguro que quien tiene la intención de abandonar a una mascota lo pensaría dos veces antes de cometer tal atrocidad. Si finalmente lleva adelante una aberración como ésa, podría quedar con un cargo de conciencia, por haber enviado a un ser vivo a una muerte segura. Un cambio de actitud que podría verse favorecido, entre otros elementos, justamente por los escándalos que han armado en el último tiempo los defensores de los animales, quienes han metido, gracias a su cabildeo y su tráfico de influencias, el precepto de que maltratar a un "hermano menor" es peor que hacerlo con un ser humano, debido a su supuesta inferioridad de condiciones frente a un ser inteligente que es capaz de dominar y crear diversas estrategias para ganar el juego. En resumen: quien tira un perro o un gato en un determinado camino rural finalmente se convertirá en un asesino indirecto de éste (por cierto es así como hoy lo califican los adoradores de bestias, definición que también le reservan a quien propugna la iniciativa de la eutanasia canina, pero en fin...) pues ya estará enterado de que el empleado estatal está forzado a cumplir su trabajo.
Cabe agregar que la mayoría de los perros que pululan por las calles sí tienen dueño, el cual por diversas circunstancias los insta a que paseen por las aceras durante el día, restringiendo su responsabilidad con él a darle alimentación -a veces no con la frecuencia adecuada- y procurarle un techo donde dormir -en algunos casos ni siquiera eso-. Con una legislación que coloque en riesgo el deambular de esos canes -que son los que más problemas causan y luego son los más difíciles de controlar, debido a que a la larga cuentan con amo- y por supuesto de los demás, estas anomalías tan características de la sociedad chilena se acabarían. Pero curiosamente, los parlamentarios y el resto de las autoridades prefieren hablar de educación, con el afán de cambiar o mejorar la mentalidad. Sólo recordarles a aquellos encargados, que en los últimos años han venido dictando una serie de proscripciones de orden progresista, ya que se cansaron de instruir a las personas -antes incluso de hablarles- y discurrieron -y así lo plantearon en los respectivos debates y foros- que la manera más práctica y menos costosa de provocar una remoción de las conciencias era mediante el garrote. Y fue así como se aprobaron restricciones al tabaco o a la llamada comida chatarra, y ahora se pretende promulgar una ley que limite, y hasta prohíba, el uso de la sal. ¿Por qué las bestias deberían ser una excpción?
domingo, 11 de septiembre de 2016
Los Tira y Afloja Por Punta Peuco
Una vez más, aprovechando la conmemoración del golpe de Estado de 1973, se planteó la idea de cerrar Punta Peuco, la prisión inaugurada en 1995 con el propósito de usarla de modo exclusivo para los militares que participaron en crímenes de lesa humanidad durante la tiranía de Pinochet. A la cabeza de esta propuesta, en esta ocasión se colocó la senadora Isabel Allende, hija de Salvador, justamente el presidente derrocado a causa de la asonada ejecutada hace más de cuatro décadas, y quien insistió en que los internos del penal de la discordia perfectamente podrían cumplir sus condenas en una cárcel para reos comunes como Colina II o la CAS de Santiago. Una intervención que sus adversarios políticos acusaron de ser una estrategia de la parlamentaria con miras a la elección presidencial del próximo año, donde busca estar presente y ganar la legislatura del periodo 2018-22.
Para la mayoría de quienes formaron parte de la Unidad Popular, y que luego vivieron el ostracismo al que los obligó el posterior régimen de facto, la existencia de Punta Peuco resulta insoportable. Fue una cárcel construida a fin de que el jefe de seguridad de la DINA, Manuel Contreras, pudiera ser encerrado como consecuencia de la sentencia judicial que en 1994 exigía que purgara siete años de prisión, por haber planificado el atentado a Orlando Letelier. Ya de partida, es bastante ignominioso que un Estado se vea en la obligación de edificar un recinto penitenciario exclusivamente para un condenado. Para colmo, en aquella época gobernaban los mismos a quien el aparato represivo de Pinochet -comandado por el propio "Mamo"-intentó exterminar, y quienes debieron llegar a uno de esos tantos consensos espurios que caracterizaron los últimos años del siglo pasado en Chile, con los partidarios de la dictadura, quienes ni siquiera imaginaban el aterrizaje violento que sufrirían menos de un lustro más tarde, con la detención de su querido tirano en Londres. Y como correspondía a las circunstancias de su origen, se trataba de un inmueble de lujo, donde los castigados contaban con una vigilancia mixta, repartida entre soldados y gendarmes. Ese último detalle, por cierto, sólo fue corregido una vez que Contreras abandonó este penal en el 2000, época en que empezó, a pesar de mantener buena parte de sus características, a parecerse a un lugar de confinamiento para la hez de la sociedad.
Es por ello -y otras circunstancias más- que personas como Isabel Allende vienen implorando por su cierre en el último tiempo. ¿La solución? Enviar a estos criminales -de los más abyectos, cabe agregar- a recintos para presos comunes, donde ellos sientan el rigor de estar encarcelados y sus detractores y antiguas víctimas el alivio de que al fin se acabaron los privilegios para quienes trabajaron con denuedo en el exterminio de otros seres humanos por el sólo hecho de pensar distinto. Sin embargo, ¿será finalmente viable esa suerte de salida alternativa? De acuerdo: comparar esa suerte de palacete que es Punta Peuco con el hacinamiento que viven los internos de las cárceles comunes es un asunto que irrita al más insensible. Pero entonces, ¿será correcto atiborrar de más reos, lugares que ya están al límite, cuando no simplemente colapsados? Quizá estos sujetos ni siquiera quepan en esos penales. Y si se logra hacer algún espacio, las características personales de estos individuos, que los diferencian del resto de los condenados, exigirían que dentro del cautiverio se crearan instancias que garantizaran la separación entre ambos grupos, por un asunto de seguridad. Ya que hablamos de ancianos que no se desenvuelven como un delincuente común, se les tendría que dedicar mayor atención, lo que redunda en el otorgamiento de más metros cuadrados. Esa situación se zanjaría de dos maneras. O se libera a estos tipos por motivos humanitarios -algo que no les agradaría a quienes se han esmerado décadas en hacerlos pagar por sus actos-; o lo que es aún peor: se les efectúa el hueco necesario con el consiguiente perjuicio para los demás habitantes del penitenciario, que estarán forzados a desplazarse en condiciones de aún mayor estrechez. Precisamente, el ejemplo que sacan a colación quienes desean de modo tan furibundo que se acabe un establecimiento destinado a otorgar un trato especial a quienes se encuentran entre los más temibles de los temibles.
Una de las gracias que posee Punta Peuco, radica en que, al estar enclaustrados allí sujetos que cometieron delitos similares -y que además fueron compañeros de fechorías y trabajo- los lleva a reflexionar que de manera indistinta la sociedad los ha puesto ahí para demostrarles que son lo más bajo que existe. De alguna manera, experimentan una sensación similar a la de sus víctimas a quienes sacaron de la comunidad y aislaron en el mismo recinto, como una forma de ocasionar una sensación de humillación colectiva, de que la idea que defendían era la que los había puesto allí y no un juicio arbitrario respecto de sus conductas personales. Un penal dedicado a cierto delito, cuenta con la virtud de provocar la impresión de que ese es un acto abominable que merece ser castigado. Es a lo que debe ir la prisión de marras, lo que se puede logar eliminando algunos privilegios conque aún cuentan sus internos, y manteniendo su finalidad.
Para la mayoría de quienes formaron parte de la Unidad Popular, y que luego vivieron el ostracismo al que los obligó el posterior régimen de facto, la existencia de Punta Peuco resulta insoportable. Fue una cárcel construida a fin de que el jefe de seguridad de la DINA, Manuel Contreras, pudiera ser encerrado como consecuencia de la sentencia judicial que en 1994 exigía que purgara siete años de prisión, por haber planificado el atentado a Orlando Letelier. Ya de partida, es bastante ignominioso que un Estado se vea en la obligación de edificar un recinto penitenciario exclusivamente para un condenado. Para colmo, en aquella época gobernaban los mismos a quien el aparato represivo de Pinochet -comandado por el propio "Mamo"-intentó exterminar, y quienes debieron llegar a uno de esos tantos consensos espurios que caracterizaron los últimos años del siglo pasado en Chile, con los partidarios de la dictadura, quienes ni siquiera imaginaban el aterrizaje violento que sufrirían menos de un lustro más tarde, con la detención de su querido tirano en Londres. Y como correspondía a las circunstancias de su origen, se trataba de un inmueble de lujo, donde los castigados contaban con una vigilancia mixta, repartida entre soldados y gendarmes. Ese último detalle, por cierto, sólo fue corregido una vez que Contreras abandonó este penal en el 2000, época en que empezó, a pesar de mantener buena parte de sus características, a parecerse a un lugar de confinamiento para la hez de la sociedad.
Es por ello -y otras circunstancias más- que personas como Isabel Allende vienen implorando por su cierre en el último tiempo. ¿La solución? Enviar a estos criminales -de los más abyectos, cabe agregar- a recintos para presos comunes, donde ellos sientan el rigor de estar encarcelados y sus detractores y antiguas víctimas el alivio de que al fin se acabaron los privilegios para quienes trabajaron con denuedo en el exterminio de otros seres humanos por el sólo hecho de pensar distinto. Sin embargo, ¿será finalmente viable esa suerte de salida alternativa? De acuerdo: comparar esa suerte de palacete que es Punta Peuco con el hacinamiento que viven los internos de las cárceles comunes es un asunto que irrita al más insensible. Pero entonces, ¿será correcto atiborrar de más reos, lugares que ya están al límite, cuando no simplemente colapsados? Quizá estos sujetos ni siquiera quepan en esos penales. Y si se logra hacer algún espacio, las características personales de estos individuos, que los diferencian del resto de los condenados, exigirían que dentro del cautiverio se crearan instancias que garantizaran la separación entre ambos grupos, por un asunto de seguridad. Ya que hablamos de ancianos que no se desenvuelven como un delincuente común, se les tendría que dedicar mayor atención, lo que redunda en el otorgamiento de más metros cuadrados. Esa situación se zanjaría de dos maneras. O se libera a estos tipos por motivos humanitarios -algo que no les agradaría a quienes se han esmerado décadas en hacerlos pagar por sus actos-; o lo que es aún peor: se les efectúa el hueco necesario con el consiguiente perjuicio para los demás habitantes del penitenciario, que estarán forzados a desplazarse en condiciones de aún mayor estrechez. Precisamente, el ejemplo que sacan a colación quienes desean de modo tan furibundo que se acabe un establecimiento destinado a otorgar un trato especial a quienes se encuentran entre los más temibles de los temibles.
Una de las gracias que posee Punta Peuco, radica en que, al estar enclaustrados allí sujetos que cometieron delitos similares -y que además fueron compañeros de fechorías y trabajo- los lleva a reflexionar que de manera indistinta la sociedad los ha puesto ahí para demostrarles que son lo más bajo que existe. De alguna manera, experimentan una sensación similar a la de sus víctimas a quienes sacaron de la comunidad y aislaron en el mismo recinto, como una forma de ocasionar una sensación de humillación colectiva, de que la idea que defendían era la que los había puesto allí y no un juicio arbitrario respecto de sus conductas personales. Un penal dedicado a cierto delito, cuenta con la virtud de provocar la impresión de que ese es un acto abominable que merece ser castigado. Es a lo que debe ir la prisión de marras, lo que se puede logar eliminando algunos privilegios conque aún cuentan sus internos, y manteniendo su finalidad.
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